Caballeros del papel y la pluma

knights-of-pen-and-paper-1-2¿Listos para echar a volar la imaginación? Nosotros les daremos una mano. Por ejemplo, cuando entremos en un calabozo, recrearemos las peores mazmorras recordadas por las videoconsolas, y si estamos en un templo, transmitiremos toda la sensación mística posible a través de los mágico píxeles. Como esto es un juego de rol, alguien debe guiarlos; entre los directores de partida tenemos al maestro Yoda, al maestro Splinter, Doctor Brown, Gary Gigax y a un chico de la tienda de comics, ustedes eligen. También ponemos a su disposición bocadillos, bebidas y algunos objetos decorativos para darle más ambiente a la aventura: armaduras, escudos, relojes, refrigeradores, lo habitual. Incluso os permitimos tener una mascota con ustedes en la mesa, un perrito, un pez, un dragón, un robot, el animal de compañía que siempre está en casa cuando juegas con tus amigos. Tomad vuestro dado de veinte caras y comencemos.

Esa es la propuesta de Knights of Pen and Paper, simular una partida de roll al estilo Calabozos y Dragones, un homenaje inmenso, como su nombre indica, a las aventuras donde la imaginación, la pluma y el papel eran las únicas herramientas. Diseñado para que nunca te atasques, con múltiples misiones e historias colaterales, el juego te engancha en un universo donde a cada lance del dado buscas mejorar a tu grupo de héroes y convertirlos en caballeros invulnerables ante los monstruos de esta tierra media.

Pero la verdadera genialidad está en tomar los estereotipos, lo absurdo, los glitchs, frases bien conocidas, íconos que de una manera u otra conforman la cultura pop, y ponerlos a disposición del maestro de partida, al punto que el juego en sí queda por momentos en un segundo plano y son las pequeñas aventuras o los comentarios del maestro los que mantienen cierta tensión. Así, si los enemigos son fantasmas, puede que Mill Burray necesite nuestra ayuda, o si un hermoso mog-wai necesita ser alejado del agua, seamos nosotros los encargados de montarlo en un bote y sacarlo del mar.

Nadie se salva en el diseño de esta joyita. A la hora de escoger los personajes puedes servirte entre un hombre lobo, el chico de las pizzas, E.T, el hermano pequeño, Paris Hilton, Ramona Flowers o la abuela, además de cinco desarrolladores de Behold Studio. Los escenarios tampoco escapan: la villa por defecto, Maya Me Beach, el castillo de las puestas de sol, la cueva de la muerte instantánea o el hogar de los magos de la costa este. Una broma infinita, pero sin Alan Moore.

El juego es sencillo. Matas, obtienes experiencia y dinero, compras armaduras, espadas o amuletos mágicos y mejoras tus poderes; incluso existe una herrería para perfeccionar las armas. Así de simple, tanto que puede ser reiterativo si no disfrutas cada diálogo del maestro de partida y todo su arsenal de referencias al universo geek y gamer, al punto de que éstas pueden ser abrumadoras: en un mismo escenario se encuentran la cabina telefónica de Doctor Who, la cabeza de Cyrax (Mortal Kombat) y un Stargate.

Aunque la historia central no pasa de un triste homenaje a los magos malvados, el juego reserva un enemigo final a la altura de cualquier partida de roll fuera del mundo digital, porque Caballeros del papel y la pluma no es solo un homenaje, es un memorándum a todos los gamers: hace 30 años se hacía de otra manera, y era igual de divertido. Un tablero gigante, un dado de veinte caras, papeles llenos de apuntes, un loco inventando escenario y misiones a su antojo… tiene su morbo pero en lo personal me quedo con la PC. La verdad, no tengo amigos que deseen sentarse una tarde a jugar Monopolio, y es más sencillo imaginarse millonario que caballero, druida o mago.

