Mariposa

Álvaro Morata en la Juve.

Álvaro Morata en la Juve.

Si a Martin Scorsese le gustase el fútbol, haría una película sobre Álvaro Morata. El asesino que con el dolor de su alma pega dos tiros en el pecho a su antiguo patrón, quien años antes se había encargado de formarlo y convertirlo en el matador de área tan codiciado por la clase media del fútbol.

Dos disparos le bastaron para sacar del negocio a su anterior empleador. El primero como lo hacen los viejos conocedores del oficio. Un buen asesino se ubica en la puerta de salida del apartamento de la víctima, porque él sabe cuál es la rutina y los puntos débiles de un Casillas que no ha sabido envejecer al estilo de Buffón (porque hablar del buen vino a estas alturas no es solo un cliché, sino una desconsideración con los catadores, como si uno supiese a qué sabe el buen vino). Así, Morata se encargó de recordarle al Madrid que 20 millones no son suficiente si uno de los nuestros termina doblándote la moneda.

Borrón y cuenta nueva.

Y cuando todos soñaban con una final española, cuando la victoria parecía posible, reapareció un viejo fantasma que corre por el Santiago Bernabeu, el de los exiliados que triunfan en tierras foráneas cuando la directiva merengue les da la espalda. Esta vez acudió más a la clase y no tanto al instinto. Control de pecho, disparo contra el césped y muerte inminente. Al corazón del madridismo.

Morata se fue, y en cambio trajeron un sicario mexicano, uno que cuando salvó las tablas ante el Atlético, mostró, con una celebración exacerbada, que su amor propio era mayor que el respeto al club. Quizás no hubiese marcado ni un solo gol si se hubiese quedado y su presencia en el banquillo hubiese sido más humillante que la sufrida por Javier Hernández, pero como los “y si…” no valen en el deporte, los clientes del Real Madrid no dejan de preguntarse por qué vendieron a Morata.

Al final, les pasó factura la mariposa, esa que aletea en Hong Kong. Lo que parecía una entrada fácil de veinte millones de euros terminó en una eliminación en semis de Champions. Florentino hace una mueca y piensa en la nueva purga, en la repesca de Morata, los próximos triunfos, los nuevos nombres en la larga lista de estrellas que han portado la camiseta y no han levantado un título importante y demás nimiedades relacionadas con sus negocios en México, Costa Rica y Colombia, todas camufladas bajo la rentable venta de camisetas.

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Cuatro en línea

neuer-miss-penaltyFallar un penal es siempre una posibilidad, poco probable, pero real. Son más los cobros que provocan el grito de gol frente a las atajadas del portero, los balones a las nubes y los caprichosos postes. Fallar un penal es tan probable como que Pauleta te marcase un gol.

Ahora, abrir con un fallo de tu capitán debido a un resbalón en la grama de su propio estadio en la tanda de penales es como si Sergio Ramos te marcase a la salida de un córner. Los rivales siempre le miran con malos ojos cuando entra al área del portero; su testa es como un fantasma buscando manifestarse en el marcador. Lo mismo ocurre con el primer cobro desde los doce pasos, pero esta vez el temor es de los aficionados locales. El fallo es una posibilidad que desean azorar a toda costa, abrir abajo puede ser el principio del fin.

Cuando tu segundo cobrador, quien por mucho tiempo fue el encargado de finiquitar desde los doce pasos en la selección nacional de España, no cualquier España sino la de las dos Eurocopas y el Mundial, también se resbala y la envía a tres metros de la portería, piensas cuándo fue la última vez que Javier Mascherano marcó un gol (con el Barça nunca ha marcado). Porque ese segundo fallo duele tanto como ser la víctima del “jefecito” después de 72 meses de sequía; o peor, estar en el séptimo inning de un partido de beisbol sin que ninguno de tus jugadores haya llegado a primera, y te repites una y otra vez “esto no nos puede estar pasando a nosotros”.

