Más aventuras santiagueras: el extraño caso de la máquina que rellenaba latas de refrescos

Así es. Ni siquiera la experiencia en el baño del Acuario del Parque Baconao se acerca a lo vivido en la pizzería “La fontana de Trevi”. Traída desde Italia. Entré con Rafa para mirar los precios de la carta y darles el visto bueno. ¿Moneda nacional? ¿Con tanto nivel? ¿Crema de queso y pizza por menos de veinte pesos? Llamamos a Paola, Abel y Cyntia. Estábamos muertos del hambre tras pasar toda la tarde en Cayo Granma; eran las ocho de la noche, poco más, poco menos, y aquel restaurant en la calle Enramada prometía llenarnos por un precio módico.

Nos sentamos, hicimos el pedido y solo quedaba esperar. Estaba cansado y no veía la hora de ducharme. A todos nos trajeron la crema de queso (bastante buena) y nos quedamos esperando por las bebidas. Refrescos y maltas, nadie estaba para un trago a esa hora. Como siempre, pedí cola; el resto pidió naranja. La camarera solo trajo latas rojiazules de TuKola y los fue sirviendo en los vasos. Mis amigos protestaron, pero ella les explicó que no tenían existencias de otros refrescos, solo tenían ese sabor. “No importa”, pensamos.

Las pizzas llegaron, y como el primero le hinqué el diente. “Están buenas”, dije mientras me llevaba el vaso a los labios resecos. Una amalgama de sabores invadió mi lengua: tardé, tardé y tardé en darme cuenta. Era refresco instantáneo de cola con gas de dispensada. Lo comenté en la mesa, me miraron raro y degustaron la bebida. Decisión unánime. Aquello era un robo; estaba rellenado. “Protestemos”, dijo Abel, novio de Paola. Intenté convencerlo de lo contrario, no valía la pena, al final lo importante era matar la sed, no te preocupes, no somos los primeros estafados. Nada sirvió. Le comentamos el problema a la camarera y ahí comenzó el espectáculo.

Nos llevaron ante el administrador, vestido de ropa blanca y sombrero de cocinero. El insistía, con ingenuidad, que sí era de cola. La capitana me preguntaba si aquello sabía a piña, y en un instante me convertí en el hazme reír de la cocina. De pronto llegó un escaparate de músculos y con muchos ademanes me dejó claro qué debía hacer. Tomó la lata en sus manos, la colocó sobre su bíceps, y me dijo: “Esto no es un problema de nosotros, sino de Los Portales, cualquier reclamación, llama a este número, ¿está claro? Si no te cuadra, llama a la policía”. Todo el tiempo señalaba la etiqueta de “Atención al consumidor”, o sus cualidades físicas, no me quedó claro.

Resumí lo acontecido tras bambalinas en la frase “si no les cuadra, llamen a la policía”. El Rafa asintió, y mientras se levantaba me dijo: “No hay problemas, voy a buscar a la policía”. Tardó más de treinta minutos en volver con dos oficiales, y fueron los treinta minutos más largos de los últimos años.

Comenzaron a movilizarse a nuestro alrededor. Llamaron a otro compañero del exterior (del restaurant) dedicado por completo a las pesas y lo colocaron en posición estratégica. La camarera se acercó preocupada y le dije: “Tranquila, nosotros no nos vamos a ir sin pagar, pero ya fuimos a buscar a la policía”. ¡Horror! Todos se quedaron perplejos ante tales declaraciones. El tiempo pasaba, nos miraban como bichos raros, hasta que un señor mayor se nos acercó y con voz quejumbrosa nos preguntó qué pasaba.

Le explicamos todo. Y muy diplomático le pregunté si no estábamos en nuestro derecho de quejarnos. “Ahora vuelvo”. Asintió y se fue. ¿Y saben lo que pasó? Apareció el verdadero administraidor.

Mucha demagogia y todo lo habitual que conlleva el cargo. Sería tedioso resumir la conversación con el hombre. Él decía que no tenía nada que ver con el problema, y de manera astuta desviaba la atención de un lado a otro. Así estuvimos desvariando, con el escaparate de músculos detrás de mí; a cada rato se alteraba y yo erizado.