Publicado en Comentarios, Videojuegos | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

De cómo China ganó la Copa del Mundo

shaolin_soccer Stephen Chow tiene una obsesión con el kung fu, vio mucho Capitán Tsubasa (AKA Supercampeones) y al parecer, cuando filma, no se toma nada en serio. Sin embargo, ninguno de esos motivos parece un argumento sólido para que una cinta como Shaolin Soccer se estratifique en la memoria de todo el que la haya visto. Una gran parte del público la recuerda como la porquería donde sin la más mínima lógica, un grupo de chinos volaba por los aires y de vez en cuando le pegaban un patadón al balón y en el siguiente cuadro (remember, 24 X segundo) aparecía en el fondo de las redes. Otros, sobre todo aquellos que la vieron muy jóvenes (y si ese es tu caso, olvídate de un nuevo visionaje), mantienen un grato recuerdo gracias a ese mundo fantasioso donde los superpoderes eran posibles.

La cinta tiene pocas escenas de fútbol, más bien se adentra en la vida de seis maestros de kung fu que no encuentran su camino en la vida. Ingenua y sencilla, Shaolin Soccer es una página más en la filmografía de Stephen Chow, un cineasta que ha intentado esparcir el conocimiento sobre las artes marciales a través del séptimo arte con un toque de humor. Su personaje, el protagónico “pierna de acero” Sing, está obsesionado con buscar una aplicación para el kung fu en la vida: parquear carros, podar árboles, algo. Y como Chow, según sus propias palabras (una entrevista que muchos referencian en y no encuentro), siempre soñó mezclar el universo de Yoichi Takahashi con el kung fu, puso en el camino de “pierna de acero” a “pierna dorada” Fung, un ser humano hundido en lo más profundo del fracaso.

Detrás de toda la fantasía y jugadas absurdas, Chow deja caer una buena cantidad de temas interesantes sobre la mesa. Fung, otrora estrella del país, aceptó un soborno en un partido clave y como consecuencia fue golpeado por los fans hasta convertirle en un tullido. ¿Sobornos en el fútbol? Mmmh. ¿Intolerancia hacia las estrellas que fallan en momentos claves? Mmmh. El soborno se lo ofreció Hung, actual director de la asociación futbolera del país y director técnico del “equipo maligno”, quien además de dopar a sus jugadores, compra a los árbitros. ¿Corrupción en el fútbol? Mmmh. Quizás su intención ni siquiera sea denunciar la podredumbre del deporte más hermoso del mundo, pero es tan romántica la lucha del equipo Shaolin frente al imperio de Hung, que termina por sacarnos una de esas sonrisas ajenas por completo a la felicidad, más cercanas a la autocompasión y deseos de una vida así de fácil, donde haces lo correcto y al final recoges la recompensa.

Otro detalle maravilloso es la visión del terreno de fútbol como campo de batalla, uno de los tantos clichés utilizados que funcionan a las mil maravillas.

El amor al kung fu se hace latente en muchas ocasiones del metraje; en el partido final, el cuarto hermano, guardameta del equipo (motivo por el cual viste como Bruce Lee en Game of Death) abandona el terreno de juego lesionado y Sing (Chow) le dice “solo nos dejas físicamente pero tu espíritu seguirá en nuestras mentes”. Mientras se lo llevan en camilla, todos le dedican un saludo militar, y luego un plano al cielo. Eso de ser cineasta se lleva por dentro, incluso sin ser original. Claro, esto funciona porque el parecido físico entre Danny Chan Kwok Kwan y Bruce Lee es increíble.

Otro de los méritos del film es el intento de revertir los códigos habituales del cine de artes marciales; nada de señor Miyagi ni de aprendizajes donde el primer nivel es limpiar el suelo del sensei. Estos seis maestros ya se “graduaron”, pero no saben qué hacer con sus poderes; con la premisa de “no harás daño con tus habilidades”, cada uno ha decidido tomar un camino diferente, o al menos intentarlo, pero ninguno ha logrado destacar en nada. Esa es otra lección del film: no juzgues a los demás por lo que no saben hacer.

Dentro de toda la vorágine de patadas voladoras y fracasados, Chow desliza una historia de amor demasiado realista: chica fea. Por no ser complaciente se le escapa un pelín de las manos y termina con una relación por momentos forzada y poco verosímil, pero… ¡qué carajos! son asiáticos y el amor no tiene nada de verosímil.

¿Vale la pena verla de nuevo o por primera vez? En el primer párrafo me opuse, pero ya en el último puedo cambiar de opinión. ¿Aguantas a unos chinos voladores? ¿Disfrutas de la inexistencia de reglas futbolísticas y físicas? ¿Está el cine por encima de todo esto? Sí, son preguntas retóricas, y te servirán de guía para dos cuestiones muy importantes: disfrutar del cine de Stephen Chow y confiar en la opinión de este blog.

