Rusia, día 25: ¿Y ahora qué haremos con nuestras vidas? ¡Ah! Sí, ganó Francia

Por segunda vez, Francia jugó al futbol y no se ocultó detrás de la línea Maginot. Por segunda vez, fue bello ver a les bleus. Por segunda vez, levantan la Copa del Mundo. Por tercera vez, el pobre Mandzukic marca en tres finales, y pierde cada una de ellas. Ahí están Griezman, por fin campeón de algo que implique jugar una final de verdad, y ganarla. Ahí está Pogba, sin gota de brillo en el Manchester, anotando en la final de un Mundial. Ahí está Matuidi, segunda línea del Juventus y campeón del mundo. Ahí está Giroud, el bulto, el de los goles bellos, si no, mejor no marcar. Ahí está Dembelé, sentado en el banco porque así luce mejor. Varane, Umtiti, la pareja de rivales, los defensas salvadores. Pavard. ¿Quién carajo es Pavard? Da igual, pedazo de gol que le clavó a Argentina. ¿Lloris? Un puto Dios. Solo los dioses saben cuándo equivocarse; hoy no había lugar para errores groseros y ahí va él y se gasta la cagada de la vida. Y el VAR, la federación del fútbol francés se deshará en elogios con el VAR. ¿Y Deschamps? La cobardía, el miedo, todos atrás, ya caerá el gol. Eso a Argentina no le funcionó en 2014. Y llega Francia y le dice, “tenías razón, era así, trancarse y dejarle el fútbol a los que saben delante”.

Pobre Croacia. Con su mantel de restaurante de tercera categoría jugando una final del Mundial de fútbol. Qué mierda esa FIFA al darle un premio de consolación a Modric cuando Mbappé debió ganar el mejor jugar del Mundial. Pobre Croacia, que dentro de poco tendrá en Zagreb (¿vieron? conozco la capital de Croacia) una estatua de Modric, Subasic, Rakitic, Mandzukic, Perisic, Lovren, Vida. Y en una esquina, Davor Suker con una sonrisa. ¿Por qué uno prefiere a los underdogs,  a los equipos más débiles? Supongo que el fútbol nos ha enseñado eso, a hinchar por lo perdedores. Seguir a quien menos posibilidades tiene. Las alegrías son mayores cuando la amargura está ahí todo el tiempo. Peor cuando es cada cuatro años. Cuatro años. Dios. ¿Qué voy a hacer con mi vida?

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Rusia, día 24: como si fuese una final

Hoy pudo ser el partido tu vida. Hoy, quizás, te hubieses convertido en leyenda. Hoy el mundo se habría detenido solo para verte. Pero no. Solo juegas un partido de consolación, un absurdo heredado del lógico tercer lugar del atletismo y cualquier tipo de carrera. ¿A quién le importa cuál es el mejor de los perdedores? El “que hubiese sido si” toma forma en un partido por el bronce. La decepción, la necesidad de jugar como si importase. La medalla que toda la vida te recordará qué tan cerca estuviste. Y cómo lo dejaste ir. Por un lado, unos franceses colgados de la portería, como si fuesen griegos, como si fuesen el Internazzionale de Héctor Cúper. Por el otro, el pundonor croata y la cobardía inglesa. El resultado es el mismo. Hoy no se juegan nada, Bélgica e Inglaterra cumplen con el montaje y comienza a rodar el esférico.

Dicen los números que Inglaterra tiene más el balón, pero la sensación es que los belgas tienen una superioridad abrumadora. A los cuatro minutos, la gran revelación belga, el gran ausente de la semifinal, el culpable, si se quiere, de la derrota por el simple hecho de no estar frente a Francia, Meunier, abre la lata. De extremo izquierdo a extremo derecho. Chadli centra y Meunier la empuja adentro lo menos elegante posible. El esférico le golpea unos centímetros por debajo de la rodilla derecha. Él simula rematar, para la repetición, para la foto, por si es el único gol del partido. Hay mucha fortuna en ese 1-0.

Así transcurre el partido: los ingleses desaprovechan oportunidades y los belgas derrochan talento. Hubiese sido una final hermosa y entretenida. Ya para cerrar, Hazard se regala el 2-0. Una sonrisa dolorosa para los belgas al final de la jornada, la medalla del casi. Del otro lado, la sepultura absoluta para Kane, Stones y Pickford. Quizás lo único peor que jugar un partido por el tercer lugar sea perderlo. Y quizás lo único bueno de esas dos derrotas seguidas (semifinales y tercer puesto) es la sensación de alivio que te queda al pensar “mejor no haber llegado a la final, hubiese sido mucho más doloroso”.

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Rusia, día 23: Francia – Croacia, veinte años después

Minuto cinco. Todo parece estar decidido. Trippier, con un cobro de falta decente, pero sin llegar a ser obra de arte, pone a Inglaterra por delante. Inglaterra domina. Croacia no tiene ideas. El segundo tiempo parece que será más de lo mismo. Todos los jugadores de Croacia salen serios, con cara de pocos amigos. El técnico, Zlatko Dalic, camina diez metros delante de ellos, como si se le hubiese olvidado comprar el pan o la leche; piensa en lo que sea menos en el partido. Cualquier persona con sentido común ya se imaginaba el morbo de Inglaterra – Francia en una final de la Copa del Mundo. Pero (no quiero ser pedante, se los dije con antelación), Inglaterra es Inglaterra.

En el segundo tiempo, los croatas se hicieron con el partido. Lentos. Sin apuro. Había tiempo. Un gol era remontable. Y ahí apareció Perisic, como en una cinta de artes marciales de los setenta, con un pie a una altura fuera de lo normal, el espíritu de Ibrahimovic, el empate, el inicio de la remontada. En 1998 les remontó Francia en semifinales. En 2018, tienen la oportunidad de remontarle a Inglaterra. El fútbol te da revanchas. Menos a Argentina e Higuaín.

En la prórroga, la lógica indicaba que Croacia moriría; incluso si llegaban a penales, no podían tener piernas para aguantar. El cansancio debía liquidarlos. Y entonces es Inglaterra quien parece ahogada. Kane, como buen líder, baja al medio campo. Intenta distribuir pero no logra mucho. Todo está servido para que el hombre más agotado de Croacia, que apenas puede moverse en el campo, cace un balón suelto y la envíe al fondo de las redes. El despiste de Stones es olímpico. El balón va hacia él y Mandzukic le gana las espaldas. Y Mandzukic no es Higuaín; él, si tiene media oportunidad, hace dos goles con una ocasión. Es el final. A Inglaterra solo le queda morir ahogada. La final soñada, el Bélgica – Inglaterra de la fase de grupos, queda como premio de consolación. Es estúpido. No deberían existir partidos por el tercer lugar. Solo debería existir un campeón, el resto son perdedores. Si no, Argentina podría consolarse de haber perdido solo ante los finalistas de la Copa del Mundo, y eso es una reverenda estupidez.

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Rusia, día 22: no te apures, de seguro cae un gol

Francia tuvo oportunidad de hacer el segundo, el tercero, incluso un cuarto, pero prefirió sentarse a esperar. Un acto de suprema valentía, conformarse con un único gol frente a Bélgica, confiar en tu zaga, en tu portero, en los once jugadores que defienden y dilapidan ocasiones por igual. Francia hace lo justo, no en sentido poético o de justicia, sino lo justo para ganar. Sin excesos, con alguna floritura, mucha entrega, y nada más. Francia me recuerda a Cuba, que espera sentada a ver qué pasa, si basta con el socialismo para seguir viviendo, o si alguien viene y lo derriba en un final inesperado.

Hazard lo intentó de todas las maneras. De Bruyne igual. Hay murallas insuperables. Muros que se ven desde la Luna, parecen el non plus ultra, hasta que un día caen. Y uno se pregunta cómo Argentina les marcó tres en octavos sin jugar a nada. En el fondo, Francia tiene suerte. Bélgica no, Bélgica tiene talento, y a los talentosos, pocas veces se le otorga la gracia de la victoria. Es más larga la lista de los grandes jugadores que no ganaron, que la de los campeones. También es cuestión de lógica, si juegan 736 futbolistas un mundial, y lo ganan 23, solo dos o tres estrellas podrán llevarse la miel a los labios.

A mi esta Francia me da un sueño terrible. Quizás a sus rivales también y por eso ganen. Tal vez por eso terminen campeones del mundo. O tal vez lo justo, esta vez poético, acabe con ellos en la final. Ojalá que no, no hay nada más aburrido en el mundo que las victorias justas y merecidas. Ni el propio juego de los franceses provoca un bostezo tan rápido como lo previsible.

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Rusia, día 21: Modric, el cobrador de penales

Por tercerra ocasión en la historia Inglaterra jugará unas semifinales. El tema es serio. De las dos veces que superaron la barrera del quinto partido, en una ganaron la Copa del Mundo. Con polémica incluida. Hoy todo pareció muy fácil. Par de goles y seguimos, sin complicaciones, en busca del título. Inglaterra es otro equipo, uno que gana con seguridad y sus estrellas no desaparecen cuando más se les necesitan. No hay un Beckham que se autoexpulse, ni un portero (o dos) que se trague goles inverosímiles, ni un Rooney que corra como pollo sin cabeza por el campo, ni un Lampard, ni un Gerard marcados por el cuño del vencido. Hoy Inglaterra parece poca cosa, y está en semifinales. La reina podría ver cómo ganan un segundo mundial. De seguro unos cuantos incorporarán un sir cuando los anuncien por el altavoz del estadio.

Rusia nos hizo un gran favor al sacar a España del Mundial. Nos ahorraron la tortura del tiki-taka, del pase por el pase, de la posesión por la posesión, de todo el absurdo en que se ha convertido el fútbol español. Seguro que por eso quieren separarse los catalanes, para tener ellos el fútbol más absurdo de todos. Quizás por eso, solo por eso, Rusia mereció mejor suerte. Y así se nos hizo creer. El golazo de Cherysev, más bello por dejar a Subasic clavado al suelo que por su propia factura, parecía un buen camino para deshacerse de los croatas. Y luego el gol salvador de Fernandes, cuando faltaban cinco minutos para que todo terminase. En algún punto, la ilusión, el pase a semis, estaban con los rusos. Todo dependía de Modric, que se ha graduado de pésimo cobrador de penales.

Ahí está Modric frente al balón. El capitán de Croacia, una de las dos bujías del Real Madrid, el hombre que falló un penal ante Dinamarca y casi hace lo mismo con un segundo. Búsquelo en Youtube, por tres centímetros Schmeichel no lo ataja. Y hoy, por desgracia para él, le tocaba enfrentarse desde los once pasos al fantasma que lo perseguirá el resto del Mundial. Al final Modric tiene suerte, porque sin suerte no se ganan tres Champions seguidas. Lo cobra mal, Akinfeev lo adivina, lo desvía al poste, pega en el travesaño, pega en el otro poste en una carambola eterna, y al final, se escurre entre las redes. Qué diferencia con Rakitic, que le pega suave, raso, como no se debería cobrar nunca un penal, y siempre terminan en el fondo.

Ustedes saben que frente a Inglaterra, Croacia tendrá un penal a su favor, ¿verdad? A ver a quién le dan la responsabilidad de cobrarlo.

(Cuando publiqué la primera vez, puse que Inglaterra solo había llegado una vez a semis de mundiales. Corregido. También el nombre de Fernandes lo publiqué con error. Corregido también.)

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Rusia, día 20: Astérix y Obélix vs Tintín

Francia sigue viva por pura inercia; con un mínimo esfuerzo elimina a sus rivales, caen como moscas ante su mera presencia. “Hola, soy Francia, ¿podrías dejarte ganar? Tenemos mucho potencial pero nos da pereza esforzarnos”; parece un chiste, y quizás eso sea lo más gracioso, la forma en que se propaga, se vuelve viral, y como buen chiste, ya todos se lo saben, “hay que rendirse ante Mbappé y compañía”. Cada día Les bleus se parecen más a la Argentina de Sabella, que sin mucho ruido se coló en la final de 2014.

Francia no se parece en nada a Astérix y Obélix, más bien lo hacen a Las aventuras de Tintín, donde un grupo de personajes paródicos se deja guiar por un niño que sin muchos problemas y algo de talento resuelve los casos. Lo sé, es absurdo, pero eso es Francia, un cómic belga donde no pasa mucho y todo parece maravilloso. A Uruguay no se le puede pedir mucho más; Muslera llevaba una gran cantidad de partidos sin cometer errores, así que era cuestión de tiempo; y Luis Suárez es un delantero de área, a diferencia de Cavani, que puede tomar el balón en su cancha y guiar a su selección. Y con garra no se le gana a nadie. Ni los trescientos en las Termópilas, ni los estadounidenses en El Álamo, cuando te superan, te superan, da igual si caes con honor o escondido debajo de una piedra. Quizás la muerte con honor se sienta mejor, pero es la misma muerte.

Bélgica, en cambio, sí se parece a la aldea de la Galia que resistía los embates de los romanos. Ahí están Astérix (De Bruyne), Obélix (Lukaku), Panorámix ( Hazard), esa pareja de centrales, tan parecida al pescadero y al herrero que se pasan el día discutiendo si el pescado está fresco o no, incluso Courtois es el artista incomprendido del arpa, que a base de gritos (y atajadas, claro está) se la pasa salvando a los suyos. Bélgica es un bastión. Hoy tocó encerrarse en el área y aguantar toda la furia brasileña. El partido anterior hubo que salir a buscar el resultado, con garra y con goles; y así, siempre hay un galo (en este caso belga) que sale a salvar el día. Cuando tienes la magia de Hazard detrás, todo es posible. Y si no los convenzo por completo con esta comparación, fíjense en Thierry Henry, y díganme si no ven a Ideafix, la mascota de Obélix, siempre con los galos, pero sin hacer mucho, quizás algún aviso inesperado por su olfato canino.

De Brasil, la magia y la falta de gol. Brasil nunca se había visto presionada en este Mundial. Hoy, por primera vez con los cojones en la garganta, no pudo salir airoso con toda su colección de cromos. Las estrellas, los jugones, los pentacampeones, vencidos. Son los engaños del mundial, que te enfrentas a cuatro selecciones de segunda línea y ya crees que estás al más alto nivel y puedes aspirar al título.

Ahora a esperar. Quizás la aldea gala, interpretada por Bélgica, caiga ante el influjo inexplicable de Tintín (AKA Francia). O quizás no, quizás los franceses salgan volando por los aires ante la poción mágica de Panorámix. Como sea, queda entre cómics francófonos. Ya se las arreglarán.

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Rusia, día 19: mira tú, ganó Inglaterra

“Baff, bola fácil de despejar”. Algo así debió pensar Akanji ante el disparo raso y sin potencia de Forsberg. Se equivocó. Era mejor dejarla pasar. Me duele en el alma tener que darle la razón a Ricardo Arjona, “pero bueno no es el que ayuda sino el que no jode”. Un partido muy trabado y con numerosas oportunidades desperdiciadas, se define por un fallo con las mejores intenciones del mundo. Si eso no es la definición de la tristeza, no se me ocurre qué más pueda serlo. Adiós Suiza, siga usted Suecia.

Y como mismo para unos es una desgracia, para otros es una bendición. Y si eres de ascendencia vikinga, seguro se lo atribuyes a uno de tus dioses, no importa cuál, intervención divina y no se discute más. ¿Cómo si no justificar que Suecia esté entre los ocho mejores del mundo si solo ha derrotado a México, Corea del Sur y Suiza? El azar es parte de los grandes torneos, injusto sería emparejarlos de forma que los mejores se enfrenten a los peores. O no, depende de a qué equipo te enfrentes o de por quién hinches. Igual a Suecia no es que le importe mucho.

Al parecer, llegó el día en que Inglaterra dejó de ser Inglaterra, justo cuando más se parecía a Inglaterra. Un penalti como una catedral y la ausencia de la estrella colombiana parecía darle el pase a cuartos de final a los inventores del fútbol. Ya estábamos en el tiempo extra, y los cafeteros empujaban con muchas ganas y pocas ideas. Inglaterra estaba casi segura. Solo un córner y Yerry Mina podrían salvarlos. Y en el 90+3, córner a favor de Colombia y gol de Yerry Mina. Es impensable, el Barça no puede permitir que un sudaca marque más goles que su estandarte político. ¿Qué sería de Catalunya si un colombiano fuese más temido que Piqué en cada jugada a balón parado? Por eso lo quieren ceder, que juegue en otro sitio; menos en el Madrid, claro.

Y en eso estábamos, Inglaterra se dejaba empatar en el descuento. Inglaterra, que nunca había ganado una tanda de penales. Inglaterra, que por no decepcionar prefiere decepcionar siempre. Inglaterra, agazapada durante los primeros quince minutos. Inglaterra que despierta. Inglaterra ataca y tiene par de oportunidades. Inglaterra, que de nuevo está en la tanda de penales. Y sin que nos diéramos cuenta, algo cambió en esta generación. De los cinco cobradores ingleses, solo uno falló, e igual fue una pedrada abajo que Ospina adivinó de pura suerte. Gracias a ese carácter, al parecer, Inglaterra es hoy una candidata seria. Quizás mañana vuelvan a ser ellos, pero hoy son algo distinto.

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Rusia, día 18: Brasil debería estar preocupada

Guillermo Ochoa es uno de esos porteros magnéticos que se las arreglan para que todos los balones, o casi todos, terminen en sus manos. Brasil lo sabe, hace cuatro años lo sufrió en la fase de grupos. Guillermo Ochoa brilla con la selección mexicana gracias a las carencias defensivas del tricolor, pero a nivel de clubes la historia es otra. Hoy el rival era Brasil, Neymar. Hoy necesitaba más que nunca de toda esa atracción que ejerce sobre el esférico. Hoy era el día para que México pasara, por fin, a cuartos de final.

Y también era el día de Neymar. Menos saltos a la piscina y más juego. Por fin el 10 fue el diez. Primero cazó una en el área después de iniciar él mismo la jugada. Una emboscada perfecta. Soltó el balón para que le dejasen tranquilo, para que la sensación de peligro y disminuyese. Y ahí apareció él. ¡Bum! Balón al fondo de las redes. Brasil deja sensaciones encontradas, como si su juego no acabase de explotar y le bastasen unos pequeños impulsos eléctricos para anotar. Ney desborda, dispara y Firminho no perdona el rechace de Ochoa. 2-0. A partir de ahora Brasil necesitará emplearse a fondo, y no vivir de la espontaneidad. Los rivales fáciles parecen haber terminado.

Japón obtuvo un cupo a octavos que parecía no merecer, un invitado fuera de sitio. Nadie apostaba por ellos; junto a Rusia, eran los que menos probabilidades tenían de avanzar. Y no hay nada más divertido que ir en contra de los presupuestos.  Ante sí, la imponente Bélgica, la promesa que no termina de cuajar. Comienza los segundos cuarenta y cinco minutos y empieza la locura. Quedan treinta minutos y Japón está por delante. Inui la coloca en la base del palo y la estirada de Courtouis es la viva estampa del desconcierto. 2-0. De mantenerse el resultado, alguien se haría millonario en una casa de apuestas perdida en el peor tugurio de la ciudad. Cualquier ciudad.

Los nipones redujeron su equipo a un bloque de treinta metros y subieron la presión lo más arriba posible. Era el final. Otra decepción. Y entonces a Bélgica le da por sacar una faceta desconocida. La remontada épica. Se dice fácil, pero remontar dos goles es asunto de gente seria y mucho carácter, da igual quién sea tu rival. Alemania lo intentó en una final y no pudo. Y eso de anotar el gol de la victoria en un contraataque en la última jugada del partido, eso solo lo hacen los monstruos, los grandes. Dejar pasar el balón para que un compañero venga y la envíe al fondo, eso denota demasiado carácter. A mí no me gustaría enfrentarme a un equipo así. Brasil debería estar preocupada.

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Rusia, día 17: tócala de nuevo Pep

Qué daño han provocado Guardiola y su tiki-taka. Ahí está España, más de mil pases y un auto gol. O mejor, España ya no está. Se fue ante la anfitriona en un resultado impensable. Ahora todos recibirán palos: Lopetegui, Hierro, Piqué, De Gea, Aspas, Koke, y nadie hablará de un sistema que ya no funciona, ni de que no puedes ganar un partido teniendo el esférico, ni de la importancia de los goles. España cae eliminada haciendo lo mismo que le permitió ganar títulos. España es un gremio de constructores, y los cuatro arquitectos que debieran hacer su trabajo han sucumbido al pensamiento colmena. Pásala, que ya surgirá un espacio. Pásala, que es la mejor manera de jugar al fútbol. Pásala, que nosotros no pasamos de esta ronda.

Y de los penales ni hablar. Ahora la moda es tirarlos suaves y rasos, “engañé al portero y por eso lo cobro flojo”. Por eso también perdió España, por no reventarla, por no ser cruel y haber pensado, “si la detienes, te fracturas un hueso”. Por eso De Gea no detuvo ninguna, ni siquiera cuando atinaba o le pasaban a pocos centímetros de los pies. España también está eliminada por pasar el balón a las redes, y no cobrar los penales con los disparos de toda la vida. Pero de seguro, España seguirá pasando el balón; pásala, que ya llegará otro torneo.

Croacia llegaba de favorita y antes de los dos minutos ya se había tragado un gol. Mandzukic responde. Son dos carambolas, pura suerte, desorden y nervios. Al parecer, será una locura, una lluvia de goles, la masacre de la vida. Entonces llega el tedio, el sueño, las tardes de domingo son para dormir, no para ver fútbol. Se acaban los noventa minutos. Alguna ocasión clara hubo, pero nadie se acuerda, ni los jugadores. Comienza la prórroga. Todo sigue igual. Es insoportable mirar la pantalla. Dinamarca parece que aprieta, pero es solo una ilusión. Los penales asoman en el horizonte como un café por el que hemos esperado toda la tarde pero nos daba pereza preparar.

Entonces Modric, de los pocos genios que aún sobreviven al Mundial, saca un pase y deja solo a Rebic. Al frente, Schmeichel. Detrás de él, Jorgensen. Sangre fría, portero dribleado y en el momento de rematar, penalti. Modric, el genio, será el héroe. Modric, el capitán, recibirá su premio y marcará el gol de la victoria. Modric, el talentoso, falla. Una vez más, cobrado suave y abajo, como si diesen puntos extras por no pegarle fuerte al balón.

El resto es un trámite. Los penales solo sirven para levantar los ánimos o ponernos nerviosos, pero no para elegir al mejor equipo. Modric tiene suerte y su equipo gana. Nadie recordará su fallo. Schmeichel detiene dos penales más, pero no es suficiente. Subasic ha detenido tres. Rakitic marca el definitivo. Y no lo cobra fuerte, la tira suave, pegada al palo izquierdo. Qué triste. Uno del Barça la cobra suave y abajo como los españoles, y logra ganar. El fútbol es injusto; por eso, es mejor no pasarla y pegarle duro. Así al menos jodemos al portero rival.

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Rusia, día 16: nada puede ser peor

A Sampaoli no le pareció que Francia fuese muy peligrosa, o eso deducimos por su decisión de no abrir con ningún delantero. “Messi basta”. Y Messi no basta. Argentina, la pundonorosa, y pundonorosa, se despide del mundial. El telón ha caído para la generación de los grandes goleadores. La culpa es de Dios, que es argentino, y le gusta sacrificar a sus hijos. Sufrir para llegar al Paraíso. ¿Qué es el Paraíso? Pregúntenle a Dios.

Francia no había demostrado nada, pero diez minutos fueron suficientes para destrozar a la peor defensa argentina que uno recuerde en años. Giroud tiene treinta y un años, y corre más que cada uno de los centrales de la albiceleste y laterales de la albiceleste. Eso lo dice todo. De nada sirvieron el gol de Di María, impulsado por un viento mágico para alejarlo de las manos de Lloris, ni la fortuna de Mercado para enviar al fondo de las redes un balón sin peligro. Argentina ganaba dos a uno, y lo único que lograron con esto fue liberar a la bestia, el monstruo que todos sabían que vivía dentro de Francia pero nadie había visto. Fue el final del sueño. No sé ustedes, pero yo recordé a Sabella, capaz de convertir a los defensores más mediocres en un cerrojo invulnerable. ¿Por qué te fuiste Sabella?

El resto fue el quiero y no puedo al que en poco tiempo esta Argentina nos ha acostumbrado. Messi no existía y Argentina no tenía delanteros. Entró Agüero, y en el último cambio, en lugar de incorporar a Higuaín o Dybala, sustitución de extremo por extremo. Argentina no había hecho un cambio tan malo en mundiales desde que Pekerman sacó a Riquelme por Esteban Cambiasso. Y como siempre, lo más doloroso, son los no goles. De alguna forma, la albiceleste se las arregló para descontar en el descuento (perdonen la redundancia, nunca es válida), y en la última del partido la tuvieron. Tres argentinos y un esférico. Era el empate. La prolongación de la desgracia. La negación de la realidad. El sueño de un hombre. Por encima del larguero. Final. El fútbol es bello. Incluso si no ganan ni los alemanes ni los mejores.

Cristiano Ronaldo también está en esa lista de mejores que no ganan. Mundiales al menos. Cavani se encargó de apear a los lusos con dos joyas. El primero de banda a banda, Edinson – Luis, Luis – Edinson. Cavani emula a Batistuta y con el rostro la envía al fondo de las redes. Le duele. No le importa y celebra. Es inentendible, pero en el fútbol, cuando se marca gol, el dolor desaparece.

El segundo fue sencillo. Un pase, cruzas el balón al palo lejano, el portero se estira como Reed Richards pero no llega, y cantas el de la ventaja. Pepe había empatado de testa, pero eso es intrascendente. Todo lo que haga el equipo perdedor es intrascendente, excepto para ellos y sus hinchas. Uruguay ganaba. Uruguay a cuartos de final. Uruguay – Francia. Adiós Messi. Adiós Cristiano. Si existe un Dios del fútbol, él sabrá lo que hace. Si no, sonrían; sin alemanes, sin Messi y sin Cristiano, nada puede ser peor.

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Rusia, día 15: yo usted compro a Yerry Mina

Cuando el crack de un equipo sale por lesión, los nervios se disparan, el miedo se apodera de las piernas, y el sudor comienza a sentirse como una sustancia helada ajena a nuestro cuerpo. Y además, Colombia no jugaba muy bien en el momento en que James Rodríguez fue sustituido. El aroma a desgracia superaba al del café. Superman había muerto y debían encomendarse a alguien más para salvar el partido. Pasaban los minutos y Senegal ganaba espacios, presionaba, apretaba pero el gol no caía. Y en eso apareció Yerry Mina en un córner. De nuevo el zaguero del Barça, con una gran etiqueta de “en venta” en la espalda, abría el melón. Fue marcar y el pánico cambió de bandera. Ahora los africanos eran los desesperados. Y así terminaron, llenos de rabia, porque algo tan estúpido como unas tarjetas amarillas les dejaron fuera del mundial.

Esa misma regla absurda, solo superada por la moneda al aire en caso de empate, le dio a Japón el pase a siguiente ronda. Los nipones caían uno cero y decidieron apoderarse del balón y dejar correr del tiempo. Un acto de valentía suprema, encomendarse a la suerte, a otros, y no buscar el resultado por ellos mismos. Tener fe en la ineficacia de los delanteros de otra selección y no confiar en los de uno para buscar goles, eso es ser valientes. Salir a buscar el resultado y perder es fácil, sentarse y esperar que el tornado no pase por tu casa es lo difícil.

Un dato insignificante. Túnez marcó el gol 2500 en copas del mundo. Inútil por completo, como una de esas medallas que te dan en los videojuegos por morir mil veces. O inútil como quedar eliminado con una victoria. Cosas del fútbol que uno no entiende pero llenan de felicidad a los que saben que “patria es la selección nacional de fútbol”.

Del Bélgica – Inglaterra me quedo con tres imágenes. El gol de Januzaj, un reflejo de la calidad de este equipo y de cómo en una jugada pueden inventarse un gol. Cosa de artistas: llenos de talento y destinados a fracasar. La segunda es la celebración de Batshuayi. Ese balón que golpeas con furia, se estrella en el poste y termina en tu rostro; no es el karma, sino un augurio, una imagen de lo que será el futuro de Bélgica, algo que ocurre cuando nadie está mirando y quienes lo ven no le prestan importancia. Y la tercera es Inglaterra. La que no necesita de nadie para hacerse daño. Solo eso. Inglaterra.

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Rusia, día 14: adiós Alemania (con una sonrisa de oreja a oreja)

La desgracia de unos es la felicidad de otros. Así de jodidos son el futbol y la vida. A México le bastaba un empate para pasar, y terminó por tragarse tres goles. El primero gracias a una asistencia fortuita producto de un pésimo intento de remate a puerta, otro de penal, y el último un autogol. La suerte se cebó con ellos, la eliminación estaba a la vuelta de la esquina, Suecia volvía a ser Suecia sin Ibrahimovic, o quizás era Zlatan quien no permitía a Suecia ser Suecia. No es que a México le importase nada de esto. Como tampoco le importa si algún imbécil se sentó a pensar después de terminado el partido si la victoria frente a Alemania fue gracias al pésimo desempeño de los teutones, y los aztecas seguían siendo esa selección de segunda línea con una hinchada que la considera de primera. México tenía pie y medio fuera, solo faltaba un gol de Alemania.

Y llegó el minuto noventa. Los teutones no podían con la defensa coreana. Pero el gol debía caer en algún momento. Era Alemania, seguro lo reservaban para el último momento. Entonces ocurrió. Si tenemos El Milagro de Berna, también debemos enmarcar en la historia La debacle de Kazán. Si aún hoy hablan de la victoria frente a uno de los equipos que revolucionó el fútbol moderno (los mágicos magyares por si alguien se pregunta), también es necesario hacer un paréntesis en la derrota frente a Corea. Supongo sea el karma. Le clavas siete a Brasil en su casa, ganas el Mundial, y a los cuatro años te eliminan del mundial México y Corea. Es que parece un chiste, uno de esos “te imaginas si…”. Buenas noticias. Ya no es necesario imaginarlos. Dos goles asiáticos en el descuento, para que sepan qué se siente.

Brasil no logra quitarse la presión de encima, y Neymar, aunque más suelto y participativo, aún está nervioso. Una vez más tuvo que ser Coutinho, con una asistencia de lujo, quien ayudase a abrir el melón. Es como Messi con Argentina. Uno no decide ser líder, el líder es el que sin proponérselo, abre el camino para su equipo. Ese es Coutinho. Ney lo intenta, pero no está en él. Al menos de momento. Con el 2-0, Brasil no solo eliminó a Serbia, también cuajó la sonrisa de México en una mueca. “Otra vez nos quedamos en octavos, qué diferente si hubiese sido Suiza”. Mentira. Suiza también les compraría el boleto a casa. Es el destino de los aztecas.

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Rusia, día 13: Mariano Closs pedía que lo expulsaran de la selección de por vida

A nadie se le había ocurrido servir un descafeinado durante todo el mundial. Una pena, existen pocos placeres como un cero a cero durante noventa minutos. Ese instante en que el árbitro decreta el final del encuentro, nos sentimos llenos, el deber cumplido, el tiempo perdido como Dios manda. Ni deseos dan de levantarse del sillón, del sofá, del trono de turno. Por eso, Francia y Dinamarca, que nada se jugaban después del gol de Carrillo, decidieron tomárselo con calma. Unos simulaban ataques, otros hacían como si reaccionaran.

