El Cayo de la tranquilidad

cayo-granma-5En tres ocasiones he visitado Cayo Granma, y en cada una de ellas me he llevado una impresión diferente. El lugar es lo más parecido a esos pueblos pesqueros de leyenda, donde el mar es el único motor que impulsa a la comunidad y donde cada miembro tiene una historia que no le permite alejarse del agua salada. Aquí es parecido. Las personas no desean abandonarlo por la armonía que se respira. La tranquilidad.

Cada una o dos horas, una embarcación se encarga de transportar a moradores y visitantes. Una primera parada en el extremo opuesto de la bahía santiaguera y luego al cayo. Te bajas y ya estás en el centro del pueblo: parque, cafetería y bodega. Es un lugar pequeño, poco más de dos kilómetros cuadrados; pero los datos se los dejamos a Ecured, no hay razón para reproducir lo dicho por una enciclopedia. En una hora más menos le das la vuelta al lugar; una suerte de calle principal bojea el islote, pero si no hay casas cerca, se convierte en un camino de tierra.

En la cima del cayo está la iglesia San Rafael, de ahí se observan decenas de casas desparramadas; algunos trillos intentan darle una lógica, pero es un laberinto, incluso de allí arriba no hay manera de saber cómo llegar abajo. Recorres el lugar a fondo en tres horas. Y después… después no hay nada que hacer. Quizás esa sea la magia del lugar. No pienses montar un bote, primero recibes una botella gratis de un almendrón; para los pescadores, sus embarcaciones son sus niñas lindas. No es para menos, son su principal medio de subsistencia, o el único.

Entonces solo queda esperar. Podemos esperar por el ocaso, por una escena típica de pueblo, ya sea una discusión o la llegada de un producto a la bodega, o sentarse con los pies colgados en el muelle mirando el agua. No me malinterpreten, cuando digo que solo queda esperar, es por la tranquilidad del lugar, una tranquilidad que llega a infundir miedo a quien no esté acostumbrado. Mirar las puestas de sol es una gran opción, pero hay que amar al mar para disfrutar cada día de lo mismo. Tal vez me equivoco. A mí me encanta la naturaleza: cuevas, montes, mar, ríos, lo que sea. Pero cuando llevo una semana lejos de la tecnología que me hace un “chico pijo”, me pregunto cómo pueden vivir ellos aquí; prescinden de muchas cosas que yo considero necesarias. Los envidio. Si paso tres días sin ver una película o serie comienzo a sentir un vacío. A ellos les ocurrirá lo mismo cuando están lejos de lo suyo.

Así, para un visitante ocasional, sentarse y mirar cómo el vendedor de ostiones prepara el baboso bocadillo resulta interesante. Y aun sabiendo y quejándome de que el lugar es aburrido, cada vez que ponga un pie en Santiago de Cuba, iré a Cayo Granma. A sudar mientras subo los escasos metros de elevación para llegar a un iglesia que nunca está abierta. Tal parece que el padre viene en bote los domingos, procede con la liturgia y luego cierra hasta la próxima semana. Quiero entrar ahí. Y también quiero presenciar un funeral como el de “Bretón es un bebé”. Atención, solo deseo estar ahí cuando una vida se esfume, no estoy encargando un muerto.

A veces la desesperación nos lleva a la ridiculez. En mi segundo viaje, el transporte marítimo no estaba muy bueno. Los policías de la embarcación me explicaron que no me montara en ese momento, pues aún demoraba una hora o más en volver a la ruta santiaguera. No escuché y terminé sentado en un muelle bajo un solitario farol; un trillo desaparecía en la oscuridad del monte. Pero por suerte, unos hombres lanzaban el anzuelo al mar y me alegré de ver a unos pescadores en acción.

Qué iluso. Por más de una hora estuvieron pescando jaibas. A cada rato una corría hacia mí antes de ser pisada. Sacaron más de treinta crustáceos. Me invitaron a tomar té de jaiba, pero rechacé la oferta. Mezclar una puesta de sol con sopa de bicho con tenazas y ocho patas no me pareció una buena idea. El ferry apareció para suerte mía cuando la noche, con un romanticismo desgastado, había cubierto todo. No dejo de pensar en un retiro en Cayo Granma, pero mi pueblo natal me da dos galletas y me saca esa idea loca de la cabeza: ¡hazte el gracioso de no pasar tus últimos días en Guanajay!

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Acerca de Javier Montenegro

Estudiante de periodismo
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