Viejos fracasos I

Casualidades de la vida. Me encontré a Omarito Villa en la parada por donde pasan las camionetas y guaguas para La Habana. Coincidimos en Santo Tomás en varias ocasiones y la espeleología es motivo suficiente para trabar amistad, o al menos, mantener una relación cordial con el gremio. Así me enteré de un viaje a Majagua-Cantera, el segundo sistema cavernario más grande de Cuba y donde se encuentran dos joyitas de espeluncas: Caín y Abel.

Nelson y su hijo Ernesto, y yo, acordamos estar en la autopista para unirnos en la travesía. Villa es profesor de la CUJAE, no recuerdo la asignatura; organizó el viaje con un grupo de estudiantes. Cerca de cuarenta personas iban en aquel camión, que como de costumbre, nos cobraba cincuenta pesos. Por eso el profe había ido a Guanajay, a buscar transporte.

Más allá del quinto infierno, después de cruzar tres puentes de madera crujiente y movediza, llegamos a Pedro Bienvenido, una comunidad atada a la fatalidad geográfica. Enfilamos hacia el monte, pedimos indicaciones a un guajiro y llegamos al Salón de los gigantes: el nombre lo dice todo. Un río salía de la cueva y cerca de allí acampamos. Llegamos un viernes y nos íbamos el domingo. Nosotros tres armamos nuestro campamento particular, pusimos cuatro piedras en la tierra de la cueva frente a nuestros dormitorios y ya estaba lista la fogata.

No queríamos perder tiempo y en un primer grupo de aventureros, nos adentramos en un tubo con agua y fango, porqué allí no había ni una formación: ni estalagmitas, ni estalactitas, ni helictitas, ni lámparas, ni paletas, NADA. Solo barro. Para llegar a esa galería, de nombre 20 aniversario (sabe Dios de qué se celebraban 20 años), había que salir a un hoyo primero para luego adentrarse en la tenebrosa cueva. No es un adjetivo de a porque sí, una caverna sin formaciones es como una parada desierta.

Llegamos a un río interno y como es lógico, solo podía cruzarse a nado. Nelson me dijo “si tú quieres cruza, pero estoy seguro de que no hay nada más allá, esta no es la cueva que nos dijo Osvaldito”. Pero no escuché. Nadando como un perrito empampé mi uniforme de militar para darle la razón al papá de Ernesto. Y después de estar medio seco y medio congelado volví a entrar al agua para regresar.

Osvaldito es otro de mis amigos del Grupo Guamuhaya. Fue él quien nos dio las luces de Caín y Abel. “Cuando salgan del Salón de los gigantes por el hoyo, cojan izquierda, todo el tiempo izquierda. Después de pasar por otros dos hoyos debe estar la cueva”. Y con esa explicación dimos quinientas mil vueltas para no encontrarla. De tanta exploración obtuvimos pocas cosas: otra boca en el mogote de trescientos metros de profundidad, un cansancio de muerte, un tocororo que intentamos fotografiar, y una picada de avispa en la nariz para mí. Al insecto no se le ocurrió otro sitio donde atacar.

¿Cómo pasó? Intenté fotografiar al ave nacional de esta isla y para estar más cerca subí a unas formaciones del mogote. Allí había una columna natural a la cual me agarré con una mano y con la otra intentaba tirar la foto. Sentí un dolor violento en el rostro y caí de espaldas; poca altura. Por suerte, el casco, tan necesario para todo espeleólogo, me protegió de la prima de la abeja; con el desequilibrio se me cayó de la cabeza y se llevó consigo el molesto aguijón. El dolor no era tan terrible, pero las lágrimas estaban de festival; la nariz es una zona demasiado sensible.

Entre los estudiantes de Omarito había un vietnamita; ¡qué clase de jodedor! Se pasó los dos días en casa del guajiro y cuando salió de la cueva soltó una frase que nos causaría muchos problemas: “¡Qué clase de mierda la cueva esa!”. Pero embelequeros al fin, los estudiantes cubanos nos atribuyeron la frase a nosotros y aquello casi termina como la fiesta del guatao. Por suerte, otro grupo, esta vez de uruguayos, nos defendió y cortaron de cuajo el asunto, junto con Nelson.

