Rusia, día 18: Brasil debería estar preocupada

Guillermo Ochoa es uno de esos porteros magnéticos que se las arreglan para que todos los balones, o casi todos, terminen en sus manos. Brasil lo sabe, hace cuatro años lo sufrió en la fase de grupos. Guillermo Ochoa brilla con la selección mexicana gracias a las carencias defensivas del tricolor, pero a nivel de clubes la historia es otra. Hoy el rival era Brasil, Neymar. Hoy necesitaba más que nunca de toda esa atracción que ejerce sobre el esférico. Hoy era el día para que México pasara, por fin, a cuartos de final.

Y también era el día de Neymar. Menos saltos a la piscina y más juego. Por fin el 10 fue el diez. Primero cazó una en el área después de iniciar él mismo la jugada. Una emboscada perfecta. Soltó el balón para que le dejasen tranquilo, para que la sensación de peligro y disminuyese. Y ahí apareció él. ¡Bum! Balón al fondo de las redes. Brasil deja sensaciones encontradas, como si su juego no acabase de explotar y le bastasen unos pequeños impulsos eléctricos para anotar. Ney desborda, dispara y Firminho no perdona el rechace de Ochoa. 2-0. A partir de ahora Brasil necesitará emplearse a fondo, y no vivir de la espontaneidad. Los rivales fáciles parecen haber terminado.

Japón obtuvo un cupo a octavos que parecía no merecer, un invitado fuera de sitio. Nadie apostaba por ellos; junto a Rusia, eran los que menos probabilidades tenían de avanzar. Y no hay nada más divertido que ir en contra de los presupuestos.  Ante sí, la imponente Bélgica, la promesa que no termina de cuajar. Comienza los segundos cuarenta y cinco minutos y empieza la locura. Quedan treinta minutos y Japón está por delante. Inui la coloca en la base del palo y la estirada de Courtouis es la viva estampa del desconcierto. 2-0. De mantenerse el resultado, alguien se haría millonario en una casa de apuestas perdida en el peor tugurio de la ciudad. Cualquier ciudad.

Los nipones redujeron su equipo a un bloque de treinta metros y subieron la presión lo más arriba posible. Era el final. Otra decepción. Y entonces a Bélgica le da por sacar una faceta desconocida. La remontada épica. Se dice fácil, pero remontar dos goles es asunto de gente seria y mucho carácter, da igual quién sea tu rival. Alemania lo intentó en una final y no pudo. Y eso de anotar el gol de la victoria en un contraataque en la última jugada del partido, eso solo lo hacen los monstruos, los grandes. Dejar pasar el balón para que un compañero venga y la envíe al fondo, eso denota demasiado carácter. A mí no me gustaría enfrentarme a un equipo así. Brasil debería estar preocupada.

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Rusia, día 17: tócala de nuevo Pep

Qué daño han provocado Guardiola y su tiki-taka. Ahí está España, más de mil pases y un auto gol. O mejor, España ya no está. Se fue ante la anfitriona en un resultado impensable. Ahora todos recibirán palos: Lopetegui, Hierro, Piqué, De Gea, Aspas, Koke, y nadie hablará de un sistema que ya no funciona, ni de que no puedes ganar un partido teniendo el esférico, ni de la importancia de los goles. España cae eliminada haciendo lo mismo que le permitió ganar títulos. España es un gremio de constructores, y los cuatro arquitectos que debieran hacer su trabajo han sucumbido al pensamiento colmena. Pásala, que ya surgirá un espacio. Pásala, que es la mejor manera de jugar al fútbol. Pásala, que nosotros no pasamos de esta ronda.

Y de los penales ni hablar. Ahora la moda es tirarlos suaves y rasos, “engañé al portero y por eso lo cobro flojo”. Por eso también perdió España, por no reventarla, por no ser cruel y haber pensado, “si la detienes, te fracturas un hueso”. Por eso De Gea no detuvo ninguna, ni siquiera cuando atinaba o le pasaban a pocos centímetros de los pies. España también está eliminada por pasar el balón a las redes, y no cobrar los penales con los disparos de toda la vida. Pero de seguro, España seguirá pasando el balón; pásala, que ya llegará otro torneo.

