Remedios es un pueblo de artilleros

Lanzamiento de uno de los tantos fuegos artificiales en la noche del 24 de diciembre. Foto: Iroko Alejo,

Lanzamiento de uno de los tantos fuegos artificiales en la noche del 24 de diciembre. Foto: Iroko Alejo.

Siete de la noche y la sobrina y yo estábamos en Remedios. Nada significativo, si obviásemos la fecha, pero eso no es posible. 24 de diciembre, conclusión de una de las parrandas más famosas de Cuba. Caracterizadas por los Trabajos de Plaza, unas carrozas de luces de dimensiones bíblicas (y no es chistes, cerca de 20 metros de altura), otras Carrozas donde se narran historias diferentes cada año y los fuegos artificiales. Los malditos fuegos artificiales. Uno suele mirar con malos ojos a los héroes por todas esas anécdotas que cuentan una y otra vez, de cómo salvaron el pellejo, de los silbidos de las balas, de los compañeros que caían; luego de estar en este pueblo (una de las diez primeras villas fundadas en Cuba), no volveré a levantar las cejas mientras alguien cuenta alguna historia donde el plomo y las explosiones sean los protagonistas.

En Cuba usamos una palabra para decir que alguien está nervioso, acobardado, que sobrerreaciona a cualquier ruido: axila’o (con apóstrofe y no con d). En Remedios, los niños colocaban pequeños petardos en los pies de los despistados y en las colas para comprar cerveza, todo con el objetivo de asustar y sobresaltar de mala manera a las personas. No había heridos, solo infartados y fallas en el tramo final del sistema digestivo. Los primeros treinta minutos de ese simulacro auditivo de guerra me los pasé axila’o, saltando en cada explosión como si fuese un soldado novato incapaz de salir de la trinchera. Busqué el origen de las explosiones, bajé la cabeza con una genuflexión, actué como un niño chiquito. Pero luego te acostumbras y te vuelves inmune a los estruendos más terribles.

Además de la sobrina, me acompañaban Rafa, Mar, Camarero y Leydis. ¡Qué romántico! Un grupo de blogueros compartiendo la experiencia. El de El café de Nicanor nos explicó (aunque si lo pienso, fui el único en prestarle atención) más menos la dinámica de las parrandas. Dos barrios divididos: el Carmen y San Salvador (antes eran muchos más). Todos los preparativos se realizan en secreto, en unos talleres donde se construyen los Trabajos de Plaza y las Carrozas. Una representaba una suerte de circo (con mujer araña incluida) y la otra a alguna historia griega (pude ver a Cerbero y una quimera). Qué pasa, no les puedo explicar más sobre este momenti porque esta actividad comienza a las cuatro de la madrugada, cuando ya salen a flote el cansancio del viaje, los diferentes alcoholes mezclados, la pésima comida callejera y toda una noche sin apenas sentarse (¡uf! estoy envejeciendo).

Pero antes, después de una primera sección de intercambio de fuegos artificiales, comienza el espectáculo de los Trabajos de Plaza. Según mi amigo Rafael, es una cuestión de poesía cómo las luces se van encendiendo a ritmo de galápago cojo. Una sección primero. Esperan la respuesta del andamiaje rival. Luego otra lucecita. Juego con los bombillos. Apaga. Todo un espectáculo de luminotecnia. Cuando termina el duelo de interruptores, comienza a reproducirse la grabación de algún bombardeo en Yugoslavia. Un bando hace gala primero de su arsenal pirotécnico y luego el otro responde.

El público se asienta (que no es lo mismo que sentarse) en el parque a disfrutar del espectáculo. Ahí, los pobladores de los diferentes barrios se atacan con cariño. “Si para mirar la carroza de nosotros te tienes que poner así” le decía uno del Salvador a otro del Carmen mientras achinaba los ojos como cuando el resplandor del sol nos molesta, en clara referencia a la superioridad lumínica.

El parque de Remedios es el único de Cuba donde coinciden dos Iglesias: la de Nuestra Señora del Buen Viaje y la Parroquia Mayor de San Juan Batista, la segunda posee un altar enchapado en oro y la única Virgen María embarazada del mundo (lo dudo). Esto también me lo explicó Camarero, quien realizó la tarea leyendo Ecured antes de irse a fiestar y comprobado por mí cuando llegué a casa.

Cuenta la leyenda que las parrandas surgen cuando un párroco envió a un grupo de niños a hacer mucho ruido por la villa para despertar a los pobladores que no obedecían al repique de campanas para asistir a la misa de Aguinaldo (o misa del Gallo). Ese fue el inicio de una tradición enriquecida con el tiempo.