 

Publicado en Cine, Crítica, Deporte, Fútbol, Películas | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

¿Dónde está el Trono Nuclear?

nuclear-throne_

La vida está llena de absurdos, pero nada es tan absurdamente difícil como Nuclear Throne, un videojuego postapocalíptico donde la adicción te lleva a un punto de desconexión cerebral absoluta para alcanzar luego un estado de histeria, resignación, tristeza, euforia, depende de cómo reacciones a las muertes. ¿Por qué jugar algo que me irrita, que me quita el sueño, que afecta mis relaciones interpersonales? No sé, pregúntenle a un cocainómano por qué se sigue inyectando o por qué una vez limpios tienen recaídas.

Aquellos con un pasado nintendesco podrán recordar las múltiples secuelas de Megaman al pensar en videojuegos difíciles, por la cantidad de proyectiles y enemigos en pantalla, pero nada se asemeja al randomize, o aleatoriedad, algo no tan habitual en esos años. En aquellos tiempos, tanto jugabas, que llegado determinado punto aprendías de memoria la locación de cada monstruo, o peor, entrabas en un estado catatónico donde te acostumbrabas a todos los posibles escenarios, y te convertías en un ser cuasi inmortal. A mí me ocurrió con Castlevania: meses sin pasar de un nivel, y de repente, un día no volví a perder. Primero lo consideré la gracia del Señor, pero en realidad era mi subconsciente tomando decisiones a partir de experiencias anteriores. Por eso, cuando la memoria no tiene cabida en los videojuegos y dependes de la suerte, los reflejos y la coordinación entre computadora y cerebro, y tu peor enemigo es la aleatoriedad… mejor leerse un libro.

Ese es el problema de Nuclear Throne. Treinta enemigos disparando, corriendo, chillando, la pantalla llena de balas más grandes que tu personaje, la música trash a punto de tímpanos rotos, en otras palabras, caos. Atención, Nuclear Throne puede freírte el cerebro.

El argumento es sencillo. Mundo post-apocalíptico y un variopinto grupo de personajes sentados en una fogata. Un pez trovador, un pollo ninja, un científico cargado de esteroides, un triángulo con complejo de rapero, una planta carnívora, un monstruo lleno de ojos con poderes telequinéticos, un cuerpo en proceso descompositivo, entre otros. Solo los creadores pueden saber de qué hablan, pero por algún motivo, han llegado a la conclusión de que deben llegar al Trono Nuclear, ¿y destruirlo quizás? Cada uno cuenta con habilidades únicas, ya sea establecer una cámara lenta, invocar un aliado, explotar cadáveres enemigos. Pero atención, lo que parece ser un desmadre de balas en el universo de lo pixelado tiene su lógica de fondo. Cada enemigo deja caer residuos radioactivos al ser asesinados, y acumulada cierta cantidad, tienes la posibilidad de mutar: una pierna extra, dientes afilados, tripas gamma u ojos de águila. Así, te conviertes en un monstruo bien rápido, un ser radioactivo o en un especialista con armas de fuego. Incluso las tres al unísono.

La otra variable del juego para asegurar que cada partida sea diferente a la anterior es la diversidad de armas, y la necesidad de cambiarlas con frecuencia debido a la escasa munición. En otras palabras, es casi imposible seguir un patrón para lograr avanzar, cada vez debes crear un nuevo plan.

Con un guiño gigante a todo lo pop, desde una cita de Hal 9000 a un nivel secreto donde se ocultan las Tortugas Ninjas y Splinter, mutantes como los protagonistas, el juego hace una declaración de principios que se agradece: “diviértete, incluso en el entretiempo”, ¿y acaso hay algo más importante que divertirse? Sí, ganar el juego. Por eso sigo enganchado.

