Aventuras santiagueras

Cuatro días estuve en Santiago. Sí, cuatro. No me pregunten cómo pasaron tantas cosas. No hay manera de enlazarlas unas con otras, eran hechos aislados, pero todas nos llevan a una misma conclusión: en Cuba todo es posible. Santiagueros, no se sientan aludidos, esto pasa en cualquier sitio de nuestra mágica isla.

Cuando visité Cayo Granma, estuve cerca de treinta minutos montado en una guagua detenida por un camión inamovible. Los panaderos descargaban unos sacos de harina de este, y poco les importaba bloquear el transporte público. El chofer tampoco parecía preocupado, sentado con mucha calma en su trono, miraba la situación con una pasividad que me llenó de envidia y asombro.

No dejaban de estibar, como si una guagua del transporte público se detuviera ahí cada día unas dos horas. Por suerte, algunos recriminaron al chofer su actitud. No fueron los pasajeros, sino el resto de las personas que se vieron afectadas por el suceso. Motoristas y quienes iban al volante de otros vehículos iniciaron una sinfónica a golpe de claxon. Pero eso no es tan increíble. La noche anterior entramos a la maqueta de Santiago de Cuba, que por cierto, no acaban de concluir. Un sereno golpeó el cristal de la puerta para llamar la atención.

Lo ignoramos. Él insistió con más golpes al cristal, y nosotros, preocupados por sus nudillos, acudimos a la entrada. Un poco de llanto y mentiras, más el intercambio etílico, nos permitió visitar la maqueta santiaguera en la noche, una experiencia única. “El morro estaba por aquí ahorita mismo”, decía el guardia mientras señalaba la catedral. Pero ahí no terminaron los tumbos de esa noche. Antes de terminar en el Parque de Céspedes, con una guitarra y más de una acompañante de cristal, fuimos a La Casa de las Tradiciones.

El son impregnaba el lugar; las paredes estaban cubiertas de fotos: homenajes, visitantes distinguidos, figuras locales, y el elenco de Jura decir la verdad. Como siempre, permanecí tan inmóvil como un poste del alumbrado público. Un señor vestido de época me preguntó: ¿Argentino? Cubano, le respondí. ¡Ah!, dijo con el rostro desencantado.

El lugar era de madera, una casa colonial muy bien preservada y donde no más entrar, un letrero anunciaba: “Hablamos cantando y qué”. Junto a las fotos en las paredes, había algunas caricaturas, buenos chistes, y otros muy malos. Un patio cubierto por una enredadera de maracuyá daba un toque intimista al sitio, y que aprovechaban muy bien un foráneo y una nativa. Solo desentonaba un aire acondicionado encendido en una habitación cerrada. No me faltaban ganas de entrar a refrescar el calor santiaguero, pero al parecer, era para otros usos.

Entré a la casa y me recosté a una pared para estudiar a otro señor vestido de época, con sombrero incluido; llevaba demasiados años en las espaldas, y sus caderas daban muestra de debilidad. Una pareja de latinos intentaba moverse al ritmo del son, y él, en un acto de audacia, los separó. Al muchacho no le dio ni tiempo de protestar: una santiaguera de pura cepa ya lo había tomado del brazo y las caderas para bailar. Sonreí. El señor danzaba con una solemnidad que no encajaba con aquel sitio. Le faltaba la picardía de la vieja trova santiaguera; ella lo agradecía.

Para colmo de males, un mulato con dimensiones de guardarropa le dio un toque accidental al señor mientras bailaba. No le gustó aquello y le respondió con un empujón al hombre color canela. Al tercer intento fue que el bailarín gigante se sintió ligeramente desequilibrado. Lo miró, y junto a una sonrisa, le regaló un “caderazo”. Más de un minuto estuvieron forcejeando con toques, y yo sacando entradas para la fiesta del guatao. Pero nada pasó.

A mí me agradó el lugar, pero mis amigos salieron diciendo improperios del sitio.

Al otro día, tras dar el berro en el Parque de Céspedes con temas de trovadores que nunca recordábamos por completo, fuimos al acuario del Parque Baconao. Un año atrás, el show de los delfines y los leones marinos me había impresionado, así que regresé. No hay muchos peces raros, solos los que habitan a tres o cuatro metros de profundidad. Sus nombres científicos oscilaban entre cumunus pescadus y muycumunus pes. También tienen un estanque atravesado por un túnel donde las barracudas y tiburones gatas impresionan a los visitantes. Es un gran acuario, si tomas de referente al de La Habana.

En un estanque pequeño nadaban dos crías de delfín. Una de ellas estaba acostada en un descanso fuera del agua y se negaba a sumergirse ante la insistencia del guardia de seguridad. “Pobrecito, se va a ahogar”, dijo algún futuro periodista, y con espanto, viré la cara y no miré el rostro de esa voz, porque hubiera sido lo peor.

Esta vez el show no fue tan espectacular, fue rápido, pues unos extranjeros estaban listos para saltar a la piscina y tomar un baño con los mamíferos, con pulmones, que viven en el agua. Al día siguiente, al regresar de Cayo Granma, fui a una pizzería con Rafa, Cintya, Abel y Paola. Aquello sí fue Real y Maravilloso; mucho más que mi despedida del acuario. Cuando fui a al baño, el Rafa terminaba de evacuar y se disponía a salir. Cuando estaba orinando, el del microwave me preguntó: “¿Tú tienes un peso? Porque aquí hay una señora que no nos dejará salir a menos que paguemos”.

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Acerca de Javier Montenegro

Estudiante de periodismo
Esta entrada fue publicada en Crónica, Fotografía, Surrealismo y etiquetada , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a Aventuras santiagueras

  1. izmatopia dijo:

    la “insolencia” y el “desenfado” cubanos pasan de ser una característica encantadora que nos define como cubanos a un gran defecto cuando llega a esos límites (la guagua).

    hay que darle mérito al que te confundió con un argentino, a lo mejor te olió el fútbol, jajaja!

    sobre el cantar al hablar, tengo una duda que no es solo mía… cómo los habaneros se pasan un mes en Stgo y regresan cantando a la Habana y los santiagueros viven toda una vida en la capital y no progresan con el aguaje de nosotros?? se les queda el disquito en las cuerdas vocales y no dejan de cantar ni aunque les den candela O.O

    muy buenos nombres científicos, me arrancaste una carcajada!

    bueno, la señora estaba luchando su “estipendio” 😦

    muy buena crónica flaco!

  2. albita dijo:

    je je, me gustaron los nombres de los peces

  3. Anónimo dijo:

    He visitado la ciudad de santiago de cuba 4 veces y me encanta el caracter de las personas parese que soo les preocupa el dia y la noche me encanta son bien calientes y divertidos soy medico hace 26 anos en estados unido y me siento perfecto en mis vacations en santiago gracias santiagueros y santiagueras

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