Hay escenarios peores. Un penal atajado al tercer cobrador, al goleador de la final del Mundial Brasil 2014, al delantero que dejó con la miel en los labios a la Argentina de Lionel Messi, te traslada en el tiempo al 2005, cuando Ronaldinho era un crack en el Barça; tú eres mexicano, hincha de los Gallos Blancos de Querétaro, y sueñas con que un día, el brasileño le marque dos al América en el Estadio Azteca. Es un sueño tonto, pero un día despiertas y lo vives. Claro, soñar con tres fallos al hilo en una tanda de penales es una pesadilla, pero igual un día despiertas y la vives, como le sucedió a Suiza con Ucrania en octavos de final del Mundial del 2006.

No obstante, cuando uno falla tres penales, el rival tiene la posibilidad de asestar un golpe terrible en su tercer cobro. A menos que tu guardameta sea Manuel Neuer. Y esto solo puede convertir la pesadilla en algo peor. Fallar un cuarto disparo desde el fatídico punto es el equivalente a ser víctima de una remontada épica en la final de la Champions League. Llegas al descuento con una ventaja de un gol, y tres minutos después, cuando el árbitro da por concluido el encuentro, estás debajo en el marcador. Ambas cosas solo pueden ocurrirle a un equipo. Les presento al Bayern de Múnich.

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American Sniper, un disparo al corazón del héroe

Bradley Cooper como Chris Kyle.

Bradley Cooper como Chris Kyle.

Seamos sinceros, las intenciones de un director al realizar un film pueden ir en una dirección, pero el producto final no tiene por qué tener la recepción esperada. Quizás a medida queusted teje una trama, desliza algunos subtemas que pueden convertirse en el meollo del film, o incluso, algo en lo que ni siquiera pensó cobra de forma inesperada una importancia inimaginable. ¡Demonios! Puede que realice un manifiesto en contra de la porquería y el público capte una oda a las heces fecales.

Tanta aclaración se debe a las diferentes opiniones que ha propiciado American Sniper, a la conocida ideología del director Clint Eastwood, un patriota con los pies puestos en la tierra, y a las múltiples interpretaciones que puede tener una obra, de arte o no. En otras palabras, a mi poco me importa que quiso decirme el bueno de Clint, me interesa más qué soy capaz de ver a través de la mirilla telescópica de Chris Kyle.

La trama es sencilla: americano medio, corto de miras, responde al llamado de la patria para combatir el mal en el Medio Oriente. Para Kyle esto es el paraíso: matar, matar y matar iraquíes, villanos, asesinos, el “evil” en estado puro, sin excepciones. Él no ve seres humanos, sino enemigos; el clímax llega cuando dispara a un niño y a su madre, portadores de una granada. Esa escena, justificada a través de un código moral dudoso donde el mundo se limita a ovejas, lobos y perros guardianes, es tal vez el punto más crudo de una cinta que destroza a muchos de esos héroes americanos. A él no le duele tanto tirar del gatillo; en su mente los niños podrían representar una supuesta inocencia, pero la orden es disparar, y si tu país te lo pide no hay por qué dudar. Hay cosas que deben hacerse y punto, ni siquiera debe pensarse en ellos.

Esas dos muertes son la deshumanización extrema del enemigo; en otro momento, un segundo niño toma una bazuca, amenaza con disparar y Kyle, tenso como una cuerda de violín y listo para anotarse un número más, reza porque el niño la suelte. Queda un vestigio de humanidad, pero el deber está sobre todo.

Lo más terrible es que a pesar de todas estas experiencias, Kyle disfruta la guerra; sus compañeros desean largarse de aquel infierno, incluso su hermano termina por odiar toda aquella cruzada y él no es capaz de comprenderlo. La guerra es su mundo, y lo que mejor sabe hacer es disparar.