Publicado en Videojuegos | Etiquetado , , , , , , | Deja un comentario

Decepción y gratificación

Uno va al estadio a gritar, a apoyar a su selección, o a hinchar, no a ver un objeto museable. Hace unos años, Maradona fue a Guanajay a exhibirse, en el mejor sentido de la palabra, nada peyorativo. Una visita formal a un pueblo de cierta tradición futbolística. El Pelusa comenzó a hacer algunos dominios, y como parecía no estar muy en forma, algún atrevido empezó a gritarle gordo y demás calificativos que seguían la línea (lectores no avispados, eso de línea tiene un doble sentido). Final de la historia: el Diego de la gente se fue bien molesto y el atrevido terminó arrestado. ¿La razón? Las leyendas del fútbol se disfrutan en el momento, no ya pasados sus años de glorias.

El 2 de junio de 2015 fue una fecha histórica para el fútbol. Joseph Blatter anunció su renuncia, el Cosmos de New York jugó un partido histórico en La Habana, yo cumplí veintiséis, Raúl González Blanco, el Ángel del Madrid, puso sus pies en el Pedro Marrero y Pelé se sentó en lo que vendría siendo un palco. Se dice fácil.

Desde que tengo consciencia futbolística, es decir, desde que Dennis Bergkamp le marcó “el golazo” a Argentina el 4 de julio de 1998, solo recuerdo a un monstruo del balompié pisando la grama  del Estadio Nacional de Cuba. Y Landon Donovan solo superaba en cojones al 7 del Madrid. Perdonen la palabra, no hay otra. Como yo no pude ver al 10 de Estados Unidos en aquella ocasión, me pareció buena idea caer por el Pedro Marrero.

Como es lógico, una hora y media antes de comenzar el encuentro, entrar al estadio parecía una odisea. A las autoridades cubanas les encanta desesperar a las personas, convertirlas en animales, para luego mostrar sus dotes para mantener el orden. No había ni mil personas afuera, pero aún así, entrar parecía imposible. Un cojo amenazaba con su carnet de la ACLIFILM, alguien mostraba una falsa credencial de periodista y cada quien intentaba su artimaña para entrar. El clima era fatal. Llovía fuerte, lloviznaba, escampaba, lloviznaba. Después de intentarlo en dos entradas, cuando fui a la tercera, la puerta se abrió y una pequeña ola humana penetró. Como es lógico, la novia y yo nos colamos sin pagar un centavo, porque el deporte es un derecho del pueblo, y la diferencia entre cinco o diez pesos y nada es lo mismo. Además, el Estadio ni siquiera se llenó.

Ahí encontré al Banano, uno de esos “personajes” de Guanajay que sube al estadio a jugar al fútbol con un radio BIR (Batalla de Ideas Revolucionarias), para mientras se sienta a esperar su turno escuchar ESPN Deportes Radio. El pueblo es el pueblo, e incluso encontrarme con un loco con el que paso la mayor parte del tiempo discutiendo por las fuertes entradas sin balón o por su fanatismo me dio alegría.

Me senté lo más cerca que pudo de la cancha; delante tenían reservado sus asientos los fanáticos del Cosmos: un grupo de estadounidenses con perfecto dominio del español y bolsas cargadas de suvenires de su equipo para regalárselas a los cubanos. Lo que debía ser un gesto de buena voluntad terminó en la trifulca habitual cuando en Cuba algo se reparte gratis. Quizás en Canadá o Japón sea igual, pero como mi realidad esta y me desagrada, la cuento con el matiz que me parezca. Los niños se lanzaban a por lo que fuese, y los mayores también. De pronto el Cosmos era el Barcelona, y todos querían una pegatina, un llavero, una bufanda, incluso dejar sin pulóver a los hinchas de Nueva York.

Y comenzó el encuentro. Lo reconozco, fui por un objeto museable, una sombra de lo que fue, pero aun así, ver a Raúl tocando de primera tenía su encanto. Cuando los goles comenzaron a caer como la lluvia sentí vergüenza. Camus dijo que Patria es la selección nacional de fútbol, por eso yo y el chovinismo nada tenemos que ver; mi vergüenza era con aquel hombre, que con 37 años, con una sencillez pasmosa, llegó a La Habana a jugar un amistoso para complacer el deseo de unos cuantos fanáticos de ver un mito corriendo por el potrero nacional, y nosotros, con nuestra pundonorosa selección nacional, no opusimos resistencia. Olvídense de la Copa de oro y los malos resultados habituales. Por dignidad, debieron jugarle con todo a un club de segunda división. Pero ni eso tenemos. Derrota por 1-4. No, no grité el gol cubano.