Croacia llegaba de favorita y antes de los dos minutos ya se había tragado un gol. Mandzukic responde. Son dos carambolas, pura suerte, desorden y nervios. Al parecer, será una locura, una lluvia de goles, la masacre de la vida. Entonces llega el tedio, el sueño, las tardes de domingo son para dormir, no para ver fútbol. Se acaban los noventa minutos. Alguna ocasión clara hubo, pero nadie se acuerda, ni los jugadores. Comienza la prórroga. Todo sigue igual. Es insoportable mirar la pantalla. Dinamarca parece que aprieta, pero es solo una ilusión. Los penales asoman en el horizonte como un café por el que hemos esperado toda la tarde pero nos daba pereza preparar.

Entonces Modric, de los pocos genios que aún sobreviven al Mundial, saca un pase y deja solo a Rebic. Al frente, Schmeichel. Detrás de él, Jorgensen. Sangre fría, portero dribleado y en el momento de rematar, penalti. Modric, el genio, será el héroe. Modric, el capitán, recibirá su premio y marcará el gol de la victoria. Modric, el talentoso, falla. Una vez más, cobrado suave y abajo, como si diesen puntos extras por no pegarle fuerte al balón.

El resto es un trámite. Los penales solo sirven para levantar los ánimos o ponernos nerviosos, pero no para elegir al mejor equipo. Modric tiene suerte y su equipo gana. Nadie recordará su fallo. Schmeichel detiene dos penales más, pero no es suficiente. Subasic ha detenido tres. Rakitic marca el definitivo. Y no lo cobra fuerte, la tira suave, pegada al palo izquierdo. Qué triste. Uno del Barça la cobra suave y abajo como los españoles, y logra ganar. El fútbol es injusto; por eso, es mejor no pasarla y pegarle duro. Así al menos jodemos al portero rival.

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Rusia, día 16: nada puede ser peor

A Sampaoli no le pareció que Francia fuese muy peligrosa, o eso deducimos por su decisión de no abrir con ningún delantero. “Messi basta”. Y Messi no basta. Argentina, la pundonorosa, y pundonorosa, se despide del mundial. El telón ha caído para la generación de los grandes goleadores. La culpa es de Dios, que es argentino, y le gusta sacrificar a sus hijos. Sufrir para llegar al Paraíso. ¿Qué es el Paraíso? Pregúntenle a Dios.

Francia no había demostrado nada, pero diez minutos fueron suficientes para destrozar a la peor defensa argentina que uno recuerde en años. Giroud tiene treinta y un años, y corre más que cada uno de los centrales de la albiceleste y laterales de la albiceleste. Eso lo dice todo. De nada sirvieron el gol de Di María, impulsado por un viento mágico para alejarlo de las manos de Lloris, ni la fortuna de Mercado para enviar al fondo de las redes un balón sin peligro. Argentina ganaba dos a uno, y lo único que lograron con esto fue liberar a la bestia, el monstruo que todos sabían que vivía dentro de Francia pero nadie había visto. Fue el final del sueño. No sé ustedes, pero yo recordé a Sabella, capaz de convertir a los defensores más mediocres en un cerrojo invulnerable. ¿Por qué te fuiste Sabella?

El resto fue el quiero y no puedo al que en poco tiempo esta Argentina nos ha acostumbrado. Messi no existía y Argentina no tenía delanteros. Entró Agüero, y en el último cambio, en lugar de incorporar a Higuaín o Dybala, sustitución de extremo por extremo. Argentina no había hecho un cambio tan malo en mundiales desde que Pekerman sacó a Riquelme por Esteban Cambiasso. Y como siempre, lo más doloroso, son los no goles. De alguna forma, la albiceleste se las arregló para descontar en el descuento (perdonen la redundancia, nunca es válida), y en la última del partido la tuvieron. Tres argentinos y un esférico. Era el empate. La prolongación de la desgracia. La negación de la realidad. El sueño de un hombre. Por encima del larguero. Final. El fútbol es bello. Incluso si no ganan ni los alemanes ni los mejores.

