¿Qué piensan los locos?

El ser humano tiene un hábito pésimo: buscar una respuesta para todo. De ahí que tantas ramas científicas se basan en conjeturas y muy poco aportan al conocimiento. En los peores casos, surgen tesis a partir de las cuales una serie padecimientos pueden explicarse, y en apenas unos años se desmoronan todas esas ideas. No, no hablo de la medicina, sino del estudio de la psiquis.

Alguien determinó que la locura, en todas sus facetas, era una enfermedad. La hecatombe. “Fulano está loco”, esa es la mejor justificación para alguien que no piensa igual al resto o que se aparece con un diálogo fuera de guión. Hay que ignorarlos porque lo que dicen no tiene sentido; eso es de conocimiento popular.

Y si alguien les dedica un poco de tiempo y reflexiona a partir de sus palabras… ¡uf! los riesgos de contagios son muy serios. En Guanajay la tasa de locos per cápita es alta y con clasificaciones muy curiosas. Estos personajes siempre deambulan por el pueblo como figuras necesarias. Su ausencia podría compararse con un cake sin merengue.

Cierto borracho recorre la calle Joaquín Aramburu gritando que él es Jesucristo, Alá y diez mil personas más. Judoca reconocido antes de caer en desgracia con el alcohol, aún reconoce a las personas y sabe dónde viven algunos de sus viejos conocidos, pero lo más raro es que no deja de pedir “agua de la pila”. Es inofensivo pero un poco peligroso.

Otro tiene alma de voceador y se encarga de informar las rutas de los camiones y almendrones. Sus gritos se oyen a más de trescientos metros, lo que es muy útil para correrle al transporte incluso cuando no lo ves.

Hace unos años, en un banco del parque vivió por seis meses otro ido; alguien lo afeitaba cada cierto tiempo y lo colocaban en la esquina que se convirtió en su territorio. A veces asustaba a los niños con un “bu”. Un día desapareció.

Algunos han pasado a mejor vida. Quizás Dios reserve un espacio para ellos en el Paraíso, porque sería muy injusto enviarlos al caldero por pecados que ni conocen. Santanilla andaba bajo el sol con su sobretodo indestructible vendiendo medicinas antes de cruzar el charco, y la come pelo del pueblo también nos dejó hace años. Sus locuras radicaban en ser diferentes del resto de los guanajayenses. Quizás confundimos su padecimiento con otras enfermedades provocados por la sociedad. Hoy en día cualquiera puede formar parte de este club.

Como les dije arriba, a ellos no se les puede escuchar. Un día, mientras esperaba en una parada de guagua, un loco hablaba sin parar. Ahí estaba él, enlazando ideas sin sentido, mirando a todos, buscando a alguien a quien contar sus historias. Soy chismoso por naturaleza; cuando me aburro a causa del transporte público, me entretengo con las conversaciones ajenas, y este compañero no fue la excepción. En cierto momento comenzó a vociferar que él era uno de los descamisados. Bien jodido terminaste, pensé.

Clavé la vista en el suelo y lo escuché. Siguió con sus anécdotas de guerrero mítico y sus narraciones comenzaron a tener sentido. La última que pude escuchar hablaba de cómo se enfrentó a un contrarrevolucionario después del primero de enero del cincuentainueve. En par de ocasiones miré sus ojos. Eran inmensos y vacíos, carentes de cordura; no escudriñaban a las personas ni transmitían sensación alguna.

“Lo perseguí por las montañas, intercambiábamos disparos a cada rato hasta que lo acorralé en una cueva. Busqué un buen sitio para cubrirme y vigilar la entrada y le disparaba de vez en cuando para que supiera que yo estaba ahí. Conté sus disparos hasta que se le acabaron, tal arma era de tantas balas, contando todos los cargadores. Entonces me dirigí a la boca de la cueva para buscarlo.”

Se quedó callado demasiado tiempo, y me dio por levantar la vista. Estaba mirando al piso. Sus ojos estaban distantes, en una época lejana y que le traía algún recuerdo trascedente. “Cuando tú matas por primera vez, es de pinga. Te pasas dos, tres, cuatro noches sin dormir. Pero cuando vuelves a apretar el gatillo… es como si te tomaras una cerveza, y otra y otra”.

En eso llegó la guagua.

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Acerca de Javier Montenegro

Estudiante de periodismo
Esta entrada fue publicada en Crónica, Guanajay y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

11 respuestas a ¿Qué piensan los locos?

  1. albita dijo:

    Ay, no sé bien por qué pero me dolió este post.
    “Hay un placer en la locura que solo el loco conoce”, decía mi amigo Daymel.

  2. izmatopia dijo:

    el final, soberbio!

  3. Bene dijo:

    Interesante recurso Javico!!! Muy bien logrado el final…de hecho te demeritaria que fuera real y no fruto de tu imaginacion. Por demas si era descamisado no es que que haya acabado mal, sino incluso que comenzo mal…los descamisados eran un peloton de castigo en la columna del Che.

  4. no veo por qué tiene que dolerte. No cargo contra los idos…

  5. gracias?? jejejeje, te veo con un látigo.
    Bne, termino mal mi hermano, ¿el que comienza y termina una guerra como soldado está jodido? no lo creo…

  6. albita dijo:

    claro que no ves por qué tiene que dolerme, son razones muy personales. Tampoco me parece que cargues contra los “idos”…El post me gustó, puedes tenerlo por seguro.

  7. Luis dijo:

    Muy bueno el post me gusta bastante todo lo que escribes, y al igual que tu soy del wanajo, quiero hacerte una pregunta, por que no has escrito nada acerca del problema que hay con el hospital de nuestro pueblo, no se me gustaria saber tu criterio sobre ese tema.

  8. dame un tiempito y lo hago

  9. Elisandro dijo:

    Coincido con Albita, a mi también me resulta doloroso. Aunque relativamente distante en la memoria del cubano (yo no la he vivido), la guerra en cualquier intensidad o matiz siempre deja profundas huellas en los seres humanos. El precio a pagar por cualquiera de las partes involucradas siempre es demasiado alto, aún cuando haya un “ganador”. Saludos Javier.

  10. Es doloroso terminar así… y también ver a quienes terminaron as´. pero más allá de contarlo, no podemos hacer mucho. Compadecernos, nada más.

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