Sumémosle todo el stress postraumático; aunque quiera lucir como un hombre de hierro, asesinar tiene un precio elevado para la cordura y él no es la excepción. Quizás desde la primera vez que le voló los sesos o le atravesó el corazón a un iraquí, convencido de sus ideales, de su código moral, de la importancia para su país de combatir el mal, de salvar a la humanidad de estas cadenas, algo se dañó en el cerebro de Kyle, y en vez de crear un rechazo a sus acciones, provocó una obsesión: cumplir con el deber, salvar al mundo. Nada más puro y jodido. Por eso cuando regresa a su casa, tras volver una y otra vez a la guerra debido a la existencia de un enemigo que bien pudo ser imaginario, necesita seguir disparando, aunque sea a una diana.

Hasta ese momento, cuando el fin de su guerra es un hecho, cuando no regresa más a la arena, el dibujo no es el de un héroe, sino el de un monstruo, con un cerebro hecho añicos y con la presión por los cielos a causa del stress. Eastwood, quien se basa en la biografía del francotirador para filmar su cinta, obvia detalles como el alcoholismo y la mitomanía del exsoldado. Alguien pudiera darle importancia a esto, pero la verdad no es necesario. El héroe no está bien, está enfermo; su incapacidad para comunicarse con sus hijos, con su esposa, con el mundo lo demuestra. No hay nada más terrible que no poder disfrutar de tu familia.

Y cuando el dibujo está completo, cuando es una realidad que no existe tal héroe, llega un final magnífico. Hay veteranos más locos que Chris Kyle, como aquellos que asesinan a sus compañeros. Un cierre mejor es imposible. Si este tipo te parecía un monstruo, pues despierta, los hay peores, están en casa, y pueden asesinarte. Que nadie se equivoque, esta bala no está dirigida a los veteranos de guerra, sino a la guerra en sí misma, a todo el daño no visible que provoca en cualquiera de los dos bandos.

Kyle muere a manos de un compañero; Eastwood ni siquiera lo escenifica, se lo deja a la imaginación del espectador. El resto son imágenes reales de su funeral. El héroe magnificado, alzado sobre un pedestal, con la bandera americana de fondo y todo un país rindiéndole tributo. Sí, los créditos molestan, dejan un sabor desagradable e irritante. Como la realidad. Todo es una mentira. O peor. Una verdad demasiado dolorosa de digerir. Este es tu héroe. Este es el hombre a quien admiras. Esta es la mierda en que tú crees.

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Ilusiones

Javier Hernández en la banca del Madrid

Javier Hernández en la banca del Madrid

A veces basta un toque nada sublime para quitarse el antifaz de villano. Sin aliento, con el último suspiro, con el graderío de uno de los estadios más imponentes de la historia del fútbol sobre sí, cayendo, con miedo, todo tenso. El Chicharito vio la buena jugada entre James y Cristiano, corrió al punto de penalti y cuando el portugués se la cedió de manera poco ortodoxa, en esas décimas, a Javier Hernández le pasó su vida por delante.

Pero no vio su vida pasada, sino el jodido futuro que le esperaba si la jugada no terminaba en gol. Tras una cortinilla de neblina puedo ver a Crisitano fallando un nuevo penalti en semis de Champions, vio su nombre en cada portada de medios madridistas, más de trescientos memes mofándose de su calidad, su nombre fuera de las convocatorias de Miguel Herrera para jugar Copa América y Copa de Oro, y lo peor, un Javier Hernández que alzaba el título como máxima estrella de algún club de la MLS. Toda una tragedia.

Por eso toda la euforia de Javier Hernández. Solo recuerdo a Denis Bergkamp caer desfallecido al suelo tras marcarle a Argentina en el Mundial de Francia 1998, y la verdad, no hay comparación entre uno y otro gol. Porque la realidad, CH14 no marcó para el Real Madrid, ni lo hizo para  clasificar a su equipo a semifinales del torneo más seguido del mundo a nivel de clubes, CH14 se exorcizó, ratificó su carácter de jugador amuleto y silenció muchas lenguas viperinas. No las españolas, porque nada va a cambiar el hecho de que Javier Hernández sea un jugador de segunda línea, retrocediendo a una tercera, pero sí silenció a muchos de sus compatriotas, esos que dudan si debería estar en la selección o no.