Raúl jugó como una especie de volante. Daba salida a su equipo, apoyaba en el ataque, se deja ver, se dejaba querer. Lucía. A eso fui. A verlo. Cuando faltaba un minuto me levanté y me fui. Y ese me fui debería ser el cierre de este texto, pero como el mundo es un pañuelo, y el dos de junio era mi cumpleaños, Raúl González Blanco fue a comer al restaurant Los Naranjos, ubicado en 17 entre Paseo y A, La Habana. Casualmente, donde yo vivo.

Una foto, nada más. ¿Qué podría preguntarle? ¿Joseph Blatter? ¿Cristiano Ronaldo? ¿Florentino Pérez? Y no me arrepiento. Hay cierto espacios que uno no tiene derecho a penetrar.

cuba-cosmos-junio-2 (1)

Uno de los hinchas del Cosmo entrega una bufanda a una niña.

cuba-cosmos-junio-2 (2)

Los hinchas del Cosmos repartieron llaveros, pegatinas y gorras entre el público cubano.

cuba-cosmos-junio-2 (3)

No me queda claro de a qué se refiere…

cuba-cosmos-junio-2 (5)

Un espontáneo saltó al campo durante el juego.

cuba-cosmos-junio-2 (6)

Remate de Andy Vaquero para subir la honrilla al marcador.

cuba-cosmos-junio-2 (4)

En espera de que otro equipo entre a la cancha.

cuba-cosmos-junio-2 (7)

Una de las tantas acciones de peligro del Cosmos.

cuba-cosmos-junio-2 (8)

Tercer gol del Cosmos.

cuba-cosmos-junio-2 (9)

Segundo gol del Cosmos.

cuba-cosmos-junio-2 (10)

Un fanático tenía una bandera cubana por un sitio, y amarrada al mismo palo, una americana.

cuba-cosmos-junio-2 (11)

Un fanático tenía una bandera cubana por un sitio, y amarrada al mismo palo, una americana.

cuba-cosmos-junio-2 (12)

Detalle del Pedro Marrero.

cuba-cosmos-junio-2 (13)

Los hinchas del Cosmos antes de comenzar el encuentro.

foto con raul

Está un poco flaco el Ángel del Madrid.

Publicado en Crónica, Deporte, Fútbol, Fotografía, Fotorreportaje | Etiquetado , , , , , , , , | 4 comentarios

El infierno según Padura

regreso_a_itaca_Decepción. Una de las tantas palabras que sirven para definir a “Regreso a Ítaca”. Cinco amigos se encuentran después de 16 años para celebrar el regreso de uno de ellos que, sin previo aviso, decidió marcharse del país. Recreada en el presente, la película intenta diseccionar una realidad que pasa por el filtro de Leonardo Padura, motivo por el cual el se convierte en una especie de estrado desde donde el escritor deja claro sus puntos de vistas acerca de la Cuba actual.

La cinta tiene un ritmo pausado pero sin llegar al extremo del cine europeo. Dirigida por el francés Laurent Cantet, ganador de la Palma de Oro en Cannes con “La clase” en el 2008, el film se limita a contar a través de la voz de sus actores, una especie de puesta en escena teatral con una única locación, sin saltos temporales y donde los sentimientos, negativos casi siempre, suben el tono de la trama y la tensión entre los amigos. Con todo esto, la cinta propone un lienzo que no es la realidad de todos los cubanos pero sí la de un grupo que apostó sus vidas a un proyecto y al final se sintieron estafados.

Quizás la novedad en “Regreso a Ítaca” con respecto a la temática cubana es la forma en que se aborda la realidad. Por regla general, casi todas las realizaciones nacionales hacen un guiño a la situación política, ya sea a través de un chiste que sirve de válvula de escape o un contexto donde el espectador cubano se siente identificado. En esta propuesta, el contexto es el único motivo de ser de la película: gritar sin tapujos toda la inconformidad con un sistema.

Es destacable la actuación del quinteto que lleva la cinta acuestas, pues son Nestor Jiménez, Isabel Santos, Fernando Hechevarría, Jorge Perogurría y Pedro Julio Díaz Ferrán quienes logran mantener a flote una apuesta tan arriesgada como la de sentar a cinco cubanos a hablar “cáscara” con una botella de alcohol por medio.