Perú salvó la honra, anotó par de veces y al menos se lleva un buen sabor de boca a casa. Eliminados pero con un juego vistoso. Un cadáver hermoso. Lo miramos, sonreímos y pensamos “al menos en vida fue lindo”. Pero se terminó. Perú se fue como todo el mundo debería morir: sonriendo.

Lo bueno de abrir el día con un descafeinado es llegar a la tarde con unas energías que no tienes idea de dónde vienen. Juega Argentina. El mundo se detiene ante el partido. Los messiboys porque podría ser el último partido de su Dios; los seguidores de Cristiano, más radicales que los cristianos de la inquisición, por pura envidia. Sin embargo, el resto del mundo también está ahí; llámenlo curiosidad, tiempo libre, amor al fútbol. Como sea, dedicarán noventa minutos de su vida (más el descuento, más el descanso) a ver qué hacía el supuesto mejor jugador del mundo. Comienza el encuentro.

Solo hay ganas, deseos, furia, ansiedad. No hay ideas. Excepto Banega, nadie sabe qué hacer con el balón. Mascherano las pierde todas, a Messi lo muelen a puro músculo y Di María es un espantapájaros clavado en el campo. Hasta que Banega envía un balón largo y Messi obra su primer milagro. Luego hará otro y dejará a Higuaín a medio centímetro de marcar, porque de eso vive el Pipa, de estar siempre ahí y no hacer nada, es un Dios benévolo que prefiere no inmiscuirse en cosas de mortales. Pero en ese primer milagro, Messi controla, remata y cae de rodillas. Iluminación divina. Dios es argentino. El papa también.

Argentina se ahoga, no propone, no tiene ideas. Y es ridículo pensar que existe un solo Dios. Los nigerianos apelan a sus deidades y con el apoyo del VAR, un penal aparece tras una nube de humo. Inexplicable e incomprensible. Más tarde a Mascherano, que cometió la pena máxima, le sangra el rostro y el árbitro hace como que no lo ve. Cosa de brujos, solo ellos toman la sangre para obtener un beneficio. Lo que sea con tal de no aceptar lo mal que juega Argentina.

Y empieza la desesperación. Nigeria planta el autobús frente a su arco y Argentina se estrella una y otra vez. Higuaín vuelve a fallar otra clara. Y aun así sus compañeros de selección lo bancan. Es como si sus fallos reivindicasen la idea de que sí es posible hacer goles. Faltan diez minutos para el final y Agüero entra por Tagliafico. Es ahora o nunca. Es ahora. Sin aspaviento alguno, Rojo encuentra un centro al área, le pega sin mucha potencia, y el balón termina en el fondo de las redes. Ni Messi, ni Higuaín, ni Mascherano, ni Agüero, ni Di María. Rojo. Ese que Mariano Closs pedía que lo expulsaran de la selección de por vida.

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Rusia, día 12: ¿estamos en el descuento? Nos vamos al VAR

Mientras Egipto y Arabia Saudí disputaban tres punticos de maquillaje, Uruguay y los anfitriones se jugaban las mayores probabilidades de llegar a cuartos de final, o en otras palabras, evitar a España a cualquier precio. Los uruguayos guardaron la pólvora para el momento oportuno y volar por los aires las expectativas de los rusos. Un 3-0 contundente que vuelve a colocarlos como una de esas selecciones que no aparece en ninguna quiniela pero nadie quiere cruzarse con ella. Del otro duelo, datos interesantes que a nadie le importan, nada aportan y aun así son interesantes: Salah se va con dos goles pero Egipto no logra ni un punto; un portero de cuarenta y cinco años paró un penalti y de todas formas perdió; y Pizzi le ganó el duelo a Cúper. Ni idea de si esto hará felices o no a los chilenos.

Lo mejor del día fue el tiempo añadido después de los noventa minutos de los duelos Irán – Portugal y España – Marruecos. Los españoles vieron con espanto como en dos ocasiones iban debajo en el marcador. Ramos y Piqué no han sido muy seguros en este mundial, es lo que pasa cuando no renuevas la defensa de tu equipo, o quizás solo sea consecuencia de expulsar al técnico a menos de dos días del partido inaugural. Tiempo de descuento y la derrota parecía inminente, pero un taco sutil de Iago Aspas subía las tablas. O no. “Hay que ir al VAR a revisar”. En el otro encuentro, Portugal gana por la mínima gracias a un trallazo de Quaresma. También estamos en el descuento y nadie recuerda el penal fallado por Cristiano. Los lusos evitan a Uruguay y se sienten seguros en cuartos de final. O no. “Nos vamos al VAR por posible penal a favor de Irán”. Y todo esto al unísono. El universo del fútbol detenido. ¿El motivo? Los árbitros dejaron de ser los Dioses que podían equivocarse y no pasaba nada. Ahora los Dioses pueden errar tecnología mediante. E igual no pasa nada. A la salida del VAR todo queda definido. Es válido el gol de España. Penal para Irán. Vuelve la paridad al marcador. Y llega el momento que define al fútbol, los no goles. Los fallos dejan una marca mucho más duradera en la memoria que los goles. Higuaín solo ante Neuer en 2014. Morales a puerta vacía en la fase de grupos frente a Senegal en 2002. Batistuta la estrella al poste frente a Holanda en 1998. Forlán la estrella en el poste, en el descuento, frente a Alemania en 2010. Solo Trezeguet falla en la tanda de penales de la final frente a Italia en 2006, o Baggio en 1994. Haga su lista de goles y no goles, y valore cuál recuerda más. Pero no olvide poner ahí el fallo de Mehdi frente a Portugal en 2018; en el descuento. Los iraníes y portugueses se lo agradecerán.

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Rusia, día 11: saquen sus pañuelos, entramos en la última ronda

En menos de cuarenta y cinco minutos la masacre ha terminado. A Panamá se le conoce por su canal, y hoy le han rendido tributo. Los goles caen como churros. Inglaterra por fin se gusta, Harry Kane se convierte en héroe, y a nadie se le ocurre pensar que todo es un espejismo, un producto de la imaginación de los ingleses debido a su sed de victoria; los creadores del fútbol son una selección vilipendiada, sin muchas apuestas a su favor para levantar el título. Pero hoy han tratado de cambiar eso. Se ensañaron con el pequeño del barrio, y quizás ahora alguien les respete un poco más, pero los duros, los buenos, los que saben, siguen viéndolo como lo que es, Inglaterra la simple.

A Polonia le tocó pagar los platos rotos. Carlos Sánchez cometió un error monumental en el primer encuentro y ahora Lewandowski y compañía están eliminados. Colombia destrozó a los polacos; era ver la fluidez, las ocasiones, los goles, y llorar por Argentina. Una profecía cumplida, la del juego bonito, las victorias justas, los cafeteros luchando por un sitio en la élite. Por momentos, parece una Liga de la Justicia futbolística: el matador de área, el corredor sin límites, el generador de juego, el sidekick del generador de juego, el defensa oportuno. Y en el público, los ciudadanos agradecidos por salvarles el día, por hacerlos felices y brindarles una existencia más segura. ¿Cómo podría terminar esta película si no es con un final feliz?

El Japón – Senegal prometía. Los pequeños que se revelaron, rompieron pronósticos y ahora tenían el pase a octavos en la mano. Los africanos empujan y marcan, los nipones restablecen la parida; los africanos empujan y marcan, los nipones restablecen la parida. Eran las mismas escenas, uno sabía de antemano qué ocurriría y aun así ahí nos quedamos. Al final, sabían que el empate era una trampa de esas donde pones el pie en una baldosa y un mecanismo atroz acaba contigo. Para los senegaleses se trata de Colombia, a priori la más peligrosa. Para los asiáticos, es una eliminada Polonia, en teoría, el mejor de dos males. Ahora queda esperar, ambos cayeron en la trampa; dependen de sí, o tal vez no, tal vez dependan de qué tan terrible sea el infierno del último partido del grupo.

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Rusia, día10: ¿qué pensabas? Son alemanes

Bélgica es lo más parecido a  “La venganza de la Reina Ana”, la fragata comandada por el pirata Barbanegra. Todos los barcos de la época temblaban con su simple mención, y no era para menos, con cuarenta cañones alguna bala te iba a reventar la existencia. Pero al final, Barbanegra destruyó menos de treinta barcos, era más el terror que los efectos reales. Bélgica es idéntica, con todo su poder de ataque ha destrozado a Panamá y a Túnez. El resto de selecciones le teme, nadie la quiere en su camino. Miedos infundados; hasta ahora esta generación de Bélgica no ha ganado jamás un partido importante. Pensar en algo diferente a un naufragio en octavos o cuartos es darle demasiado crédito. Disfruten mientras puedan, con suerte le quedan tres partidos.

La vida a veces es dura. México tiene seis puntos y no está seguro en la siguiente fase. Una simple derrota ante Suecia podría enviarlos de vuelta a casa. Qué trágico, tan típico de México sufrir hasta el minuto, poner esperanzas donde no las hay. Vencen a Alemania, eliminan a Corea del Sur y aun así deberán jugárselo todo en 90 minutos. Y lo peor, lo más terrible, es que ningún mexicano está preparado para ello, ni siquiera consideran esa derrota como una posibilidad. Ellos están en octavos, preparando su partido contra Suiza. La humedad puede respirarse en el aire. Una nube negra e inmensa está posada sobre México.

Mientras más lo miras, más te convences: el gol de Kroos no tenía por dónde entrar, al menos si lo analizamos con la geometría euclidiana. Ese resquicio por donde se coló el esférico solo lo vio él. En el VAR Room han revisado la jugada mil veces, la pelota está en el fondo de las redes, pero no se explican cómo llegó ahí. A Kroos, que no lo basta ser una de las piezas más importante del mejor equipo del mundo (¿de la historia?), se le ocurrió salvar a Alemania en el último minuto, como quien toma una decisión en contra de su voluntad porque es lo correcto, aunque uno no desee hacerlo. Alemania, enferma terminal de ese tiki-taka ideado por Guardiola, acaba de resucitar y ya está en la fase de muerte súbita. Corea será su último escollo, y antes de afrontarlo, deberán tomar una decisión: acumular estadísticas a golpe de toques o seguir siendo alemanes.

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Rusia, día 9: Coutinho es el nuevo 10

Neymar llora desconsolado. Está sentado sobre el terreno del juego. Al parecer a Brasil lo han eliminado, aunque el marcado anuncia una victoria de la canarinha 2-0. Incluso dice que él marcó un gol. Neymar ha explotado; toda la presión existente sobre el crack termina por romperlo. No es el líder que todos esperan. Lo intenta, es esfuerza, le pone ganas, pero si la vida fuese de ponerle ganas, todo sería tremendamente aburrido. Coutinho, desde las sombras, agazapado como un traidor, le ha quitado el protagonismo. Neymar está desesperado. Brasil parece segura en octavos de final y eso no parece tranquilizarlo. Neymar necesita ser estrella, y de momento, no es el que más brilla en la verdeamarelho.

Hay una pequeña paradoja en el Islandia-Nigeria. Son más los argentinos pendientes del juego que los islandeses. Los africanos, vapuleados una y otra vez por la albiceleste en mundiales, pueden ser sus salvadores. Así es el ser humano, incapaz de entender cuándo es necesario un tiro de gracia. Islandia domina, y Argentina tiembla. Por suerte, Musa se pone la capa y salva el día, para su selección y para su próximo rival, con un doblete. El 1-0 es una obra de arte: primero controla un centro a media altura de Moses, un centro de esos que solo debes ponerle el pie para desviarlo y marcar; Musa prefiere controlarlo, dejarlo tocar el césped y luego remate, una acción comparable a aquella genialidad de Dennis Bergkamp frente a Argentina en 1998. Bellas coincidencias. Después de esa fractura, el iceberg no pudo recuperarse.

Suiza, una selección caracterizada por sus goles a cuenta gota y un juego soso donde los haya, protagoniza la primera remontada del mundial. Se tragaron un cabezazo no más empezar el juego y aguantaron a duras penas durante el primer tiempo. Pero los suizos son una selección de segundas partes, esas que nunca han sido buenas. Un golazo y un contraataque a última hora parecen suficientes para estar casi seguros en la segunda fase. Porque seguro en esta vida solo la muerte, los bancos suizos, los relojes suizos y la esperanza de los argentinos.

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Rusia, día 8: un gol por cada final perdida

Poulsen levanta el puño al aire en señal de victoria. Dinamarca estaba por delante en el marcador y él ya lo celebraba. Mas la providencia se ensañó con él y un remate de cabeza de Leckie se estrelló en esa mano victoriosa. ¿Quién defiende un córner y festeja al mismo tiempo? VAR mediante, penal y gol de Australia. Solo transcurría el minuto 38 y el encuentro prometía ser entretenidísimo, la mejor antesala posible para el Argentina-Croacia. Pero quedó en eso, en promesas, escaramuzas por aquí, algún disparo a puerta, pero el marcador no se movería más. El empate era pronosticable, la debacle del último partido del día no.

Francia gana por inercia y de pura suerte. Un balón desviado descoloca a todo el mundo y Mbappé sonríe; no tiene veinte años y ya ha anotado un gol en Mundiales, igual que Messi en 2006. Es la suerte de los que se tienen fe, de los que no temen jugar bonito (aunque no se les dé perfecto). Perú lo intenta, ataca, sufre, se esfuerza, pero no tiene suerte. Es inexplicable esto de la suerte. Francia está en octavos sin esfuerzo alguno, par de carambolas y dos bolas a las troneras. Nadie sabe cómo ganan les bleus, y a nadie parece importarle.

Todos saben por qué no gana Argentina, y nadie se atreve a decirlo. Es una generación capada, llena de miedo al fracaso en el que los han encasillado. Y el más destrozado de esta generación es Lionel. Messi se ocultó, no buscó un balón, no sabía qué hacer. Cuando Mascherano quiere imitar a Verón, algo está muy jodido. El penalti fallado ante Islandia terminó por sepultarlo. Lio no puede con las expectativas, con las miradas. Como mismo Argentina se derrumbó tras el fallo de Higuaín en la Copa América Centenario, la albiceleste dejó de existir cuando Caballero quiso ser protagonista. Luego Modric puso su sello con esos balones que se mecen en la red cuando todos esperaban que se fuera. Y si quieren una imagen de Argentina, quédense con Mascherano pidiendo fuera de juego, con Rakitic a menos de un metro de él, controlando el esférico y marcando a placer. 3-0. Gracias Croacia por licenciar a Messi, a Higuaín, a Agüero, a Mascherano, a Di María. Gracias por sepultar a las estrellas que no supieron ganar lo que se merecían. Ya era hora.

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Rusia, día 7: Protagonista: Cristiano Ronaldo

Tantos años viendo películas de Chuck Norris, Arnold Schwarzenegger, Sylvester Stalloney Bruce Willis, y hoy no somos capaces de reconocer en Cristiano Ronaldo a uno de estos action-man de los noventa. Cristiano destroza a España con tres goles y luego manda a Marruecos al aeropuerto de Casablanca con un testarazo que es pura potencia. Cristiano no regresa con los suyos tras cada victoria diciendo que podría ser el inicio de una bonita amistad. Cristiano destroza a sus rivales y ni siquiera se molesta en verlos caer. No tiene tiempo para eso. Ningún tipo duro lo tiene. Cristiano Ronaldo no juega fútbol, Cristiano reinventó el fútbol moderno y lo convirtió en cine de palomitas. A nadie le importa qué haga Portugal en el Mundial. La gente solo quiere ver a Cristiano.

Uruguay es puro trinitrotolueno. TNT. Y todo el mundo sabe que la dinamita es inestable. No se puede jugar con ella. Lo mismo vuela todo por los aires cuando menos lo imaginas, que la mecha se apaga y no hay explosión alguna. Luisito Suárez se encontró con un balón en un córner y eso fue todo. Dos de los delanteros más letales del mundo apenas le hacen un gol al equipo con la peor clasificación en el ranking de la FIFA. Quizás la mecha en algún momento se encienda, quedan dos partidos para esto, pero de momento, Uruguay solo es una caja de dinamita enterrada la bodega de un barco en altamar.

Hoy España juega como siempre y gana como nunca. Cientos y cientos de toques de balón, pero las oportunidades de gol no son tan abundantes como deberían. Es el legado de Guardiola, de Xavi Hernández, de los genios que prefieren el método al milagro. Hoy España ganó de milagro y a nadie le importa, pero cuando pierdan de la misma forma, surgirán los gurús del fútbol hablando de injusticia, de mala suerte, de equipos que juegan feo y no proponen. Aquello de nadie es tan bueno como cuando gana ni tan malo como cuando pierde está pasando de moda. Los malos también ganan, y los buenos, como buenos que son, no lo entienden, no quieren verse relegados en su propia película. Pero es cuestión de tiempo, si el cine abrazó al antihéroe, ya lo hará el fútbol. Y si no, que se jodan. Pregúntenle a Grecia.

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Rusia, día 6: Oliver Atom y la tacita de café

A Colombia aún le afecta el hype de Brasil 2014. James marcando en cada uno de los juegos, un gol anulado por razones paranormales en los últimos minutos frente a Brasil en cuartos de final, José Pekerman aún en el banquillo. Tan superior se sentía Colombia frente a los nipones, que decidió jugar con uno de menos y además regalarle un gol de ventaja, como si se tratase de fútbol de barrio y no de una Copa del Mundo. Y los japoneses, que llevan más de treinta años creciendo con las hazañas de Oliver Atom (Tsubasa en Japón), terminaron por creerse que ellos también podían ganar a un equipo respetable. 2-1 final para seguir con la revolución de los underdogs.

El fútbol es de los pocos universos donde el despistado, el hombre que estaba en el momento y lugar equivocado no es la víctima sino el villano. Existen dos tipos de autogoles: el remate absurdo en propia puerta, y el rechace accidental, ese balón que te busca como un norte magnético para luego sobrepasar la línea de cal. A veces, solo a veces, el rostro de un hombre que acaba de marcar en propia puerta se asemeja al del que recibe un balazo sin tener idea de qué carajos acaba de pasar. Miren el rostro de Cionek. Pero a Polonia no le bastó el azar para perder frente a Senegal, también les regaló un gol; quizás habían coordinado con Colombia lo de dar cierta ventaja a los menos favoritos para emparejar los encuentros. Otro 2-1 y ahora ambos están contra las cuerdas.

Como Rusia no necesitó obtener boleto para su Mundial, le hacía ilusión al menos ganarse uno para octavos de final. Otra vez el autogol, el rostro desencajado, el esférico trágico que entra besando el poste. Con el primer bloque ya colocado por Fathy, Chéryshev y Dzyuba terminaron por destrozar a Egipto. Salah descontó, pero fue más un guiño así mismo, el mejor jugador de la temporada se regala un golito en Copas del Mundo. Mientras tanto, el mundo se alista para la segunda vuelta.

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Rusia, día 5: son ingleses

Alemania deberá jugárselo todo frente a Suecia, un rival que en otras instancias sería puro trámite, ahora parece un Zlatan gigante sin siquiera tener a Ibrahimovic. Un penalti VARiano, no por eso menos penal, terminó por poner contra las cuerdas a los teutones. Es triste sacar de esta ecuación a Corea (del Sur), como si no tuviesen chances de dañar a México, pero los asiáticos se han convertido en ese amigo que siempre participa en todos los concursos de literatura y nunca obtiene una mención. Una vez obtuvo cuarto lugar, pero todos sabemos quiénes estaban en el jurado en esa ocasión.

Bélgica cumplió. Todos esperaban una goleada y al pueblo se le complace. El tanto de Mertens, el de verdad, el que sacude los nervios, fue de esos momentos en que golpeas la piedra con furia y sorprendido descubres una mena de oro. ¿Existe algún modo de exaltar un gol sin abusar de adjetivos? Mertens trazó una parábola en menos de diez metros; Penedo saltó en un esfuerzo por desplazar el aire y que el aire desplazase el esférico sin lograr ningún resultado. No lo sé, quizás sea mejor gritar con voz ronca “¡GOLAZO!”.

Por Inglaterra no debemos preocuparnos. Ni siquiera los samuráis han perfeccionado tanto el arte del harakiri como lo han hecho los creadores del fútbol. Hagan memoria. Beckham se autoexpulsa en el ’98, Seaman se traga un gol imposible en el ’02, fallan tres veces desde los once pasos en la tanda de penales frente a Portugal en ’06, y en el ’14 quedan en una fase de grupos que es mejor ni tocar el tema. Al menos su eliminación en Sudáfrica 2010 tuvo un sentido, y gracias a aquel no gol de Lampard hoy tenemos el Ojo de Halcón. Por eso, si no fue hoy contra Tunez (¿soy el único que sospecha un posible Sir Harry Kane?), será otro día contra Colombia. Son ingleses.

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Rusia, día 4: y casi siempre pierden los mexicanos

Un mundial sin favoritos es muy parecido a morder un pepino por primera vez. Al principio te parece algo desconocido y nuevo, pero luego te das cuenta que es solo la ausencia absoluta de sabor. No existe nada más insípido que una competición sin favoritos. A cada jornada la etiqueta de posibles campeones se desdibuja. España no pasó del empate ante un solo hombre; Francia ganó de carambola; Argentina, si alguien contaba con ella, se estrelló ante el iceberg islandés (perdonen el chiste, no pude contenerme); y como si se tratase de una mala traducción al castellano, Brasil y Alemania eran favoritos hasta que les llegó su hora.

México abrió el arca perdida con el gol de Lozano, o al menos eso pensaron muchos; la debacle era cuestión de tiempo. Mientras más avanzaban los minutos, más segura era la tormenta de goles que caería de un momento a otro. Morlock, Rahn, Breitner, Müller, Rummenigge, Völler, todos esperaban su turno para castigar a los aztecas por violar algo tan sagrado como la portería alemana. El castigo no llegó, solo el miedo. El miedo se apoderó de cada uno de los alemanes (excepto Kross, cuando ganas tres Champions seguidas dejas de sentir); en algún punto entendieron que ellos eran los villanos, los que habían profanado una pirámide perdida en México, aunque no entendiesen cómo ni cuándo. Un favorito menos, pensó alguien mientras escuchaba una armónica  a lo lejos.

A Brasil se le terminó el gas muy pronto y a Suiza le bastó con hacer lo que mejor saben, organizar su defensa y evitar errores. Solo Coutinho y ese disparo con rosca al ángulo, que un día terminará por patentar y de momento parece un poder de videojuego, pudieron tumbar el cero del marcador. De nada sirvió. Un tal Zuber remató solo de cabeza a menos de dos metros de la línea de gol. Carencias y empate frustrante. Imaginen la decepción de un carioca X. Ahí está, sentado en una estación de metro; nada puede sacarlo de su ensimismamiento, ni siquiera una mosca desagradable que se le pasea por el rostro. ¿Qué pensará? Quizás lo mejor sea no terminar primeros de grupo.

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Rusia, día 3: abandonen toda esperanza

Las desgracias a medias siempre nos dejan en un limbo de incertidumbre. Si Argentina hubiese perdido ante Islandia, nadie apostaría un duro hoy por la albiceleste. Pero como fue un empate, con penal fallado, frente a un equipo cerrado en su propia área, y Messi siempre tuvo a tres hombres encima de él (como si Messi no tuviese siempre a tres hombres encima de él), percibimos la existencia de una esperanza como mismo sentimos una fuga de gas en una habitación cerrada. Está ahí, no sabemos cómo eliminarla y eso nos aterra.

Francia jugó tan mal como Argentina, pero tuvo suerte y Griezman cumplió desde los once pasos; ninguna estrella brilló demasiado y todo fue un trámite de mierda. Perú jugó mucho mejor que Dinamarca, pero falló una pena máxima; fueron tan claras las oportunidades de gol, que cada fallo era como si Christian Cueva cobrase su penal al cielo una y otra vez. Y Croacia apenas se esforzó, pero como todo se trataba de anotar desde el punto de penal, se llevó los tres puntos. Es triste cuando el fútbol queda limitado a esa lotería. Más triste es cuando los hinchas de la albiceleste pensamos de esta forma.

No obstante, hay que felicitar a Sampaoli por la entrada de Higuaín en los últimos diez minutos. “O marcas un gol y te salvas de todas las críticas, o lo fallas y salvas a Messi”. El pipa fue listo y optó por emular a todos sus compañeros: no hacer nada hoy para vivir un día más.

Tal vez Argentina convierta todo ese miedo a decepcionar en su principal fortaleza. Tal vez Di María y Biglia se lesionen y no puedan jugar ni un partido más del Mundial. Tal vez sea como en Italia ’90 y lleguemos a la final. O tal vez sea mejor no ponerle mucha fe, la capacidad para decepcionar de la albiceleste es infinita.

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Rusia, día 2: ¡Qué grande eres Cristiano!

Un gol en el 89 de un defensa central para dar la victoria a Uruguay nunca es buen presagio cuando cierran la jornada Portugal-España. Las señales empeoraron. Marruecos dominó todos los compases del partido frente a Irán, pero no capitalizó ninguna oportunidad. Y en el minuto 95, la desgracia absoluta.

Casi todos los superhéroes tienen un contrario, alguien que, en teoría, existe para recordarles cuán desagradable puede ser el otro lado de la moneda. Ahí están Man-Bat, Bizarro, Flash Reverso, y por supuesto, el gol en propia puerta. Bouhaddouz recordó a cada uno de estos personajes en una fracción de segundo y tomó una de las decisiones más importantes de su vida: enviarla al fondo de las redes de su propio equipo. O eufóricos o deprimidos, pero nunca atrapados en el marasmo del 0-0. Las desgracias de unos son la felicidad de otros. Más augurios para el Portugal-España.

Cristiano Ronaldo es lo más parecido a Clint Eastwood en el mundo del fútbol. Un tipo duro que ya pasó sus mejores años pero de manera inexplicable evade el declive de la edad. Piensen en Gran Torino y en la final de la EuroCopa 2016. A Eastwood no le hizo falta un revolver para ser el héroe en la escena final, con simular que tenía uno fue suficiente. Cristiano no necesitó estar en la cancha para ganar el único título que ostenta Portugal en sus vitrinas. Así son los monstruos, les basta con su presencia.

Los tiempos en que Cristiano se inventaba un penalti ya pasaron, pero Cristiano se inventó un penalti con el VAR en funcionamiento. Cristiano tiene la suerte de los campeones, esos que disparan duro y de frente a uno de los mejores porteros del mundo, y marcan gol. Cristiano ya no tiene edad para marcar goles de tiro libres, su efectividad frente a la barrera disminuye con cada falta que cobran a favor del Real Madrid en los linderos del área rival; pero Cristiano ha marcado un golazo de falta en los últimos minutos para salvar a Portugal del abismo. Ni la noche de reivindicación Diego Costa, ni la volea espectacular de Nacho pudieron eclipsar a ese portugués hijo de puta. ¡Qué grande eres Cristiano!

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Rusia, día 1: Denís Chéryshev

– ¡Eh! ¿A Chéryshev lo inscribimos en la Copa del Mundo?

– Claro, si está convocado desde el primer momento.

– Claro nada. Tú procura que no nos descalifiquen por su culpa.

Unos minutos más tarde, ya en el campo, Chéryshev recibe en el área y con una finta de Pro Evolution Soccer se deshace de dos defensas. Después de ese gesto técnico uno esperaría una definición de altos quilates, un remate ajustado al palo, o un balón que cae gracias a un efecto de rotación. Nada de eso. Chéryshev le pega con el alma. Si falla, al menos el portero no hace el cuento. Tuvo suerte. Por un resquicio de 24 centímetros el esférico se cuela y marca el segundo para los anfitriones. Soberbio. Nótese que el balón tiene un diámetro de 22,29 cm. Tal vez fue pura suerte.

Quizás sin Chéryshev también Rusia goleaba a Arabia Saudí (a fin de cuentas, era un tema de posibilidades, siempre alguien golea a Arabia Saudí en la fase de grupos), pero quiso la dicha que ocurriera con él en el campo. Su segundo gol, y cuarto de Rusia, sí fue soberbio. A tres dedos, por encima del portero, y caída repentina del balón, como si fuese un folha seca. Pero no. Caída repentina del balón porque le pegó por debajo de la mitad del esférico, y además lo hizo con efecto. El folha seca es mucho más violento y complicado de ejecutar. Es parte de la magia del fútbol que un imbécil no te explique por qué el gol fue bello.

Tal vez Rusia no pase de la fase de grupo, o tal vez todo termine en octavos de final, con Putin y el Rey Felipe VI dándose un apretón de manos con cada gol de España, como si el fútbol no importase, solo las buenas relaciones. O tal vez Rusia dé el campanazo y en consecuencia, todos culpen a Piqué por aquel tweet donde se mofaba de la eliminación del Real Madrid de la Copa del Rey por no inscribir a Denís Chéryshev. La venganza siempre se sirve en plato frío.

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La Feria donde a veces venden libros

Punto y coma, un grupo humorístico cubano bastante popular en los noventa, tenía un especie de sketch donde entrevistaban al director del zoológico de La Habana. En un momento le preguntaban por qué se había perdido la tradición de vender africanas y bombones en el recinto, y el director respondía que la tradición no se había perdido, sino que se habían perdido los bombones y las africanas. Con la Feria del Libro (y los libros) ocurre algo parecido, aunque nadie lo mencione.

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Arsenal – Bayern: sí, seguro los eliminan

arsene-wenger

Imagen: goaldig.com

Si uno revisa cómo le ha ido al Arsenal en las últimas diez temporadas (de 2006-2007 a 2016-2017) en los sorteos de la Champions League, hay motivos para sospechar de una maldición, de esas absurdas e inexplicables y que mientras más tiempo pasa y más se ensaña el azar con uno, más termina uno por creérsela. Solo han logrado tener la suerte de caer frente un rival “accesible” dos veces, y como estamos hablando del Arsenal, en ambas ocasiones perdieron (2006-2007 vs PSV y 2014-2015 vs Monaco).

Los rivales que más veces ha encarado en octavos de final el equipo dirigido por Arsene Wenger, a quienes mucho atribuyen la maldición, son el Bayern y el Barça. Tres veces frente a los alemanes y dos ante los catalanes; podemos decir cuatro frente a los alemanes, porque en la 2004-2005 también les tocó en el sorteo de la ronda de dieciséis. ¿Y cómo les fue? Fatal. Una y otra vez perdieron. Los más cerca que estuvieron fue en el último enfrentamiento (2013-2014), donde los goles en campo visitante decidieron su suerte.

De hecho, el Arsenal en las últimas nueve temporadas solo ha avanzado a cuartos de final en tres ocasiones, y a semis en una. Su principal bestia negra, además del Bayern, es el Barça, club que le ha anotado quince goles en seis encuentros, lo cual hace un poco menos doloroso enfrentarse al Bayern, frente al cual solo ha encajado nueve goles en, qué coincidencia, seis encuentros. Pero tranquilos, todos sabemos que, si los londinenses derrotan a los alemanes, en los cuartos de final les estará esperando el Barcelona.

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Manchester City – Chelsea: clase de química

¿Se acuerdan del intervalo de viraje en las clases de química?  Era algo así como los valores de pH donde el indicador cambiaba de color. Tampoco importa mucho si lo recuerdan o no. Lo importante es apropiarnos de esa pareja de sustantivos unidos por una preposición. Para nosotros intervalo de viraje será esa jugada donde pasas de estar a punto de marcar un gol a encajar uno. Y por supuesto, aunque queden los minutos que queden, el partido termina.