La primera ola de fuegos artificiales dejó el cielo lleno de humo. Las estrellas no se veían (cosa rara en un pueblo tan pequeño donde apenas hay luces, lo que da una medida de cuán iluminada estaba la noche). Era un preludio al verdadero bombardeo. Una serie de morteros colocados frente a la Parroquia Mayor comenzaron su particular sinfonía. El ruido era eterno; no había pausas y llovía cenizas. Eran cerca de las once de la noche, cuando se detuvieron. Los artilleros del primer barrio, con sombreros de guano y cascos de tanquistas, se tomaron un receso para dar paso a sus “enemigos”. El Salvador tomó el mando y se lució: sus fuegos no contaminaban el cielo, eran de variados colores y hasta bailaban en una suerte de coreografía de llamas.

Otra hora de espectacularidad, de cuellos mirando hacia arriba y  de belleza desconocida para mí, porque nunca había podido disfrutar de estos ataques al cielo. Faltaba un cuarto de hora para las doce cuando nos avisaron para ir a la iglesia. El niño Jesús no entiende de parrandas y exigía su momento.

El sacerdote estaba centrado en la liturgia mientras el templo era una suerte de museo visitado por cubanos y extranjeros. Entre la virgen encinta y el altar de oro, la misa quedaba en un tercer plano. Afuera se escuchaba el fin del mundo; las explosiones seguían y el cura, como si con él no fuera, continuaba. Daba gusto verlo tan ecuánime, ignorando toda la algarabía a su alrededor

De ahí en adelante fue más de lo mismo. Cansancio, fuegos artificiales, bebidas alcohólicas, algunos panes con carne de cerdo del año ’98. Cuatro horas combatiendo contra el cansancio, el hambre, y las necesidades urinarias. ¿Por qué combatir las necesidades urinarias? El baño público era la parte trasera de la Iglesia Nuestra Señora del Buen Viaje. La tierra se había convertido en fango por la cantidad de líquido acumulado. Siempre he tenido problemas para orinar en público, pero el alcohol me ayuda a sobrellevarlo. Esperé a que una puerta se desocupara, y me acerqué corriendo. En eso se paró justo a mi lado una mujer alta, joven, con muy buena figura y de tez oscura. Se bajó sus ajustados jeans y ahí mismo comenzó a orinar. Fue un puñetazo en pleno rostro. Quedé destrozado y mi pudor cortó de cuajo los deseos de evacuar. Solo después de una caminata y una cerveza puede volver a la puerta de la iglesia a contribuir con el pantano de tierra y orina. Pasamos cuatro horas entre tragos y cuentos, dormitando, para volver a la carga.

Pero la batería no daba para más. La sobrina y el resto de mis acompañantes estaban en modo zombis. Después de reencontrarnos con el grupo de personas con quienes llegamos a Remedios, nos fuimos a dormir en el camión en que llegamos, pero fuimos interrumpidos por un nuevo bombardeo. A menos de 10 metros estaban los artilleros, con sus morteros colocados en el piso y disparando como si de locos sedientos de pólvora se tratase. ¡Pum! ¡Pam! ¡Bim! Chorros de candela, cielo nublado y de pronto una serie de locos cargando varias mesas largas donde estaban miles de voladores. Cuando encendieron aquello… la apoteosis. El firmamento (lo que es carecer de sinónimos para la bóveda celeste) era un campo de batalla: luces, fuego, humo, olor a papel quemado. Karell, flamante fotógrafo de nuestro equipo, alternaba el valor con el pudor para robarse algunas instantáneas.

Rumbo al camión hablamos con David, quien se fue con otro grupo desde un inicio porque le daba pena que lo vieran con nosotros; nos contó algunos chismes  irreales (su especialidad) que al final quedan como los mitos de las parrandas. Entre los cincuenta kilómetros de cables empleados en uno de los Trabajos de Plaza y las historias de un artillero retirado se me quitó el sueño.

Aquel hombre le contó a David cómo en una ocasión se le encendieron tres sacos de voladores y explosivos y los lanzó al interior de la iglesia. Voló la puerta. Otra vez se quemaron cuatro manzanas del pueblo porque explotó una suerte de arsenal donde guardaban todo el material a emplear el 24; pero la mejor de todas es la de un conocido de él que en una ocasión intentó apagar la mecha de una de las bombas cuando ya estaba dentro del mortero. Se asomó al agujero por donde sale disparado al cielo el petardo para soplarlo y apagarlo. Aún están buscando la cabeza del compañero en el pueblo.

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Acerca de Javier Montenegro

Estudiante de periodismo
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6 respuestas a Remedios es un pueblo de artilleros

  1. Oe´ me tienen abandona´o oite. Un abrazo.

  2. ay, ay a,y!! que Leydi es sin S!! pero eso no importa ahora, porque de verdad que revivir las parrandas de Remedios ha sido lo mejor…un abrazo y gracias

  3. Mar dijo:

    Anjá…. no nos habías contado la historia del baño público…pillín!!!

  4. na, es que yo fui pegado.

  5. perdón perdón, ahora lo arreglo

  6. es que era un poco penoso…

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