Cada uno de ellos representa algún tipo de fracaso. El artista al que le robaron el talento y las oportunidades, el incomprendido que se marchó del país, el solitario sin familia porque los suyos se fueron, el ingenuo que mira en otra dirección para no ver, y el corrupto que prefirió arriesgar el cuello para buscar la felicidad a través del dinero. Y aquí desearía hacer un alto. El único personaje con las agallas para enfrentar la vida termina contra las cuerdas al final del metraje; corrupto o no, fue quien decidió tomar las riendas y jugar a la ruleta rusa; no lo hizo de la mejor manera, pero si estás increpando a un sistema por robarle la vida a un grupo de personas, es un poco ambiguo que le eches la soga al cuello al único que tuvo el valor de robarle al sistema.

Además de Perugorría, quien sin ser el protagonista es una de las principales marionetas empleadas por Laurent en esa búsqueda de pequeños clímax de la cinta, es válido destacar la buena actuación Fernando Hechevarría; la película gira alrededor de él, y a pesar de ser Nestor Jiménez la figura central, la mayoría de las interrogantes se refieren al pintor frustrado. Es él quien nos devela la verdadera cuestión del film, que no es la decepción como mencionábamos en el primer párrafo, sino la cobardía. Bajar la cabeza y aceptar. Rafa (Hechevarría) se las da de rebelde, pero es uno más que no pudo con el miedo y los mecanismos de represión de una dictadura solapada, según Padura.

Durante una cena que sirve de interludio al acto final, se toca el tema de los jóvenes que desean emigrar, y lo hace de una manera tan superflua, que se confirma una sospecha presente desde un inicio. En su afán de realizar una radiografía nacional, de tocar todos los temas, desde el surrealismo habanero, hasta el amor al beisbol, las costuras comienzan a notarse y ciertas cuñas colocadas a la fuerza, no tanto a modo de concesiones sino en busca de lograr un gran relato, provocan cierto hastío de tanta reflexión.

La idea final queda clara: ninguno luchó por sus sueños. Eddy (Perugorría) abandonó la escritura, Aldo (Díaz Ferrán) vive el día a día como un sobreviviente, Tania (Santos) se cae a pedazos por las ausencias, y para el gran final, nos guardan la historia más dramática de todas: el motivo por el cual Amadeo se marcha de Cuba.

Y aquí se le escapa el guion de las manos a Padura. Entre tanto miedo, el regreso de Amadeo parece poco lógico. No es imposible, pero un final tan efectista deja muchas incógnitas abiertas y nos hacen dudar de mucho de lo narrado con anterioridad. Usted puede tener un final abierto, o permitirle al espectador buscar un significado propio a determinada idea, pero no puede doblar un codo y convertirlo en recta sin más explicaciones, mucho menos cuando el objetivo es dejar al espectador ante el conocido “abandona toda esperanza” y marcharte sin más.

PD: Después de leer otra vez el texto, hay algo importante que me faltó mencionar. Para mí, este es el primer filme nacional que aborda sin tapujos el tema de la represión en Cuba. Si estoy equivocado, por favor corríjanme.

Publicado en Cine, Comentarios | Etiquetado , , , , , , | 1 Comentario

Mariposa

Álvaro Morata en la Juve.

Álvaro Morata en la Juve.

Si a Martin Scorsese le gustase el fútbol, haría una película sobre Álvaro Morata. El asesino que con el dolor de su alma pega dos tiros en el pecho a su antiguo patrón, quien años antes se había encargado de formarlo y convertirlo en el matador de área tan codiciado por la clase media del fútbol.

Dos disparos le bastaron para sacar del negocio a su anterior empleador. El primero como lo hacen los viejos conocedores del oficio. Un buen asesino se ubica en la puerta de salida del apartamento de la víctima, porque él sabe cuál es la rutina y los puntos débiles de un Casillas que no ha sabido envejecer al estilo de Buffón (porque hablar del buen vino a estas alturas no es solo un cliché, sino una desconsideración con los catadores, como si uno supiese a qué sabe el buen vino). Así, Morata se encargó de recordarle al Madrid que 20 millones no son suficiente si uno de los nuestros termina doblándote la moneda.

Borrón y cuenta nueva.