El Manchester City sufrió uno de esos intervalos de viraje ante el Chelsea el pasado fin de semana (3/12/2016). Los de Guardiola tuvieron una y otra y otra y así hasta acumular muchas ocasiones de goles; pero contundencia cero; de hecho, el gol que anotaron fue obra de Tim Cahill en propia puerta. Y quizás, solo quizás, el momento de la derrota, el golpe que rindió al equipo en lo anímico, fue el segundo gol del Chelsea.

Gündoğan controla un balón por banda izquierda y penetra en el área del Chelsea sin la más mínima dificultad. Moses, Azpilicueta y Kanté lo miran, intentan seguirle pero sin ponerle muchas ganas. El alemán llega hasta la línea de fondo y envía un pase de la muerte al corazón del área. Por suerte, ningún delantero del City estaba donde debía estar. El esférico se pasea hasta que Marcos Alonso, en contra de todos los preceptos defensivos, despeja hacia el punto de penal, y Fábregas, que se encontraba en ese momento deambulando por el área sin marcar a nadie, envía el cuero lo más lejos de su posición. Fin del peligro para el Chelsea. Comienzo de la pesadilla para el Manchester.

Hazard caza el despeje de Fábregas y de primera, con el exterior de su pie derecho se la envía Diego Costa. La bestia la deja correr, y con su cuerpo desplaza a Nicolás Otamendi. Uno menos. Alcanza el balón y sin acomodarse, de primeras le filtra un pase a Willian entre Stones y Kolarov. El resto es un sprint espectacular del brasileño que jamás pierde el control del balón y le pega raso a treinta centímetros de Claudio Bravo, que ni si quiera saltó para la foto. A los disparos a ras de pasto no se les puede saltar para la foto, y casi siempre deja en entredicho los reflejos de los porteros, que en estos casos casi siempre giran el cuello como último recurso.

Fin del cuento. Partido terminado. Chelsea líder.

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Golazos: Oscarine Masuluke

Imagen: goal.com

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Muy poco supera la magia de marcar un gol en los últimos compases del partido. Ni la humillación de una goleada, ni la remontada épica –a menos que esta tenga un gol en el noveintitanto–. Ese chutazo de adrenalina sin tiempo para mitigarse clasifica como uno de los nirvanas del fútbol.

Si a eso sumamos una acrobacia, un error de la defensa, un rebote del portero a un disparo sencillo, o esa sensación de que te van a encajar un gol y se va a ir todo a la mierda (esa idea de tener un sexto sentido para saber cuándo nos van a anotar y que solo puede llamarse miedo), el gol adquiere unos matices mucho más dramáticos.

Quizás el ejemplo en que todos estén pensando sea en Sergio Ramos. Si el Madrid está debajo en el marcador por un gol, si el minuto noventa ya está corriendo o si estamos en el descuento, si está a punto de cobrarse un libre directo o un córner, si Sergio Ramos está en la cancha, y si el Real Madrid se está enfrentando a un rival especial, se activa una función en el universo donde Ramos es una constante universal necesaria para lograr el empate. Cuando todas esas variables coinciden, es lógico que nuestro sexto sentido se active, que sintamos miedo, y para qué engañarnos, es bueno estar preparados para lo peor. Centro de Luca Modric y gol de cabeza de Ramos. Es terrible. Ese segundo y tanto en que el balón está en el aire y prolonga el aterrizaje en la cabeza del 4 del Madrid es eterno, porque todos sabíamos, antes del cobro de Luka, el final de la hisoria.

Pero este post no va del gol de Ramos. Hay otro gol en las postrimerías del partido que causó furor esta semana.

Cuando el Liverpool iba por delante 1-3 en el marcador en su visita a Bournemouth, tras el golazo de Emre Can al 64, nadie pensó en una posible remontada. Nadie. Ni Jürgen Klopp, ni Ryan Fraser (2-3), ni Steve Cook (3-3), ni Nathan Aké (4-3), ni los once mil ciento ochenta y tres fanáticos presentes en el Vitality Stadium. Y como el fútbol es un deporte de ingratos, el gol de Aké será el que más recuerden los fanáticos, por ser el de la victoria, y por haberlo anotado en el 93. Atrás quedan el penal anotado por Wilson, el hermoso contrataque que culminó a trompicones Ryan Fraser –su primer gol en par de temporadas con el equipo–, el espectacular control de balón de Steve Cook para enviarla de volea al fondo de las redes –ajustada al palo– sin dejarla tocar el césped. Incluso el disparo lejano de Steve Cook que propició el error de Loris Karius podría quedar en el olvido. O peor, que al primer rechace del portero, Aké la tiró contra el meta, ya vencido en el suelo. Solo importa el gol, la redención, el final de la remontada, el inicio de la histeria colectiva.

Pero este tampoco era el gol del que quería hablarles.

Ttreinta de noviembre. Liga sudafricana. Jornada once. Minuto noventa y seis. El Baroko F.C. está perdiendo ante su afición. El tiempo se ha cumplido pero el árbitro concede un córner a favor de los locales. Está 0-1. Todos suben a rematar, incluido el guardameta. Sacan el córner y el cancerbero, el que está defendiendo su área, despeja con un puño como puede. Todo parece estar en calma, el balón se aleja, casi está fuera del área. Solo Oscarine Masuluke, el guardameta del Baroko, que ha subido a buscar un milagro, persigue el rechace. Le acompañan tres defensores, por puro trámite porque, seamos sinceros, qué puede hacer un portero de espaldas al arco. Sencillo: saltar y pegarle de chilena para ahorcar al meta rival y clavarla por toda la escuadra. ¿Queda tiempo para algo más? Sí, para celebrar con un baile en el banderín del córner.

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Genoa – Juventus: Giovanni Simeone

Hay momentos en los que una concatenación de sucesos inverosímiles nos hace sospechar que toda nuestra vida está escrita en algún códice perdido en el fondo de una biblioteca. Sin importar qué hagamos, el resultado ya está determinado. Algo parecido debió sentir la Juventus de Turín cuando al minuto tres de partido frente al Genoa, encajaban un gol que, mientras más veces  uno observa la repetición, más se convence de que ese balón estaba destinado a terminar en el fondo de las redes.

A Luca Rigoni le envían un balón muy alejado de su posición y Leonardo Bonucci, uno de los mejores defensas centrales del mundo, intenta cortar la jugada con un gesto técnico, un taquito que busca a Hernanes. La idea es buena, pero la ejecución… A Rigoni el balón le bota en el pie derecho con tanta suerte, que ni un autopase hubiese tenido tanto éxito. Con la mitad del trabajo hecho, inicia una carrera donde con par de toques, uno con el izquierdo y otro con el derecho, se acomoda para chutar. Giovanni Simone le acompaña por la derecha, está solo y se ha asegurado de no caer en offside, pero Rigoni ya tiene entre ceja y ceja pegarle con el empeine al balón. Su disparo realiza la trayectoria de un proyectil que en menos de 17 metros alcanza una altura máxima de cincuenta centímetros y luego vuelve a caer. Justo antes de tocar el suelo, Buffon lo ataja.

Para un arquero de la calidad de Gianluigi, lo normal era enviar ese balón a saque de esquina y no dejarlo muerto en el corazón del área. Pero como diría un amigo mío, #shithappens, y lo que pudo quedar como un susto, volvía convertirse en una ocasión de gol.

Durante toda la jugada, el argentino Lucas Ocampo acompaña por la izquierda a Rigoni, quizás con la esperanza de recibir un pase con el exterior de la pierna zurda. Rigoni jamás lo ve. No obstante, su carrera tiene una justa recompensa: el será el primero en llegar al rechace. Buffon está desubicado, a menos de tres metros y no ha salido a achicarle. Parece un gol cantado. Le pega sin equilibrio, deslizándose, y lo hace perfecto. El cancerbero está vencido, el grito de gol ya se escucha, y de la nada, a lo deux exmachina, Alex Sandro detiene con el pecho el 1-0.

Una vez más, la suerte está con el Genoa y el cuero le cae en los pies a Giovanni Simeone. En ambas ocasiones, si Luca y Lucas hubiesen optado por el pase en lugar del disparo, es muy probable que Simeone ya la hubiese enviado al fondo de las redes. Pero ahora le toca a él equivocarse. No dispara de primera, prefiere bajar el esférico y acomodarlo para su derecha; al parecer, la zurda está reservada para ocasiones especiales, e inaugurar el marcador en casa frente a los líderes del Calcio no amerita el uso de la siniestra. Error. Ese tiempo desperdiciado es suficiente para que Buffon se deje caer sobre su izquierda y detenga el disparo. Hubiese sido un bonito final para la jugada, una de esas salvadas que funcionan como una inyección de moral para el equipo y de ahí en adelante todo es más fácil. Pero no.

Al siguiente disparo gol. Simeone esta vez sí le pega de primera y todo termina, pero eso no importa porque de una manera u otra iba a caer. La esencia está en el enfrentamiento de los bianconeros con lo inevitable: esa sensación de esperanza in crescendo con cada disparo que no entra provoca en quien la vive una desconexión con la realidad. “No va a caer, no va caer, no va caer”. Te coloca en las antípodas de lo que está por ocurrir. Y luego llega el mazazo.

Ahora imagínense cómo se deben sentir las personas que dejaron a un ser querido rumbo a cumplir un sueño y horas después recibieron una llamada para decirles que todo se había ido a la mierda, que el avión se estrelló, que no volverán a verlos. No puedes volver a conectar con la realidad porque tu realidad desapareció. No hay chance para remontada. Ese es el final, literalmente.

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Golazos: Javier Ontiveros

Javier Ontiveros llegó al Málaga con trece años. Todos nos imaginamos que nuestros sueños se cumplen cuando fichamos por un grande de Europa, y pocas veces pensamos que un sueño hecho realidad puede ser, por ejemplo, la carrera de Juan Carlos, que inició en Las Palmas, pasó trece años en el Deportivo de la Coruña, y se retiró en Las Palmas, en la temporada 2015-2016. 21 años jugando fútbol. Perdón, veintiún años jugando fútbol, porque a veces un número despoja a un período de tiempo de su verdadero significado. Pero volvamos con Javier, que tiene diecinueve años.

Javier Ontiveros. Imagen: cuenta oficial de Twitter de Javier Ontiveros, @javiontiveros39.

Javier Ontiveros. Imagen: cuenta oficial de Twitter de Javier Ontiveros, @javiontiveros39.

Su primer partido oficial con el equipo fue el 4 de noviembre de 2016. Entró de cambio y a los ocho minutos de estar en la cancha desbordó por banda derecha y le puso un centro en la testa a Sandro Ramírez para que marcase el empate. Los hinchas del equipo andaluz le seleccionaron como MVP del encuentro.

Pero luego llegó la guinda del pastel, si es que uno puede ponerle la guinda al pastel con diecinueve años. El 26 de noviembre el Deportivo de la Coruña visitó La Rosaleda. Tiempo reglamentario cumplido y el partido empatado a tres. Ha sido una locura. Empezaron debajo en el marcador, luego sacaron una renta de dos goles y a falta de diez minutos se lo empatan. La vida es dura. El fútbol es duro. Y ahí entra Ontiveras. No literalmente, porque su ingreso a la cancha había sido en el 73, cuando aún iban ganando. Un saque de banda en el minuto 91 es recibido por Ontiveros. Javier le pide el esférico al “Chory” Castro, recibe, se gira y comienza a desplazarse en paralelo con la línea de fondo. Camacho alza los brazos, le pide un centro, pero Javier a lo suyo, se quita la marca de Guilherme, de Mosquera y dispara. Ambos pudieron derribarlo, pero un libre directo desde esa distancia podría significar una ocasión clara de gol. Además, ¿quién chuta desde veinticinco metros (metros más, metros menos), hace inútil la estirada del portero y define el partido cuando no queda tiempo para nada? ¿Quién la pone en el fondo de las redes como si se tratase de un partido de Playstation? Javier Ontiveros, un canterano que, si no lo ficha el Real Madrid o el Barça, podría tener una carrera brillante.

 

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The Darkest Habana I

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Casona ubicada en la esquina de 17 y 6.

La Habana puede ser un sitio muy peligroso si le permitimos a nuestra imaginación tomar las riendas de nuestra siquis. Dejamos la cordura en casa y le cedemos espacio al miedo, al terror, a la sugestión sicológica. A cada sombra le asignamos una criatura, a cada sonido un ser con características etéreas. La oscuridad siempre ha sido tierra fértil donde los monstruos más inconcebibles se materializan y se quedan grabados en nuestra memoria. No es tan terrible que se queden ahí como un archivo más entre tantas neuronas. Lo terrible es que acceder a ellos es vuelve sencillo en extremo. ¿Primer beso de una relación o los tentáculos babosos que nunca tocaron tu espalda en aquel cuarto oscuro? El miedo y el placer, cuando se trata de grabar memorias, son las tintas más efectivas.

Así, cuando caminamos en la noche por La Habana, con el alumbrado público que simula viejas lámparas de gas de una Inglaterra victoriana, nuestra percepción y referentes cambian. El tipo que siempre habíamos visto como a un cabeza de bombillo como Ricardo Alarcón y un bigote a lo Hitler (o dirty Sánchez) ahora se nos parece a Edgar Allan Poe. Los rizos de toda la vida parecen víboras o serpientes. Sí, es un cliché de mierda, pero por algo esa imagen de Medusa siempre nos ha acompañado, y a pesar de los siglos, casi todo el mundo sabe qué una medusa no es solo una especia de agua mala.

Lo más increíble y maravilloso de esta Habana no son sus edificios en ruinas, que parecen casas embrujadas o palacetes abandonados. Lo más increíble y maravilloso es que por azares y situaciones surrealistas que no somos capaces de explicar, podemos caminar por una calle cualquiera del Vedado donde ninguna vivienda tiene fluido eléctrico y sin embargo el alumbrado público funciona a la perfección. ¿Se imaginan? Esa luz mortecina, opaca y dorada, que simula una suerte de decadencia baña la oscuridad de La Habana. Da igual que la consideren una ciudad segura, por donde puedes caminar a altas horas de la madrugada sin que nada pase (y si pasa se le saluda), caminar en la noche por La Habana siempre es una experiencia tenebrosa.

Oscuridad. Poca luz. Eso no tiene nada que ver con la fotografía, pero por algún motivo, me encantan las imágenes donde siempre hay un margen para la imaginación. La fachada de una casa apagada, una bombilla incandescente que colorea de amarillo el cristal de una ventana. Nada asusta tanto como lo que no somos capaces de ver.

Cámara en mano salir a caminar. A buscar esas casas embrujadas. La mayoría de las fotos son malas, demasiada oscuridad, y para qué engañarnos, yo no soy un buen fotógrafo. Son más las ganas, los deseos y las oportunidades en esta era digital que el talento. Igual, la aparente ausencia de talento nunca ha frenado a nadie. Hacer lo que gusta es lo que importa. Por eso salí a retratar una Habana apagada, a disfrutar el miedo a la oscuridad, de que un tipo sin rostro pudiese arrebatarme la cámara, de ver una criatura alada despegar de la azotea de una casa decimonónica, de sentir un roce en la espalda y al girarme solo ver una sombra desaparecer en una esquina, de erizarme con un escalofrío debido a una ráfaga de aire helado que no levanta ni una hoja del suelo. ¿Lo sientes?

Pero como siempre, la realidad es mucho más rica que la ficción. Parado frente a una casa de dos plantas, sin techo y con arbustos aferrados a las paredes, buscando el ángulo adecuado, la iluminación ideal, comenzó a ladrar un mastín debido a mi presencia. Un mastín suena mucho más tenebroso que un perro por sus características de guardián. Y luego salió la dueña debido a los ladridos.

  • ¿Quién es?
  • Nada, nada –le respondí–.
  • ¿Pero qué quieres? El hospital es al lado.
  • No señora, que no voy al hospital.
  • Entonces, ¿qué haces?
  • Nada señora, tirando una foto.
  • Pero vete de ahí porque el perro está ladrando.
  • Señora, por Dios, estoy parado en la calle tirando una foto, ¿para dónde quiere que me vaya?

Soltó una maldición que no escuché bien, entró y dejó al mastín ladrando. Yo me fui pa’l carajo. Total, capaz que el perro no estuviese descargando su furia contra mí sino contra algún ser etéreo molesto por mi intromisión fotográfica.

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Casona ubicada en 19 entre 6 y 4. Las plantas han tomado una buena parte de la fachada y las paredes.

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Una noche sin luz, iluminándose con el alumbrado público.

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Casona ubicada en la esquina de 17 y 4.

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Casona ubicada en la esquina de 17 y 2.

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Los gatos, siempre tan adorables…

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Fachada de una casona ubicada en 17.

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Una puerta abierta en una casa apagada siempre invita a algún tipo de misterio.

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Los pisos más altos de una casa siempre suelen ser los más tenebrosos.

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Algunas fotos de Shaquille O’Neal

No es noticia, Shaq estuvo en La Habana, se dio un brinco por las canchas de 23 y B y le dedicó un tiempo a los niños, a través de algo que acá llamamos clínica de entrenamiento, sea cual sea su significado. Para algunos, como yo fue el encuentro con héroe de la infancia. El texto está por Cachivache Media, y estas son algunas fotos que pude tomarle al 34 de Los Angeles Lakers.

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Shaquille O’Neal asediado por las cámaras de la prensa.

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Lo importante es tomarse el selfie, da igual si Shaq lo nota o no

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Todos querían inmortalizar el momento de la visita de Shaquille O’Neal.

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Shaq le lanza una mirada asesina a uno de sus rivales.

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En uno de los momentos en que fungía de árbitro, Shaq canta una falta. En el público, Fernando Medina busca una buena instantánea de la visita.

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El gigante observa cómo los niños juegan.

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Saque inicial de uno de los partidos jugados entre los niños donde Shaq actuaba de árbitro.

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Las declaraciones de Shaquille O’Neal a la prensa, mientras combatía el calor.

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Shaquille O’Neal, impasible ante el sol.

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Shaq bloquea el disparo de una niña.

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Sonriente, disfrutando de jugar con los niños.

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Fotos descartadas

La crónica de mi viaje a Gibara está en Cachivache, un nuevo hogar que he encontrado. Estas son fotos que también tomé el viaje, pero no publiqué en nuestro medio, se las dejo por acá. Espero les guste.

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Raíces imaginarias

Noel un día recibió un mensaje de Dios. O así lo interpretó él. Trabajar las raíces, la madera, no quemarlas ni usarlas como leña. Y el obedeció. Y obtuvo su premio, un jardín de fantasía, una vida mejor, algo más de quince minutos de fama y felicidad.

Hoy son muchos los que le visitan para ver su obra. Ubicado en una de las tantas carreteras que atraviesan el paisaje pinareño, su casa llama la atención por las esculturas colocadas a la vista de los automóviles. Llegar allí es una especie de descubrimiento, por eso, cuando entras, te impactas aún más con sus fantasías llevadas a la madera. No hay mucho más que decir. Su historia solo puede contarse a través de sus imágenes, o imaginación, como se prefiera.

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¿Falleció Rabinovich? En la CMAPCP pensamos que se trata de un error

Daniel RabinovichLos homenajes son sencillos. Reúnes los méritos, hablas bien del occiso y se acabó. Unos meses después nadie lo recuerda. Excepto a los dioses, y Daniel era un dios, perdón, un Dios. La prueba de su divinidad serán las miles de reproducciones que tendrá Les Luthiers dentro de 20 años. No es una predicción arriesgada. Mozart, Beethoven, ¿hace cuánto murieron? Y ahí están. Para usted puede ser una comparación descabellada, para mí es la realidad.

Les Luthiers, no digo solo Rabinovich porque sería injusto, hicieron arte a partir de una serie de espectáculos donde además de visitar múltiples géneros musicales, siempre con una burla y sorna tan delicada que evitaban cualquier tipo de alusión, dispararon a todo lo jodido en este mundo, a veces a través de un simple chiste, otras, un show entero, como Bromato de armonio, una genial lección de historia, o quizás sea mejor decir reconstrucción de la historia por parte los políticos. En otras ocasiones les bastó unos versos: “… para hacer el mal no hay por qué ser diferente. Usted puede ser criminal, o ministro o presidente”. Pero hablar de política siempre es sencillo, y eso es lo menos que hace Les Luthiers. Sí, hablo en presente de ellos porque la muerte de Daniel solo significa que pasan de ser un quinteto a un cuarteto, como dijo Carlos Núñez.

¿A qué no le ha cantado Les Luthiers? ¿Qué estilo musical no ha cantado Les Luthiers? Es una pregunta difícil, por toda la cantidad de espectáculos que deben visionarse para no cometer errores a la hora de responder. En lo personal, San Ictícola de los peces (tarantela litúrgica) siempre me impresionó por tomar un tema tan puntual y folklórico, y a su vez universal, como la veneración de santos en los poblados más remotos. Y si queremos ir un poquito más allá con respecto a sus genialidades ¿hay algo más impresionante que el Rapsody in balls (handball blues) de Jorge Maronna y Carlos Núñez? Quizás solo el tarareo conceptual.

Daniel desapareció físicamente, pero yo, y muchos otros, aún sonreiremos cuando escuchemos a alguien hablar de epistemología, del merengue, de la vinchuca y del cuclillo, jamás le diremos a nadie “perdónala” cuando nos hable mal de su novia, ni tendremos que fingir ignorancia ante los poemas de Torcuato Gemini, gracias a él sabemos qué es el dubi dubi du, que la vida es hermosa, chalalalá, que estar en el campo es maravilloso, pero sobretodo, nos enseñó a no interrumpir jamás a alguien con incontinencia verbal. Esa era la mayor virtud de Rabinovich, enlazar una y otra idea sin la más mínima relación. Por eso, Esther Píscore es hoy una suerte de seña y santo para todos los amantes de Les Luthiers, la cúspide del monólogo, la carcajada del abdomen adolorido sin motivo aparente.

Tal vez alguien lo recuerde como Ramírez, a pesar de ser uno solo. Sean sinceros, antes de Rabinovich, ¿alguien oyó hablar alguna vez de una vieja leyendo ebria? Cuatro palabras para dejar una imagen imborrable. ¿Y cómo lo hizo? Haciéndose pasar por tonto. Daniel lo llamaba humor inteligente, pero lo de él era un talento monstruoso para meter la cuchareta fuera de sitio, un oportunismo tan bien sincronizado que uno dudaba si todo estaba planeado o si se le había ocurrido en el escenario. La cara de Mundstock cuando dice “This is the pencil of Esther Píscore” es de estupefacción. ¿Qué carajos acaba de ocurrir? Daniel sonríe y toma las riendas. “Wait a moment” le dice al público cuando comienza a aplaudir. Es en serio, acaba de pedirles que no aplaudan, él no ha terminado. ¿Quién hace eso? ¿Qué humorista pide al público no aplaudir? Daniel Rabinovich.

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Not a hero, masacre en 16 bits

providers10_794026_screenshot1BunnyLord lo ha intentado todo. El mundo parece condenado a perecer. Desde batidos gratis hasta eliminar todas las enfermedades. Nada da resultados. Una y otra vez viaja al pasado, intenta cambiar la línea temporal y el final siempre es el mismo (Episode 0: Another Last chance to save the world). Por eso, en un último intento, apuesta por erradicar el crimen. Un no rotundo a la violencia.

¿Y cuál es la mejor manera de combatir la violencia? Asesinado a todos los capos de la mafia de la ciudad donde BunnyLord se postula, los cuales son a su vez los otros candidatos a las elecciones. Parece algo escabroso esto de eliminar el crimen a golpe de ejecuciones, pero el mundo depende de ello. Para lograrlo, BunnyLord se rodeará de talentosos managers de campaña que le permitirán… lograr sus objetivos, es decir, matar a todos los criminales de la ciudad.

Claro, BunnyLord también es un conejo antropomorfo carismático; además de eliminar a la competencia se encargará de ser el rostro de la campaña, a fin de cuentas es él quien quiere ser elegido. Ayudar a los ancianos a llegar a casa, hacer regalos a los niños (incluso si los odia), mantener información delicada bien lejos de los medios y ofrecer declaraciones a la prensa mientras sus secuaces cumplen con sus indicaciones (ya saben, matar, destruir el alijo de drogas, matar, robar bonsáis, rescatar pandas y matar) son sus principales prioridades.

Sus tres rivales son un capo de la mafia rusa, un negro traficante de drogas y una asiática relacionada con los yakuzas. Un poco racista ¿eh? Deberá deshacerse de cada uno antes de las elecciones, en 21 días. La estrategia es sencilla, debilitarlos, hacerles perder puntos ante la opinión pública y luego asesinarlos. Tranquilo, usted como jugador se limitará a repartir balas como hostias.

Con un sentido del humor bien fino y una lógica aplastante que por momentos te hace dudar si cada político es igual a BunnyLord, Not a Hero se convierte en un shooter bastante desquiciado, con mucha sangre pixelada y un arsenal decente de municiones para hacer lo que mejor sabe el equipo de campaña, además de contar con otras ingeniosas armas, como un gatico explosivo. Cada nivel tiene un diseño fijo, nada cambia cuando mueres y reinicias, lo cual lo convierte en un juego perfecto para desconectar el cerebro y dedicarse a llenar de plomo a toda la lacra de la sociedad.

Claro, si los subordinados del conejo humanoide morado tienen éxito, puede que el alcance de su campaña sea inimaginable, y no solo salga elegido en su ciudad, sino como gobernante mundial, lo cual facilitaría su tarea de eliminar el crimen y salvar el mundo (encogimiento de hombros). Eso sí, incluso si el mundo no se salva, nosotros disfrutaremos muchísimo luchando contra el crimen y conociendo a fondo cómo se desarrolla una campaña electoral.

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Cuando morir de hambre no es tu principal preocupación

dontstarve_reignofgiantsEl título de Don’t Starve es solo un señuelo, una especie de anzuelo para enganchar al jugador y arrastrarlo al mundo donde se encuentran los protagonistas. Morir de hambre es solo una posibilidad, no la más remota pero tampoco la más probable. ¿Inanición? Sí, en las primeras partidas quizás, pero cuando te familiarizas con este universo (aquí debería escribirse un adjetivo relacionado con Burton, Lovercraft y Carrol) comprendes que hay otras peligros como los disímiles enemigos, el frío atroz, una ola de calor, criaturas de las sombras o la hermosa Charlie, un monstruo que te ataca cuando cae la noche y no estás cerca de alguna fuente de luz.

Don’t Starve posee un ciclo de día y noche muy parecido al de Minecraft; de hecho, buena parte de la idea de la supervivencia surge del juego donde no existen círculos y todo son píxeles. Y si se trata de la expansión Reign of Giants, estos ciclos varían según la estación del año. En invierno las noches y los atardeceres son muy largos, y el sol apenas sale unos segundos. En verano, las noches casi no existen, y el calor te abruma durante todo el día. La piedad no existe en este mundo. Existen dos estaciones más: la primavera, con fuertes lluvias que inducen a la locura, y el otoño, donde las sequías pueden ser un problema a la hora de obtener recursos.

Esta vez el nombre de la expansión no es un señuelo. Al ya abominable deerclop se suman otros tres monstruos, especies de jefes de nivel de cada estación. Cada uno es difícil en extremo de asesinar, pero sus muertes traen un premio, un objeto único con el cual crear o un chaleco de hibernación, o una armadura a prueba de fuego, o una sombrilla especial. Y ahí entramos en la fórmula de éxito de Don’t Starve: las posibilidades.

El jugador tiene a su disposición disímiles recursos para crear utensilios, armas, ropas, entre otros, que le faciliten la vida. Claro, si deseas tener un buen abrigo para el invierno, debes cazar un animal en específico y nada fácil de matar. Ese sistema de puntuación, por llamarlo de alguna manera, es lo que convierte a Don’t Starve en un universo de infinitas posibilidades. Al morir una y otra vez sabes qué te faltó crear. Esa necesidad de jugar una vez más, una vez más, una vez más y crear nuevas cosas, ya sea a través de una máquina de alquimia o de un artefacto de magia negra, ha sido el éxito del videojuego.

El concepto de la permadeath (muerte permanente) aquí golpea bien fuerte. Siempre debes comenzar desde cero, y los primeros días pueden ser muy aburridos al tener que recolectar otra vez los recursos básicos. Ese quizás sea el único defecto, una apuesta bien arriesgada de sus creadores (Klei) pero que a su vez deja una sensación de respeto. Muerte es muerte. Esfuérzate más la próxima vez. Y para ser sinceros, no hay nada más sencillo que morir en Don’t Starve. Como mismo cada animal o monstruo de este universo te provee de un elemento determinado, también hay otros que están solo para castigarte. Si cortas muchos árboles, un guardián de los bosques tomará vida y te atacará. Si asesinas demasiados animales, un demonio aparecerá e intentará robarte todo lo que no hayas almacenado. Y en las noches de luna llena los hombres cerdos se transforman, los fantasmas salen de sus tumbas y, por suerte, no es necesaria ninguna fogata para protegerse de Charlie.

El peligro aumenta cada día. Cachorros infernales te atacan cada cierto período de tiempo, los nidos de arañas crecen hasta convertirse en monstruosas reinas, y las diferentes estaciones se abalanzan sobre ti. Morir de hambres llega a ser la menor de las preocupaciones.

Ahora, para agregarle espectacularidad, el juego permite descender a un nivel inferior, una espelunca donde encuentras otro mundo diferente por completo, lleno de monstruos y nuevos recursos. Dos por el precio de uno. Y como a los creadores esto no les pareció suficiente, se puede descender un nivel más, unas especies de ruinas donde la dificultad para sobrevivir y no ser asesinados por las pesadillas, verdaderas marionetistas del juego, es casi imposible. Además, tiene un hermoso laberinto con un minotauro en el centro. Y otra máquina para crear maravillosos utensilios de las profundidades, pero solo crearlos, nada de prototipos.

El villano del juego es Maxwell, quien raptó a los protagonistas y los trajo a este mundo. A través de un portal ubicado en una posición aleatoria en todos los mapas, puedes retarlo y entrar a cinco mundos aún más complicados y difíciles, donde debes encontrar una serie de objetos cargados con una energía desconocida que te permiten avanzar hasta llegar al trono del villano. Spoiler alert: el final no es nada feliz, pero liberas a Maxwell y lo conviertes en un jugador más.

Por desgracia, hay un punto donde te saturas. Como no existe un final, el juego nunca termina. Es solo sobrevivir. Y en determinado momento nos sentimos extenuados. Pero no pasa nada. Después de unos meses volvemos a jugar Don’t Starve con nuevos bríos.

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El castigo argentino

Ilustración: KlauSP.

Ilustración: Klaus KSP.

Dios es un tipo objetivo. Por eso, en 1978, en plena dictadura militar, le regaló a Argentina su primera Copa del Mundo. Fue un trato justo: miles de almas inocentes subían al reino de los cielos y él les otorgaba el trofeo más ansiado. Piénselo, ¿quiénes han ganado cuatro Copas del Mundo? Alemania e Italia. Lo de Brasil es otra historia, una maldición.

