Golazos: Oscarine Masuluke

Imagen: goal.com

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Muy poco supera la magia de marcar un gol en los últimos compases del partido. Ni la humillación de una goleada, ni la remontada épica –a menos que esta tenga un gol en el noveintitanto–. Ese chutazo de adrenalina sin tiempo para mitigarse clasifica como uno de los nirvanas del fútbol.

Si a eso sumamos una acrobacia, un error de la defensa, un rebote del portero a un disparo sencillo, o esa sensación de que te van a encajar un gol y se va a ir todo a la mierda (esa idea de tener un sexto sentido para saber cuándo nos van a anotar y que solo puede llamarse miedo), el gol adquiere unos matices mucho más dramáticos.

Quizás el ejemplo en que todos estén pensando sea en Sergio Ramos. Si el Madrid está debajo en el marcador por un gol, si el minuto noventa ya está corriendo o si estamos en el descuento, si está a punto de cobrarse un libre directo o un córner, si Sergio Ramos está en la cancha, y si el Real Madrid se está enfrentando a un rival especial, se activa una función en el universo donde Ramos es una constante universal necesaria para lograr el empate. Cuando todas esas variables coinciden, es lógico que nuestro sexto sentido se active, que sintamos miedo, y para qué engañarnos, es bueno estar preparados para lo peor. Centro de Luca Modric y gol de cabeza de Ramos. Es terrible. Ese segundo y tanto en que el balón está en el aire y prolonga el aterrizaje en la cabeza del 4 del Madrid es eterno, porque todos sabíamos, antes del cobro de Luka, el final de la hisoria.

Pero este post no va del gol de Ramos. Hay otro gol en las postrimerías del partido que causó furor esta semana.

Cuando el Liverpool iba por delante 1-3 en el marcador en su visita a Bournemouth, tras el golazo de Emre Can al 64, nadie pensó en una posible remontada. Nadie. Ni Jürgen Klopp, ni Ryan Fraser (2-3), ni Steve Cook (3-3), ni Nathan Aké (4-3), ni los once mil ciento ochenta y tres fanáticos presentes en el Vitality Stadium. Y como el fútbol es un deporte de ingratos, el gol de Aké será el que más recuerden los fanáticos, por ser el de la victoria, y por haberlo anotado en el 93. Atrás quedan el penal anotado por Wilson, el hermoso contrataque que culminó a trompicones Ryan Fraser –su primer gol en par de temporadas con el equipo–, el espectacular control de balón de Steve Cook para enviarla de volea al fondo de las redes –ajustada al palo– sin dejarla tocar el césped. Incluso el disparo lejano de Steve Cook que propició el error de Loris Karius podría quedar en el olvido. O peor, que al primer rechace del portero, Aké la tiró contra el meta, ya vencido en el suelo. Solo importa el gol, la redención, el final de la remontada, el inicio de la histeria colectiva.

Pero este tampoco era el gol del que quería hablarles.

Ttreinta de noviembre. Liga sudafricana. Jornada once. Minuto noventa y seis. El Baroko F.C. está perdiendo ante su afición. El tiempo se ha cumplido pero el árbitro concede un córner a favor de los locales. Está 0-1. Todos suben a rematar, incluido el guardameta. Sacan el córner y el cancerbero, el que está defendiendo su área, despeja con un puño como puede. Todo parece estar en calma, el balón se aleja, casi está fuera del área. Solo Oscarine Masuluke, el guardameta del Baroko, que ha subido a buscar un milagro, persigue el rechace. Le acompañan tres defensores, por puro trámite porque, seamos sinceros, qué puede hacer un portero de espaldas al arco. Sencillo: saltar y pegarle de chilena para ahorcar al meta rival y clavarla por toda la escuadra. ¿Queda tiempo para algo más? Sí, para celebrar con un baile en el banderín del córner.

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Genoa – Juventus: Giovanni Simeone

Hay momentos en los que una concatenación de sucesos inverosímiles nos hace sospechar que toda nuestra vida está escrita en algún códice perdido en el fondo de una biblioteca. Sin importar qué hagamos, el resultado ya está determinado. Algo parecido debió sentir la Juventus de Turín cuando al minuto tres de partido frente al Genoa, encajaban un gol que, mientras más veces  uno observa la repetición, más se convence de que ese balón estaba destinado a terminar en el fondo de las redes.