Entrada triunfal: Rafael llegaba al restaurant con dos oficiales. Pero la jarana no cambió ni con los uniformados. Ellos no tenían jurisdicción en el asunto y si bien evitaron con gestos y comentarios que la balanza se fuera a un lado… no quisieron ni lavarse las manos. Pero unas palabras bastaron para saber de qué lado estaban. El primer oficial probó el refresco, hizo una mueca y dijo: “sabe a cola y tiene gas, ¿por qué no lo dejamos ahí?”.

Casi una hora de discusión para nosotros, de burla para ellos. Que si nosotros éramos catadores de primer nivel; que si le pagábamos el pasaje a Pinar del Río iban con nosotros a presentar una queja a Ciego Montero; que si fuimos víctimas de un chiste con la suplantación de administrador. Pero fallaron. Su juego no estaba tan bien orquestado.

La camarera dijo que pedimos hablar con el cantinero. ¿Cantinero? ¿Aquí hay un cantinero? Sí. El fortachón que señalaba sus músculos cumplía esa función. Su alteración era lógica, el negocio de las latas rellenadas era de él. Después chocaron criterios sobre si se habían acabado los refrescos de naranja. Y a cada rato al administrador se le escapaban palabras sobre la dudosa calidad del refresco. Además, no había discusión sobre los golpes en los bordes de las tres latas.

Los oficiales se fueron y la situación se puso tensa. Las voces comenzaron a irse de tono. Rafael atajó la situación; escribió una queja en el libro de incidencias, el administrador se negó a firmarla por esto o por aquello, y nosotros pagamos los treinta pesos de refrescos. ¿Nos estafaron? Sí, en Santiago rellenan las latas con bazofia y se hacen los desentendidos. Al final les dijimos que éramos periodistas, para meter miedo, porque aún no cumplimos con las amenazas. Acordamos con el administraidor ir con él a levantar una queja a la oficina de comercio, pero las tareas típicas del cargo lo desaparecieron por 24 horas. Sí, levantamos la denuncia o algo parecido; para no caer en explicaciones burocráticas ¿sabía usted que los ciudadanos no  podemos demandar ni denunciar a una institución gastronómica?

En abril vuelvo a Santiago, esta vez con amigos musculosos, y fijo los voy a llevar a “La fontana de Trevi”. Para evitar intimidaciones, no para pelear; y claro, para tomar el rico refresco de cola.

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Acerca de Javier Montenegro

Estudiante de periodismo
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9 respuestas a Más aventuras santiagueras: el extraño caso de la máquina que rellenaba latas de refrescos

  1. El Kpi dijo:

    Me enganchó lo que escribiste… pero pienso algo… de verdad te dan ganas de ir de nuevo a esa fontana? Otra cosa, el juego de ellos “no estaba tan bien orquestado” pero de seguro ahí sigue, impermeable….

  2. mmmhhhh…. no sé, quizás para ver la cara del administrador cuando me vea reclamando de nuevo, jejeje. Pero por lo demás no.

  3. izmatopia dijo:

    pero flaco, después de tanto lío hasta pagaron los refrescos… no es fácil! les dieron la razón.

    Qué horror!!

  4. Abel y Paola dijo:

    sí javier, ve, y dile que nosotros le mandamos saludos, que nunca olvide la frase más famosa que ha dicho en su vida “es negro y tiene gas… es cola”!!!!!jajaja

  5. qué cosas pasan! y con esa impunidad terminaremos estafados todos… así que cuando el refresco sea negro, tenga gas, ¿ha que “dejarlo ahí” y pasarlo por TuKola? horor!!

  6. qué le vas a hacer?

  7. seguro, yo le doy salduos de todos nostros

  8. peores cosas se han visto… a mi no me extraña nada

  9. izmatopia dijo:

    no sé, no pagar los refrescos, fue una estafa! o no volver allí. Óyeme, es que ponen la otra mejilla.

    Si nadie se planta, siguen acaballando a todo el mundo y nunca se acaba el descaro.

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