Ahí comenzó la relación amor-odio entre el creador y la albiceleste. Una goleada de escándalo ante Perú, la mano de Kempes, pero las almas son las almas. Se prometió no hacer más tratos con aquellos tramposos, y pasó página rápido. El problema fue en España 1982, cuando un tal Maradona, de familia humilde y capaz de obrar milagros, se presentó ante el mundo. En aquella época nadie veía las ligas, solo los mundiales, incluso Dios no perdía su tiempo chequeando resultados cada fin de semana. Por eso aquel chico le causó tan buena impresión, de alguna forma le recordaba a su hijo.

Durante México 1986 se enamoró por completo. Maradona le fue conquistando con cada toque, escurriéndose entre los defensas, haciendo lo imposible. Hasta el partido con Inglaterra. Dios, en su infinita magnanimidad, no acepta las triquiñuelas, y cuando “el pelusa” la envió al fondo de las redes con la mano, el Señor quedó estupefacto. El colegiado era árabe, y Dios se cagó en Alá por concederle el deseo de arbitrar un partido en cuartos de final. Estaba decidido, Argentina no pasaría de aquel encuentro y Gary Lineker sería el elegido para la remontada épica. Pero cinco minutos después, en 11,6 segundos cambió de opinión, y Argentina ganó el mundial con un castigo ligero: sin goles para “el Pelusa”.

Claro, por cuatro años le estuvo molestando aquello de la mano de Dios. Aunque si perdonó a su hijo por acostarse con una prostituta, ¿por qué no dejarle pasar una al “barrilete cósmico”? Pero los argentinos son pícaros por naturaleza. Después de caer ante Camerún en una lección de humildad que el Señor deseó darle, “el Pibe de Oro” volvió a emplear las manos, esta vez ante la U.R.S.S., y surgió aquello de “Qué jugador tan versátil es Maradona. Puede anotar goles con su mano izquierda y detenerlos con su derecha”. Fue terrible. Años para derribar el telón de acero, de evitar una guerra nuclear, y cuando todo está listo, el de “la mano de Dios” viene y le jode la felicidad a los soviets. Dios no resistía al proletariado, pero era consciente de que a los trabajadores no se les podía hacer esa mierda. Derrumbar el sueño de toda una nación como si se tratase de echar abajo un muro y ser víctimas de las fechorías de Maradona en una Copa del Mundo… ningún Dios era tan hijo de puta. Aquello fue el inicio de la maldición, la chispa que inició todas las desgracias de la albiceleste. Dios planeó su venganza de la mejor manera.

Dejó enfriar la cena.

¿Qué tenía disponible? Un tal Goycochea, portero mediocre donde los había, entró frente a la propia U.R.S.S. para sustituir a un lesionado Nerys Pumpido. El señor, en su infinita sabiduría, le concedió un don para detener penales. El otro fue Claudio Caniggia, un rubito alto que dejó buenas sensaciones en la derrota ante el equipo africano. Sonrió. Esas serían sus dos armas para llevar a la Argentina a una final que nunca debió jugar. Brasil fue la primera víctima injusta. La albiceleste apenas tocó el balón, fue un asedio total, pero Dios le permitió a Maradona una genialidad, y entre cuatro, dejó a Caniggia solo frente a Taffarel y “el pájaro” le birló con gran facilidad. Claudio no era un gran delantero, pero a veces solo debes estar disponible cuando el señor te necesite. A Yugoslavia la sacó el Goico, tanda de penales mediante. Ante Italia, una vez más Claudio y Goico salvan los platos, pero Dios jugó la primera carta de su plan macabro, específicamente, una amarilla para que Caniggia se perdiese la final.

Ya en la final, en otro asedio incesante por parte de los rivales, Dios le sirvió dos platos helados a Maradona. El primero fue un penal inexistente, una trampa si se quiere, tal y como lo fueron sus manos. El segundo, fue la ejecución del penal. El Goico, el parapenales, adivinó la dirección, pero no pudo detener el cobro de Brehme. El mensaje fue claro. No harás trampa y valorarás a tus compañeros. Sin Caniggia, ni Goicochea haciendo lo que mejor sabía, la final se escurría entre las manos, justo como hacía él con los rivales. Dios sonrió satisfecho y siguió en lo suyo.

En el fondo, el Señor sintió lástima por las familias de los desaparecidos, tanto desespero buscando a los suyos y todos allí arriba con él. Un Mundial para los argentinos era un momento de esperanza, un atisbo de luz, un bálsamo que una selección como aquella podía permitirse, a diferencia de otras dictaduras que nunca tuvieron un equipo de fútbol decente, como Chile. Por eso, en su infinita magnanimidad, olvidó aquello de no volver a levantar un título.

Pero en Estados Unidos, de nuevo Maradona. Drogado. Dios comprendió que el hombre no era el único animal que tropezaba dos veces con la misma piedra. Él, el creador, había chocado tres veces con aquel tramposo que solo necesitó 11,6 segundos para hacerle creer que él no era el único obrador de milagros. “Ni Batistuta ni un carajo”, pensó. “Esta mierda se termina aquí.” ¿Quién les eliminaría? Una república exsoviética. Para ellos no significaría nada pero para él, sería una pequeña gratificación.

Y la mierda de los títulos se terminó ahí. En Francia, Dios se sentó a ver cada partido de la albiceleste. Batistua ante Japon. Bello. Goleada a Jamaica. Hermosa. Con tres del Bati. Adoraba ver cómo Gabriel, como el arcángel, castigaba el esférico. Con Croacia fue un poco más complejo, pero igual ganaron. Ante Inglaterra, un tal Simeone hizo de las suyas y se las arregló para que David Beckam fuese expulsado, las triquiñuelas habituales. En la tanda de penales, Carlos Roa, quien años después dejaría el fútbol por la Iglesia Adventista del Séptimo Día, salvó a los argentinos deteniendo par de penales. Dios sonrió ante los tramposos, y por un instante dudó si en verdad fue él quien le concedió al Goico la habilidad de saber hacia dónde se dirigían los cobros desde los once pasos.

Ante Holanda el Señor decidió terminar el avance de la albiceleste. Para abrir la lata se valió de Dennis Bergkamp. Una de las asistencias más impecables, improbables e inimaginables de la historia del fútbol. Ronald de Boer le lanzó una pedrada a la altura del estómago, una de esos balones que no hay forma humana de controlar y pasarla (o tirar) sin que te llegue la marca. ¿Qué hizo Bergkamp? Dejarse caer. Ningún proverbio chino dice nada sobre la importancia de caer, o de cómo el hombre que cae tiene una perspectiva diferente del mundo. Da igual. Dennis lo sabía, siempre lo supo, porque Dennis es uno de los artistas más grande del fútbol contemporáneo. Y Dios lo agradeció. Sólo él lo supo: no hubo intervención divina, solo genio.

Sin embargo, el Señor no pudo evitar el empate de Claudio López. Van der Sar tenía las piernas demasiado largas, y eso le dificultó cerrarlas a tiempo. Su mayor milagro en ese encuentro lo sufrió Batistuta. “!Hacelo Bati por Dios te lo pido! ¡Palo! ¡Por favor!” El narrador se equivocó al invocar al Señor. Mientras más lo miras, más te convences de que no había forma de fallarlo. Es inexplicable cómo se estrelló en el poste, cómo no terminó en gol. El otro milagro fue un ligero empujoncito a Van der Sar, quien salió disparatado a increparle a Ortega por el piscinazo en el área. El apodo de “el burrito” no es necesario explicarlo, basta la imagen del cabezazo al mentón del meta holandés.

El resto es bien conocido. Dennis Bergkamp marcó el gol más bello en Copas del Mundo. En tres toques y 2,11 segundos resolvió lo que Dios no pudo en 90 minutos. Sin intervención divina, solo genio.

Los otros cuatro mundiales son historias más conocidas. Un gol de oreja del Bati ante Nigeria y la derrota ante Inglaterra por un penal pusieron en evidencia al Señor. ¿Cómo la selección que barrió con todos en las eliminatorias se veía tan perdida en el campo? Dios hizo lo suyo y Verón y a Batistuta tuvieron un torneo negro. Ya ante Suecia, apenado y temeroso de ser descubierto, permitió a “la brujita” recuperar su calidad, pero fue demasiado tarde. ¿Inolvidable de ese mundial? El churro cobrado por Ortega desde los 11 pasos ante Suecia, tan burdo como la intervención divina.

Luego en 2006 y 2010 Dios hizo poco, dejó a los técnicos encargarse de todo. Claro, la lesión de Abondanzieri frente Alemania no fue tan casual, pero Pekerman tuvo mucho más peso y desarticulo el equipo en el partido más importante. El Señor se lo agradeció y le concedió más éxitos en su carrera. Éxitos, no títulos, que a los argentinos se les debe mantener a raya.

Pero nada fue tan gratificante como Sudáfrica. Temeroso de la inyección moral que Maradona pudiese darle a sus jugadores, el Señor estaba expectante. Pero todo terminó en el primer partido, cuando Diego Milito y Esteban Cambiasso quedaron en el banco, y luego Walter Samuel también fue relegado. La columna vertebral del Inter de Milán campeón de la Champions no jugaba en la Copa del Mundo, además de ni siquiera convocar a Javier Zannetti. Dios se descojonó de la risa y se sentó a esperar con calma el descalabro.

Ya en la última Copa del Mundo el Señor necesitó echar mano otra vez de los milagros burdos, porque las genialidades llevaron hasta la final a los argentinos. Él se prometió no intervenir en ningún juego, a ver qué tal le iba a Lionel y compañía. ¿Qué ocurrió? Taconazo de Higuaín ante Bosnia, genialidad de Lio ante Irán, Messi desatado ante Nigeria, la pulga asistente ante Suiza, el Pipita sniper ante Bélgica, Romero a lo Goicochea ante Holanda, y un Javier Mascherano inmenso en toda la Copa.

Para empezar, le agradeció a… no sé a quién agradece Dios cuando la providencia le ayuda, pero a alguien le agradeció por la lesión de Di María. “Sin Di María será suficiente”, pensó. Aun así, desde temprano se omnipresentó en la cancha para ejecutar bien rápido sus milagros. Y ocurrió lo peor. Argentina jugó su mejor partido del mundial. Por suerte él estuvo ahí para evitar el descalabro. Dudó. Si Argentina ganaba, Diego dejaría de ser el D10S y Messi ocuparía su lugar. Pero después debería escuchar las declaraciones de Maradona, sus estupideces en De zurda, “yo siempre lo dije”, “siempre supe que Messi me superaría”. No, no le daría el gusto. La violación más flagrante del fútbol llevaba su nombre por culpa del “Diego de la gente”. Desde el 22 de junio de 1986 había perdido 20 puntos de popularidad en Inglaterra, y jamás logró recuperarlos. No habría Mundial para Argentina. Por eso, Higuaín falla solo ante Neuer debido a una atajada del Señor, Messi es halado de la camiseta por una fuerza invisible cuando solo debía puntearla al fondo de las redes después de desparramar alemanes, Higuaín celebra como un desquiciado un gol válido y el Señor, en una jugada digna de Isaac Asimov, se reinventa los espacios y produce un off side inexistente, Rodrigo Palacio falla lo imposible al entrar en un bucle temporal: todo ocurre en un segundo pero su control y remate demoran años, todo a causa de Maradona. Y luego el gol. Si todos los fallos de Argentina son una absoluta falta de tacto, lo del gol no tiene nombre. Como si estuviese jugando PES o FIFA, guio cada movimiento de la jugada, pero no como un videojuego actual, sino uno de principios de milenio, donde centrabas con una tecla, rematabas con otra y era gol seguro. Nadie controla de pecho en una final de la Copa del Mundo y la envía con total limpieza al fondo de las redes.

Y Dios le ha cogido el gusto a esto de putear a Argentina. Higuaín, en el último minuto de la Copa América no llega a un centro semifallo de Lavezzi porque es agarrado por la camiseta por una fuerza invisible. Y luego lo pone a cobrar un penal como solo lo haría Roberto Baggio o Sergio Ramos. Dios es injusto, pero nunca olvidéis que también es perdón, compasión y jamás olvida los sacrificios. Por eso, cuando Maradona suba al reino de los cielos o descienda y abandone toda esperanza de emplear las manos en el fútbol, Argentina será campeona del mundo.

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Caballeros del papel y la pluma

knights-of-pen-and-paper-1-2¿Listos para echar a volar la imaginación? Nosotros les daremos una mano. Por ejemplo, cuando entremos en un calabozo, recrearemos las peores mazmorras recordadas por las videoconsolas, y si estamos en un templo, transmitiremos toda la sensación mística posible a través de los mágico píxeles. Como esto es un juego de rol, alguien debe guiarlos; entre los directores de partida tenemos al maestro Yoda, al maestro Splinter, Doctor Brown, Gary Gigax y a un chico de la tienda de comics, ustedes eligen. También ponemos a su disposición bocadillos, bebidas y algunos objetos decorativos para darle más ambiente a la aventura: armaduras, escudos, relojes, refrigeradores, lo habitual. Incluso os permitimos tener una mascota con ustedes en la mesa, un perrito, un pez, un dragón, un robot, el animal de compañía que siempre está en casa cuando juegas con tus amigos. Tomad vuestro dado de veinte caras y comencemos.

Esa es la propuesta de Knights of Pen and Paper, simular una partida de roll al estilo Calabozos y Dragones, un homenaje inmenso, como su nombre indica, a las aventuras donde la imaginación, la pluma y el papel eran las únicas herramientas. Diseñado para que nunca te atasques, con múltiples misiones e historias colaterales, el juego te engancha en un universo donde a cada lance del dado buscas mejorar a tu grupo de héroes y convertirlos en caballeros invulnerables ante los monstruos de esta tierra media.

Pero la verdadera genialidad está en tomar los estereotipos, lo absurdo, los glitchs, frases bien conocidas, íconos que de una manera u otra conforman la cultura pop, y ponerlos a disposición del maestro de partida, al punto que el juego en sí queda por momentos en un segundo plano y son las pequeñas aventuras o los comentarios del maestro los que mantienen cierta tensión. Así, si los enemigos son fantasmas, puede que Mill Burray necesite nuestra ayuda, o si un hermoso mog-wai necesita ser alejado del agua, seamos nosotros los encargados de montarlo en un bote y sacarlo del mar.

Nadie se salva en el diseño de esta joyita. A la hora de escoger los personajes puedes servirte entre un hombre lobo, el chico de las pizzas, E.T, el hermano pequeño, Paris Hilton, Ramona Flowers o la abuela, además de cinco desarrolladores de Behold Studio. Los escenarios tampoco escapan: la villa por defecto, Maya Me Beach, el castillo de las puestas de sol, la cueva de la muerte instantánea o el hogar de los magos de la costa este. Una broma infinita, pero sin Alan Moore.

El juego es sencillo. Matas, obtienes experiencia y dinero, compras armaduras, espadas o amuletos mágicos y mejoras tus poderes; incluso existe una herrería para perfeccionar las armas. Así de simple, tanto que puede ser reiterativo si no disfrutas cada diálogo del maestro de partida y todo su arsenal de referencias al universo geek y gamer, al punto de que éstas pueden ser abrumadoras: en un mismo escenario se encuentran la cabina telefónica de Doctor Who, la cabeza de Cyrax (Mortal Kombat) y un Stargate.

Aunque la historia central no pasa de un triste homenaje a los magos malvados, el juego reserva un enemigo final a la altura de cualquier partida de roll fuera del mundo digital, porque Caballeros del papel y la pluma no es solo un homenaje, es un memorándum a todos los gamers: hace 30 años se hacía de otra manera, y era igual de divertido. Un tablero gigante, un dado de veinte caras, papeles llenos de apuntes, un loco inventando escenario y misiones a su antojo… tiene su morbo pero en lo personal me quedo con la PC. La verdad, no tengo amigos que deseen sentarse una tarde a jugar Monopolio, y es más sencillo imaginarse millonario que caballero, druida o mago.

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De cómo China ganó la Copa del Mundo

shaolin_soccer Stephen Chow tiene una obsesión con el kung fu, vio mucho Capitán Tsubasa (AKA Supercampeones) y al parecer, cuando filma, no se toma nada en serio. Sin embargo, ninguno de esos motivos parece un argumento sólido para que una cinta como Shaolin Soccer se estratifique en la memoria de todo el que la haya visto. Una gran parte del público la recuerda como la porquería donde sin la más mínima lógica, un grupo de chinos volaba por los aires y de vez en cuando le pegaban un patadón al balón y en el siguiente cuadro (remember, 24 X segundo) aparecía en el fondo de las redes. Otros, sobre todo aquellos que la vieron muy jóvenes (y si ese es tu caso, olvídate de un nuevo visionaje), mantienen un grato recuerdo gracias a ese mundo fantasioso donde los superpoderes eran posibles.

La cinta tiene pocas escenas de fútbol, más bien se adentra en la vida de seis maestros de kung fu que no encuentran su camino en la vida. Ingenua y sencilla, Shaolin Soccer es una página más en la filmografía de Stephen Chow, un cineasta que ha intentado esparcir el conocimiento sobre las artes marciales a través del séptimo arte con un toque de humor. Su personaje, el protagónico “pierna de acero” Sing, está obsesionado con buscar una aplicación para el kung fu en la vida: parquear carros, podar árboles, algo. Y como Chow, según sus propias palabras (una entrevista que muchos referencian en y no encuentro), siempre soñó mezclar el universo de Yoichi Takahashi con el kung fu, puso en el camino de “pierna de acero” a “pierna dorada” Fung, un ser humano hundido en lo más profundo del fracaso.

Detrás de toda la fantasía y jugadas absurdas, Chow deja caer una buena cantidad de temas interesantes sobre la mesa. Fung, otrora estrella del país, aceptó un soborno en un partido clave y como consecuencia fue golpeado por los fans hasta convertirle en un tullido. ¿Sobornos en el fútbol? Mmmh. ¿Intolerancia hacia las estrellas que fallan en momentos claves? Mmmh. El soborno se lo ofreció Hung, actual director de la asociación futbolera del país y director técnico del “equipo maligno”, quien además de dopar a sus jugadores, compra a los árbitros. ¿Corrupción en el fútbol? Mmmh. Quizás su intención ni siquiera sea denunciar la podredumbre del deporte más hermoso del mundo, pero es tan romántica la lucha del equipo Shaolin frente al imperio de Hung, que termina por sacarnos una de esas sonrisas ajenas por completo a la felicidad, más cercanas a la autocompasión y deseos de una vida así de fácil, donde haces lo correcto y al final recoges la recompensa.

Otro detalle maravilloso es la visión del terreno de fútbol como campo de batalla, uno de los tantos clichés utilizados que funcionan a las mil maravillas.

El amor al kung fu se hace latente en muchas ocasiones del metraje; en el partido final, el cuarto hermano, guardameta del equipo (motivo por el cual viste como Bruce Lee en Game of Death) abandona el terreno de juego lesionado y Sing (Chow) le dice “solo nos dejas físicamente pero tu espíritu seguirá en nuestras mentes”. Mientras se lo llevan en camilla, todos le dedican un saludo militar, y luego un plano al cielo. Eso de ser cineasta se lleva por dentro, incluso sin ser original. Claro, esto funciona porque el parecido físico entre Danny Chan Kwok Kwan y Bruce Lee es increíble.

Otro de los méritos del film es el intento de revertir los códigos habituales del cine de artes marciales; nada de señor Miyagi ni de aprendizajes donde el primer nivel es limpiar el suelo del sensei. Estos seis maestros ya se “graduaron”, pero no saben qué hacer con sus poderes; con la premisa de “no harás daño con tus habilidades”, cada uno ha decidido tomar un camino diferente, o al menos intentarlo, pero ninguno ha logrado destacar en nada. Esa es otra lección del film: no juzgues a los demás por lo que no saben hacer.

Dentro de toda la vorágine de patadas voladoras y fracasados, Chow desliza una historia de amor demasiado realista: chica fea. Por no ser complaciente se le escapa un pelín de las manos y termina con una relación por momentos forzada y poco verosímil, pero… ¡qué carajos! son asiáticos y el amor no tiene nada de verosímil.

¿Vale la pena verla de nuevo o por primera vez? En el primer párrafo me opuse, pero ya en el último puedo cambiar de opinión. ¿Aguantas a unos chinos voladores? ¿Disfrutas de la inexistencia de reglas futbolísticas y físicas? ¿Está el cine por encima de todo esto? Sí, son preguntas retóricas, y te servirán de guía para dos cuestiones muy importantes: disfrutar del cine de Stephen Chow y confiar en la opinión de este blog.

 

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¿Dónde está el Trono Nuclear?

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La vida está llena de absurdos, pero nada es tan absurdamente difícil como Nuclear Throne, un videojuego postapocalíptico donde la adicción te lleva a un punto de desconexión cerebral absoluta para alcanzar luego un estado de histeria, resignación, tristeza, euforia, depende de cómo reacciones a las muertes. ¿Por qué jugar algo que me irrita, que me quita el sueño, que afecta mis relaciones interpersonales? No sé, pregúntenle a un cocainómano por qué se sigue inyectando o por qué una vez limpios tienen recaídas.

Aquellos con un pasado nintendesco podrán recordar las múltiples secuelas de Megaman al pensar en videojuegos difíciles, por la cantidad de proyectiles y enemigos en pantalla, pero nada se asemeja al randomize, o aleatoriedad, algo no tan habitual en esos años. En aquellos tiempos, tanto jugabas, que llegado determinado punto aprendías de memoria la locación de cada monstruo, o peor, entrabas en un estado catatónico donde te acostumbrabas a todos los posibles escenarios, y te convertías en un ser cuasi inmortal. A mí me ocurrió con Castlevania: meses sin pasar de un nivel, y de repente, un día no volví a perder. Primero lo consideré la gracia del Señor, pero en realidad era mi subconsciente tomando decisiones a partir de experiencias anteriores. Por eso, cuando la memoria no tiene cabida en los videojuegos y dependes de la suerte, los reflejos y la coordinación entre computadora y cerebro, y tu peor enemigo es la aleatoriedad… mejor leerse un libro.

Ese es el problema de Nuclear Throne. Treinta enemigos disparando, corriendo, chillando, la pantalla llena de balas más grandes que tu personaje, la música trash a punto de tímpanos rotos, en otras palabras, caos. Atención, Nuclear Throne puede freírte el cerebro.

El argumento es sencillo. Mundo post-apocalíptico y un variopinto grupo de personajes sentados en una fogata. Un pez trovador, un pollo ninja, un científico cargado de esteroides, un triángulo con complejo de rapero, una planta carnívora, un monstruo lleno de ojos con poderes telequinéticos, un cuerpo en proceso descompositivo, entre otros. Solo los creadores pueden saber de qué hablan, pero por algún motivo, han llegado a la conclusión de que deben llegar al Trono Nuclear, ¿y destruirlo quizás? Cada uno cuenta con habilidades únicas, ya sea establecer una cámara lenta, invocar un aliado, explotar cadáveres enemigos. Pero atención, lo que parece ser un desmadre de balas en el universo de lo pixelado tiene su lógica de fondo. Cada enemigo deja caer residuos radioactivos al ser asesinados, y acumulada cierta cantidad, tienes la posibilidad de mutar: una pierna extra, dientes afilados, tripas gamma u ojos de águila. Así, te conviertes en un monstruo bien rápido, un ser radioactivo o en un especialista con armas de fuego. Incluso las tres al unísono.

La otra variable del juego para asegurar que cada partida sea diferente a la anterior es la diversidad de armas, y la necesidad de cambiarlas con frecuencia debido a la escasa munición. En otras palabras, es casi imposible seguir un patrón para lograr avanzar, cada vez debes crear un nuevo plan.

Con un guiño gigante a todo lo pop, desde una cita de Hal 9000 a un nivel secreto donde se ocultan las Tortugas Ninjas y Splinter, mutantes como los protagonistas, el juego hace una declaración de principios que se agradece: “diviértete, incluso en el entretiempo”, ¿y acaso hay algo más importante que divertirse? Sí, ganar el juego. Por eso sigo enganchado.

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Decepción y gratificación

Uno va al estadio a gritar, a apoyar a su selección, o a hinchar, no a ver un objeto museable. Hace unos años, Maradona fue a Guanajay a exhibirse, en el mejor sentido de la palabra, nada peyorativo. Una visita formal a un pueblo de cierta tradición futbolística. El Pelusa comenzó a hacer algunos dominios, y como parecía no estar muy en forma, algún atrevido empezó a gritarle gordo y demás calificativos que seguían la línea (lectores no avispados, eso de línea tiene un doble sentido). Final de la historia: el Diego de la gente se fue bien molesto y el atrevido terminó arrestado. ¿La razón? Las leyendas del fútbol se disfrutan en el momento, no ya pasados sus años de glorias.

El 2 de junio de 2015 fue una fecha histórica para el fútbol. Joseph Blatter anunció su renuncia, el Cosmos de New York jugó un partido histórico en La Habana, yo cumplí veintiséis, Raúl González Blanco, el Ángel del Madrid, puso sus pies en el Pedro Marrero y Pelé se sentó en lo que vendría siendo un palco. Se dice fácil.

Desde que tengo consciencia futbolística, es decir, desde que Dennis Bergkamp le marcó “el golazo” a Argentina el 4 de julio de 1998, solo recuerdo a un monstruo del balompié pisando la grama  del Estadio Nacional de Cuba. Y Landon Donovan solo superaba en cojones al 7 del Madrid. Perdonen la palabra, no hay otra. Como yo no pude ver al 10 de Estados Unidos en aquella ocasión, me pareció buena idea caer por el Pedro Marrero.

Como es lógico, una hora y media antes de comenzar el encuentro, entrar al estadio parecía una odisea. A las autoridades cubanas les encanta desesperar a las personas, convertirlas en animales, para luego mostrar sus dotes para mantener el orden. No había ni mil personas afuera, pero aún así, entrar parecía imposible. Un cojo amenazaba con su carnet de la ACLIFILM, alguien mostraba una falsa credencial de periodista y cada quien intentaba su artimaña para entrar. El clima era fatal. Llovía fuerte, lloviznaba, escampaba, lloviznaba. Después de intentarlo en dos entradas, cuando fui a la tercera, la puerta se abrió y una pequeña ola humana penetró. Como es lógico, la novia y yo nos colamos sin pagar un centavo, porque el deporte es un derecho del pueblo, y la diferencia entre cinco o diez pesos y nada es lo mismo. Además, el Estadio ni siquiera se llenó.

Ahí encontré al Banano, uno de esos “personajes” de Guanajay que sube al estadio a jugar al fútbol con un radio BIR (Batalla de Ideas Revolucionarias), para mientras se sienta a esperar su turno escuchar ESPN Deportes Radio. El pueblo es el pueblo, e incluso encontrarme con un loco con el que paso la mayor parte del tiempo discutiendo por las fuertes entradas sin balón o por su fanatismo me dio alegría.

Me senté lo más cerca que pudo de la cancha; delante tenían reservado sus asientos los fanáticos del Cosmos: un grupo de estadounidenses con perfecto dominio del español y bolsas cargadas de suvenires de su equipo para regalárselas a los cubanos. Lo que debía ser un gesto de buena voluntad terminó en la trifulca habitual cuando en Cuba algo se reparte gratis. Quizás en Canadá o Japón sea igual, pero como mi realidad esta y me desagrada, la cuento con el matiz que me parezca. Los niños se lanzaban a por lo que fuese, y los mayores también. De pronto el Cosmos era el Barcelona, y todos querían una pegatina, un llavero, una bufanda, incluso dejar sin pulóver a los hinchas de Nueva York.

Y comenzó el encuentro. Lo reconozco, fui por un objeto museable, una sombra de lo que fue, pero aun así, ver a Raúl tocando de primera tenía su encanto. Cuando los goles comenzaron a caer como la lluvia sentí vergüenza. Camus dijo que Patria es la selección nacional de fútbol, por eso yo y el chovinismo nada tenemos que ver; mi vergüenza era con aquel hombre, que con 37 años, con una sencillez pasmosa, llegó a La Habana a jugar un amistoso para complacer el deseo de unos cuantos fanáticos de ver un mito corriendo por el potrero nacional, y nosotros, con nuestra pundonorosa selección nacional, no opusimos resistencia. Olvídense de la Copa de oro y los malos resultados habituales. Por dignidad, debieron jugarle con todo a un club de segunda división. Pero ni eso tenemos. Derrota por 1-4. No, no grité el gol cubano.

Raúl jugó como una especie de volante. Daba salida a su equipo, apoyaba en el ataque, se deja ver, se dejaba querer. Lucía. A eso fui. A verlo. Cuando faltaba un minuto me levanté y me fui. Y ese me fui debería ser el cierre de este texto, pero como el mundo es un pañuelo, y el dos de junio era mi cumpleaños, Raúl González Blanco fue a comer al restaurant Los Naranjos, ubicado en 17 entre Paseo y A, La Habana. Casualmente, donde yo vivo.

Una foto, nada más. ¿Qué podría preguntarle? ¿Joseph Blatter? ¿Cristiano Ronaldo? ¿Florentino Pérez? Y no me arrepiento. Hay cierto espacios que uno no tiene derecho a penetrar.

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Uno de los hinchas del Cosmo entrega una bufanda a una niña.

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Los hinchas del Cosmos repartieron llaveros, pegatinas y gorras entre el público cubano.

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No me queda claro de a qué se refiere…

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Un espontáneo saltó al campo durante el juego.

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Remate de Andy Vaquero para subir la honrilla al marcador.

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En espera de que otro equipo entre a la cancha.

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Una de las tantas acciones de peligro del Cosmos.

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Tercer gol del Cosmos.

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Segundo gol del Cosmos.

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Un fanático tenía una bandera cubana por un sitio, y amarrada al mismo palo, una americana.

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Un fanático tenía una bandera cubana por un sitio, y amarrada al mismo palo, una americana.

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Detalle del Pedro Marrero.

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Los hinchas del Cosmos antes de comenzar el encuentro.

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Está un poco flaco el Ángel del Madrid.

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El infierno según Padura

regreso_a_itaca_Decepción. Una de las tantas palabras que sirven para definir a “Regreso a Ítaca”. Cinco amigos se encuentran después de 16 años para celebrar el regreso de uno de ellos que, sin previo aviso, decidió marcharse del país. Recreada en el presente, la película intenta diseccionar una realidad que pasa por el filtro de Leonardo Padura, motivo por el cual el se convierte en una especie de estrado desde donde el escritor deja claro sus puntos de vistas acerca de la Cuba actual.

La cinta tiene un ritmo pausado pero sin llegar al extremo del cine europeo. Dirigida por el francés Laurent Cantet, ganador de la Palma de Oro en Cannes con “La clase” en el 2008, el film se limita a contar a través de la voz de sus actores, una especie de puesta en escena teatral con una única locación, sin saltos temporales y donde los sentimientos, negativos casi siempre, suben el tono de la trama y la tensión entre los amigos. Con todo esto, la cinta propone un lienzo que no es la realidad de todos los cubanos pero sí la de un grupo que apostó sus vidas a un proyecto y al final se sintieron estafados.

Quizás la novedad en “Regreso a Ítaca” con respecto a la temática cubana es la forma en que se aborda la realidad. Por regla general, casi todas las realizaciones nacionales hacen un guiño a la situación política, ya sea a través de un chiste que sirve de válvula de escape o un contexto donde el espectador cubano se siente identificado. En esta propuesta, el contexto es el único motivo de ser de la película: gritar sin tapujos toda la inconformidad con un sistema.