Con un apodo medio ridículo, y la poca fe de Ancelotti, Chicharito aseguró par de días de tranquilidad, porque el fútbol posee memoria a corto plazo e incluso siendo uno de los más activos de la cancha, el público no le iba a perdonar si desaprovechaba su oportunidad dorada. Mañana Benzema volverá a ser titular y Javier mirará desde el banco, pero estará más tranquilo. Cumplió con su técnico y su gol le permitirá contar con más minutos. Eso es lo lindo del fútbol, que nos hace vivir de las ilusiones.

Javier Hernández en la banca del Madrid.

Javier Hernández en la banca del Madrid.

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Gotham, o cuando el murciélago no existía

Gotham-TV-Show-Cast-Photo¿Recuerdan Smallville? Pasaron 13 años para que un sesudo notase que también era posible hacer lo mismo con el universo de Batman, mucho más rico en personajes excéntricos y profundos. No nos engañemos, a muy pocos nos importa el drama interno de Bruce Wayne y su cruzada contra el mal, del caballero de la noche lo que nos inquieta y atrae son sus villanos, una galería de locos que no solo disfrutan tener a Gotham en jaque, sino todo el perfomance que montan alrededor de sus acciones. El punto no es llevar a cabo un plan efectivo, sino aterrorizar a los habitantes de la ciudad que nunca duerme.

La serie parte de un hecho bien conocido: el asesinato de Martha y Thomas Wayne; ellos son el último pilar de una ciudad corrupta y su muerte rompe la estabilidad existente en la mafia. A partir de este hecho, Carmine Falcone comienza a perder terreno en la ciudad debido a la presión de Maroni y a las disputas internas de su propia organización criminal. En este mar revuelto, son muchos los que desean encontrar un puesto y aprovecharse del caos.

Falcone y Maroni son los primeros personajes recreados con bastante decoro. Nos es difícil no realizar comparaciones, es como si llevásemos en el ADN esa necesidad de mirar atrás y decir “pero en el original no era así”. Es cierto, estas familias de mafiosos son generosas y menos irascibles que en el universo paralelo de la DC, pero son consecuentes y verosímiles, el resto es nuestro gusto quejándose porque las cosas no son como queremos. Aun así, a David Zayas le cuesta un poco asumir su rol y por momentos, Maroni parece no tener madera de capo de la mafia.

Días antes de la muerte de los Wayne llega Gordon a la ciudad, un joven que tras regresar de la guerra se convierte en detective. Como buen novato y hombre de principios, una combinación fatal para pertenecer al Departamento de Policía de Gotham, Jim se lanza en una cruzada particular contra el crimen. Su personaje es demasiado perfecto para ser el eje alrededor del cual se narra esta versión libre de la ciudad que espera a Batman. Tal vez ese sea el primer fallo de la serie, la carencia de matices de Gordon; sus conflictos se limitan a la mala relación con sus compañeros de trabajo y a las disputas con Bárbara. La pureza del futuro comisionado es el motivo de todos sus males, si fuese corrupto, todo estaría bien. Más fiel al comic, imposible, pero en la pantalla no funciona igual.

Del resto del departamento de policía, mención especial a algunos “de los chicos buenos”. El primero es Harvey Bullock, personaje muy habitual en este tipo de policiacos y que funciona como contraparte del inmaculado de Jim para establecer un equilibrio. Chistes y clichés apartes, Bullock es el alma que se niega a redimirse, pero a la vez no puede evitarlo. Muy en el fondo, él tampoco cree en la regla dorada del Gotham Police Department: no a los héroes. Por eso se deja llevar por el ímpetu de su compañero en ese intento de ser un policía limpio.

