Rusia, día 13: Mariano Closs pedía que lo expulsaran de la selección de por vida

A nadie se le había ocurrido servir un descafeinado durante todo el mundial. Una pena, existen pocos placeres como un cero a cero durante noventa minutos. Ese instante en que el árbitro decreta el final del encuentro, nos sentimos llenos, el deber cumplido, el tiempo perdido como Dios manda. Ni deseos dan de levantarse del sillón, del sofá, del trono de turno. Por eso, Francia y Dinamarca, que nada se jugaban después del gol de Carrillo, decidieron tomárselo con calma. Unos simulaban ataques, otros hacían como si reaccionaran.

Perú salvó la honra, anotó par de veces y al menos se lleva un buen sabor de boca a casa. Eliminados pero con un juego vistoso. Un cadáver hermoso. Lo miramos, sonreímos y pensamos “al menos en vida fue lindo”. Pero se terminó. Perú se fue como todo el mundo debería morir: sonriendo.

Lo bueno de abrir el día con un descafeinado es llegar a la tarde con unas energías que no tienes idea de dónde vienen. Juega Argentina. El mundo se detiene ante el partido. Los messiboys porque podría ser el último partido de su Dios; los seguidores de Cristiano, más radicales que los cristianos de la inquisición, por pura envidia. Sin embargo, el resto del mundo también está ahí; llámenlo curiosidad, tiempo libre, amor al fútbol. Como sea, dedicarán noventa minutos de su vida (más el descuento, más el descanso) a ver qué hacía el supuesto mejor jugador del mundo. Comienza el encuentro.

Solo hay ganas, deseos, furia, ansiedad. No hay ideas. Excepto Banega, nadie sabe qué hacer con el balón. Mascherano las pierde todas, a Messi lo muelen a puro músculo y Di María es un espantapájaros clavado en el campo. Hasta que Banega envía un balón largo y Messi obra su primer milagro. Luego hará otro y dejará a Higuaín a medio centímetro de marcar, porque de eso vive el Pipa, de estar siempre ahí y no hacer nada, es un Dios benévolo que prefiere no inmiscuirse en cosas de mortales. Pero en ese primer milagro, Messi controla, remata y cae de rodillas. Iluminación divina. Dios es argentino. El papa también.

Argentina se ahoga, no propone, no tiene ideas. Y es ridículo pensar que existe un solo Dios. Los nigerianos apelan a sus deidades y con el apoyo del VAR, un penal aparece tras una nube de humo. Inexplicable e incomprensible. Más tarde a Mascherano, que cometió la pena máxima, le sangra el rostro y el árbitro hace como que no lo ve. Cosa de brujos, solo ellos toman la sangre para obtener un beneficio. Lo que sea con tal de no aceptar lo mal que juega Argentina.

Y empieza la desesperación. Nigeria planta el autobús frente a su arco y Argentina se estrella una y otra vez. Higuaín vuelve a fallar otra clara. Y aun así sus compañeros de selección lo bancan. Es como si sus fallos reivindicasen la idea de que sí es posible hacer goles. Faltan diez minutos para el final y Agüero entra por Tagliafico. Es ahora o nunca. Es ahora. Sin aspaviento alguno, Rojo encuentra un centro al área, le pega sin mucha potencia, y el balón termina en el fondo de las redes. Ni Messi, ni Higuaín, ni Mascherano, ni Agüero, ni Di María. Rojo. Ese que Mariano Closs pedía que lo expulsaran de la selección de por vida.

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Acerca de Javier Montenegro

Estudiante de periodismo
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