Es destacable la actuación del quinteto que lleva la cinta acuestas, pues son Nestor Jiménez, Isabel Santos, Fernando Hechevarría, Jorge Perogurría y Pedro Julio Díaz Ferrán quienes logran mantener a flote una apuesta tan arriesgada como la de sentar a cinco cubanos a hablar “cáscara” con una botella de alcohol por medio.

Cada uno de ellos representa algún tipo de fracaso. El artista al que le robaron el talento y las oportunidades, el incomprendido que se marchó del país, el solitario sin familia porque los suyos se fueron, el ingenuo que mira en otra dirección para no ver, y el corrupto que prefirió arriesgar el cuello para buscar la felicidad a través del dinero. Y aquí desearía hacer un alto. El único personaje con las agallas para enfrentar la vida termina contra las cuerdas al final del metraje; corrupto o no, fue quien decidió tomar las riendas y jugar a la ruleta rusa; no lo hizo de la mejor manera, pero si estás increpando a un sistema por robarle la vida a un grupo de personas, es un poco ambiguo que le eches la soga al cuello al único que tuvo el valor de robarle al sistema.

Además de Perugorría, quien sin ser el protagonista es una de las principales marionetas empleadas por Laurent en esa búsqueda de pequeños clímax de la cinta, es válido destacar la buena actuación Fernando Hechevarría; la película gira alrededor de él, y a pesar de ser Nestor Jiménez la figura central, la mayoría de las interrogantes se refieren al pintor frustrado. Es él quien nos devela la verdadera cuestión del film, que no es la decepción como mencionábamos en el primer párrafo, sino la cobardía. Bajar la cabeza y aceptar. Rafa (Hechevarría) se las da de rebelde, pero es uno más que no pudo con el miedo y los mecanismos de represión de una dictadura solapada, según Padura.

Durante una cena que sirve de interludio al acto final, se toca el tema de los jóvenes que desean emigrar, y lo hace de una manera tan superflua, que se confirma una sospecha presente desde un inicio. En su afán de realizar una radiografía nacional, de tocar todos los temas, desde el surrealismo habanero, hasta el amor al beisbol, las costuras comienzan a notarse y ciertas cuñas colocadas a la fuerza, no tanto a modo de concesiones sino en busca de lograr un gran relato, provocan cierto hastío de tanta reflexión.

La idea final queda clara: ninguno luchó por sus sueños. Eddy (Perugorría) abandonó la escritura, Aldo (Díaz Ferrán) vive el día a día como un sobreviviente, Tania (Santos) se cae a pedazos por las ausencias, y para el gran final, nos guardan la historia más dramática de todas: el motivo por el cual Amadeo se marcha de Cuba.

Y aquí se le escapa el guion de las manos a Padura. Entre tanto miedo, el regreso de Amadeo parece poco lógico. No es imposible, pero un final tan efectista deja muchas incógnitas abiertas y nos hacen dudar de mucho de lo narrado con anterioridad. Usted puede tener un final abierto, o permitirle al espectador buscar un significado propio a determinada idea, pero no puede doblar un codo y convertirlo en recta sin más explicaciones, mucho menos cuando el objetivo es dejar al espectador ante el conocido “abandona toda esperanza” y marcharte sin más.

PD: Después de leer otra vez el texto, hay algo importante que me faltó mencionar. Para mí, este es el primer filme nacional que aborda sin tapujos el tema de la represión en Cuba. Si estoy equivocado, por favor corríjanme.

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Mariposa

Álvaro Morata en la Juve.

Álvaro Morata en la Juve.

Si a Martin Scorsese le gustase el fútbol, haría una película sobre Álvaro Morata. El asesino que con el dolor de su alma pega dos tiros en el pecho a su antiguo patrón, quien años antes se había encargado de formarlo y convertirlo en el matador de área tan codiciado por la clase media del fútbol.

Dos disparos le bastaron para sacar del negocio a su anterior empleador. El primero como lo hacen los viejos conocedores del oficio. Un buen asesino se ubica en la puerta de salida del apartamento de la víctima, porque él sabe cuál es la rutina y los puntos débiles de un Casillas que no ha sabido envejecer al estilo de Buffón (porque hablar del buen vino a estas alturas no es solo un cliché, sino una desconsideración con los catadores, como si uno supiese a qué sabe el buen vino). Así, Morata se encargó de recordarle al Madrid que 20 millones no son suficiente si uno de los nuestros termina doblándote la moneda.

Borrón y cuenta nueva.

Y cuando todos soñaban con una final española, cuando la victoria parecía posible, reapareció un viejo fantasma que corre por el Santiago Bernabeu, el de los exiliados que triunfan en tierras foráneas cuando la directiva merengue les da la espalda. Esta vez acudió más a la clase y no tanto al instinto. Control de pecho, disparo contra el césped y muerte inminente. Al corazón del madridismo.

Morata se fue, y en cambio trajeron un sicario mexicano, uno que cuando salvó las tablas ante el Atlético, mostró, con una celebración exacerbada, que su amor propio era mayor que el respeto al club. Quizás no hubiese marcado ni un solo gol si se hubiese quedado y su presencia en el banquillo hubiese sido más humillante que la sufrida por Javier Hernández, pero como los “y si…” no valen en el deporte, los clientes del Real Madrid no dejan de preguntarse por qué vendieron a Morata.

Al final, les pasó factura la mariposa, esa que aletea en Hong Kong. Lo que parecía una entrada fácil de veinte millones de euros terminó en una eliminación en semis de Champions. Florentino hace una mueca y piensa en la nueva purga, en la repesca de Morata, los próximos triunfos, los nuevos nombres en la larga lista de estrellas que han portado la camiseta y no han levantado un título importante y demás nimiedades relacionadas con sus negocios en México, Costa Rica y Colombia, todas camufladas bajo la rentable venta de camisetas.

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Cuatro en línea

neuer-miss-penaltyFallar un penal es siempre una posibilidad, poco probable, pero real. Son más los cobros que provocan el grito de gol frente a las atajadas del portero, los balones a las nubes y los caprichosos postes. Fallar un penal es tan probable como que Pauleta te marcase un gol.

Ahora, abrir con un fallo de tu capitán debido a un resbalón en la grama de su propio estadio en la tanda de penales es como si Sergio Ramos te marcase a la salida de un córner. Los rivales siempre le miran con malos ojos cuando entra al área del portero; su testa es como un fantasma buscando manifestarse en el marcador. Lo mismo ocurre con el primer cobro desde los doce pasos, pero esta vez el temor es de los aficionados locales. El fallo es una posibilidad que desean azorar a toda costa, abrir abajo puede ser el principio del fin.

Cuando tu segundo cobrador, quien por mucho tiempo fue el encargado de finiquitar desde los doce pasos en la selección nacional de España, no cualquier España sino la de las dos Eurocopas y el Mundial, también se resbala y la envía a tres metros de la portería, piensas cuándo fue la última vez que Javier Mascherano marcó un gol (con el Barça nunca ha marcado). Porque ese segundo fallo duele tanto como ser la víctima del “jefecito” después de 72 meses de sequía; o peor, estar en el séptimo inning de un partido de beisbol sin que ninguno de tus jugadores haya llegado a primera, y te repites una y otra vez “esto no nos puede estar pasando a nosotros”.

Hay escenarios peores. Un penal atajado al tercer cobrador, al goleador de la final del Mundial Brasil 2014, al delantero que dejó con la miel en los labios a la Argentina de Lionel Messi, te traslada en el tiempo al 2005, cuando Ronaldinho era un crack en el Barça; tú eres mexicano, hincha de los Gallos Blancos de Querétaro, y sueñas con que un día, el brasileño le marque dos al América en el Estadio Azteca. Es un sueño tonto, pero un día despiertas y lo vives. Claro, soñar con tres fallos al hilo en una tanda de penales es una pesadilla, pero igual un día despiertas y la vives, como le sucedió a Suiza con Ucrania en octavos de final del Mundial del 2006.

No obstante, cuando uno falla tres penales, el rival tiene la posibilidad de asestar un golpe terrible en su tercer cobro. A menos que tu guardameta sea Manuel Neuer. Y esto solo puede convertir la pesadilla en algo peor. Fallar un cuarto disparo desde el fatídico punto es el equivalente a ser víctima de una remontada épica en la final de la Champions League. Llegas al descuento con una ventaja de un gol, y tres minutos después, cuando el árbitro da por concluido el encuentro, estás debajo en el marcador. Ambas cosas solo pueden ocurrirle a un equipo. Les presento al Bayern de Múnich.

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American Sniper, un disparo al corazón del héroe

Bradley Cooper como Chris Kyle.

Bradley Cooper como Chris Kyle.

Seamos sinceros, las intenciones de un director al realizar un film pueden ir en una dirección, pero el producto final no tiene por qué tener la recepción esperada. Quizás a medida queusted teje una trama, desliza algunos subtemas que pueden convertirse en el meollo del film, o incluso, algo en lo que ni siquiera pensó cobra de forma inesperada una importancia inimaginable. ¡Demonios! Puede que realice un manifiesto en contra de la porquería y el público capte una oda a las heces fecales.

Tanta aclaración se debe a las diferentes opiniones que ha propiciado American Sniper, a la conocida ideología del director Clint Eastwood, un patriota con los pies puestos en la tierra, y a las múltiples interpretaciones que puede tener una obra, de arte o no. En otras palabras, a mi poco me importa que quiso decirme el bueno de Clint, me interesa más qué soy capaz de ver a través de la mirilla telescópica de Chris Kyle.

La trama es sencilla: americano medio, corto de miras, responde al llamado de la patria para combatir el mal en el Medio Oriente. Para Kyle esto es el paraíso: matar, matar y matar iraquíes, villanos, asesinos, el “evil” en estado puro, sin excepciones. Él no ve seres humanos, sino enemigos; el clímax llega cuando dispara a un niño y a su madre, portadores de una granada. Esa escena, justificada a través de un código moral dudoso donde el mundo se limita a ovejas, lobos y perros guardianes, es tal vez el punto más crudo de una cinta que destroza a muchos de esos héroes americanos. A él no le duele tanto tirar del gatillo; en su mente los niños podrían representar una supuesta inocencia, pero la orden es disparar, y si tu país te lo pide no hay por qué dudar. Hay cosas que deben hacerse y punto, ni siquiera debe pensarse en ellos.

Esas dos muertes son la deshumanización extrema del enemigo; en otro momento, un segundo niño toma una bazuca, amenaza con disparar y Kyle, tenso como una cuerda de violín y listo para anotarse un número más, reza porque el niño la suelte. Queda un vestigio de humanidad, pero el deber está sobre todo.

Lo más terrible es que a pesar de todas estas experiencias, Kyle disfruta la guerra; sus compañeros desean largarse de aquel infierno, incluso su hermano termina por odiar toda aquella cruzada y él no es capaz de comprenderlo. La guerra es su mundo, y lo que mejor sabe hacer es disparar.

Sumémosle todo el stress postraumático; aunque quiera lucir como un hombre de hierro, asesinar tiene un precio elevado para la cordura y él no es la excepción. Quizás desde la primera vez que le voló los sesos o le atravesó el corazón a un iraquí, convencido de sus ideales, de su código moral, de la importancia para su país de combatir el mal, de salvar a la humanidad de estas cadenas, algo se dañó en el cerebro de Kyle, y en vez de crear un rechazo a sus acciones, provocó una obsesión: cumplir con el deber, salvar al mundo. Nada más puro y jodido. Por eso cuando regresa a su casa, tras volver una y otra vez a la guerra debido a la existencia de un enemigo que bien pudo ser imaginario, necesita seguir disparando, aunque sea a una diana.

Hasta ese momento, cuando el fin de su guerra es un hecho, cuando no regresa más a la arena, el dibujo no es el de un héroe, sino el de un monstruo, con un cerebro hecho añicos y con la presión por los cielos a causa del stress. Eastwood, quien se basa en la biografía del francotirador para filmar su cinta, obvia detalles como el alcoholismo y la mitomanía del exsoldado. Alguien pudiera darle importancia a esto, pero la verdad no es necesario. El héroe no está bien, está enfermo; su incapacidad para comunicarse con sus hijos, con su esposa, con el mundo lo demuestra. No hay nada más terrible que no poder disfrutar de tu familia.

Y cuando el dibujo está completo, cuando es una realidad que no existe tal héroe, llega un final magnífico. Hay veteranos más locos que Chris Kyle, como aquellos que asesinan a sus compañeros. Un cierre mejor es imposible. Si este tipo te parecía un monstruo, pues despierta, los hay peores, están en casa, y pueden asesinarte. Que nadie se equivoque, esta bala no está dirigida a los veteranos de guerra, sino a la guerra en sí misma, a todo el daño no visible que provoca en cualquiera de los dos bandos.

Kyle muere a manos de un compañero; Eastwood ni siquiera lo escenifica, se lo deja a la imaginación del espectador. El resto son imágenes reales de su funeral. El héroe magnificado, alzado sobre un pedestal, con la bandera americana de fondo y todo un país rindiéndole tributo. Sí, los créditos molestan, dejan un sabor desagradable e irritante. Como la realidad. Todo es una mentira. O peor. Una verdad demasiado dolorosa de digerir. Este es tu héroe. Este es el hombre a quien admiras. Esta es la mierda en que tú crees.

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Ilusiones

Javier Hernández en la banca del Madrid

Javier Hernández en la banca del Madrid

A veces basta un toque nada sublime para quitarse el antifaz de villano. Sin aliento, con el último suspiro, con el graderío de uno de los estadios más imponentes de la historia del fútbol sobre sí, cayendo, con miedo, todo tenso. El Chicharito vio la buena jugada entre James y Cristiano, corrió al punto de penalti y cuando el portugués se la cedió de manera poco ortodoxa, en esas décimas, a Javier Hernández le pasó su vida por delante.

Pero no vio su vida pasada, sino el jodido futuro que le esperaba si la jugada no terminaba en gol. Tras una cortinilla de neblina puedo ver a Crisitano fallando un nuevo penalti en semis de Champions, vio su nombre en cada portada de medios madridistas, más de trescientos memes mofándose de su calidad, su nombre fuera de las convocatorias de Miguel Herrera para jugar Copa América y Copa de Oro, y lo peor, un Javier Hernández que alzaba el título como máxima estrella de algún club de la MLS. Toda una tragedia.

Por eso toda la euforia de Javier Hernández. Solo recuerdo a Denis Bergkamp caer desfallecido al suelo tras marcarle a Argentina en el Mundial de Francia 1998, y la verdad, no hay comparación entre uno y otro gol. Porque la realidad, CH14 no marcó para el Real Madrid, ni lo hizo para  clasificar a su equipo a semifinales del torneo más seguido del mundo a nivel de clubes, CH14 se exorcizó, ratificó su carácter de jugador amuleto y silenció muchas lenguas viperinas. No las españolas, porque nada va a cambiar el hecho de que Javier Hernández sea un jugador de segunda línea, retrocediendo a una tercera, pero sí silenció a muchos de sus compatriotas, esos que dudan si debería estar en la selección o no.

Con un apodo medio ridículo, y la poca fe de Ancelotti, Chicharito aseguró par de días de tranquilidad, porque el fútbol posee memoria a corto plazo e incluso siendo uno de los más activos de la cancha, el público no le iba a perdonar si desaprovechaba su oportunidad dorada. Mañana Benzema volverá a ser titular y Javier mirará desde el banco, pero estará más tranquilo. Cumplió con su técnico y su gol le permitirá contar con más minutos. Eso es lo lindo del fútbol, que nos hace vivir de las ilusiones.

Javier Hernández en la banca del Madrid.

Javier Hernández en la banca del Madrid.

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Gotham, o cuando el murciélago no existía

Gotham-TV-Show-Cast-Photo¿Recuerdan Smallville? Pasaron 13 años para que un sesudo notase que también era posible hacer lo mismo con el universo de Batman, mucho más rico en personajes excéntricos y profundos. No nos engañemos, a muy pocos nos importa el drama interno de Bruce Wayne y su cruzada contra el mal, del caballero de la noche lo que nos inquieta y atrae son sus villanos, una galería de locos que no solo disfrutan tener a Gotham en jaque, sino todo el perfomance que montan alrededor de sus acciones. El punto no es llevar a cabo un plan efectivo, sino aterrorizar a los habitantes de la ciudad que nunca duerme.

La serie parte de un hecho bien conocido: el asesinato de Martha y Thomas Wayne; ellos son el último pilar de una ciudad corrupta y su muerte rompe la estabilidad existente en la mafia. A partir de este hecho, Carmine Falcone comienza a perder terreno en la ciudad debido a la presión de Maroni y a las disputas internas de su propia organización criminal. En este mar revuelto, son muchos los que desean encontrar un puesto y aprovecharse del caos.

Falcone y Maroni son los primeros personajes recreados con bastante decoro. Nos es difícil no realizar comparaciones, es como si llevásemos en el ADN esa necesidad de mirar atrás y decir “pero en el original no era así”. Es cierto, estas familias de mafiosos son generosas y menos irascibles que en el universo paralelo de la DC, pero son consecuentes y verosímiles, el resto es nuestro gusto quejándose porque las cosas no son como queremos. Aun así, a David Zayas le cuesta un poco asumir su rol y por momentos, Maroni parece no tener madera de capo de la mafia.

Días antes de la muerte de los Wayne llega Gordon a la ciudad, un joven que tras regresar de la guerra se convierte en detective. Como buen novato y hombre de principios, una combinación fatal para pertenecer al Departamento de Policía de Gotham, Jim se lanza en una cruzada particular contra el crimen. Su personaje es demasiado perfecto para ser el eje alrededor del cual se narra esta versión libre de la ciudad que espera a Batman. Tal vez ese sea el primer fallo de la serie, la carencia de matices de Gordon; sus conflictos se limitan a la mala relación con sus compañeros de trabajo y a las disputas con Bárbara. La pureza del futuro comisionado es el motivo de todos sus males, si fuese corrupto, todo estaría bien. Más fiel al comic, imposible, pero en la pantalla no funciona igual.

Del resto del departamento de policía, mención especial a algunos “de los chicos buenos”. El primero es Harvey Bullock, personaje muy habitual en este tipo de policiacos y que funciona como contraparte del inmaculado de Jim para establecer un equilibrio. Chistes y clichés apartes, Bullock es el alma que se niega a redimirse, pero a la vez no puede evitarlo. Muy en el fondo, él tampoco cree en la regla dorada del Gotham Police Department: no a los héroes. Por eso se deja llevar por el ímpetu de su compañero en ese intento de ser un policía limpio.

Edward Nygma es otro de los aciertos entre los viejos conocidos del murciélago; una vez más me disculpo por las insoportables (e inevitables) comparaciones. No hay secretos, desde la primera vez que su nombre es dicho, todos sabemos en quién se convertirá y, por suerte, a diferencia del comic, aquí los motivos de resentimientos de El Acertijo son mucho más obvios. Podemos tildarlo de fenómeno y sociópata, pero este Nygma tiene cerebro, y su futura búsqueda de reconocimiento a través del crimen está justificada, al menos de momento. Inocente y sin tacto, su cambio de bando de seguro está relacionado con el desprecio que muestran sus colegas hacia él desde el minuto uno.

También destaca Harvey Dent, con poca participación pero con un perfil muy bien trazado. El ayudante del fiscal del distrito está lleno de esperanzas y buenas intenciones que poco a poco se apagarán. Su carisma y sonrisa perfecta le dan un valor agregado que le otorga cierta ambigüedad característica de los políticos que a este Dent le vienen de maravillas.

gotham-villainsLa otra joya entre los villanos tradicionales es Oswald Cobblepot. Hasta ahora no tiene nada que ver con El Pingüino del comic, pero aun así es genial: lleno de intrigas, con una capacidad monstruosa para leer el caos de Gotham e inteligente como solo podríamos imaginar a Bruce Wayne. Su único vínculo actual con el gordito desagradable que paraguas en manos se convertirá en némesis de Batman es la crueldad. Tan bien creado está, que Gordon pasa a un segundo plano y él se convierte en el verdadero protagonista.

La serie presenta poco a poco a otros personajes sin mucho peso hasta el momento, pero que en un futuro serán los principales rivales de Bruce. Además, incluye secundarios del comic a modo de guiño o quizás para tirar de estos cuando les necesiten.

Entre los ajenos al comic está Fish Mooney, la cual encaja a la perfección en los conceptos de la serie, pero al ser el único personaje estrafalario y excéntrico, como deberían ser todos los villanos de Batman, su presencia desentona un poco con el tono general. Con grandes pretensiones, Fish es otra pieza importante en el tablero de la ciudad que le disputa el poder a Falcone. Ella y Oswald son los principales exponentes de la doble moral que impera en Gotham.

Por desgracia, a la ciudad le falta un ambiente gótico real. A pesar del color plomizo, la iluminación y la limpieza hacen mucha mella; no hay un ambiente tenebroso, sobre todo en las escenas de interiores. La estación de policía no parece la pocilga de ratas que pretende, la casa de Bárbara y Jim parece un Museo de Bellas Artes y ni siquiera los negocios de Maroni o Fish tienen una luz tenue, acorde con el ambiente corrupto del lugar. La ciudad debió ser un personaje más, una suerte de engendro salido de alguna de las mentes más macabras del universo DC.

La serie desliza con cierta frecuencia la necesidad de vigilantes en Gotham. Con la corrupción existente en el Departamento de Policía, las personas han perdido la fe en la ley para que les proteja. El caso más claro es The ballonman, pero incluso con los diferentes asesinatos a personalidades corruptas de la ciudad, existe un consenso en la opinión pública. Es una forma nada sutil de allanarle el camino a Batman.

Por desgracia, ese Batman está bien lejos; la nota más baja de la serie es Bruce Wayne, un niño demasiado apático, ingenuo, soñador y sin atisbos de un cambio en su personalidad. No hablamos de una evolución relámpago, pero para un chico que vio cómo asesinaban a sus padres debería comportarse, como mínimo, de manera diferente. Para colmo, cuando se une con Selina Kyles en la mansión de los Wayne, la serie cae en un limbo anodino que intenta dejar claro las diferencias entre el huérfano de familia rica y el de la calle. A pesar de que los niños se agradan, sus personalidades son tan diferentes que la amistad solo llega a determinado punto, un trazo hecho con brocha gorda para separar desde bien temprano a ambos personajes.

Esta joven Gatúbela agrada y engancha; aparenta no tener sentimientos e intenta mantenerse alejada de las personas, pero como buen gato, siempre termina necesitan de los humanos para vivir. En esta versión, la chica es testigo del asesinato de los Wayne, lo que le da un peso importante y justifica que en casi todos los capítulos tenga una aparición esporádica aunque en ocasiones innecesaria.

Con sus altos y sus bajos, la serie avanza a buen paso. Recién comzó una segunda parte de la primera temporada, detenida tras los diez primeros episodios. Sin ser una obra de arte ni nada por el estilo, Gotham da a sus fans lo que desean, una zona oscura en el universo del vigilante más popular de la DC. Es muy probable que la serie concluya cuando Batman asuma su rol en esta ciudad, pero mientras tanto, los batiseguidores del murciélago podrán darse un festín con los verdaderos protagonistas de Gotham: sus villanos.

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Y desde ese día todos tapiaron las chimeneas

rareexports_rare_exports_inc_in_case_you_haven_seen_it_desktop_1280x1024_wallpaper-343641.jpgReinventar un mito, cambiarlo, mandar a la mierda el original y crear una joya no es nada sencillo. Además, explotar esa idea desde diferentes aristas, par de cortos y un largometraje, y autoreferenciarse con guiños entre unos y otros, merece respeto. Quizás ellos no sean los pioneros ni los inventores de la maldad de uno de los seres más bonachones de la historia; ya Futurama dio vida a un robot despiadado que en víspera del nacimiento de Cristo salía bazuca en mano para aniquilar a los niños malos, y Hollywood aportó lo suyo al espíritu navideño con Billy Bob Thornton. La novedad del Jalmari Helander es todo el universo que crean alrededor de Santa Claus, Father Christmas, Papá Noel,  como usted prefiera llamarle.

Primero dieron vida a un maravilloso corto que promocionaba el negocio familiar: cazar a los padres de la Navidad no era tarea sencilla, mucho menos educarlos para que fuesen esos seres rebosantes de bondad. Siete minutos para colocar el primer ladrillo del universo Santa motherfucker. Luego vinieron las instrucciones para lidiar con estos seres especiales, segundo ladrillo que dejaba todo listo para la película, un largo de apenas 80 minutos. Por cierto, se llevó en Sitges el premio a mejor película, mejor dirección y mejor fotografía.

Alimentada de la religión pagana, donde el abuelo regordete es en realidad una suerte de demonio armado con ramas para azotar a los niños malos hasta dejarlos en carnes, Rare Exports: A Christmas Tales se divierte preparando un coctel con ingredientes que no suelen estar en un mismo trago: una línea de terror, tres piscas de humor, cuatro hojas de ambiente góticos, mucha nieve y un anciano desnudo, al menos para comenzar, todo visto desde los ojos del pequeño Pietari, un chico que no logra convencer a nadie de la existencia del Santa psicópata, entre ellos a su padre, asfixiado por la crisis económica que afrontan él y sus amigos.

La cinta no es perfecta, pero sus constantes bandazos entre géneros nos golpean exigiendo atención; quizás en eso base su éxito, no se queda solo con la buena idea, sino que además te zarandea a cada minuto al colocar una escena de terror donde debe ir una risa o con un gag desternillante en un momento de tensión, al punto de que no sabes por qué, pero todos los sentidos están en la pantalla. Además, el film logra jugar al mismo tiempo entre el lenguaje infantil y el de adulto gracias a el niño Pietari, que logra apelar a la nostalgia de los mayores y a la simpatía de los pequeños. Un facilismo bien llevado.

Aunque pierde un poco el espíritu de los cortos, ese sarcasmo sangrón y desagradable, sin piedad, y se lanza un poco más al lado comercial, con el claro objetivo de gustar, Rare Exports… es una joyita escandinava que necesita consumir todo cinéfilo freak, sobre todo si nunca has visto a más de 100 ancianos corriendo en cueros por la nieve.rare exports 2

 

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The Faculty o la escuela a la que nunca pude ir

Poster del film The Faculty.

Poster del film The Faculty.

Admitámoslo, no solo nos gustan las buenas películas, a veces encontramos joyitas del gusto personal que deberían darnos grima, pero no lo hacen. Un actor, la trama, el ritmo del film, los efectos especiales, algo no nos deja darle stop cuando sabemos que aquello no tiene ni pies ni cabeza. A mí me ocurre con Bruce Willis, en especial cuando encarna al mismo personaje una y otra vez, entiéndase que no hablo ni de The Fifth Element ni de Twelve Monkeys, sino de Armagedon, todas las partes de Die Hard, R.E.D., Looper, Sixteen blocks, y casi toda su filmografía donde mantuvo un rostro inmutable o se dedicó a entrecerrar los ojos mientras dejaba un rastro de cadáveres.

Pero hoy el tema no es Bruce Willis, sino una cinta bastante mediocre de Robert Rodríguez: The Faculty. Con todos los códigos del cine de palomitas, comercial puro y duro, el director mexicano construye un film que se dedica a realizar referencias al género de ciencia ficción e invasiones extraterrestres, y lo combina con todos los clichés de las cintas para adolescentes, a veces para parodiar, otras para utilizarlos como si se tratase del peor film de estudiantes de instituto.

Claro, tiene su gracia ver a Elijah Wood años antes de convertirse en el hobbit que salvó a toda la tierra de la Edad Media, o a Robert Patrick, ese Terminator modelo T-1000 actuando como Terminator modelo T-1000, o Salma Hayek robando cámara gracias a Rodríguez y por supuesto, Jon Stewart. Al director chiclano siempre le ha gustado plagar sus filmes de personajes conocidos y esta no es la excepción, desde el crítico Harry Knowles hasta Usher Raymond, o solo Usher.

La historia es sencilla: algo se está apoderando de la escuela. Primero los profesores, y luego los alumnos, excepto seis elegidos que deberán combatir a estos parásitos con un arma especial y absurda, como solo puede ocurrir en la ciencia ficción de serie B. Quizás Rodríguez no se recuperó del éxito de From Dusk Till Dawn y pensó que jugando un poco con el cine de adolescentes y los argumentos invasores de los cincuenta crearía otra joyita de culto. Tal vez olvidó que la principal virtud de su cinta de vampiros es la locación cerrada, lo cual le ayuda a evitar los plot hole o la bendita lógica de la nevera, bastante habituales en esta facultad.

Rodríguez realiza una obra semejante a Buffy The Vampire Slayer, donde su idea no es tanto parodiar, sino reinventarse a través de cierta complicidad del espectador, cambiando pequeñas reglas del juego, algo así como jugar al fútbol en un local cerrado donde las paredes eliminan los límites y los goles puedan marcarse de rebote como si se tratase de un billar. De esa manera, los personajes juegan con los estereotipos, así la víctima de bullying es el héroe del film, la marginada y el delincuente juvenil ponen la materia gris, el capi del equipo de fútbol intenta renunciar a su capacidad de líder y tipo duro, la hermosa y engreída reina del instituto prefiere comportarse como dicta su personaje a pesar de ser bastante inteligente.

Con el tema de las referencias, al creador de Machete siempre le ha gustado jugar con la cultura pop cinematográfica del espectador, un recurso facilista pero siempre efectivo y esta vez no es la excepción. Stokely da con la solución al problema de manera genial: matar a la reina, al igual que en Invasion of the body Snatchers, aunque no tengan idea de que esta exista.

La peli está hecha para gustar. Cuando un buen director está detrás de las cámaras, hasta el argumento es poco importante, pero incluso así es mala; a mitad de metraje le entra la indecisión entre mandarlo todo al diablo y hacer su película o respetar el cine de adolescentes. Por desgracia, se decide por lo segundo y el film se vuelve predecible, aunque guarda la carta de la identidad del monstruo final de manera decorosa.

No obstante, cuando la vi por los noventas, no me causó tanta impresión, ahora declaro su entrada oficial en mi lista de placeres culpables.

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Montado en un tren y cámara en mano

I’m going off the rails on a crazy train.

Ozzy Osbourne

No todo es cine en la vida, aunque los trenes y sus respectivos vaqueros tengan una gran presencia en el celuloide. Hace unos meses la terminal de Tulipán, ubicada en La Habana, reinició servicios gracias a la terminal de contenedores de Mariel. En otras palabras, tenemos tren.

Con una velocidad máxima de 90 Kms/h, el viaje de La Habana a Guanajay apenas demora cincuenta minutos. Eso sí, la terminal está bien alejada del pueblo (detrás de la prisión), y si no tienes a alguien esperándote por allá, bien puedes demorar otros veinte minutos en llegar.

El único inconveniente del viaje es que no hay manera de leer durante el trayecto, pues la vibración del tren imposibilita fijar la vista. De todas formas, uno se entretiene con el paisaje, o si no, con los niños que corren al lado de la maquinaria, o le tiren piedras, o las colocan en los raíles para que salgan disparadas como proyectiles cuando las ruedas hacen contacto con estas. Peligroso pero divertido.

Algunas personas se han habituado demasiado al tren y cruzan justo antes de que pase la mole de hierro (y plástico y madera); los perros, como son el mejor amigo del hombre, los imitan; incluso los cerdos. Peligroso pero divertido.