A Luca Rigoni le envían un balón muy alejado de su posición y Leonardo Bonucci, uno de los mejores defensas centrales del mundo, intenta cortar la jugada con un gesto técnico, un taquito que busca a Hernanes. La idea es buena, pero la ejecución… A Rigoni el balón le bota en el pie derecho con tanta suerte, que ni un autopase hubiese tenido tanto éxito. Con la mitad del trabajo hecho, inicia una carrera donde con par de toques, uno con el izquierdo y otro con el derecho, se acomoda para chutar. Giovanni Simone le acompaña por la derecha, está solo y se ha asegurado de no caer en offside, pero Rigoni ya tiene entre ceja y ceja pegarle con el empeine al balón. Su disparo realiza la trayectoria de un proyectil que en menos de 17 metros alcanza una altura máxima de cincuenta centímetros y luego vuelve a caer. Justo antes de tocar el suelo, Buffon lo ataja.

Para un arquero de la calidad de Gianluigi, lo normal era enviar ese balón a saque de esquina y no dejarlo muerto en el corazón del área. Pero como diría un amigo mío, #shithappens, y lo que pudo quedar como un susto, volvía convertirse en una ocasión de gol.

Durante toda la jugada, el argentino Lucas Ocampo acompaña por la izquierda a Rigoni, quizás con la esperanza de recibir un pase con el exterior de la pierna zurda. Rigoni jamás lo ve. No obstante, su carrera tiene una justa recompensa: el será el primero en llegar al rechace. Buffon está desubicado, a menos de tres metros y no ha salido a achicarle. Parece un gol cantado. Le pega sin equilibrio, deslizándose, y lo hace perfecto. El cancerbero está vencido, el grito de gol ya se escucha, y de la nada, a lo deux exmachina, Alex Sandro detiene con el pecho el 1-0.

Una vez más, la suerte está con el Genoa y el cuero le cae en los pies a Giovanni Simeone. En ambas ocasiones, si Luca y Lucas hubiesen optado por el pase en lugar del disparo, es muy probable que Simeone ya la hubiese enviado al fondo de las redes. Pero ahora le toca a él equivocarse. No dispara de primera, prefiere bajar el esférico y acomodarlo para su derecha; al parecer, la zurda está reservada para ocasiones especiales, e inaugurar el marcador en casa frente a los líderes del Calcio no amerita el uso de la siniestra. Error. Ese tiempo desperdiciado es suficiente para que Buffon se deje caer sobre su izquierda y detenga el disparo. Hubiese sido un bonito final para la jugada, una de esas salvadas que funcionan como una inyección de moral para el equipo y de ahí en adelante todo es más fácil. Pero no.

Al siguiente disparo gol. Simeone esta vez sí le pega de primera y todo termina, pero eso no importa porque de una manera u otra iba a caer. La esencia está en el enfrentamiento de los bianconeros con lo inevitable: esa sensación de esperanza in crescendo con cada disparo que no entra provoca en quien la vive una desconexión con la realidad. “No va a caer, no va caer, no va caer”. Te coloca en las antípodas de lo que está por ocurrir. Y luego llega el mazazo.

Ahora imagínense cómo se deben sentir las personas que dejaron a un ser querido rumbo a cumplir un sueño y horas después recibieron una llamada para decirles que todo se había ido a la mierda, que el avión se estrelló, que no volverán a verlos. No puedes volver a conectar con la realidad porque tu realidad desapareció. No hay chance para remontada. Ese es el final, literalmente.

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Golazos: Javier Ontiveros

Javier Ontiveros llegó al Málaga con trece años. Todos nos imaginamos que nuestros sueños se cumplen cuando fichamos por un grande de Europa, y pocas veces pensamos que un sueño hecho realidad puede ser, por ejemplo, la carrera de Juan Carlos, que inició en Las Palmas, pasó trece años en el Deportivo de la Coruña, y se retiró en Las Palmas, en la temporada 2015-2016. 21 años jugando fútbol. Perdón, veintiún años jugando fútbol, porque a veces un número despoja a un período de tiempo de su verdadero significado. Pero volvamos con Javier, que tiene diecinueve años.

Javier Ontiveros. Imagen: cuenta oficial de Twitter de Javier Ontiveros, @javiontiveros39.

Javier Ontiveros. Imagen: cuenta oficial de Twitter de Javier Ontiveros, @javiontiveros39.