Y cuando todos soñaban con una final española, cuando la victoria parecía posible, reapareció un viejo fantasma que corre por el Santiago Bernabeu, el de los exiliados que triunfan en tierras foráneas cuando la directiva merengue les da la espalda. Esta vez acudió más a la clase y no tanto al instinto. Control de pecho, disparo contra el césped y muerte inminente. Al corazón del madridismo.

Morata se fue, y en cambio trajeron un sicario mexicano, uno que cuando salvó las tablas ante el Atlético, mostró, con una celebración exacerbada, que su amor propio era mayor que el respeto al club. Quizás no hubiese marcado ni un solo gol si se hubiese quedado y su presencia en el banquillo hubiese sido más humillante que la sufrida por Javier Hernández, pero como los “y si…” no valen en el deporte, los clientes del Real Madrid no dejan de preguntarse por qué vendieron a Morata.

Al final, les pasó factura la mariposa, esa que aletea en Hong Kong. Lo que parecía una entrada fácil de veinte millones de euros terminó en una eliminación en semis de Champions. Florentino hace una mueca y piensa en la nueva purga, en la repesca de Morata, los próximos triunfos, los nuevos nombres en la larga lista de estrellas que han portado la camiseta y no han levantado un título importante y demás nimiedades relacionadas con sus negocios en México, Costa Rica y Colombia, todas camufladas bajo la rentable venta de camisetas.

Publicado en Deporte, Fútbol | Etiquetado , , , , , | 3 comentarios

Cuatro en línea

neuer-miss-penaltyFallar un penal es siempre una posibilidad, poco probable, pero real. Son más los cobros que provocan el grito de gol frente a las atajadas del portero, los balones a las nubes y los caprichosos postes. Fallar un penal es tan probable como que Pauleta te marcase un gol.

Ahora, abrir con un fallo de tu capitán debido a un resbalón en la grama de su propio estadio en la tanda de penales es como si Sergio Ramos te marcase a la salida de un córner. Los rivales siempre le miran con malos ojos cuando entra al área del portero; su testa es como un fantasma buscando manifestarse en el marcador. Lo mismo ocurre con el primer cobro desde los doce pasos, pero esta vez el temor es de los aficionados locales. El fallo es una posibilidad que desean azorar a toda costa, abrir abajo puede ser el principio del fin.

Cuando tu segundo cobrador, quien por mucho tiempo fue el encargado de finiquitar desde los doce pasos en la selección nacional de España, no cualquier España sino la de las dos Eurocopas y el Mundial, también se resbala y la envía a tres metros de la portería, piensas cuándo fue la última vez que Javier Mascherano marcó un gol (con el Barça nunca ha marcado). Porque ese segundo fallo duele tanto como ser la víctima del “jefecito” después de 72 meses de sequía; o peor, estar en el séptimo inning de un partido de beisbol sin que ninguno de tus jugadores haya llegado a primera, y te repites una y otra vez “esto no nos puede estar pasando a nosotros”.

Hay escenarios peores. Un penal atajado al tercer cobrador, al goleador de la final del Mundial Brasil 2014, al delantero que dejó con la miel en los labios a la Argentina de Lionel Messi, te traslada en el tiempo al 2005, cuando Ronaldinho era un crack en el Barça; tú eres mexicano, hincha de los Gallos Blancos de Querétaro, y sueñas con que un día, el brasileño le marque dos al América en el Estadio Azteca. Es un sueño tonto, pero un día despiertas y lo vives. Claro, soñar con tres fallos al hilo en una tanda de penales es una pesadilla, pero igual un día despiertas y la vives, como le sucedió a Suiza con Ucrania en octavos de final del Mundial del 2006.

No obstante, cuando uno falla tres penales, el rival tiene la posibilidad de asestar un golpe terrible en su tercer cobro. A menos que tu guardameta sea Manuel Neuer. Y esto solo puede convertir la pesadilla en algo peor. Fallar un cuarto disparo desde el fatídico punto es el equivalente a ser víctima de una remontada épica en la final de la Champions League. Llegas al descuento con una ventaja de un gol, y tres minutos después, cuando el árbitro da por concluido el encuentro, estás debajo en el marcador. Ambas cosas solo pueden ocurrirle a un equipo. Les presento al Bayern de Múnich.

Publicado en Fútbol | Etiquetado , , , , , , | 1 Comentario