Pero lo mejor son los horarios que te permiten viajar con comodidad fuera de las benditas ocho horas de trabajo, y a menos de dos pesos cubanos (algo así como diez centavos de dólar). Larga vida al tren, que a tantos guajiros perdidos en La Habana salvará.

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Uno de las máquinas que realiza el viaje.

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Pegaditos a un tren tráiler (al menos eso parecía por las literas del interior).

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¿Y no deberían evitar que el tren pasara cerca del hospital?

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La naturalidad de que el tren pase a dos metros de tu casa.

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Buscando novedades en la prensa porque el tren ya es agua pasada.

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Prefiero los de los trenes eléctricos.

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Chismeando por las ventanillas: carrocería que olvidaron llevar a materias primas.

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“¿Hasta cuando las fotos papito?”

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Una de las pocas posibilidades de afirmar que se participó en un cambio de línea.

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“Afloja que me quedo en el puente”.

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Una visita maravillosa por el perímetro del basurero de La Habana.

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Hay quienes no se acostumbran al ruido del tren.

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A pesar de las creencias de muchas personas, los trenes sí se ponchan.

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Terminal de El Cano, igual a todas las demás.

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Justo como en el oeste americano, viajando mientras se construyen las líneas.

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Sentarse en la línea al sol es uno de las actitudes más nihilistas de la vida.

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Sin palabras. El típico adiós de los niños.

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Esperando que pase el tren para cruzar.

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Inmutable.

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Una vez más, cuando el tren se vuelve algo cotidiano.

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Paladar ubicada en Caimito. Buena publicidad la de pasar rápido en tren por ahí.

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Inmenso árbol que cubre toda una finca.

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Fábrica colocada en medio del paisaje rural.

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Fin de las fotos. Llegamos a Guanajay.

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Rehenes ante la pantalla

Este no es el poster oficial, pero me agrada más.

The Host (2006), cinta surcoreana

El texto original tiene ya un año. Ahora lo traigo acá con algunas modificaciones porque ayer volví a ver la cinta y mi opinión no ha cambiado ni un poco: The Host es una joyita.

Después de un tiempo viendo cine, uno se acostumbra a conflicto superficiales tratados con mucha profundidad, lo cual se traduce en toda una explicación de por qué nuestros protagonistas actúan de una manera determinada, y de paso malgastar buena parte del metraje. Son pocos los personajes con características per sé, quizás los villanos remalos sean la excepción porque al final de la jornada terminarán en la cuneta y a nadie le importa su historia. Seamos sinceros, un cine de entretenimiento y sin pretensiones no tiene por qué ser sinónimo de idiotez y superfluidad.

The host, película coreana del 2006, está hecha ante todo para divertir, pero con los códigos revertidos: los momentos dramáticos son para desternillarnos de la risa, y los gags basados en la estupidez de un personaje nos congelan, y quedamos incapacitados para soltar la carcajada que sabemos toca en ese momento. La sensación es espectacular; descubrir un tema tratado hasta la saciedad (monstruo mutante aterroriza ciudad) desde una visión diferente, con personajes llenos de conflictos y defectos y con apenas un puñado de virtudes se agradece, porque uno se harta del militar americano (con pequeño cameo incluido) que todo lo resuelve gracias a sus cualidades (físicas).

Para ampliar aún más el espectro de lo diferente, la historia de amor colocada sin lubricante en cada cinta de monstruos esta vez se queda en lo paternal. Un héroe con retraso mental  necesita una motivación mayor para enfrentar a la bestia, para adjudicarse el enemigo de toda una ciudad para él solo: la vida de un hijo. Y el equipo que le acompaña no puede estar formado por sus colegas del barrio, esta vez son una arquera de fama nacional, un universitario alcohólico y un anciano con paciencia inagotable. Todo queda en el ámbito familiar.

Cuando al minuto cinco aparece el monstruo mutante del río Han, uno debe hacer una serie de concesiones características del género, pero lo maravilloso del film es en realidad la gama de géneros entre los que se desplaza. Por momentos la cinta se convierte en thriller, luego pasa a comedia para regresar con una carga dramática que vuelve a desarmarse con un gag; ahí radica su capacidad de sorprender. Entre esto y los giros inesperados del guion, uno agradece la ruptura de la rutina catastrófica donde todos conocemos el resultado final antes de comenzar la peli.

De paso, el director Joon-ho Bong le guiña el ojo al entrometimiento norteamericano, a la pasividad de los gobiernos en los momentos de crisis y a los maravillosos diseños de los engendros marinos con un pez con piernas e innumerables extremidades, tan bizarro como asimétrico.

Ahora, cuando uno quiere buscar qué es lo más importante de la cinta, personalmente pongo a un lado la realización, para lo que debió ser una obra de serie Z; me quedo con los personajes, su fuerza interna, sus mil defectos y con el concepto de familia aunque esta sea muy disfuncional. Eso es lo mejor del film, que afronta una realidad sin forzar la situación en el plano emocional; los héroes tienen un motivo real para enfrentarse a una aberración: la familia.

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Guía para realizar una boatmovie

Lo más importante en una boatmovie es la embarcación.

Lo más importante en una boatmovie es la embarcación.

Una película puede ser un ejercicio cinematográfico impecable donde no se cuente nada y todo sea puro efectismo. Lo más fácil es señalar a las superproducciones como ejemplo de esto, pero tampoco se puede ser tan oportunista; existen otros casos, como el de Reygadas, que por lo general uno sale del cine sin entender nada de la cinta pero aun así nos da la sensación de que se nos escapó algo, quizás todo. Por suerte, en esos momentos, cuando el desasosiego nos agarra por el pescuezo, nos queda el consuelo de no ser uno de los chicos-¿viste-qué-buena-estuvo-la-fotografía?, porque no hay nada más terrible que presumir de listos sin tener la menor idea de qué carajos pasó en la pantalla.

Pero entonces Ang Lee monta a un tigre de bengala llamado Richard Parker y a un indio (de los de verdad, no un aborigen) con nombre de constante matemática en un bote y te derrumba un poco esto de que las cintas deben transmitir algo. Primero abre con una anécdota light para explicar el nombre del protagonista, Piscine Molitor; tras esa broma introductoria, uno supone que la trama no irá muy en serio, aunque la narre un náufrago, el sobreviviente de una tragedia.

Después de un accidente marítimo durante una mala noche, Pi termina con cuatro animales en un bote salvavidas, pero luego de unas escaramuzas iniciales, tigre y humano quedan como únicos tripulantes de la embarcación y comienza la verdadera aventura: tiburones sin apetitos, una flota de peces voladores, plancton fluorescente, suricatas sin instintos, una isla asesina, una ballena con salto de Discovery Chanel incluido, dos tormentas de proporciones bíblicas: una hace naufragar un carguero japonés y la otra es incapaz de hundir un bote salvavidas, todo esto para amenizar el verdadero espectáculo: cómo domar un tigre en el medio del océano.

Argumento risible y cinta espectacular; a veces te dan deseos de montarte en una lanchita y perderte unos días con tal de disfrutar de los atardeceres y toda la belleza del mar. ¿Y entonces? Me regalaste una boatmovie con una fotografía de lujo, una historia de superación y sobrevivencia y un tigre que de existir un Óscar para animales, con la estatuilla entre las garras, se lo dedicaría a Di Caprio y su actuación en Titanic. Si están todos los ingredientes, ¿qué falla? Está bien, está basado en un libro, pero igual, ¿qué falla?

Nada falla. Ese es el chiste de Lee al final: te pude contar una historia más dura, más verosímil o el relato de un náufrago basado en hechos reales, pero preferí esta. Una buena historia, narrada con pulso, fantasía, humor. ¿Y entonces por qué la cinta zozobra? La respuesta la tiene Wilson, un balón de voli que ha impactado más en lo pop que Richard Parker. La vida de Pi no es una mala película, nosotros estamos jodidos por preferir un náufrago que habla con un balón a otro que doma un tigre.

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Breaking Bad: qué final más flojo, bitch!

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Después de cinco temporadas, a Vincent Gilligan le tembló la mano. Por eso el final de Walter White desentona bastante con el resto de la serie, y es que un hijo de puta que ha logrado todo y ha demostrado ser un verdadero genio del mal, no puede tener una despedida tan patética. La culpa de eso quizás la tengamos nosotros por atribuirle a la televisión un grupo de valores educativos, como solemos hacer con todo, y por ese motivo Mr. White debe morir o terminar tras las rejas por el simple hecho de ser un villano.

Por eso Heisenberg soluciona en par de capítulos los problemas que ha creado y se despide de todos con la misma sonrisa bonachona con que Bryan Cranston miraba a sus estudiantes de Albuquerque parado junto al pizarrón. Un personaje que conquistó por su cambio de personalidad, sobre todo a la hora de tomar decisiones, no puede derrumbarse por completo solo para complacer a la cadena y la audiencia.

Pasemos de la muerte heroica, de la segunda bala perdida más absurda de la historia (después del caso Rafael Lahera y Kangamba -1:29:45-) y también pasemos del ilógico retiro de Walter a un pueblo donde el puñetero frío no afectaba a sus enfermos pulmones. ¿Por qué Gilligan no le perdonó la vida a uno de los mayores hijos de puta que haya pasado por la televisión? ¿Por qué tomó el camino más sencillo? ¿Por qué los antihéroes de ficción pagan por sus crímenes, si todos sabemos que no es así en la vida real? ¿No es hora de olvidarse de aquella máxima de la novela policiaca? ¿“El crimen nunca gana”? No me queda claro si Gilligan es feliz con ese metraje de casi dos horas que da cierre a la serie, o si es solo un final alternativo al verdadero punto final en el episodio catorce, ese donde Walter White está sentado en la parada, destruido por la muerte de Hank, por la caída de su familia, por el fracaso de su supuesto objetivo, pero aún con fuerzas de seguir adelante, desaparecer de la faz de la tierra y disfrutar sus diez millones. Ese es el Heisenberg que Gilligan construyó, no el vengador justiciero que busca la redención en una batalla frente a los nazis, sustituyendo el látigo de Indy por una ametralladora automática.

Solo puede definirse en una palabra: cobardía. En cinco temporadas Heisenberg se ha convertido en un monstruo con credenciales suficientes para entrar a Arkham, pero cuando ya tiene el boleto para mudarse a Ciudad Gótica, la luz celestial ilumina su camino y después de casi una hora de absurdo preámbulo, el penúltimo capítulo nos deja servido en bandeja de plata un regreso épico y con final cantado. Y aquí me convenzo más de que a Gilligan le sugirieron algunos ajustes para su cierre: era imposible lograr una atmósfera más asfixiante que la del inicio del capítulo catorce de la quinta temporada. Ese era el momento del todo o nada, de la caída absoluta o el escape milagroso. Y la decisión es sabia, la muerte de Hank es la bofetada que necesitaba Walter: nada de esto lo hizo por su familia, todo fue cuestión de ego; y si a algún televidente no le queda claro, el robo de su hija después de una pelea de alta tensión con su esposa e hijo lo dice todo. Se terminó. Jekyll desaparece y Hyde toma el control absoluto, y para que no olvidemos lo estelar que es Gilligan, le da un minuto para despedirse antes de adentrarse por completo en el dark side: la llamada a Skyler y la devolución de la beba. Ese es el momento de gloria de Walter, el cierre espectacular, el último grito del hombre que ama a su familia antes de ser consumido por la oscuridad. El resto es un epílogo, para que a los televidentes no se rompan con ese primer plano de las lágrimas de Cranston. De ahí esa última escena para bajarnos la adrenalina y de paso dejar claro con ese perro cruzando la calle que esto termina aquí.

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El Mella vibra con Haydée

Fue corto, conciso, lleno de estrellas, un concierto en familia, para compartir con los amigos y homenajear a Marta Valdés. ¿La sede? El teatro Mella, como si fuese el patio de la casa de los Milanés.

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Haydée junto a su padre Pablo Milanés

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El maestro Ernán López Nussa y Jorge Reyes en el contrabajo.

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Haydée Milanés junto a los trompetistas Roberto García, Carlos Frank Carrodeguas.

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Haydée al piano.

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Haydée Milanés justo al iniciar el concierto.

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Haydée Milanés junto a la Homenajeada de la noche, Marta Valdés.

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600 kilos de magia (+Fotos)

Leo Brouwer anunció que esa noche habría magia, y no se refería a los inoportunos celulares, ni a las sonoridades de las envolturas de golosinas, ni al catarro generalizado que acompaña a los ciudadanos de La Habana. El teatro Mella vivió un pequeño salto en el tiempo, musical y escenográfico, una suerte de invitación, un “si te interesa saber cómo sonaba la CONCACAF antes de la llegada del fútbol, este es el lugar”.

Tener un encuentro directo con una música realizada con instrumentos de quinientos, mil, o mil quinientos años es, como mínimo, una experiencia mística. De eso se encarga la Orquesta de Instrumentos Autóctonos y Nuevas Tecnologías, de recrear los sonidos de las culturas precolombinas, las cuales, aunque usted no lo crea, no se componían solo por los Mayas, Incas y Aztecas.

Llamadores de pájaros del Amazona, aerófonos mayas, ocarinas, charangos, tumbadoras, máscaras zoomorfas, en otras palabras, un portal del tiempo con sintonía a la América anterior a 1492 que permite asomarse a un cultura lejana, y por desgracia, algo olvidada. No es un viaje a las raíces, pero sí una banda sonora con la cual deberías tener al menos un contacto, seas latino, europeo, asiático o africano.

Alejandro Iglesias y Susana Ferreres son dos de los principales artífices de esta orquesta que toca de corazón, sin partituras musicales; esta suerte de arqueólogos de lo sonoro trajeron seiscientos kilos de instrumentos, una cifra que se dice fácil, pero supera a la cantidad de arroz, frijoles, azúcar y sal que su familia recibe en un año por la libreta de abastecimiento. Seiscientos kilos que convirtieron la noche del 30 de septiembre en un hermoso ritual; si  tiene el chance de escuchar a estos Luthiers, hágalo; la sensación de estar presenciando algo mágico quizás no sea la más precisa, pero se le acerca bastante.

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Lonquén, interpretada por Susana ferreres.

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El maestro Leo Brouwer junto a la Orquesta de Instrumentos Autóctonos y Nuevas Tecnologías.

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Sonidos con copas de agua, en De las fases de la inmovilidad en el vuelo.

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Interpretación de Bishmaia Hanacpachapi para cuatro voces solistas.

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Interpretación de Bishmaia Hanacpachapi para cuatro voces solistas.

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Dado, para ensamble de berimbaos.

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Interpretación de Antara.

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Interpretación de Antara. Al fondo, el maestro Alejandro Iglesias.

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El maestro Alejandro Iglesias durante el concierto.

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Máscaras zoomorfas empleadas durante el concierto.

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Uno de las zoomorfos avanza por los pasillos del teatro.

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Interpretación de Consejo de siete fuegos.

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Tumbadoras y otros instrumentos empleados durante el concierto.

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Ocarinas empleadas durante el concierto.

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A la entrada del Teatro, vestidos como nativos, reparten programas del festival Leo Brouwer.

 

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Takashi gana el juicio

Póster de Phoenix Wright: Ace Attorney.Las películas sobre videojuegos muy pocas veces salen bien paradas. Las ganas de crear copias fieles de los personajes y recrear a la justa medida los escenarios terminan por destrozar lo que en un inicio parecía una buena idea. Super Mario Bros, Tomb Raider, Street Fighter, Mortal Kombat entre otras, han demostrado que convertir los videojuegos en franquicias no suelen ser buenas ideas. Pero siempre hay sus excepciones, como Silent Hill.

Ace Attorney: Phoenix Wright era una apuesta bien arriesgada. Basada en un videojuego sobre abogados y con una estética manga, las cosas no estaban muy a favor de Miike Takashi. Dirigir un film de abogados en clave de humor no es nada fácil, mucho menos si en el guion existen “vuelcos inesperados”, y lo coloco entre comillas porque como la cinta se basa en dos de las subtramas del videojuego, solo quienes se enfrentaban vírgenes a Phoenix Wright (como yo) podrían sorprenderse con la historia.

La trama es bien sencilla: en un futuro no muy lejano, dado el alto índice de criminalidad, los juicios duran apenas tres días. Phoenix Wright, un novato sin experiencia, deberá llevar par de casos donde los hechos parecen estar bien claros; en uno de ellos, el propio acusado se declara culpable y él se empecina en demostrar su inocencia.

Sí, es un argumento que roza la inverosimilitud, pero que da sus giros atrevidos para mantener al espectador en tensión, tanto que los 130 minutos se van bastante rápido. En varias ocasiones el guion juega con el género detectivesco y busca dar soluciones diferentes a hechos que parecen no tener ningún tipo de misterio y de paso le hacen un guiño a Conan Doyle o Agatha Christie por emplear ese método que ofrece respuestas a partir de hechos aparentemente aislados e inconexos.

Pero sus mayores méritos son llevar con éxito todo el ambiente manga del videojuego, muy semejante al real action, y jugar con claves del anime, algo que casi nunca funcionan en el celuloide de manera eficaz. La vestimenta, la caracterización de los personajes, el ambiente ciberpunk que se respira en la corte, todo convierte a Phoenix Wright en una gran caricatura.

Entre tanto chiste y narración trepidante, el abogado estrella deja caer sus impresiones de un sistema de justicia donde tal parece que lo importante es cerrar el caso sin importar mucho cuáles fueron las circunstancias del crimen o la culpabilidad del acusado, lo cual no es una novedad pero tampoco desentona con los tiempos actuales, donde sumar números para maquillar la situación se hace moda.

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Y si le voy a los yumas, ¿puedo izar su bandera?

La Copa del Mundo levanta pasiones, filias, amores por países de los cuales sabemos lo básico, y a veces ni eso. No es raro encontrarse a varios tifosis que no tienen ni idea de quién es Miguel Ángel.

Al punto. Por estos días, hay muchas banderas izadas por Cuba, ciudad Habana o Guanajay, da igual dónde sea, alguna telita con colores llamativos siempre está colgada en casa de los más fervientes hinchas.

Las insignias de Brasil, Argentina, España y Alemania son las más habituales. Pero qué pasa si nos encontramos con un fan de la selección estadounidense de fútbol. ¿Podrá izar la bandera de las barras y las estrellas? Les voy a ser sinceros, yo jamás he visto una bandera estadounidense izada en Cuba. Jamás. Pero ese es mi caso, de seguro alguien puede desmentirme.

Mis dudas saltan a partir de una anécdota de uno de mis amigos futboleros, que hace cuatro años colgó la bandera de la furia roja en su casa y unos compañeros fueron a preguntarles si ellos tenían algún tipo de relación con la embajada de España. ¿Se imaginan si fuese el trapo del eterno enemigo? Sería un grave problema, sin más explicaciones posibles que las políticas. Lo más gracioso es la naturalidad con que se utiliza el águila, las barras o las estrellas en las prendas de vestir. Ropa sí, banderas no.

Nada, que si Estados Unidos elimina a Argentina en cuartos de final, tendré que gritar con mucha mesura el IU ES EI.

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Las Terrazas, el trípode y la luz

Hay noches que empiezan con una sencilla botella de Vodka, y terminan con trípode que te permite hacer maravillas. Estas fotos fueron el colofón de una noche maravillosa. Primero disfrutamos de una excelente comida vegetariana de la cual no pensé salir conforme y terminé zafándome el botón superior del jean. Después nos tomamos un buen café y terminamos sentados a la orilla del río con la bebida de origen ruso. Además de hablar mal del país, indispensable en cualquier borrachera decente.

Como a la hora, Karell sacó su trípode y comenzamos a experimentar, él con su súper cámara y yo con mi Lumix. Los resultados de mi pequeña turista fueron los siguientes. Al menos yo, muy feliz con las instantáneas que le robé a Las Terrazas de Manuel.

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en Las Terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en Las Terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en Las Terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en Las Terrazas. Foto: Javier Montenegro

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La maravillosa conferencia a la que asistió Manolito Márquez

A Manolito Márquez le encantaban las conferencias, había algo sui géneris en ellas, eran como las clases non plus ultra que escaseaban. Por eso, cuando uno de los famosos proyectistas de hoteles de la playa más hermosa del mundo se paró en el estrado, derramó una gota de orina.

Su plática estaría centrada en cómo surgió, se desarrolló y materializó una idea maravillosa: el hotel Hermosura, ubicado en la desaparecida laguna del Platanón. Una belleza. Campos de golf, piscinas, un terreno de fútbol, servicios de spa, salas de cine, y todo ecológico. Para no dañar la naturaleza, el hotel se mantenía gracias a unos espectaculares paneles solares que a su vez reflejaban la luz al interior de la edificación. Durante el día solo se consumía electricidad para las labores no relacionadas con la iluminación.

El diseño de interiores y exteriores lo había realizado Ubiko Tokaito, un monstruo de la decoración. La conferencia iba a pedir de boca.

Sin embargo, hubo un momento en que Manolito se incomodó. El arquitecto comenzó a explicar cuál fue el momento más difícil de todos: la desecación de la laguna. Justo cuando revelaba qué tipo de equipos se utilizaron, en el instante en que mencionó los modelos XR-542 (creados de manera exclusiva para evaporar cualquier cantidad de agua que usted necesite), una mano se levantó en el público.

“Diga usted estudiante”, se interrumpió a sí mismo el conferencista. “Perdone usted –le dijo aquel pobre infeliz inepto necesitado de reconocimiento (dado el desprecio con que es tratado, suponemos que el autor de este texto sea el propio Manolito Márquez)- ¿pero en la laguna del Platanón no vivía un ave endémica de nuestro país? Ese era su único hábitat”. Un escalofrío recorrió la sala. El conferencista sonrió.

“Eso mismo nos plantearon los compañeros del Cónclave de Investigadores y Técnicos Medio Ambientalistas, pero cuando nosotros les explicamos la necesidad de llevar a cabo este proyecto, a los quince días el pajarito apareció en una montaña de oriente”.

La conferencia prosiguió sin más interrupciones.

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Los muertos se quieren ir

Llegó consciente de cuán complicado puede ser un trámite en nuestro país. Necesitaba una inscripción de nacimiento para obtener la nacionalidad española. Llegó su turno en la cola y solicitó el documento. La persona que le atendía se dirigió al ataúd metálico llamado archivo y comenzó a indagar. Después de unos minutos regresó y le dijo “lo sentimos pero usted aparece como fallecido y una persona fallecida no puede solicitar una inscripción de nacimiento”

Anonadada, insistió:

–          ¿Pero si yo saqué una inscripción hace seis años?

–          Habrá fallecido en el transcurso de ese tiempo. Lo siento mucho pero si aparece como fallecida no puede obtener el documento.

–          Pero si yo estoy aquí, no puedo haber muerto, es un error.

–          ¿Su nombre no es Julia A. Rodríguez del Campo?

–          Sí.

–          Fallecida. No hay error.

La historia debería terminar aquí, sería lo genial, pero todo tiene una explicación en la vida.

Por suerte, ella no era de Guanajay, sino de Bauta. Fue al registro civil de su municipio y le pidió ayuda a una amiga que trabajaba allí. Como era de esperarse, la fallecida era otra, también llamada Julia A. Rodríguez del Campo, pero el segundo nombre, en lugar de ser Antonieta era Antoñika. Y la fecha de defunción… 1938.

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Una historia con moraleja (+ Muchas Fotos)

Cayo Coco. Reunión Anual de Espeleología.

La simple mención de un cayo puede traer muchas ideas erradas como Paraíso Terrenal o buena vida, pero nada más alejado de la realidad en el Campismo Cayo Coco, perteneciente a la red de Campismos Populares. Las cabañas tenían características peculiares: salideros de agua o sin esta para bañarse; aires acondicionados sin caretas, con interruptores complicados, y sin noticias de enfriamiento. Para colmo, cuando intenté encender uno, de él salieron volando cucarachas y mariposas.

La situación de la comida no era distinta; la servían tan caliente que era imposible saber si estaba buena o mala. Desde el primer día te quemaban la lengua para inutilizar las papilas gustativas. En la cafetería solo tenían una hornilla para cocinar el picadillo de cebo, calentar los perros calientes y hacer el café de la mañana. El primer día el desayuno fue galletas zocatas con café.

Llegamos el jueves y apenas hicimos estancia en el campismo por los motivos antes explicados. Nelson, Osvaldito, Borrego y Ernesto eran mis acompañantes, o yo lo era de ellos. Teníamos una playa hermosa, algo así como la madre de Varadero, pero las condiciones climatológicas (un perro frío y un viento del carajo) nos impidieron bañarnos. La única opción era caminar y beber ron barato.

El primer día chancleteamos aquella maravillosa arena hasta los restos de un aeroplano (como diría Matamoros) que el mar había sacado de las profundidades. Alguien hizo el chiste de si no era ese el avión de Camilo, pero un tecnicismo sobre el modelo puso fin a la broma.

El sábado salimos a caminar el cayo después de la reunión principal. Nuestro guía era Dimitriv, un avileño obsesionado con el origen de su nombre, griego según él. Preparó la ruta a seguir y a eso de las cuatro de la tarde salimos a la carretera para buscar un aventón. Fue llegar y montarnos en un camión de arena.

“Tremenda botella. ¿Te imaginas si hubiéramos caminado todo ese tramo?”. Horas más tardes, esas palabras resonarían una y otra vez en los oídos de cada expedicionario. El chofer nos adelantó hasta una bifurcación ubicada a varios kilómetros de la carretera principal. De ahí fuimos caminando hasta la caverna que lleva por nombre la comida favorita de Obélix. Pasamos cerca de Playa Prohibida, una zona nudista.

Fueron varios kilómetros a pie por el pavimento. La vegetación cambiaba de forma abrupta: lo mismo estábamos cerca de pequeñas ciénagas y lagunas que de un suelo kárstico con plantas y arbustos atrofiados (troncos gruesos y pocas hojas), todo sobre un diente de perro que parecía afilado con piedras de amolar.

A la entrada de la cavidad habían algunas esculturas (entre ellas un indio cabalgando un jabalí) que si bien no eran gárgolas, producían el mismo efecto perturbador. Un guardia de seguridad encendió una planta eléctrica y abrió la reja que daba acceso a la disco-cueva. El interior era uno de esos antros de la perdición donde uno quisiera, al menos una vez en la vida, perderse por una larga noche. Allí, las formaciones kársticas no eran del todo natural: habían dado pico y pala hasta decir “¡está bueno ya!”; tenía luces tenues y algunas barras donde debían despechar bebidas. Los charcos de agua estaban en todas partes y los murciélagos no habían abandonado el sitio a pesar de la presencia de seres humanos. Aquello cuevita era una de nuestras burdadas para atraer turismo.

Regresamos sobre nuestros pasos y esta vez sí entramos a Playa Prohibida, paraíso nudista. Un bar a la entrada, arena fina y un precioso mar de fondo fueron la decoración perfecta para llevarnos una desilusión mayúscula: solo estaban el barman y el chico maravilla, ni siquiera la batichica andaba por allí. Caminamos hasta la costa en busca de alguna peregrina teta, pero nada de nada. Nos conformamos con sentarnos a mirar las chapas de vehículos de Canadá que decoraban el lugar. Deprimente.

La caminata continuó, pero en mi caso me vi obligado a retrasarme por necesidades fisiológicas. Le pedí a Osvaldito unos granmas (Ógano Oficial del Partido) para deshacerme del lastre y fui hasta el baño del bar: una cabañita con un inodoro sin tanque de agua y un lavamanos. Cuando miré al interior del retrete, me retracté (quizás fueron las heces) porque cualquier resultado de mi digestión que soltara quedaría estampado en la arena bajo la cabaña. Para más inri, la puerta no se cerraba. La decisión fue inminente: detrás de las uvas caletas.

Por algún motivo, conversar de temas escatológicos es considerado de pésima educación. La escatología es una ciencia (no confundir con las creencias religiosas), ¿por qué no puedo impresionarme con los últimos estudios mierdológicos que permiten conocer dónde se realiza la caza furtiva de elefante en África como mismo usted lo hace cuando le hablan del último modelo de IPhone? Lo siento, pero el siguiente párrafo contiene alto contenido escatológico.

Me aposté detrás de unas uvas caleta para defecar. No me pondré técnico ni detallista, pero una vez concluida la primera parte, procedí a utilizar nuestro bendito periódico. El uso de la prensa como papel sanitario no es exclusivo de Cuba. Chinos, polacos, estadounidenses, filipinos y neozelandeses (las tribus africanas no) han utilizado la prensa como papel sanitario desde que Gutenberg creó la imprenta. Lo que convierte a nuestro archipiélago en una rara avis es la pésima calidad de nuestros periódicos (del papel con que se hace) el cual no es el más idóneo para estos menesteres. Como les decía, utilicé a la abuelita para quedar limpio y después beber a pico de botella una caneca de ron, me incorporé al resto del grupo.

Otra vez, solo nos quedaba caminar y caminar. Pasamos por un basurero, o al menos eso consideraban quienes allí echaban todas aquellas botellas de vino, latas, escombros y todo tipo de desechos de la zona hotelera. Cayo Coco tenía su propio idilio ecológico, vergonzoso si tenemos en cuenta la variedad de especies en su flora y fauna.

Por suerte, un chofer de guagua caritativo nos dio otro aventón y terminamos más cerca del cenote, el principal objetivo del viaje. Un cenote no tiene nada que ver una glándula mamaria de tamaño exagerado, sino con una dolina inundada, algo así como un estanque de agua dulce formado en el interior de una cueva.

Al bajar del transporte, caminamos un poco más por la carretera y por fin entramos al monte. Debíamos estar cerca.

Como estaba en un cayo considerado de lo mejor, no llevé ropa de faena; todas mis mudas eran decentes. Por eso andaba con tanto cuidado entre la vegetación. Como es habitual, en cada uno de mis viajes, nos perdimos; es decir, no encontramos el cenote y estaba anocheciendo. En eso estuvimos como media hora. Unos salieron a la carretera y otros nos quedamos en espera del avezado buscador, pero Dimitriv no daba pie con bola.

Hilario, un anciano con la fuerza vital de los 300, fue a buscarnos para salir de una vez de aquel monte y regresar a la carretera porque estábamos bastante lejos, pero cambió de parecer y comenzó a avanzar junto a nosotros en busca del griego, quien vía SMS nos había informado que ya estaba en el cenote. Llegamos cuando apenas un par de rayos de sol alumbraban la charca. Hilario se lanzó al agua y la calma de aquel sitio quedó destruida. Parece una porquería, pero los minutos sentados ante aquella laguna me relajaron y me hicieron olvidarme de los dolores del dengue que desde bien temprano me estaban afectando.

Cuando volvimos a la carretera, la mala cara de Nelson y Ernesto daba miedo. No habían pasado quince minutos y ya era noche cerrada. Dimitriv nos llevó a una intercepción e intentó detener algún transporte. “Ahora a esperar algo”. La distancia entre nosotros y el campismo era de unos veinte kilómetros y yo a cada minuto me sentía peor. Además, mis nalgas estaban sufriendo debido a la tinta del periódico.

Nadie se molestaba en preguntarnos a dónde íbamos, allí los automóviles tenían su particular carrera contra el tiempo.

