Secretos de cocina

Ojos que no ven, corazón que no siente; y si cambias un órgano por otro, podría ser el estómago. Cuando vemos o nos enteramos que nuestra comida sufrió algún percance higiénico, la rechazamos; da igual si es caviar o huevo frito lo que estamos comiendo. Sí, preferimos no ingerir ni un bocado, siempre y cuando no estemos en el pre-universitario ni cumplamos con el Servicio Militar Activo; en esos casos comemos lo que sea, como sea y a la hora que sea.

El primer choque con la surrealidad culinaria cubana lo tuve en Humboldt 7, la vocacional del este de la antigua Habana, hoy Artemisa. Los grandes misterios deben permanecer ocultos, pero eso no ocurrió con las tortillas verdes de nuestro comedor; aquel manjar extravagante ponía todas las neuronas a funcionar. ¿De qué eran los huevos? ¿Qué le echaban para obtener esa coloración? Un día, una puerta entreabierta puso fin a nuestras dudas, pero no a nuestro apetito. El jarro donde se batían los huevos era verde musgo, la humedad había creado unas hermosas costras que se desprendían y teñían de un color único nuestra comida.

A este pequeño episodio podemos agregarle el multiuso de los cubos: para trapear los pisos y transportar frijoles ya elaborados; o las cenizas de cigarro que las tías de cocina dejaban caer sobre el arroz; o las judías acompañadas de gusanos, para aumentar nuestra dieta en carnes; o las colas de verraco en los días festivos (¿qué hacían con el resto del puerco que solo nos daban la cola?). Comí los huevos fritos más horribles y me enteré que los medallones no solo se llevan en el cuello, también son una suerte de masa cárnica con mucha harina. Por desgracia, allí conocí la proteína vegetal, picadillo insípido y que cada viernes me zampaba con un hambre que no la brincaba una cabra montañesa.

Ninguna de estas historias superó la imagen más dolorosa que me llevé del pre; se trata de la caída de unas gotas de agua sobre la fuente del arroz. Es más trágico de lo que imaginan. El H2O provenía de la barbilla de una de las tías de la cocina que se empinaban un vaso de metal; vale aclarar que estas gotas caían después de recorrer unos labios y pieles bien arrugados.  Sí, también me comí el arroz ese día.

Las historias del verde son tan fantásticas como las anteriores. El multiuso de los cubos parece estar establecido en todas estas instituciones. Un día estaba de limpieza en la cocina, cuando uno de los cocineros me pidió el haragán para revolver los boniatos; vi con horror, en el mes que trabajé como almacenero, como la mermelada se podría por no existir un freezer y aún así la servían a los soldados; jamás logré explicarme la reducción drástica que el pollo sufría en la caldera, ni la elaboración del arroz sin una gota de aceite, ni la presencia de los casi-podridos huesos del potaje. A veces el puerco se hechaba a perder porque había que cumplir con el menú establecido días anteriores y no había dónde guardarlo.

En el servicio militar comí tierra, literalmente. Nunca supe qué tenía la sopa de sustancia, ni de qué era el picadillo. En una ocasión desayuné, en pleno junio, arroz con suerte, acompañado de un rico e hirviente té de hojas de naranja; infusión le llamaban ellos. Nuestros estómagos quedaron traumatizados. Los domingos, cuando nuestros progenitores nos visitaban y nos permitían deleitarnos con el plato favorito de mamá o papá, siempre terminábamos en las letrinas, con dolores y fugas masivas de líquidos; era una estrategia para debilitarnos, o al menos eso creía en mi paranoia.

Por suerte, en Humboldt 7 estaban las reservas de galletas con mayonesa y refresco Piñata, en el verde, a lo sumo podías llevar dos panes en el bolsillo y algo de agua/refresco en la cantimplora. Fueron tiempos difíciles, pero la experiencia es necesaria; hoy sé a qué atenerme cuando efectúo almuerzo o comida en cualquier comedor que no sea el de mi casa o uno donde no pueda entrar a la cocina y mirar; si a cada rato le suelto un “¿tú le echas eso a la comida?” a mi mamá, ¿ustedes se imaginan qué harán esos que especulan de ser artistas culinarios? Pan con huevo frito, eso es lo mejor que se ha inventado.

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Acerca de Javier Montenegro

Estudiante de periodismo
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8 respuestas a Secretos de cocina

  1. misencuadres dijo:

    Puakkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkk 😀 Menos mal que comí antes de leer esto. Como que este post le sigue mucho la campañita al enemigo jejejee

  2. albita dijo:

    Cuando entré en el pre conocí a Paloma, una perra rotweiler, grande y fea como loco, que vivía en los alrededores de la cocina y limpiaba la parte de atrás de los albergues, o sea, se comía todo lo que tirábamos. Un día ya no vi más a Paloma y pensé que se había ido por ahí o se había muerto. Justo
    entonces empezaron a dar en la comida esos medallones que no se usan en el cuello y que sabían “raro” cantidad. Entonces, al chistoso del grupo se le ocurrió decir : !ay, este medallón tiene cara de perro!, y todos entendimos qué había pasado con Paloma.

  3. Darío Alejandro dijo:

    Asere, ¿Mira que tu eres ocurrente? Venir al blog a contar las cochináaassss de chamas jaaja

  4. Mar dijo:

    jajajajajaja, no pasé el servicio, pero en el pre la proteína vegetal me traumatizó.

  5. Elisandro dijo:

    Ja ja ja y todavía hay quien dice que todo tiempo pasado fué mejor ja ja ja, experiencias inolvidables. A ti como que el calor del trópico te está matando Javier, se te ocurre cada cosa ja ja ja.

  6. mil gracias compadre, jejeje, no sé, es la forma en que más disfruto escribir. contando esas vivencias q no hay quien crea

  7. victor m sosa dijo:

    picadillo de huevo de toro decian tambien … cuando tocaba fregar en el comedor ufff

  8. Cualquier cosa es posible en las cocinas cubanas. Se verán horrores, se leerán.

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