Edward Nygma es otro de los aciertos entre los viejos conocidos del murciélago; una vez más me disculpo por las insoportables (e inevitables) comparaciones. No hay secretos, desde la primera vez que su nombre es dicho, todos sabemos en quién se convertirá y, por suerte, a diferencia del comic, aquí los motivos de resentimientos de El Acertijo son mucho más obvios. Podemos tildarlo de fenómeno y sociópata, pero este Nygma tiene cerebro, y su futura búsqueda de reconocimiento a través del crimen está justificada, al menos de momento. Inocente y sin tacto, su cambio de bando de seguro está relacionado con el desprecio que muestran sus colegas hacia él desde el minuto uno.

También destaca Harvey Dent, con poca participación pero con un perfil muy bien trazado. El ayudante del fiscal del distrito está lleno de esperanzas y buenas intenciones que poco a poco se apagarán. Su carisma y sonrisa perfecta le dan un valor agregado que le otorga cierta ambigüedad característica de los políticos que a este Dent le vienen de maravillas.

gotham-villainsLa otra joya entre los villanos tradicionales es Oswald Cobblepot. Hasta ahora no tiene nada que ver con El Pingüino del comic, pero aun así es genial: lleno de intrigas, con una capacidad monstruosa para leer el caos de Gotham e inteligente como solo podríamos imaginar a Bruce Wayne. Su único vínculo actual con el gordito desagradable que paraguas en manos se convertirá en némesis de Batman es la crueldad. Tan bien creado está, que Gordon pasa a un segundo plano y él se convierte en el verdadero protagonista.

La serie presenta poco a poco a otros personajes sin mucho peso hasta el momento, pero que en un futuro serán los principales rivales de Bruce. Además, incluye secundarios del comic a modo de guiño o quizás para tirar de estos cuando les necesiten.

Entre los ajenos al comic está Fish Mooney, la cual encaja a la perfección en los conceptos de la serie, pero al ser el único personaje estrafalario y excéntrico, como deberían ser todos los villanos de Batman, su presencia desentona un poco con el tono general. Con grandes pretensiones, Fish es otra pieza importante en el tablero de la ciudad que le disputa el poder a Falcone. Ella y Oswald son los principales exponentes de la doble moral que impera en Gotham.

Por desgracia, a la ciudad le falta un ambiente gótico real. A pesar del color plomizo, la iluminación y la limpieza hacen mucha mella; no hay un ambiente tenebroso, sobre todo en las escenas de interiores. La estación de policía no parece la pocilga de ratas que pretende, la casa de Bárbara y Jim parece un Museo de Bellas Artes y ni siquiera los negocios de Maroni o Fish tienen una luz tenue, acorde con el ambiente corrupto del lugar. La ciudad debió ser un personaje más, una suerte de engendro salido de alguna de las mentes más macabras del universo DC.

La serie desliza con cierta frecuencia la necesidad de vigilantes en Gotham. Con la corrupción existente en el Departamento de Policía, las personas han perdido la fe en la ley para que les proteja. El caso más claro es The ballonman, pero incluso con los diferentes asesinatos a personalidades corruptas de la ciudad, existe un consenso en la opinión pública. Es una forma nada sutil de allanarle el camino a Batman.

Por desgracia, ese Batman está bien lejos; la nota más baja de la serie es Bruce Wayne, un niño demasiado apático, ingenuo, soñador y sin atisbos de un cambio en su personalidad. No hablamos de una evolución relámpago, pero para un chico que vio cómo asesinaban a sus padres debería comportarse, como mínimo, de manera diferente. Para colmo, cuando se une con Selina Kyles en la mansión de los Wayne, la serie cae en un limbo anodino que intenta dejar claro las diferencias entre el huérfano de familia rica y el de la calle. A pesar de que los niños se agradan, sus personalidades son tan diferentes que la amistad solo llega a determinado punto, un trazo hecho con brocha gorda para separar desde bien temprano a ambos personajes.