Excepto el guía, el resto decidió hacer el camino de regreso a pie. Fue la peor decisión que tomé. Largos kilómetros y el cansancio combinado con la maldita mala impresión de nuestro órgano oficial me tenían caminando como un huno de piernas bien arqueadas. La noche nos aplastaba; no había luna y las estrellas no le ponían ningún toque romántico a la situación. Para no hacer más largo este post, después de una hora walkin’ down the street, llegué con las nalgas bien peladas gracias a otro bendito chofer de guagua que nos llevó hasta el campismo. Y si digo gracias es porque sin su buen gesto valorado en diez pesos per capita me hubiese salido una ampolla imposible de explicar. Caminar después de limpiarse con un Granma es una pésima desición.

A la altura de esta tercera cuartilla salta la duda de cuál es la moraleja de esta historia. Quizás “No perder la cabeza por un cenote” sería una buena opción para los más simplistas y lujuriosos como yo, pero la verdadera lección es “cuando no puedas más con tu propia mierda, ni se te ocurra soltarla en cualquier sitio, porque puedes terminar con el… las nalgas peladas”.

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Fragmento de avión caído en el mar y luego sacado por las corrientes marinas.

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Cabina del piloto, muy básica para un avión serio.

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Circuitos en mal estado y afectados por el salitre.

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Interior del avión, lleno de algas.

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Aquí no pasa nada

Tengo una suerte de affaire con la adulteración. Botellas de ron, latas de refrescos, pomos de soft drink, helado Nestlé, picadillo de pavo y por ahí sigue la lista, que ni es de Schlinder, ni de los Billboards, ni la de los participantes en el trabajo voluntario del fin de semana, sino de los productos alterados por las manitas del cubano, ese ser maravilloso que se enorgullece de joder a su paisano y le llama estar en la lucha. Pero lo reconocemos, y ese es un primer paso. Saber cuán jodidos estamos es elemental para poder superar un problema, por eso buscamos alternativas: dos trabajos, el invento, el desvío de recursos, la corrupción, ¿qué puedes decir? En una balanza pesan más las bocas abiertas que las clases de educación cívica.

Entonces entra el periodismo, quien no reconoce problema alguno y como es lógico no puede resolverlos. ¿Cuándo la prensa va a dar un bendito palo con respecto a la corrupción de este archipiélago? (Por cierto, me enteré que somos de los países menos corruptos del mundo, según una de esas organizaciones sin fines de lucro que parece funcionar con los mismos números incomprensibles del FIFA). En los últimos años, el desfile de problemas relacionados con la palabra corrupción han sido muchos. ¿Cómo nos enteramos del escándalo de Comunales? De flash en flash. En otras palabras, primero ocurren filtraciones en los órganos encargados de impartir justicia antes de ver publicado un buen trabajo sobre el tema en nuestros diarios, semanarios, prensa digital y todas las categorías posible. O peor, es preferible filtrar la información a permitirles a los encargados de informar cumplir con su labor. ¿Corrupción? Aquí no pasa nada.

Si hablas de ron adulterado, te miran con cara de espanto, como si uno fuera un maldito fenómeno de circo de La parada de los monstruos (o si son tan cinéfagos como yo, de Freak) y te preguntan “¿de qué estás hablando? ¿dónde están tus bases para decir eso?”. En mi paladar, el cual no tiene la experiencia de muchos colegas, y si ellos no encuentran problema alguno, por algo será. Además, el ron es uno de nuestros símbolos nacionales (no confundir con el tocororo o la mariposa) y sería una pésima propaganda para los turistas. Está bien, con el ron no pasa nada.

Cuando esos mismos periodistas salen con sus niños y le compran una cola (con k) y para ellos una birra bien fría, les llega una sorpresa que jamás reconocerán ni en algo tan subjetivo como una crónica: la mirada triste de sus hijos y el sabor amargo en sus papilas gustativas quedará como una espina más de la profesión. ¿Por qué? Porque con las bebidas de este país no pasa nada.

Robo cuantioso de cuadros de Leopoldo Romañach en el Muso Cubano de Bellas Artes es equivalente a pequeña mísera nota de algún organismo superior. Es como el cuento del elefante, que de chiquito le sonaron dos trompadas por tratar de zafarse de la soga y ahora ni lo intenta. La fábula es un poco diferente, pero nuestro caso no. Da igual que Raúl Castro, Díaz-Canel y toda la constelación de estrellas ruegue de rodillas una toma de conciencia por parte de la prensa. Aquí no pasa nada.

Como tampoco pasa nada con los helados con sabor rancio, como tampoco pasa nada con las galletas socatas, como tampoco pasa nada con el papel sanitario, como tampoco pasa nada con el cierre de los cines 3D. Como tampoco pasa nada con el salario.

“Los jóvenes periodistas son el futuro, ellos cambiarán las cosas”. No es posible. Delegar esa responsabilidad en los inexpertos y talentosos retoños solo tiene una palabra, la cual es un poco fuerte porque podría sonar a acusación, pero para evitar las dudas, se refiere a la carencia de contenido en el escroto. La vida es más tranquila cuando no pasa nada.

Pero entonces cuando quedan dos o tres “lujitos” como el picadillo de pavo (lo que antes era un manjar por 1.10 C.U.C.) y alguien viene y nos lo convierte en otro engendro de averígualo, sigue sin pasar nada.

“Le echaron soya”. No, la soya no huele a pescado, y mi casa no puede tener el hedor de un barco ballenero cuando se cocina la que antes era una de mis comidas favoritas. “Es imposible adulterar eso en Cuba”. ¿En serio? Es imposible hacer picadillo con cáscaras de plátano, es imposible comerse una frazada como si fuese un bistec, es imposible exterminar la población de gatos de muchos pueblos, es imposible vivir en un país rodeado de agua salada y escuchar “llegó el pollo por pescado”. ¿A nadie le preocupa saber por qué el pescado no es un personaje habitual en nuestros platos? Cuando me dijeron por primera vez (no recuerdo la edad) que en la Antártida no había pingüinos me quedé muerto. “¿Y por qué si eso está lleno de hielo?” Esa debería ser nuestra reacción; coño, si hasta Julito era pescador. Pero como siempre, la prensa ajena a todo. Aquí no pasa nada. Y si pasa, se le saluda.

Nota al pié: los pingüinos están en las costas y aguas de la antártida, no en el continente.

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La belleza de la Feria

Estar en la Feria del Libro de La Habana agota. Calor, muchedumbre, muchos metros para recorrer y pocos libros de nuestro interés. Klau y yo terminamos sentados frente a la puerta de salida, en espera de una señal para largarnos. Frente a nosotros desfilaban niños, adolescentes, hombres y mujeres, categorías todas muy caprichosas.

Entre tantas personas, justo detrás de nosotros, un peque de cuatro o cinco años desafiaba a la Feria con su rostro de explorador. Comía maní, y cuando se llenó la tripa, nos lo ofreció con un gesto que parecía decir “no miren tanto y coman, yo ya estoy lleno”.

No pudimos quitarle los ojos de encima. Su actitud ante el mundo nos tenía hipnotizados. Klau sacó la cámara y le robó el alma una y otra vez. Él ni se inmutaba, seguía mirando su libro, señalando imágenes mientras interrogaba a su abuela (o quizás era la madre) con la mirada. Su hermano (o primo) también compartía con él el descubrimiento de aquella obra.

Si tú eres fotógrafo de algún medio y ves a una muchacha con una cámara semiprofesional y además ves cómo el lente solo apunta a un niño, nadie puede acusarte por copiarle. “Si alguien propone una idea interesante, sería de necios rechazarla”. Con su gorra y su Canon se paró justo al lado de nosotros y comenzó a disparar.

Y entonces ocurrió algo extraño. Se nos quedó mirando algo temeroso, nos analizó del cogote hasta la rabadilla, vio nuestras credenciales y sacó su celular. “Pepe, abre eso ahí que ya tengo la foto del día, pa’ subirla pa’ la web”. Fue un grito; claro, entre tanta muchedumbre seguro no le oían bien y era necesario proyectar la voz bien alto, y que nosotros, la familia del niño y todos los interesados supieran de su logro: ya tenía la foto del día gracias a aquel niño síndrome down.

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Tres párrafos para no escribirlos

Quizás algunas historias sea mejor no contarlas. A mí no me gusta quedarme con ellas dentro, y más cuando se trata del transporte público. Ayer, montado en una guagua tan llena de personas como solo puede estar el autobús de la ruta 195, justo frente a mí habían un ciego y un débil visual. De más está decir que nadie les brindó el asiento y ellos no pudieron avanzar entre la masa de personas para buscar esos puestos destinados a minusválidos. Pérdida de valores.

Nuestras guaguas poseen unas guindalejas que en teoría son para agarrarse y mantener el equilibrio, pero están hechas para pigmeos, porque a una persona de estatura media le llega a los ojos, como a ambos débiles visuales. Traté de sostener uno de aquellos manubrios de plástico con soga para evitarles un golpe, pero dada la incomodidad de la guagua y los empujones habituales, debidos a la inercia o no, se me resbaló de las manos y fue a parar a las gafas de uno de ellos. Por suerte ni se rompieron, ni se dio un golpe y terminó riendo mientras decía “por poco me los rompe”.

Volví a agarrar aquello mientras pensaba “por suerte no vio que fue culpa mía”. No es humor negro, en una situación como esa, ¿qué otra cosa se puede pensar? Pero ahí no. Cuando llego mi parada les dije “cuidado, esto va a soltarse de nuevo” y no más despegar mis manos del manubrio, el plástico impactó en la cavidad ocular del débil visual. Mi rostro se contrajo en una expresión lastimera, respiré profundo y cuando me cercioré a ojos vista que no le había ocurrido nada, me bajé.

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La política cultural del país

Después de leer ¿La vida en 3D?, reportaje a doble página publicado en el dominical de Juventud Rebelde (día 27 de octubre), me convenzo más de que no tengo idea de cuál es la política cultural del país. Entremos en materia rápido.

 Según Roberto Smith, presidente del ICAIC, “los cuentapropistas pueden distribuir los filmes como vendedores de discos, legalmente reconocidos, aunque realizan una actividad ilegal, pues no pagan nada a sus productores por las copias piratas”. En otras palabras, reconoce que el Estado cubano permite la piratería, algo así como otorgar patentes de corsos, y por ende, es incapaz de regular qué distribuyen estos vendedores.

Luego afirma, “la proyección de 3D por cuenta propia es un proceso en el que aún no hay nada definido y, por tanto, esa actividad no es legal, pero tampoco se toman medidas contra las personas que lo patrocinan. Todo debe estar regido por el principio de la política cultural”. O sea, el negocio de los cines 3D sí debe estar regulado por la política cultural del país, no así la venta indiscriminada de discos. No obstante, como aún no hay una ley para este tipo de negocio, se les trata con mano suave.

En otro momento del reportaje, Marta Elena Feitó Cabrera, viceministra primera de Trabajo y Seguridad Social, explica que “en los años 90 se restringió este tipo de actividad (la exhibición) por las implicaciones que en ese momento tenían para la seguridad del país, y por la posible proyección de materiales pornográficos, entre otros”. Sí, en los noventa, en un primer momento se cerraron todas las salas de video que estuviesen a menos de quinientos metros de una escuela porque eran motivos de fuga de los estudiantes, incluso si solo exhibían películas en la noche. Luego se cerraron todas y se prohibió también el alquiler de filmes. ¿Los vendedores de discos de hoy no pueden vender pornografía y poner en peligro “la seguridad del país” (sea lo que sea que eso signifique)?

Roberto Smith también afirma que “con la fundación del Instituto se creó una cartelera que enriquecía el intelecto del espectador buscando una transformación espiritual en el gusto y la sensibilidad hacia varias culturas. Existía entonces una variedad, heterogeneidad y equilibrio en la programación, que hacía del cine un elemento enriquecedor, además del entretenimiento”. Sí, cuando se fundó. Hoy, a excepción del Chaplin, la sala Charlot y alguna otra del Multicine Infanta, en el circuito nacional se proyecta bastante basura. No lo critico, tres salas son suficientes para exponer lo mejor de la historia del cine.

Continúa Smith, “la política cultural enfrenta al mercado que exhibe películas que solo reportan intereses económicos. Este fenómeno mundial lo reproducen las salas 3D, donde mayormente se proyecta cine norteamericano, que no es malo pero aporta muy poco culturalmente. No significa censura a esa cinematografía, porque los cubanos tienen acceso a ella a través de la televisión y los cines”. Continúa “el ICAIC defiende al cine como valor y expresión cultural que no puede arruinarse con la política de mercado, modus operandi de estas salas por cuenta propia. Sin ser categórico, diría que no creo que pueda existir un reconocimiento legal a una actividad que viole la política cultural de la Revolución, lo que no quiere decir que no pueda haber formas de producción no estatal relacionadas con la exhibición de cine”. Entonces, no se pueden obtener beneficios económicos de la exhibición pero sí de la venta, incluso cuando la calidad estética (y de proyección) de TODAS las películas exhibidas en cine 3D está fuera de discusión y no así los productos audiovisuales vendidos por los corsos. Hasta el día de hoy no hay restricciones, pero el horizonte no depara nada alentador. Smith agrega que “si en un futuro existieran salas de proyección operadas por mecanismos no estatales que ayudaran a lograr más eficiencia, la programación aun seguiría siendo cuestión del ICAIC, por la importancia de cumplir con la política cultural trazada”, la cual se viola con los corsarios y la gran cantidad de películas y series transmitidas por la televisión.

“Existe una deuda con el espectador cubano que siente el derecho de ver cine 3D”, admite Smith; reconocen en el reportaje la imposibilidad de hacerlo en nuestras salas por los altos precios de los equipos, pero una vez estos existan, ¿qué diferencia habrá entre sus carteleras y las de los cuentapropistas? ¿Remasterizaremos El gabinete del Doctor Caligari o Casablanca? La gran mayoría de las películas con esta tecnología se hace en Hollywood, y todo el mundo sabe qué tipo de productos son. Durante la Muestra de jóvenes realizadores, se exhibieron cuatro películas en 3D, entre ellas “Titanic”, “Los Pitufos” y “Los tres mosqueteros”. ¿Esas tres sí cumplen con la política cultural del país? ¿En serio? ¿Cuál es la política cultural del país?

En el propio reportaje el subdirector del ICAIC reconoce que la gente no va al cine por “la situación económica, los problemas con el transporte y las condiciones de las salas cinematográficas, que muchas veces no son las mejores y carecen de comodidad en los asientos o presentan problemas con la climatización”. Entonces, ¿qué clases de competencia sería el ICAIC al abrir x cantidad de salas con esta tecnología en el Proyecto 23 cuando los habitantes de La Víbora tienen una a menos de doscientos metros?

Por otro lado, Fernando Rojas, vice de cultura, se aparece con par de joyitas:

“¿Qué hacer entonces: prohibir o regular? Creo que se trata de regular, a partir de una premisa fundamental: el cumplimiento por todos y todas de lo que establece la política cultural.

“Lo que sí llama la atención es que, como regla, posee un pésimo gusto una parte considerable de las personas que cuentan con bastantes recursos financieros y por ende, con los medios para las exhibiciones en 3D —con las cuales ganan más dinero—, a pesar de que no existe la figura legal que los ampare para poderlo hacer”. Otra párrafo, citándolo indirectamente, dice “Rojas argumentó que el Ministerio de Cultura está trabajando en esas regulaciones, porque tiene el convencimiento de que cuando realicen ese ejercicio, saldrá a la luz que en esas decenas de espacios que hay en el país —mayoritariamente en la capital— se promueve mucha frivolidad, mediocridad, pseudocultura y banalidad, lo que se contrapone a una política que exige que lo que prime en el consumo cultural de los cubanos sea únicamente la calidad”. Sin embargo, cuando en el Yara se estrena Now you see me no es frivolidad, como tampoco lo es transmitir cada una de las partes de Rápido y furioso por televisión, ni Grey’s Anatomy o The Mentalist es pseudocultura.

Estoy de acuerdo con la libre difusión de todo tipo de materiales, incluido el porno; cada quién está en su derecho de consumir lo que le guste, así sea bazofia: Belleza Latina o cine mudo, mangas o tebeos, novelitas eróticas o de Corín Tellado. No entiendo por qué hoy, siglo XXI, se insiste con la supuesta política cultural, incluso después de darle licencia de corsarios a medio pueblo de Cuba para vender indiscriminadamente, y sin respeto alguno al derecho de autor, TODO lo que pudiera almacenarse en CD o DVD.

Apoyo la exhibición de un programa selectivo y de calidad para todos los cines y salas estatales del país. Levanto los dos pulgares por una parrilla televisiva decente (no la hay), con una buena selección de programas, novelas y filmes; pero jamás estaré de acuerdo con esa necesidad de control, o si prefieren, de educar al cubano y mostrarle, a través de la prohibición, cuál es el producto con calidad y cuál no, qué es arte y qué son “obras banales”. Si tanto preocupa nuestra formación del gusto, empezarían por incluir alguna asignatura relacionada con el audiovisual en la educación primaria, en la secundaria y en el preuniversitario.

¿Se imaginan al Ministerio de Salud regulando la cantidad de grasas y carbohidratos presentes en cada producto vendido por los cuentapropistas gastronómicos de nuestro país para preservar la buena salud y longevidad del cubano? Sí, la pizza es veneno, pero nos gusta, por qué van a quitárnosla.

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Un Clásico atípico

“El Rápido” de Guanajay durante el entretiempo del Barça-Madrid

“El Rápido” de Guanajay durante el entretiempo del Barça-Madrid

Con el despiste, la modorra del despertar, y la sorpresiva ausencia del fluido eléctrico, me olvidé del clásico de fútbol español. A las doce y cuarto fui a la farmacia a buscar unas pastillas y me encontré con “El Rápido” (una de nuestras cadenas de comida rápida) lleno como nunca. Más de cien personas estaban en un espacio muy reducido para ver en un televisor de diecisiete pulgadas una nueva edición de merengues y azulgranas.

Como no había luz en todo el pueblo, muchos fanáticos fueron a uno de los pocos lugares con planta eléctrica. Decidí comprar el medicamento en otro momento, dejar la receta en casa y volver para al menos compartir la experiencia colectiva del clásico. Caminé diez metros y “El Rápido” vibró con el grito de gol; Neymar abría la lata y los culés guanajayenses celebraban con euforia colectiva una imagen borrosa, porque ver, lo que se dice ver y disfrutar el gol, no les fue posible. Antes de irme, un socio me propuso ir hasta el hospital, pues como allí también hay planta, seguro podíamos verlo. No le respondí.

Regresé en menos de un minuto y traté de buscar sitio para ver el juego pero todo estaba ocupado; personas subidas encima de los muros y una masa compacta de fanáticos imposibilitaba el paso hacia el interior del local. Al rato, descubrí al Robe en una esquina, apoyado sobre un barandal sin nadie detrás de él. Trepé como pude hasta el lugar después de saltar sobre una trinchera de bicicletas que, ahora debajo, me auguraba una deliciosa caída si me resbalaba de la superficie de una pulgada de espesor sobre la cual me sostenía. El premio no fue muy estimulante pues apenas veía el televisor: cabezas y más cabezas se encargaban de cubrir toda la pantalla.

Terminó el primer tiempo y baje de la incómoda atalaya a esperar la reanudación cuando un amigo me dijo “busca la cámara y tírale una foto a esto”. Después de tomar la instantánea, volví a subir a mi torre del foso. Esta vez le pedí uno de esos socios ocasionales, con los que solo hablas el día del Barça-Madrid, aguantarme de él para no pasar tanto trabajo; logré acomodarme y los músculos comenzaron a entumecerse a un ritmo más lento.

“No han tirado una vez a puerta los madridistas” decía Robe cuando anotó Khedira; la calidad de la señal y la resolución de la pantalla era tan mala que nadie vio la atajada de Valdés hasta que fue repetida. Otro grito de gol se escuchó con el disparo de Benzema a la cruceta. El acabose llegó cuando el árbitro cerró los ojos y no vio el penal cometido sobre Cristiano: gritos, discusiones, “¿fue gol?” preguntaban los que no veían, “¿quién marcó?”, “¿qué pasó?”. Así se estuvo por un buen rato, entre protestas, comentarios y los pobres diablos desinformados.

Cuando Alexis fintó al defensa y pinchó el esférico, antes de colgar a López, se me escapó un grito de “golazo” con gallo incluido; mi intento de celebración afeminado fue el preludio de otra fiesta azulgrana. Para el desconsuelo de los madridistas, “El Rápido” volvió a vibrar. Los ánimos se calmaron después del gol y a falta de cinco para el final se restableció el fluido eléctrico. Me gustaba el ambiente, pero las piernas me dolían por estar en puntillas y terminé de ver el juego en la paz de mi televisor.

No sé qué habrá pasado cuando Jesé recortó distancias a dos del final; quizás debí quedarme y disfrutar la tensión de esos ciento veinte segundos, de la algarabía madridista, de los defensores de Ronaldo argumentando que él sí era bueno, pero no lo hice y no me arrepiento. Si Undiano Mallenco ponía fin al encuentro conmigo aguantado del Danny, los socios me habrían convencido de irme con ellos al parque a tomarnos dos o tres cervezas e iniciar una de esas discusiones de fútbol donde cada quién emite su criterio e ignora a su interlocutor, busca argumentos irrefutables (no por verídicos sino porque a esa hora nadie puede probar lo contrario) y al final termina imponiéndose quien más grita. Y aunque mi voz se proyecta bien fuerte con o sin cuatro tragos, para qué iniciar una discusión sin sentido donde no voy a terminar ganando.

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Traigan los fósforos y la leña (+ Subdesarrollo)

Ilustración: Klaus KSP

Ilustración: Klaus KSP

Cremación. Cuando lo inevitable llegase, nada de velorios ni entierros, solo cenizas. Ocurrió al mediodía; después del papeleo para oficializar el fallecimiento, se llegó a la funeraria más cercana y se comunicó el deseo de la familia.

Las cifras a pagar por la izquierda cuando se desea emplear los servicios de un crematorio son astronómicas (y comparadas con las de otros países son risibles). Aquel día era imposible, los dieciséis turnos (en una ciudad de dos millones de habitantes habitantes) ya habían sido entregados y debían esperar al día siguiente. “No tenemos cámaras de refrigeración, solo podemos guardarlo en un almacén; pero en la capilla tenemos un split muy potente, podemos ponerlo ahí, cerramos con llave si no quieren velarlo y mañana llamamos para resolver un turno”.

Antes de tomar una decisión precipitada, viajaron al crematorio, ubicado en el Cementerio Nuevo de Guanabacoa. Allí tampoco fue posible resolver, ni siquiera las palabras “lo cantidad que sea” pudieron abrir el horno. “Hoy es imposible. Mañana solo se entregarán ocho turnos porque una de las máquinas está parada debido a que el techo se está cayendo; pero solo quedan seis, los dos de la mañana ya tienen nombre y apellido. Deben ir a la funeraria principal, allí es donde se reparten los turnos”.

Dos horas después, sentados frente a la señorita encargada de recibir las notificaciones de fallecimientos en la funeraria principal, se convencieron de la imposibilidad de incinerarlo ese día. Debía sacarse, literalmente, una papeleta en la rifa para el día siguiente, y la única manera de asegurarse era pagar a la intermediaria, pues a esa hora quien otorgaba los turnos no estaba.

Datos curiosos: el crematorio de Guanabacoa, Ciudad Habana, es el único del país en estos momentos. Y solo está otorgando ocho turnos al día. Si eres de Pinar del Río, Santiago de Cuba u otra provincia, tu última voluntad puede no cumplirse. Se pretende echar andar uno nuevo en Santiago de las Vegas, Ciudad Habana.

Aún quedaba un problema. Tampoco ellos poseían una cámara de refrigeración. La solución fue hablar con un técnico de la morgue para guardarlo en una habitación con aire acondicionado y así ralentizar el inevitable proceso. Por supuesto, fue otro pago por la izquierda.

A la mañana siguiente, con el nudo en la garganta y la tensión de un posible fallo en contra, recibieron un satisfactorio turno para las seis de la tarde.

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Subdesarrollo + humanismo

cockroach

La cucaracha se desplaza como una exploradora por la cabecera de la cama de mi abuelo. Me levanto un poco alterado y ella se esconde en una toalla. No se imaginen a un coprófago de grandes dimensiones, piensen más bien en uno pequeño. Agarro la toalla para sacudirla y salta hacia la pared. En este piso del hospital todo tiene cucarachas: closet, sillas, camas, en el televisor es donde único no he visto ninguna.

Sube por la pared hasta llegar a un tablero instalado junto a la cama de cada enfermo, donde se conectan una serie de aparatos para facilitar la estancia de los ingresados; la cucaracha camina y baja por la manguera que lleva el oxígeno a mi abuelo; vuelve a subir y explora todo el panel. No me atrevo a matarla por miedo a romper algo y para evitar un revuelo en la habitación donde duermen otras dos personas, un anciano de ochentitantos y otro enfermo con más de medio siglo; también temo una venganza de sus compañeras, son muchas cucas y yo uno solo.

Al rato, la muy comemierda bajó a la mesita donde tenía lo necesario para pasar la noche y se apostó sobre otro aparato médico. Ahí sí me decidí atacarle pero se ocultó tras el termo de agua fría y luego entre unas servilletas; a cada rato alternaba entre los dos escondites. Me rendí y solo vigilé a mi abuelo. Era solo una, y quizás estaba distrayéndome para facilitar las tareas de sus otras compañeras.

Veinte minutos antes, el octogenario paciente del cuarto me entregó un vaso de su propiedad lleno de leche. Ante todo intenté rechazarlo de la manera más educada posible. ¿Cómo iba a beber donde mismo lo hizo una persona enferma de Diossabequé? Sus manos engarrotadas debido a alguna enfermedad no le permitían tener el vaso en una sola mano y lo agarraba con ambas; al final terminé aceptando el ofrecimiento. Por mi cabeza corrían todas las posibles enfermedades de esa persona que de tan buena fe me brindaba parte de su merienda nocturna. Y en caso de no tener nada contagioso, terminaría cayéndome mal de cualquier forma debido al temor a una infección. Respiré profundo y disfruté la leche. En ese momento no pasó por mi cabeza la posibilidad de que una cucarachita como mi futura amiga explorase el recipiente del vecino de cama de mi abuelo.

Fui al baño a enjuagar el vaso, y cuando abrí el grifo (a través de una llave de paso ubicada bajo el lavamanos) y froté mis manos por el interior, me quise morir. Estaba muy sucio, y no de leche, sino de grasas antiguas, quizás de la merienda de la primera noche que aquel anciano sin acompañante pasó en el Amejeiras. Bajo mis uñas se acumulaba una capa de suciedad, y por mi cabeza solo pasaba la buena acción de aquel señor, que en medio de su enfermedad se preocupó por que yo, un joven de veintipico de años, se alimentase.

Decidí no martirizarme más y después de darle un millón de gracias me dejé caer en el butacón que tenía puesto al lado de mi abuelo. Entonces apareció ella, corriendo por el borde de la cabecera de la cama.

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Subdesarrollo II

Llegas al Hospital Hermanos Ameijeiras y al buscar un elevador para subir al octavo piso, encuentro una cola tan larga como las de la carnicería cuando llega algún producto adicional. Médicos esperando su turno para subir a la planta donde trabajan o donde recogerán algún resultado. Surrealismo. Un solo elevador para las personas con sillas de ruedas y tres ancianos esperando para montarse.

Hermanos Amejeiras fue diseñado para funcionar como banco antes del triunfo de la Revolución, de hecho, la bóveda del Banco Nacional de Cuba está en el sótano; el trafico actual de personas en este sitio debe ser tres veces mayor que el planificado en un inicio. No importa, los ocho elevadores disponibles al público por cada torre deberían bastar; pero es inexplicable esa historia china de “los elevadores están rotos”, ¿qué pasa si deben realizar un traslado de urgencias?

El doctor me miró y me dijo, “no quieres estar aquí cuando hay una urgencia”. Ahora estábamos en la octava planta y debíamos subir a la decimotercera con la persona en silla de ruedas. Más de treinta minutos esperando. Una auxiliar de limpieza se pegaba al ascensor y gritaba “dos casos en el octavoooooooo”. Cuando el elevador se abrió, solo había espacio para uno.

Ese mismo doctor nos comentaba que en el día había subido dos veces por las escaleras. Otros prefieren esperar. Cuarenta minutos, una hora, todo por un elevador misericordioso que abra las puertas en su piso.

Y uno puede sonar como ingrato, pues los servicios son de primera, los médicos son excelentes, las enfermeras están pendientes de cada enfermo, pero lo de los elevadores es inconcebible; cuando a las diez de la noche uno se va del hospital, la única forma de montarse en un elevador es gritando el número del piso, como si uno estuviese en una velada de bingo. Lo más gracioso es cuando escuchas otros números a lo lejos. “quinceeeee, venticuatroooo”.

La espera es inexplicable, literalmente; ¿cómo describes el calor de un edificio con las ventanas cerradas y sin aire acondicionado? ¿de qué maneras hablas de la desesperación de un familiar ante un hecho inexplicable? Después de dos horas en este espectacular edificio, a Dalí no le quedaba más remedio que sacar su reloj y colgarlo en la primera rama para secarlo del sudor.

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Una arqueológica de botellas

Como siempre, una llamada mágica da inicio a mis aventuras arqueológicas. “Dice Camueiras que el jueves hay una excavación, encontraron una zapata de botellas en una casa en construcción”. A las ocho y treinta ya estaba en Guanajay y de casualidad, ahí estaban Nelson y Leonardo hablando con otra persona en la iglesia, frente a mi casa. Me cambié de ropa y salimos para allá.

En la calle Herrera, entre 74 y 76, en una vivienda donde fundían la zapata, encontraron botellas, más de la cuenta, de todos los estilos y colores. Por suerte, el arquitecto nos dio la luz y los dueños de la propiedad nos dieron un día para hacer una pequeña cala arqueológica y así conocer el por qué de estos frascos de cristal, en el suelo.

Cuando llegamos al lugar, habían cuatro lomas de tierra llenas de cristales; azules, verde, nacar, todos con tonalidades más claras y oscuras, y transparentes. De Coca-Cola, leche de magnesia, fitina, purgantes, todo tipo de inscripción podía encontrarse en los cristales. Primero escarbamos entre el relleno para buscar aquellas que aún estaban en buen estado, y luego procedimos a la cala. O sea, abrir un hueco uniforme en el suelo para realizar una lectura estratigráfica

En Cuba existen dos o tres puntos más donde se ha encontrado los pisos de botellas, al parecer, hechos para evitar la humedad; esta casa se  encuentra cerca de la antigua laguna, por lo que la teoría no parece tan descabellada. En este caso se colocaron de forma organizadas, con las bocas de los recipientes en una misma dirección hasta alcanzar un espesor de cuarenta centímetros, ubicadas sobre una capa de cenizas de cinco centímetros; todo esto sobre un suelo de piedras. También encontramos madera quemada, clavos de veinte centímetro de largo, una tubería de aguas albañales de la república y algunas piezas de construcciones coloniales.

El patio era famoso entre los niños porque cuando cavaban un poco, siempre encontraban pomitos con formas curiosas. Terminamos sacando siete u ocho sacos de cristalería, y bajo la futura construcción quedaron seis o siete estantes de farmacia llenos de frascos.  Uno podría preguntarse de dónde sacó el dueño de la anterior vivienda tantos;  o administraba una botica o se hizo con todos los medicamentos utilizados en el cuartel español, ubicado en la misma cuadra, donde se acantonaron más de setecientos hombres para defender la trocha Mariel-Majana. La única forma de saberlo es catalogar los más de treinta tipos de frascos encontrados y así establecer una época exacta.