La primera noche cocinamos unos espaguetis a fuego lento; una pequeña llama brotaba de las piedras y cuatro palos con muy pocos ánimos de preparar nuestra comida. Cuando por fin se ablandaron, los mezclamos con unas sardinas en tomate; por algún motivo no limpiamos el cacharro, no teníamos tanto apetito. Como todo pueblo del fin del mundo que se respete, Pedro Bienvenido tenía perros; nos sobró comida y se la dimos a un explorador canino que nos montaba guardia antes de sacar del sobre la pasta italiana: tenía hambre, pero no era tan flaco.

Dormí como un niño esa noche, sin imaginar que al día siguiente sería mí encuentro con la avispa. Después de la picadura, estuve durmiendo tres horas más; pero mi nariz no se inflamó, hubiese sido un espectáculo grotesco.

La última noche la pasamos hablando con los uruguayos;  después del pequeño altercado se sentaron junto a nosotros. La nacionalidad no fue un obstáculo para caer en el monotema, el número uno en el “top ten” de conversaciones cubanas: la política y la situación del país. Pero por increíble que parezca, todo quedó en un intercambio de opiniones. Ellos eran de ese sector beneficiado por la obra de la revolución en otros países, esos de los que uno siempre oye hablar pero nunca conoce.

Eran hijos de campesinos, no eran del estrato más bajo ni de los sectores más pobres, según sus propias palabras, pero las ganancias de sus padres no les permitían estudiar una carrera universitaria en su país. Cuba les dio una oportunidad, sí, ese discurso manido que tanto nos jode cuando lo escuchamos por el noticiero, o cuando es titular en nuestra prensa plana. Solo cuando se tiene delante a esas personas uno comprende; después de 50 años, ¿cómo es posible que el periodismo de este país no comprenda la necesidad de contar esas historias? Y no colocando a nuestro país como protagonista, como haz de luz que baja del cielo e ilumina a los desvalidos, sino contar las historias como son.

Me fui del tema, esto era una crónica de viaje, de uno que fracasó. Aún espero por mis amigos espeleólogos para ir a Caín y Abel; se ha prolongado porque si no es con transporte pagado de antemano, no hay manera humana de llegar a esa comunidad.

Pobre, muy pobre, esa es la única palabra que la describe. Un círculo social que en las noches sirve de discoteca, un bar-cafetería y nada más, tan tenebroso como “El cuervo” de Poe. Un sitio donde las tiñosas se posan sobre postes, donde el único divertimento es salir a conversar con los conocidos, donde solo una vez al día pasa un transporte para salir o entrar… debe ser difícil vivir ahí.

El domingo regresamos. Cuatro fotos, mi primera picada de avispa, y una historia para el blog; ese fue el balance final. Más que suficiente.

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Nelson a la entrada (o salida) de la cueva. Foto: Javier Montenegro

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Las avispas de la muerte. Foto: Javier Montenegro

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Termitas, primas lejanas del comején. Foto: Javier Montenegro

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Una lagartija lista para saltar. Foto: Javier Montenegro

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Hormigas descuartizan una hoja. Foto: Javier Montenegro

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Dominó de cueva. Foto: Javier Montenegro

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El sol por la entrada de la cueva. Foto: Javier Montenegro

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Honguitos para Super Mario. Foto: Javier Montenegro

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El mal agüero en espera de la comida. Foto: Javier Montenegro.

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Helecho rodea una formación secundaria. Foto: Javier Montenegro

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Acerca de Javier Montenegro

Estudiante de periodismo
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5 respuestas a Viejos fracasos I

  1. eldavixxl dijo:

    no tenias fotos de la picada en la nariz????? q ademas no sé por qué te preguntaste eso, logicamente cualquiera q te vea se da cuenta q la avispa pico lo mas facil, jajajaajaj

  2. izmatopia dijo:

    pobrecito flaco! 🙂

    no es por nada pero las avispas son bellas, aunque te haya picado una, en la foto son bellas.

  3. Anónimo dijo:

    Tal ves el único divertimento no sólo es salir a conversar con los conocidos….ah por cierto que honguito mas lindo!

  4. y honguito dónde queda???

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