Esta joven Gatúbela agrada y engancha; aparenta no tener sentimientos e intenta mantenerse alejada de las personas, pero como buen gato, siempre termina necesitan de los humanos para vivir. En esta versión, la chica es testigo del asesinato de los Wayne, lo que le da un peso importante y justifica que en casi todos los capítulos tenga una aparición esporádica aunque en ocasiones innecesaria.

Con sus altos y sus bajos, la serie avanza a buen paso. Recién comzó una segunda parte de la primera temporada, detenida tras los diez primeros episodios. Sin ser una obra de arte ni nada por el estilo, Gotham da a sus fans lo que desean, una zona oscura en el universo del vigilante más popular de la DC. Es muy probable que la serie concluya cuando Batman asuma su rol en esta ciudad, pero mientras tanto, los batiseguidores del murciélago podrán darse un festín con los verdaderos protagonistas de Gotham: sus villanos.

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Y desde ese día todos tapiaron las chimeneas

rareexports_rare_exports_inc_in_case_you_haven_seen_it_desktop_1280x1024_wallpaper-343641.jpgReinventar un mito, cambiarlo, mandar a la mierda el original y crear una joya no es nada sencillo. Además, explotar esa idea desde diferentes aristas, par de cortos y un largometraje, y autoreferenciarse con guiños entre unos y otros, merece respeto. Quizás ellos no sean los pioneros ni los inventores de la maldad de uno de los seres más bonachones de la historia; ya Futurama dio vida a un robot despiadado que en víspera del nacimiento de Cristo salía bazuca en mano para aniquilar a los niños malos, y Hollywood aportó lo suyo al espíritu navideño con Billy Bob Thornton. La novedad del Jalmari Helander es todo el universo que crean alrededor de Santa Claus, Father Christmas, Papá Noel,  como usted prefiera llamarle.

Primero dieron vida a un maravilloso corto que promocionaba el negocio familiar: cazar a los padres de la Navidad no era tarea sencilla, mucho menos educarlos para que fuesen esos seres rebosantes de bondad. Siete minutos para colocar el primer ladrillo del universo Santa motherfucker. Luego vinieron las instrucciones para lidiar con estos seres especiales, segundo ladrillo que dejaba todo listo para la película, un largo de apenas 80 minutos. Por cierto, se llevó en Sitges el premio a mejor película, mejor dirección y mejor fotografía.

Alimentada de la religión pagana, donde el abuelo regordete es en realidad una suerte de demonio armado con ramas para azotar a los niños malos hasta dejarlos en carnes, Rare Exports: A Christmas Tales se divierte preparando un coctel con ingredientes que no suelen estar en un mismo trago: una línea de terror, tres piscas de humor, cuatro hojas de ambiente góticos, mucha nieve y un anciano desnudo, al menos para comenzar, todo visto desde los ojos del pequeño Pietari, un chico que no logra convencer a nadie de la existencia del Santa psicópata, entre ellos a su padre, asfixiado por la crisis económica que afrontan él y sus amigos.

La cinta no es perfecta, pero sus constantes bandazos entre géneros nos golpean exigiendo atención; quizás en eso base su éxito, no se queda solo con la buena idea, sino que además te zarandea a cada minuto al colocar una escena de terror donde debe ir una risa o con un gag desternillante en un momento de tensión, al punto de que no sabes por qué, pero todos los sentidos están en la pantalla. Además, el film logra jugar al mismo tiempo entre el lenguaje infantil y el de adulto gracias a el niño Pietari, que logra apelar a la nostalgia de los mayores y a la simpatía de los pequeños. Un facilismo bien llevado.

Aunque pierde un poco el espíritu de los cortos, ese sarcasmo sangrón y desagradable, sin piedad, y se lanza un poco más al lado comercial, con el claro objetivo de gustar, Rare Exports… es una joyita escandinava que necesita consumir todo cinéfilo freak, sobre todo si nunca has visto a más de 100 ancianos corriendo en cueros por la nieve.rare exports 2

 

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The Faculty o la escuela a la que nunca pude ir

Poster del film The Faculty.

Poster del film The Faculty.