Su primer partido oficial con el equipo fue el 4 de noviembre de 2016. Entró de cambio y a los ocho minutos de estar en la cancha desbordó por banda derecha y le puso un centro en la testa a Sandro Ramírez para que marcase el empate. Los hinchas del equipo andaluz le seleccionaron como MVP del encuentro.

Pero luego llegó la guinda del pastel, si es que uno puede ponerle la guinda al pastel con diecinueve años. El 26 de noviembre el Deportivo de la Coruña visitó La Rosaleda. Tiempo reglamentario cumplido y el partido empatado a tres. Ha sido una locura. Empezaron debajo en el marcador, luego sacaron una renta de dos goles y a falta de diez minutos se lo empatan. La vida es dura. El fútbol es duro. Y ahí entra Ontiveras. No literalmente, porque su ingreso a la cancha había sido en el 73, cuando aún iban ganando. Un saque de banda en el minuto 91 es recibido por Ontiveros. Javier le pide el esférico al “Chory” Castro, recibe, se gira y comienza a desplazarse en paralelo con la línea de fondo. Camacho alza los brazos, le pide un centro, pero Javier a lo suyo, se quita la marca de Guilherme, de Mosquera y dispara. Ambos pudieron derribarlo, pero un libre directo desde esa distancia podría significar una ocasión clara de gol. Además, ¿quién chuta desde veinticinco metros (metros más, metros menos), hace inútil la estirada del portero y define el partido cuando no queda tiempo para nada? ¿Quién la pone en el fondo de las redes como si se tratase de un partido de Playstation? Javier Ontiveros, un canterano que, si no lo ficha el Real Madrid o el Barça, podría tener una carrera brillante.

 

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The Darkest Habana I

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Casona ubicada en la esquina de 17 y 6.

La Habana puede ser un sitio muy peligroso si le permitimos a nuestra imaginación tomar las riendas de nuestra siquis. Dejamos la cordura en casa y le cedemos espacio al miedo, al terror, a la sugestión sicológica. A cada sombra le asignamos una criatura, a cada sonido un ser con características etéreas. La oscuridad siempre ha sido tierra fértil donde los monstruos más inconcebibles se materializan y se quedan grabados en nuestra memoria. No es tan terrible que se queden ahí como un archivo más entre tantas neuronas. Lo terrible es que acceder a ellos es vuelve sencillo en extremo. ¿Primer beso de una relación o los tentáculos babosos que nunca tocaron tu espalda en aquel cuarto oscuro? El miedo y el placer, cuando se trata de grabar memorias, son las tintas más efectivas.

Así, cuando caminamos en la noche por La Habana, con el alumbrado público que simula viejas lámparas de gas de una Inglaterra victoriana, nuestra percepción y referentes cambian. El tipo que siempre habíamos visto como a un cabeza de bombillo como Ricardo Alarcón y un bigote a lo Hitler (o dirty Sánchez) ahora se nos parece a Edgar Allan Poe. Los rizos de toda la vida parecen víboras o serpientes. Sí, es un cliché de mierda, pero por algo esa imagen de Medusa siempre nos ha acompañado, y a pesar de los siglos, casi todo el mundo sabe qué una medusa no es solo una especia de agua mala.

Lo más increíble y maravilloso de esta Habana no son sus edificios en ruinas, que parecen casas embrujadas o palacetes abandonados. Lo más increíble y maravilloso es que por azares y situaciones surrealistas que no somos capaces de explicar, podemos caminar por una calle cualquiera del Vedado donde ninguna vivienda tiene fluido eléctrico y sin embargo el alumbrado público funciona a la perfección. ¿Se imaginan? Esa luz mortecina, opaca y dorada, que simula una suerte de decadencia baña la oscuridad de La Habana. Da igual que la consideren una ciudad segura, por donde puedes caminar a altas horas de la madrugada sin que nada pase (y si pasa se le saluda), caminar en la noche por La Habana siempre es una experiencia tenebrosa.

Oscuridad. Poca luz. Eso no tiene nada que ver con la fotografía, pero por algún motivo, me encantan las imágenes donde siempre hay un margen para la imaginación. La fachada de una casa apagada, una bombilla incandescente que colorea de amarillo el cristal de una ventana. Nada asusta tanto como lo que no somos capaces de ver.