Cristiano Ronaldo también está en esa lista de mejores que no ganan. Mundiales al menos. Cavani se encargó de apear a los lusos con dos joyas. El primero de banda a banda, Edinson – Luis, Luis – Edinson. Cavani emula a Batistuta y con el rostro la envía al fondo de las redes. Le duele. No le importa y celebra. Es inentendible, pero en el fútbol, cuando se marca gol, el dolor desaparece.

El segundo fue sencillo. Un pase, cruzas el balón al palo lejano, el portero se estira como Reed Richards pero no llega, y cantas el de la ventaja. Pepe había empatado de testa, pero eso es intrascendente. Todo lo que haga el equipo perdedor es intrascendente, excepto para ellos y sus hinchas. Uruguay ganaba. Uruguay a cuartos de final. Uruguay – Francia. Adiós Messi. Adiós Cristiano. Si existe un Dios del fútbol, él sabrá lo que hace. Si no, sonrían; sin alemanes, sin Messi y sin Cristiano, nada puede ser peor.

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Rusia, día 15: yo usted compro a Yerry Mina

Cuando el crack de un equipo sale por lesión, los nervios se disparan, el miedo se apodera de las piernas, y el sudor comienza a sentirse como una sustancia helada ajena a nuestro cuerpo. Y además, Colombia no jugaba muy bien en el momento en que James Rodríguez fue sustituido. El aroma a desgracia superaba al del café. Superman había muerto y debían encomendarse a alguien más para salvar el partido. Pasaban los minutos y Senegal ganaba espacios, presionaba, apretaba pero el gol no caía. Y en eso apareció Yerry Mina en un córner. De nuevo el zaguero del Barça, con una gran etiqueta de “en venta” en la espalda, abría el melón. Fue marcar y el pánico cambió de bandera. Ahora los africanos eran los desesperados. Y así terminaron, llenos de rabia, porque algo tan estúpido como unas tarjetas amarillas les dejaron fuera del mundial.

Esa misma regla absurda, solo superada por la moneda al aire en caso de empate, le dio a Japón el pase a siguiente ronda. Los nipones caían uno cero y decidieron apoderarse del balón y dejar correr del tiempo. Un acto de valentía suprema, encomendarse a la suerte, a otros, y no buscar el resultado por ellos mismos. Tener fe en la ineficacia de los delanteros de otra selección y no confiar en los de uno para buscar goles, eso es ser valientes. Salir a buscar el resultado y perder es fácil, sentarse y esperar que el tornado no pase por tu casa es lo difícil.

Un dato insignificante. Túnez marcó el gol 2500 en copas del mundo. Inútil por completo, como una de esas medallas que te dan en los videojuegos por morir mil veces. O inútil como quedar eliminado con una victoria. Cosas del fútbol que uno no entiende pero llenan de felicidad a los que saben que “patria es la selección nacional de fútbol”.

Del Bélgica – Inglaterra me quedo con tres imágenes. El gol de Januzaj, un reflejo de la calidad de este equipo y de cómo en una jugada pueden inventarse un gol. Cosa de artistas: llenos de talento y destinados a fracasar. La segunda es la celebración de Batshuayi. Ese balón que golpeas con furia, se estrella en el poste y termina en tu rostro; no es el karma, sino un augurio, una imagen de lo que será el futuro de Bélgica, algo que ocurre cuando nadie está mirando y quienes lo ven no le prestan importancia. Y la tercera es Inglaterra. La que no necesita de nadie para hacerse daño. Solo eso. Inglaterra.

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Rusia, día 14: adiós Alemania (con una sonrisa de oreja a oreja)

La desgracia de unos es la felicidad de otros. Así de jodidos son el futbol y la vida. A México le bastaba un empate para pasar, y terminó por tragarse tres goles. El primero gracias a una asistencia fortuita producto de un pésimo intento de remate a puerta, otro de penal, y el último un autogol. La suerte se cebó con ellos, la eliminación estaba a la vuelta de la esquina, Suecia volvía a ser Suecia sin Ibrahimovic, o quizás era Zlatan quien no permitía a Suecia ser Suecia. No es que a México le importase nada de esto. Como tampoco le importa si algún imbécil se sentó a pensar después de terminado el partido si la victoria frente a Alemania fue gracias al pésimo desempeño de los teutones, y los aztecas seguían siendo esa selección de segunda línea con una hinchada que la considera de primera. México tenía pie y medio fuera, solo faltaba un gol de Alemania.