Admitámoslo, no solo nos gustan las buenas películas, a veces encontramos joyitas del gusto personal que deberían darnos grima, pero no lo hacen. Un actor, la trama, el ritmo del film, los efectos especiales, algo no nos deja darle stop cuando sabemos que aquello no tiene ni pies ni cabeza. A mí me ocurre con Bruce Willis, en especial cuando encarna al mismo personaje una y otra vez, entiéndase que no hablo ni de The Fifth Element ni de Twelve Monkeys, sino de Armagedon, todas las partes de Die Hard, R.E.D., Looper, Sixteen blocks, y casi toda su filmografía donde mantuvo un rostro inmutable o se dedicó a entrecerrar los ojos mientras dejaba un rastro de cadáveres.

Pero hoy el tema no es Bruce Willis, sino una cinta bastante mediocre de Robert Rodríguez: The Faculty. Con todos los códigos del cine de palomitas, comercial puro y duro, el director mexicano construye un film que se dedica a realizar referencias al género de ciencia ficción e invasiones extraterrestres, y lo combina con todos los clichés de las cintas para adolescentes, a veces para parodiar, otras para utilizarlos como si se tratase del peor film de estudiantes de instituto.

Claro, tiene su gracia ver a Elijah Wood años antes de convertirse en el hobbit que salvó a toda la tierra de la Edad Media, o a Robert Patrick, ese Terminator modelo T-1000 actuando como Terminator modelo T-1000, o Salma Hayek robando cámara gracias a Rodríguez y por supuesto, Jon Stewart. Al director chiclano siempre le ha gustado plagar sus filmes de personajes conocidos y esta no es la excepción, desde el crítico Harry Knowles hasta Usher Raymond, o solo Usher.

La historia es sencilla: algo se está apoderando de la escuela. Primero los profesores, y luego los alumnos, excepto seis elegidos que deberán combatir a estos parásitos con un arma especial y absurda, como solo puede ocurrir en la ciencia ficción de serie B. Quizás Rodríguez no se recuperó del éxito de From Dusk Till Dawn y pensó que jugando un poco con el cine de adolescentes y los argumentos invasores de los cincuenta crearía otra joyita de culto. Tal vez olvidó que la principal virtud de su cinta de vampiros es la locación cerrada, lo cual le ayuda a evitar los plot hole o la bendita lógica de la nevera, bastante habituales en esta facultad.

Rodríguez realiza una obra semejante a Buffy The Vampire Slayer, donde su idea no es tanto parodiar, sino reinventarse a través de cierta complicidad del espectador, cambiando pequeñas reglas del juego, algo así como jugar al fútbol en un local cerrado donde las paredes eliminan los límites y los goles puedan marcarse de rebote como si se tratase de un billar. De esa manera, los personajes juegan con los estereotipos, así la víctima de bullying es el héroe del film, la marginada y el delincuente juvenil ponen la materia gris, el capi del equipo de fútbol intenta renunciar a su capacidad de líder y tipo duro, la hermosa y engreída reina del instituto prefiere comportarse como dicta su personaje a pesar de ser bastante inteligente.

Con el tema de las referencias, al creador de Machete siempre le ha gustado jugar con la cultura pop cinematográfica del espectador, un recurso facilista pero siempre efectivo y esta vez no es la excepción. Stokely da con la solución al problema de manera genial: matar a la reina, al igual que en Invasion of the body Snatchers, aunque no tengan idea de que esta exista.

La peli está hecha para gustar. Cuando un buen director está detrás de las cámaras, hasta el argumento es poco importante, pero incluso así es mala; a mitad de metraje le entra la indecisión entre mandarlo todo al diablo y hacer su película o respetar el cine de adolescentes. Por desgracia, se decide por lo segundo y el film se vuelve predecible, aunque guarda la carta de la identidad del monstruo final de manera decorosa.

No obstante, cuando la vi por los noventas, no me causó tanta impresión, ahora declaro su entrada oficial en mi lista de placeres culpables.

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