Cámara en mano salir a caminar. A buscar esas casas embrujadas. La mayoría de las fotos son malas, demasiada oscuridad, y para qué engañarnos, yo no soy un buen fotógrafo. Son más las ganas, los deseos y las oportunidades en esta era digital que el talento. Igual, la aparente ausencia de talento nunca ha frenado a nadie. Hacer lo que gusta es lo que importa. Por eso salí a retratar una Habana apagada, a disfrutar el miedo a la oscuridad, de que un tipo sin rostro pudiese arrebatarme la cámara, de ver una criatura alada despegar de la azotea de una casa decimonónica, de sentir un roce en la espalda y al girarme solo ver una sombra desaparecer en una esquina, de erizarme con un escalofrío debido a una ráfaga de aire helado que no levanta ni una hoja del suelo. ¿Lo sientes?

Pero como siempre, la realidad es mucho más rica que la ficción. Parado frente a una casa de dos plantas, sin techo y con arbustos aferrados a las paredes, buscando el ángulo adecuado, la iluminación ideal, comenzó a ladrar un mastín debido a mi presencia. Un mastín suena mucho más tenebroso que un perro por sus características de guardián. Y luego salió la dueña debido a los ladridos.

  • ¿Quién es?
  • Nada, nada –le respondí–.
  • ¿Pero qué quieres? El hospital es al lado.
  • No señora, que no voy al hospital.
  • Entonces, ¿qué haces?
  • Nada señora, tirando una foto.
  • Pero vete de ahí porque el perro está ladrando.
  • Señora, por Dios, estoy parado en la calle tirando una foto, ¿para dónde quiere que me vaya?

Soltó una maldición que no escuché bien, entró y dejó al mastín ladrando. Yo me fui pa’l carajo. Total, capaz que el perro no estuviese descargando su furia contra mí sino contra algún ser etéreo molesto por mi intromisión fotográfica.

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Casona ubicada en 19 entre 6 y 4. Las plantas han tomado una buena parte de la fachada y las paredes.

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Una noche sin luz, iluminándose con el alumbrado público.

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Casona ubicada en la esquina de 17 y 4.

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Casona ubicada en la esquina de 17 y 2.

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Los gatos, siempre tan adorables…

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Fachada de una casona ubicada en 17.

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Una puerta abierta en una casa apagada siempre invita a algún tipo de misterio.

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Los pisos más altos de una casa siempre suelen ser los más tenebrosos.

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Algunas fotos de Shaquille O’Neal

No es noticia, Shaq estuvo en La Habana, se dio un brinco por las canchas de 23 y B y le dedicó un tiempo a los niños, a través de algo que acá llamamos clínica de entrenamiento, sea cual sea su significado. Para algunos, como yo fue el encuentro con héroe de la infancia. El texto está por Cachivache Media, y estas son algunas fotos que pude tomarle al 34 de Los Angeles Lakers.

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Shaquille O’Neal asediado por las cámaras de la prensa.

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Lo importante es tomarse el selfie, da igual si Shaq lo nota o no

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Todos querían inmortalizar el momento de la visita de Shaquille O’Neal.

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Shaq le lanza una mirada asesina a uno de sus rivales.

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En uno de los momentos en que fungía de árbitro, Shaq canta una falta. En el público, Fernando Medina busca una buena instantánea de la visita.

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El gigante observa cómo los niños juegan.

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Saque inicial de uno de los partidos jugados entre los niños donde Shaq actuaba de árbitro.

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Las declaraciones de Shaquille O’Neal a la prensa, mientras combatía el calor.

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Shaquille O’Neal, impasible ante el sol.

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Shaq bloquea el disparo de una niña.

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Sonriente, disfrutando de jugar con los niños.

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Fotos descartadas

La crónica de mi viaje a Gibara está en Cachivache, un nuevo hogar que he encontrado. Estas son fotos que también tomé el viaje, pero no publiqué en nuestro medio, se las dejo por acá. Espero les guste.

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Raíces imaginarias

Noel un día recibió un mensaje de Dios. O así lo interpretó él. Trabajar las raíces, la madera, no quemarlas ni usarlas como leña. Y el obedeció. Y obtuvo su premio, un jardín de fantasía, una vida mejor, algo más de quince minutos de fama y felicidad.

Hoy son muchos los que le visitan para ver su obra. Ubicado en una de las tantas carreteras que atraviesan el paisaje pinareño, su casa llama la atención por las esculturas colocadas a la vista de los automóviles. Llegar allí es una especie de descubrimiento, por eso, cuando entras, te impactas aún más con sus fantasías llevadas a la madera. No hay mucho más que decir. Su historia solo puede contarse a través de sus imágenes, o imaginación, como se prefiera.

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