Y llegó el minuto noventa. Los teutones no podían con la defensa coreana. Pero el gol debía caer en algún momento. Era Alemania, seguro lo reservaban para el último momento. Entonces ocurrió. Si tenemos El Milagro de Berna, también debemos enmarcar en la historia La debacle de Kazán. Si aún hoy hablan de la victoria frente a uno de los equipos que revolucionó el fútbol moderno (los mágicos magyares por si alguien se pregunta), también es necesario hacer un paréntesis en la derrota frente a Corea. Supongo sea el karma. Le clavas siete a Brasil en su casa, ganas el Mundial, y a los cuatro años te eliminan del mundial México y Corea. Es que parece un chiste, uno de esos “te imaginas si…”. Buenas noticias. Ya no es necesario imaginarlos. Dos goles asiáticos en el descuento, para que sepan qué se siente.

Brasil no logra quitarse la presión de encima, y Neymar, aunque más suelto y participativo, aún está nervioso. Una vez más tuvo que ser Coutinho, con una asistencia de lujo, quien ayudase a abrir el melón. Es como Messi con Argentina. Uno no decide ser líder, el líder es el que sin proponérselo, abre el camino para su equipo. Ese es Coutinho. Ney lo intenta, pero no está en él. Al menos de momento. Con el 2-0, Brasil no solo eliminó a Serbia, también cuajó la sonrisa de México en una mueca. “Otra vez nos quedamos en octavos, qué diferente si hubiese sido Suiza”. Mentira. Suiza también les compraría el boleto a casa. Es el destino de los aztecas.

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Rusia, día 13: Mariano Closs pedía que lo expulsaran de la selección de por vida

A nadie se le había ocurrido servir un descafeinado durante todo el mundial. Una pena, existen pocos placeres como un cero a cero durante noventa minutos. Ese instante en que el árbitro decreta el final del encuentro, nos sentimos llenos, el deber cumplido, el tiempo perdido como Dios manda. Ni deseos dan de levantarse del sillón, del sofá, del trono de turno. Por eso, Francia y Dinamarca, que nada se jugaban después del gol de Carrillo, decidieron tomárselo con calma. Unos simulaban ataques, otros hacían como si reaccionaran.

Perú salvó la honra, anotó par de veces y al menos se lleva un buen sabor de boca a casa. Eliminados pero con un juego vistoso. Un cadáver hermoso. Lo miramos, sonreímos y pensamos “al menos en vida fue lindo”. Pero se terminó. Perú se fue como todo el mundo debería morir: sonriendo.

Lo bueno de abrir el día con un descafeinado es llegar a la tarde con unas energías que no tienes idea de dónde vienen. Juega Argentina. El mundo se detiene ante el partido. Los messiboys porque podría ser el último partido de su Dios; los seguidores de Cristiano, más radicales que los cristianos de la inquisición, por pura envidia. Sin embargo, el resto del mundo también está ahí; llámenlo curiosidad, tiempo libre, amor al fútbol. Como sea, dedicarán noventa minutos de su vida (más el descuento, más el descanso) a ver qué hacía el supuesto mejor jugador del mundo. Comienza el encuentro.

Solo hay ganas, deseos, furia, ansiedad. No hay ideas. Excepto Banega, nadie sabe qué hacer con el balón. Mascherano las pierde todas, a Messi lo muelen a puro músculo y Di María es un espantapájaros clavado en el campo. Hasta que Banega envía un balón largo y Messi obra su primer milagro. Luego hará otro y dejará a Higuaín a medio centímetro de marcar, porque de eso vive el Pipa, de estar siempre ahí y no hacer nada, es un Dios benévolo que prefiere no inmiscuirse en cosas de mortales. Pero en ese primer milagro, Messi controla, remata y cae de rodillas. Iluminación divina. Dios es argentino. El papa también.