Eso sí, lo mejor de todo es qué hará el museo de Guanajay con tanta cristalería, porque hace tiempo que tienen demasiado material de valor histórico y nada de espacio para montar salas de exhibición. Todavía hoy no han preparado una supuesta sala de prensa que se tenía pensada realizar con una vieja imprenta del pueblo. O el museo remodela, o será uno de los almacenes más famosos de patrimonio cultural de la localidad.

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Buscando entre la tierra botellas intactas. Foto: Javier Montenegro

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Camueiras limpiando la excavación. Foto: Javier Montenegro

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Subdesarrollo

Quizás por ser muy vieja, o muy tonta, le dieron la entrada de golpe. No fue tan grave, solo lo necesario para hacerse con el paquete. Es un sistema estudiado y muy utilizado: si una persona mayor, o medio indefensa, cambia una gran cantidad de dinero en CADECA, el cajero le pasa un SMS a su contacto en el exterior para que proceda con el arrebato del dinero.

¿Y a quién podemos juzgar por esta acción? ¿A la anciana por tonta? ¿A quien la atendió por ser una mala persona? ¿A los asaltantes por ser unos hijos de puta desalmados? Solo Dios sabe, pero no le importa porque son demasiados los problemas en este archipiélago; una señora mayor asaltada cada cierta cantidad de tiempo es irrelevante, a fin de cuentas, los ladrones se gastaran el dinero en TRD o CIMEX y de igual manera ingresará a las arcas del país.

Pero la denuncia pasa desapercibida, no hay manera de rastrear a nadie, imposible sospechar de la cajera y nadie la relaciona con los asaltantes, la policía se encarga de confiscarle el saco de malanga o el timbiriche con pasteles a quienes están en la lucha, y en la madrugada cobran una suerte de peaje a los almendrones, unos míseros cincuenta pesos.

La crisis está cambiando la rutina; el asombro de un día normal en Cuba casi siempre provoca un arqueamiento en las cejas. Aun así, nos quedan los dos dedos de frente que necesitamos para comprender que nuestro subdesarrollo no es diferente al del resto del mundo.

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Cincuenta líneas con Enrique Colina

Acá les dejo un extracto de la entrevista que realicé a Enrique Colina para mi tesis, y de paso le doy un pelín de promo al libro realizado que desconozco si algún día verá la luz.

Enrique Colina es uno de los críticos más conocidos de nuestro país gracias al programa televisivo 24 x segundo. Muchas personas aprendieron a descubrir claves en el cine gracias a las herramientas que brindó al público para decodificar las películas. Después de treinta años al aire, Colina colgó los guantes con la crítica y se dedicó por completo a la dirección de cine, donde ha realizado gran cantidad de cortos, documentales y el largo Entre ciclones (2003).

¿Cómo influye su gusto cinematográfico en su labor de crítico?

Todo es subjetivo. Quizás no me guste un estilo, pero puedo reconocer en correspondencia con los propósitos y la coherencia con la que el director ha tratado esa obra, si está bien o mal hecha. Trato no de imponer una visión sino de despertar elementos de apreciación, de develar en alguna medida los instrumentos, las herramientas de análisis útiles para la valoración de la obra y dejo a consideración del público si es buena o mala. Siempre doy una opinión pero no debemos imponérsela a los espectadores sino proponer una decodificación; el receptor puede estar de acuerdo o no conmigo pero siempre parto de un criterio y de una definición ideológica con respecto al objeto en cuestión.

¿Cómo valora la libertad de criterio de los críticos de cine?

La realidad nuestra no contribuye a a esta en toda su dimensión. Por ejemplo, con una mayor difusión para la gran cantidad de obras realizadas por jóvenes uno (como crítico) volcaría su visión a partir de las temáticas abordada por estas. Esa libertad de expresión para tocar determinados temas que una película nos sirve en bandeja propicia un análisis en profundidad. La correspondencia entre la libertad del crítico para expresar su pensamiento y la exhibición de ciertos materiales públicamente es una realidad que ha estado muy constreñida por factores de conveniencia ideológica a la hora de permitir una apertura de análisis.

¿Cuándo usted tenía el programa 24 x segundo, cómo se retroalimentaba con el público?

Hace diez años dejó de transmitirse y aun hoy salgo a la calle y me preguntan “¿por qué quitaron el programa?”; 24 x segundo enseñaba cine a personas de diferentes niveles, también incentivaba la curiosidad por aprender, por eso tuvo éxito y sobre todo por ser muy poco ortodoxo en los puntos de vista cerrados y dogmáticos, buscaba el pretexto del cine para hablar de la realidad.

¿Qué es más importante en una crítica, la comunicación o el derroche de conocimiento?

Puedes saber mucho pero no tienes por qué hacer gala de ese conocimiento; el alarde de los saberes está expresado en mi capacidad de comunicación no en detrimento de ella. He leído algunos trabajos y me parece un desastre utilizar términos de la semiótica para expresar ideas, ¿por qué si puedes decir lo mismo de una forma más sencilla? La principal virtud de la crítica es hacer pensar a las personas, convertirla en un elemento de orientación cultural, no dándole digerida la comida; eso se hace hoy, “tal película cuenta esto” y esa no es la forma correcta, sino “fíjense cómo se aborda este tema, qué nos hace pensar, qué reflexiones nos trae a colación”, pero no desentrañarle la cinta al espectador, ese es un factor heredado del verticalismo de esta sociedad.

En 24 x segundo, ¿cómo eran las relaciones con la televisión a la hora de proponer una película?

Era bastante difícil; siempre fue tensa porque la televisión ha estado controlada por el aparato ideológico del Partido. Aquí hay libertad para tratar temas en correspondencia con el diapasón de auditorio que tengas; si vas al teatro verás más apertura porque el público es reducido, si lo vas ampliando a mayores cantidades y llegas a los medios masivos, ahí se reduce la opción de abordar los temas sin pelos en la lengua. No era solo dogmatismo político, también había ignorancia. En ocasiones se suspendía el programa porque había una teta en un horario determinado; ¡lo primero que uno ve cuando niño es una teta! Me cuestionaban si el porciento de películas de países capitalistas transmitidas era mayor que las de los países socialistas, cosas de la burocracia tarada, ignorante y oportunista, porque muchos de esos dirigentes se fueron y están hablando pestes de esto ahora, y ellos eran los artífices de esa política de censura.

Portada del libro "Los de siempre tienen la palabra"

Portada del libro “Los de siempre tienen la palabra”, realizada por Carlos Mondeja y Claudia Soto.

 

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Guanajay bajo agua (+ fotos)

Me encanta dormir después de la lluvia. La tranquilidad, la limpieza del aire, y la humedad son una combinación ideal para pasar un rato con Morfeo después de unas paginitas de un buen libro. Pero mi hermana me despertó al instante. “El río está crecido, vamos pa’ tirar foto”. En un primer momento la maldije, luego me maldije a mí mismo por dejar la cámara en La Habana, al final le pedí a mi papá la suya y, con una sombrilla, desandamos una pequeña parte del pueblo.

En el recorrido perdí un par de chancletas, la corriente de agua se las llevó por un desagüe; en otra ocasión, una cucaracha se trepó en la sombrilla que llevaba. Tuve que llenarme de valor (sí, mi repugnancia por estos coprófagos es exagerada) y echarla al suelo con la mano. El otro problema fue la hora: faltaban quince para las ocho y la luz del día no me acompañaba para tomar buenas fotos, por eso solo pude retratar algunos lugares cercanos a mi casa y dos o tres puentes.

Con la subida de los niveles fluviales, lagartijas, diferentes familias de cucarachas, arañas de distintos modelos, algunas de ellas con extremidades para caminar sobre el agua, invadieron las cercanías del río y se mezclaban con los preocupados que a cada transeúnte le recordaban dónde había un agujero en el suelo por donde podían caerse. Y no es exageración, algunas aceras del pueblo tienen huecos con profundidad suficiente para hacernos desaparecer.

Hay quien ve todo esto como un mero espectáculo, el hecho de que las casas se llenen de agua, pero si tenemos en cuenta que el río es una cloaca, donde van a parar casi todas las aguas albañales del pueblo, uno piensa diferente. La marca en la pared de la altura alcanzada por el agua es un recordatorio de hasta dónde se coló la mierda en tu casa; no suena grotesco, solo es muy desagradable; en lugares como La Taconera (barrio al sureste del pueblo) el agua estaba al pecho, literalmente. O las heces.

Pero aun así, a las siete y media de la noche, cuando escampó y las personas salieron a la calle, el pueblo parecía un carnaval y las caras de los curiosos no reflejaban tristeza; un acontecimiento nuevo había roto el tedio de los guanajayenses. Quizás esos rostros eran de algunos a quienes no les entró el río por la puerta sin pedir permiso, porque otros, en las zonas más inundadas, estaban sentados en la entrada de su casa, esperando.

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Antigua biblioteca de Guanajay en la calle 72.

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Rotonda de Gunajay.

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Río Capellanía, imagen tomada desde la escalinata donde muere la calle Martí.

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Río Capellanía desbordado sobre el puente de la calle 55

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Personas quitando plantas que obstruyen el paso del agua sobre el puente de la línea.

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Imagen tomada desde la calle 57. Al fondo, el teatro Vicente Mora y la escalinata donde muere la calle Martí.

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Imagen tomada en el puente de la calle 55. Treinta minutos antes, el agua cubrió el auto azul.

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Lecturitas comentadas

Con esto abro una sección por acá para comentar algunos lecturitas que me parecen interesantes, el nombre iba a ser otros, pero el Charly ya se robó el título con su blog Leyendo Periódicos Viejos.

Imagen tomada de internet

Imagen tomada de internet

En la National Geographic España de octubre del 2012 hay un artículo sobre la venta ilegal de marfil. No me enteré por ahí de todas las matanzas de los elefantes ni mucho menos, pero sí de las hipocresías de muchas sociedades protectoras, del gobierno chino, y otras aventuras relacionadas con los valiosos colmillos, todo gracias a un buen trabajo periodístico, una investigación de varios meses, en otras palabras, un terreno desconocido en Cuba.

El artículo se mueve por muchísimas aristas, ofrece una cantidad abrumadora de datos y se refiere al problema sin pelos en la lengua (aunque no dudo cierto proteccionismo al país que alberga a la National Geogrpahic Society). Quien escribe (Bryan Christy) coloca a Asia como el gran villano de la cacería furtiva de elefantes y a la religión como una de las principales causantes. “El marfil honra a Dios”. Importantes sacerdotes filipinos, el gobierno chino jugando cartas sucias en la liberación de la venta del marfil, los japoneses haciendo lo suyo, todo muy interesante, y uno aquí desconociendo el día a día de nuestra realidad.

Pero no es solo la cuestión del tema, la construcción del artículo también es espectacular; para uno leerse diez cuartillas de asesinatos de animales, confabulaciones gubernamentales, especulaciones financieras y demás, es imprescindible una buena pluma y mejores fotos. En nuestro caso, el azul y el rojo no han logrado esto con mucha frecuencia, y las revistas con mayor número de tiradas tampoco; cuando lo han hecho, es para defender a una anciana de cincuenta y tantos años.

Pero la principal diferencia está en la gran cantidad de fuentes consultadas. Por algún motivo desconocido, aquí las voces oficiales se consideran con la autoridad de guiar al periodista. Están en su derecho de callar y no dar una información, pero el reportero de turno no puede mencionar el silencio de una institución porque al instante los perros le caen encima; es inconcebible para nosotros citar a un dirigente sobre un tema escabroso porque él aludirá que eso fue fuera de grabación o el periodista no estaba autorizada o decirlo. Después de leerme este artículo, me entraron serias dudas sobre los límites que debemos emplear (o no) cuando citamos a nuestros interlocutores.

Al final, el artículo desmenuza el problema (al menos a mí me deja conforme) y construye toda una historia cíclica que termina refiriéndose al primer párrafo del trabajo. No lo vean como un deslumbramiento, llevo años leyendo estas revistas de bordes amarillo y cada día me jode más la diferencia colosal de nuestros medios con cualquier otro del mundo. Ni escribimos bien (y quien lo haga, se mantiene en las sombras), ni somos capaces de construir una historia interesante, ni de abordar un problema real, ni de dar una noticia con la bendita objetividad a la que siempre nos referimos.

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Rompe Ralph y el juego con la nostalgia

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Como crecí con los videojuegos (no siempre jugando, a veces como espectador o escuchando leyendas sobre técnicas secretas) me faltaba esa jarana cinematográfica relacionada con muchos de los héroes de mi infancia; Rompe Ralph gana su primer punto con la narración desde la perspectiva de “el malo”, la cual está muy bien concebida. La industria cada día es más consciente de que no solo venden los héroes tradicionales.

Pero el gran gancho de la película son los diez primeros minutos: los problemas existenciales de los villanos y las sesiones de terapia grupal para ayudarse unos a otros a aceptar el duro código de programación que les ha tocado; la solución es tomarse la vida partida a partida. Los constantes cameos, si se les puede llamar así, y los guiños, como Sugar Rush y su clara referencia a Mario Kart, dan la sensación de estar ante una obra “from gamers to gamers” y se agradece mucho aunque utilicen descaradamente la nostalgia y la memoria afectiva para mantenernos como niños sin despegar los ojos de la pantalla.

Disney es especialista en jugar con los sentimientos, en aguarnos los ojos, nadie habrá olvidado la muerte de Mufasa o el cazador invisible que priva a Bambi de su madre; aquí no llegan a ese extremo pero la efectividad de la dupla Ralph-Vanellope no solo mantienen buena química en pantalla (suena tonto, pero es una de las grandes ventajas de la animación, prescindir de los actores) sino que la relación de ellos se convierte en el hilo conductor. Otro punto a favor de la peli es el empleo de la voz en off de Ralph; él no nos habla a nosotros, sino al grupo de terapia de los villanos y con esto nos convertimos en uno de ellos, en alguien que ha tocado fondo, que no comprende su existencia. El recurso de empatía es efectivo porque no hay nada más inverosímil que alguien contándonos su vida mientras pasan los créditos de presentación; ¿y qué nos transmite Ralph? Cansancio, hastío y cuestionamientos acerca de la vida. Es triste, en los primeros minutos ya la cinta nos atrapó, tomó los hilos de la marioneta y terminará dándonos alguna lección de vida.

Todo gira alrededor de aceptar nuestro código de programación, lo que nos ha tocado en vida. Podría ponerme paranoico y ver todo un entramado político detrás de esta renuncia a la felicidad por un bien mayor de la sociedad (el videojuego en sí), pero no lo creo. Ralph acepta el credo de los malos porque hay cosas que no pueden ser cambiadas, aunque la analogía con ser el villano del videojuego nos deja un mal sabor de boca. La credibilidad y solidez se pierde en el inicio: el desprecio de los buenos hacia los malos; o quizás no, quizás el verdadero conflicto esté en la aceptación, en cómo ese desprecio hacia otras personas puede llevarlos a tocar fondo. Ese es el detonante dentro de Ralph: “no se disfruta del trabajo cuando a nadie más le gusta lo que haces” “A lo mejor si las cosas fueran distintas después del trabajo no me sentiría así”; cuando no logramos convencernos a nosotros mismos de la utilidad de lo que hacemos, necesitamos una mano sobre el hombro que nos lo diga. Ralph solo necesitó una pequeña niña. “No necesito una medalla porque si le agrado a esa pequeñaja, tan malo no puedo ser”.

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Prohibido comentar o darle like (a.k.a. Agradecimientos)

Hoy el blog cumple tres años. WordPress me lo recuerda con una copita a modo de triunfo… qué sarcástico. Me gustaría escribir algo, pero ni idea. A esta hora de la madrugada, puliendo las entrevistas para la tesis, solo quiero dormir. Las fotos me han salvado de varias semanas sin publicar, pero ya ni me molesto en buscar en el archivo de animales e insectos molestados por un pseudofotógrafo. Mejor agradezco un poco a quienes han hecho posible este sitio.

Gracias a google por colocarme entre los primeros resultados de su búsqueda cuando alguien se interesa por la novena temporada de 24 horas. Gracias a todos aquellos que poseen un blog escrito desde posiciones elitistas y falsas posturas políticas, y muy agradecido a quienes hoy día escriben tanta porquería desde la falsa modestia, el oportunismo y la metatranca, ellos son mis modelos a no seguir.

Agradecido también, aunque en menor medida, a quienes dieron like aquí o en Facebook, a los que fueron capaces de fumarse un texto mío, a los comentaristas, a los que prefirieron callar por temor a perjudicarme en algo, a los que prefirieron callar por no decirme cuán malo estaba el post, a los que prefirieron decírmelo en persona, a los que me alzaron el ánimo cuando a este sitio no entraba nadie. Gracias a los profes que simularon interés por el blog y a los que se interesaron en verdad. Gracias a Maite por el empujón. Gracias a Elaine por el primer apuntalamiento moral y a Carlos por el segundo. Gracias a Aliet por el ejemplo. Gracias a Martes. Gracias a David por la mano. Gracias a Rafa por el aguante. Gracias a mamá y papá por lo que no se dice.

Pero gracias a mí… todo esto ha sido posible. No les queda otra que seguir aguantándome cuando termine quinto año. Ok, lo reconozco, es un texto un poco sensiblero para un aniversario, pero la otra opción era una perreta sobre el periodismo y no me pareció ético con la UPEC.

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Una noche con mucha suerte

Con la tesis estoy a golpe de fotos con el blog. Me disculpan, no me gusta poner el tiempo como justificación, pero esta vez no me queda de otra. Por suerte, como indica el título, el azar anda conmigo en los últimos días para usar la camarita de turista. No obstante, como toda foto tiene su historia, cuento que estas las tomé bajo una llovizna impertinente y sin trípode; fue difícil lidiar con la sombrilla y la cámara al mismo tiempo mientras unos chorritos helados corrían por mi espalda descamisada. Al final tomé como treinta imágenes apoyado en las irregulares tejas y con el obturador abierto quince segundos, pero tuve mi premio de consolación.

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Foto: Javier Montenegro

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Foto: Javier Montenegro

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Belleza en miniatura

Atrapar a un colibrí posado en una rama es difícil, pocos logran fotografiarlo así. Más complicado es retratarlos exhaustos en el suelo con las alas abiertas. Tuve suerte; este compañero entró a la casa, intentó salir por un cristal y quedó K.O. en par de ocasiones. Estaba agitado y ni se preocupaba por la presencia de ninguno de los miembros de la familia o de la cámara. Al final lo sacamos al patio, se recuperó y ojos que lo vieron ir. A cada rato regresa para penetrar las flores de la casa, o al menos creemos que es él.

Colibrí con alas abiertas. Foto: Javier Montenegro

Colibrí listo para despegar. Foto: Javier Montenegro

Colibrí agotado. Foto: Javier Montenegro

Colibrí de perfil. Foto: Javier Montenegro

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Sinister, el fracaso del intergénero

Cuando uno se enfrenta a una película de fantasmas, de monstruos y demás cosas fantásticas, casi nunca le entra al asunto de espalda y enjabonado. La carpeta con la película siempre viene con un póster o uno hace la tarea y se lee la sinopsis; todo esto provoca un pacto: cuando nos sentamos (también puede quedarse de pie o acostado) a ver la cinta, corremos ciertos límites que por lo general son inadmisibles. El ejemplo más sencillo es el de los asiáticos voladores: si no estamos acostumbrados o aceptamos de antemano la ligereza kilográmica de los japoneses, chinos y compañía, se nos hace imposible disfrutar la historia.

En el caso del cine de terror,las fórmulas y clichés están bien definidos e intentar saltárselos es muy peligroso. Para mezclar géneros se necesita mucho talento o mucha experiencia. En Sinister, la combinación entre el suspense-thriller-policiaco y los fantasmas fracasa de manera estrepitosa. De un inicio las cartas en la mesa nos señalan a un hombre de carne y hueso, un asesino en serie metódico, y aunque se respira un aire espectral a ratos, la cuestión no sobrepasa los sustos. El problema real en este tipo de cine es el momento mágico del cambio de género. Cuando vi Un Cuento de Fantasma, de Kenji Misumi, el autor ya nos anunciaba desde el título la presencia de los muertos y por eso el cambio brusco no molestaba tanto, más bien se disfrutaban los recursos empleados por el autor.

En Sinister falla. La idea no es mala: el investigador que no cree en nada paranormal se muda a la casa de los asesinatos para estar bien cerca de los hechos; por su mente jamás pasó la existencia de un ente legendario que controlase a sus víctimas. Eso está muy bien, pero cuando uno da el salto entre un mundo real y otro desconocidoel manejo de los hilos es esencial, no puede aparecer de pronto el rostro de un fantasma cuando todo apuntaba a un sicópata. Ahí se derrumba todo. En Los otros o en Sospechosos habituales (esta no es de fantasmas pero el ejemplo del final inesperado es válido) los cambios bruscos son efectivos porque las escenasmás impactantes de la cinta nos sirven como punto de viraje, son válidas para ambas historias, la que creíamos real en un inicio y la nueva verdad; además, ambas se guardaron el último golpe para el final; ese es otro de los fallos en Sinister, a mediados del metraje ya conocemos cómo terminará. Si vas a violar el pacto realizado en un inicio con el espectador, debes prepararlo y mostrarle el camino con algunas pistas, no pegarle un jab en la mandíbula cuando menos se lo espera, porque si se recupera del conteo de protección, tira la toalla y apaga el televisor, o como mínimo, se predispone por el resto de la cinta.

(Publicado en Cuba y la noche)

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Doblete: halo solar en el pueblo

No es noticia; en La Habana, en Camagüey, en todas partes se vio el halo solar; la ventaja mía es que tengo la pareja, el lunar y este ahora. Cuando vi las fotos de mis amigos del Quinqué, me molestó un poco no tomar ninguna instantánea donde se viera la torre de la Iglesia u otro símbolo guanajayense que coincidiera con el aro alrededor del sol; será para la próxima. Por lo demás, fueron los quince minutos de fama para el astro rey (no hay sinónimo más kitsch). Todos en el pueblo llamaban a los familiares, a los amigos, a los conocidos, y los más atrevidos se lo comentaban a los transeúntes desconocidos; en otras palabras: radiobemba salió al aire con una exclusiva paradójica, “miren el sol”. Todos lo hicieron, miraron arriba, y cuando se dieron cuenta de que no podían, buscaron unas gafas. Así somos, seguimos la ruta y cuando nos caemos por el barranco, buscamos los escollos para agarrarnos, pero nada de pensar antes de actuar. Les dejo las fotuchas tomadas desde el patio de mi casa.

Foto: Javier Montenegro

Foto: Javier Montenegro

Foto: Javier Montenegro

Foto: Javier Montenegro

Foto: Javier Montenegro

Foto: Javier Montenegro

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El retorno del asfalto

El hueco en cuestión. Foto: Javier Montenegro

El hueco en cuestión. Foto: Javier Montenegro

Como parte del Proyecto Imagen, Guanajay se está maquillando: pintura para los puentes y reparación de las calles principales. Y no solo están echando chapapote encima de los agujeros como hacían antes, esta vez rompieron con martillos hidráulicos la Carretera Central y echaron el alquitrán desde cero. Polvorete para retocar a una anciana de más  de 350 años. Se agradece.

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Los muertos vivientes de la prensa

Foto: Tomada de Internet

Foto: Tomada de Internet

Un amigo se molestó mucho cuando traté de explicarle por qué para mí la peli Juan de los Muertos era buena: los zombis. Los cubanos somos una masa inamovible de muertos vivientes en espera de un ser vivo para devorarlo, lo cual está muy bien representado en la cinta. Estos personajes de la cultura pop tienen un pacto ético muy raro: son incapaces de comerse entre sí. Lo de ellos es la carne fresca, y si es cerebro, mucho mejor.

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Desaparecido

Se buscaEn mi ausencia no busqué agua en los matorrales, solo estaba en modo tesis. ¿Qué es la tesis? Una investigación intrascendente a la cual se le suman deseos de hacer para convertirla en algo decoroso; en mi caso, el resultado será un libro de mierda. Aquellos malaventurados que se atrevan a leerlo lo harán sentados en el baño, colocarán el libro en el tanque de agua del inodoro; si acaso consumirán dos páginas al día. Habrá excepciones. Es una forma realista de nombrar a un libro de consulta.

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Los misterios de Batman

Las crónicas y comentarios de cine se mudan para un nuevo espacio: Cuba y la noche, donde Rafa me abre un hueco. De todas formas, estaré por un tiempo trayéndolas por acá hasta que el sitio obtenga algo de visibilidad.

riddlerLlevo varias semanas pensando en la última película de Batman, dirigida por Christopher Nolan. Una pregunta sencilla me golpea cada vez que tengo un tiempo libre: ¿por qué Bane es el villano elegido? Todo surgió a causa de Pérez Betancourt y su crítica a la cinta, donde el cronista de Granma “descubre” un entramado en contra de los movimientos sociales como Occupy Wall Street; detrás de las casi tres horas de metraje, un mensaje queda claro: “sí, las cosas andan mal, pero el 99% no puede hacerse cargo, dejémosle esta tarea a los buenos del 1%”.

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Halo lunar desde Guanajay

Mi hermana nos llamó a mi mamá y a mí para que viéramos algo raro en el cielo. Al principio pensamos que era una bobería, pero la luna nos sorprendió. Una circunferencia enorme rodeaba al satélite, como una suerte de halo. Pasé una hora tratando de tirar alguna foto decente para al final obtener una instantánea paupérrima. Los resultados fueron bien malos, pero aún así, aquí les dejo la imagen.

Después leí en wikipedia (sí, en wikipedia, aunque no nos guste reconocerlo, nada mejor para un primer acercamiento) que al fenómeno se le conocía como halo lunar. El post este es solo una constancia de que en Guanajay, el 21 de enero del 2013, entre las diez y diez y treinta de la noche, pudo observarse un halo lunar. Las fotos están bien malas, es lo único que pude hacer con mi cámara de turista.

Halo Lunar visto desde Guanajay en la noche del 21 de enero del 2013

Halo Lunar visto desde Guanajay en la noche del 21 de enero del 2013. Foto: Javier Montenegro.

Halo Lunar visto desde Guanajay en la noche del 21 de enero del 2013

Halo Lunar visto desde Guanajay en la noche del 21 de enero del 2013. Foto: Javier Montenegro.

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¿Quiénes están de vuelta? The Expendables

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Póster promocional de The Expendables 2. Foto tomada de Internet

¿Quién no soñó con una Liga de la Justicia de los action-men del cine de acción? Si incluso The Avengers se unieron, cómo no iban a hacerlo Rambo, Terminator y Korben Dallas; y además con invitación especial para el Ranger de Texas. El único motivo para no disfrutar de The Expendables 2 es renegar del cine de acción y de sus actores – mediocres en la mayoría de los casos.

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Remedios es un pueblo de artilleros

Lanzamiento de uno de los tantos fuegos artificiales en la noche del 24 de diciembre. Foto: Iroko Alejo,

Lanzamiento de uno de los tantos fuegos artificiales en la noche del 24 de diciembre. Foto: Iroko Alejo.

Siete de la noche y la sobrina y yo estábamos en Remedios. Nada significativo, si obviásemos la fecha, pero eso no es posible. 24 de diciembre, conclusión de una de las parrandas más famosas de Cuba. Caracterizadas por los Trabajos de Plaza, unas carrozas de luces de dimensiones bíblicas (y no es chistes, cerca de 20 metros de altura), otras Carrozas donde se narran historias diferentes cada año y los fuegos artificiales. Los malditos fuegos artificiales. Uno suele mirar con malos ojos a los héroes por todas esas anécdotas que cuentan una y otra vez, de cómo salvaron el pellejo, de los silbidos de las balas, de los compañeros que caían; luego de estar en este pueblo (una de las diez primeras villas fundadas en Cuba), no volveré a levantar las cejas mientras alguien cuenta alguna historia donde el plomo y las explosiones sean los protagonistas.

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Guanajay tomado por el Coney Island

Esta vez fue demasiado. Guanajay fue inundado de aparatos y artefactos, muchos de producción casera, que asemejan a un parque de diversiones ambulante. Es imposible saber cuánto recopilaron estos gitanos, pero den por seguro que fueron de los que más dinero recaudaron durante las fiestas populares de mi querido pueblo. Por disfrutar par de minutos montados en las moles de hierro solo debía pagarse un módico precio de cinco pesos. Saquen cuentas, súmenle el entusiasmo de los niños, la benevolencia de los padres y, como aquella película de Robert Rodríguez, abierto hasta el amanecer.

Les dejo algunas fotos.

Primera imagen cuando llegas al área infantil. Foto: Javier Montenegro

Primera imagen cuando llegas al área infantil. Zona de tatuajes. Foto: Javier Montenegro

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Crónica de un festival VI: a modo de cierre

Después de la cinta de Eliseo Subiela, sentí temor de volver al cine y terminar decepcionado, pero le di un voto de confianza a Fernando Birri, protagonista de Paisajes Devorados. No fallé. Una hermosa cinta donde el realizador argentino se basa en un poema de Stanislao del Campo, para “pagar una vieja deuda pendiente con mi patria: confrontarme con un film de temática “histórica””, y de paso rendir homenaje a Méliès y al cine en sí mismo.

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Crónica de un festival V

Fotograma de la cinta "Paisajes devorados"

Fotograma de la cinta “Paisajes devorados”

Tras leer el comentario de Rafa sobre Elefante Blanco, fui al cine Yara disfrutar de la nueva película del tándem Trapero-Darín. Es válido aclarar que la realización de este director puede codearse con superproducciones de Hollywood. Pero en esta ocasión, quizás por la magnitud de la obra y los deseos de abarcar una gran gama de problemas en sociales en Argentina, la cinta queda un poco hueca.

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Crónicas de un festival IV

Poster de Violeta se fue a los cielos

Poster de Violeta se fue a los cielos

Ayer fue un día de comunión con el cine latinoamericano, y además perdí mi promedio perfecto al ver siempre películas que valían la pena. El problema es que el día está hecho para ver tres películas, si ves una más, corres el riesgo de quedar K.O. y de no realizar una buena selección, y eso fue lo que pasó, pero no fue culpa mía, sino de Rafa por escoger una cinta nada atractiva.

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Crónica de un festival III

Fotograma de la cinta Post Tenebras Lux

Fotograma de la cinta Post Tenebras Lux

“Después de presenciar” la conferencia del día de la crítica en el Festival de Cine de La Habana, donde se abordó el tema de los documentales en la prensa, me fui al cine Riviera a jugármela con una ganadora en Cannes. ¿Por qué a jugármela? Porque las cintas premiadas en el festival francés suelen ser complicadas.

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Crónica de un festival II

Póster de la cinta Le Havre

Póster de la cinta Le Havre

Sigo divorciado del Cine Latinoamericano. Ayer regresé con Misumi y terminé el día con una finesa. No me arrepiento. ¡Pelea, Zatoichi, Pelea! Era un claro anuncio de la trama de la cinta nipona, y Le Havre… era el nombre de una estación de la segunda película. Esta tesis de cazar las muestras colaterales y homenajes a cineastas europeos y asiáticos en tiempos de Festival me la aconsejo Héctor Darío, excelente persona y conocedora de cada recoveco de La Habana por el tiempo que pasaba en ella, y cuando digo en ella, me refiero a sus calles y conflictos.

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Crónica de un festival