Argentina se ahoga, no propone, no tiene ideas. Y es ridículo pensar que existe un solo Dios. Los nigerianos apelan a sus deidades y con el apoyo del VAR, un penal aparece tras una nube de humo. Inexplicable e incomprensible. Más tarde a Mascherano, que cometió la pena máxima, le sangra el rostro y el árbitro hace como que no lo ve. Cosa de brujos, solo ellos toman la sangre para obtener un beneficio. Lo que sea con tal de no aceptar lo mal que juega Argentina.

Y empieza la desesperación. Nigeria planta el autobús frente a su arco y Argentina se estrella una y otra vez. Higuaín vuelve a fallar otra clara. Y aun así sus compañeros de selección lo bancan. Es como si sus fallos reivindicasen la idea de que sí es posible hacer goles. Faltan diez minutos para el final y Agüero entra por Tagliafico. Es ahora o nunca. Es ahora. Sin aspaviento alguno, Rojo encuentra un centro al área, le pega sin mucha potencia, y el balón termina en el fondo de las redes. Ni Messi, ni Higuaín, ni Mascherano, ni Agüero, ni Di María. Rojo. Ese que Mariano Closs pedía que lo expulsaran de la selección de por vida.

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Rusia, día 12: ¿estamos en el descuento? Nos vamos al VAR

Mientras Egipto y Arabia Saudí disputaban tres punticos de maquillaje, Uruguay y los anfitriones se jugaban las mayores probabilidades de llegar a cuartos de final, o en otras palabras, evitar a España a cualquier precio. Los uruguayos guardaron la pólvora para el momento oportuno y volar por los aires las expectativas de los rusos. Un 3-0 contundente que vuelve a colocarlos como una de esas selecciones que no aparece en ninguna quiniela pero nadie quiere cruzarse con ella. Del otro duelo, datos interesantes que a nadie le importan, nada aportan y aun así son interesantes: Salah se va con dos goles pero Egipto no logra ni un punto; un portero de cuarenta y cinco años paró un penalti y de todas formas perdió; y Pizzi le ganó el duelo a Cúper. Ni idea de si esto hará felices o no a los chilenos.

Lo mejor del día fue el tiempo añadido después de los noventa minutos de los duelos Irán – Portugal y España – Marruecos. Los españoles vieron con espanto como en dos ocasiones iban debajo en el marcador. Ramos y Piqué no han sido muy seguros en este mundial, es lo que pasa cuando no renuevas la defensa de tu equipo, o quizás solo sea consecuencia de expulsar al técnico a menos de dos días del partido inaugural. Tiempo de descuento y la derrota parecía inminente, pero un taco sutil de Iago Aspas subía las tablas. O no. “Hay que ir al VAR a revisar”. En el otro encuentro, Portugal gana por la mínima gracias a un trallazo de Quaresma. También estamos en el descuento y nadie recuerda el penal fallado por Cristiano. Los lusos evitan a Uruguay y se sienten seguros en cuartos de final. O no. “Nos vamos al VAR por posible penal a favor de Irán”. Y todo esto al unísono. El universo del fútbol detenido. ¿El motivo? Los árbitros dejaron de ser los Dioses que podían equivocarse y no pasaba nada. Ahora los Dioses pueden errar tecnología mediante. E igual no pasa nada. A la salida del VAR todo queda definido. Es válido el gol de España. Penal para Irán. Vuelve la paridad al marcador. Y llega el momento que define al fútbol, los no goles. Los fallos dejan una marca mucho más duradera en la memoria que los goles. Higuaín solo ante Neuer en 2014. Morales a puerta vacía en la fase de grupos frente a Senegal en 2002. Batistuta la estrella al poste frente a Holanda en 1998. Forlán la estrella en el poste, en el descuento, frente a Alemania en 2010. Solo Trezeguet falla en la tanda de penales de la final frente a Italia en 2006, o Baggio en 1994. Haga su lista de goles y no goles, y valore cuál recuerda más. Pero no olvide poner ahí el fallo de Mehdi frente a Portugal en 2018; en el descuento. Los iraníes y portugueses se lo agradecerán.

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