Elegía al patetismo

Después de leer la crónica de mi socio Carlos Manuel, y escuchar las advertencias de mi padre sobre mi exacerbada agresividad a la hora de escribir, me pregunto cómo narrar un acto tan perverso como violar la inocencia de un niño. No me refiero a nada sexual, solo al hecho de aprovecharse del desconocimiento de los infantes y convertirlos en monigotes de toda esa parafernalia burocrática, y de esos montajes en los que nos encanta convertir cualquier tipo de visita simbólica.

En Ocujal del Turquino hay una escuelita multigrado que te hace olvidar los diez mil problemas de este país. Nada especial, una profe para los alumnos de diferentes años; una experiencia nueva para mí, pero supongo sea habitual en las zonas donde es complicado transportarse. Su computadora, su televisor, sus libros, un discurso tan trillado que pierde el verdadero valor. Da igual el nombre que lleve esta primaria, no es cuestión de ubicarla, deben existir decenas de escuelitas desparramadas por las montañas con todos los recursos asegurados.

La mañana del viernes 10 de febrero, cuando el sol comenzaba a elevarse sobre el firmamento (honor a quien honor merece), salió del maravilloso campismo La Mula un camión manejado por Tareco, como cariñosamente se le conoce al chofer que se hace cargo de los estudiantes de tercer año periodismo que escalan la cumbre cubana en un día para el recuerdo de todos los afortunados que se toman una instantánea junto al héroe nacional. Cuando arribamos a la escuela, los pequeños uniformados, futura generación de nuestro país, nos esperaban, listos para darnos un recibimiento a la altura de la ocasión.

Lo siento, pero no puedo seguir con esta narración periodística bodrial. Al menos lo intenté. Allí estaban los niños, nerviosos, mirando a un lado y luego a otro. En espera de algo. Inquietud habitual en un pequeño cuando representa a su escuela; al menos a mí me ocurría cuando recitaba los poemas X, Y y Z para la visita del municipio.

Y así fue. Estuvieron por más de veinte minutos repitiendo consignas; poemas de Martí, odas a Camilo, cosas así que los ridiculizaban a ellos y a los héroes de nuestra historia. Sentí vergüenza del espectáculo, de cómo querían recibirnos: cero naturalidad, todo muy protocolar, como si la UNESCO en lugar de unos jóvenes estudiantes hubiesen llegado. Pero por suerte, todo llega a su fin. Y terminó aquel espectáculo que uno no podía mirar sin pensar en el esfuerzo de los pequeños; era tan jodidamente triste verlos con los nervios de punta intentando no cometer ningún error. ¿Por qué no llegamos y nos sentamos a compartir experiencias? ¿Por qué ninguno de nosotros se atrevió a detenerlos? ¿Por qué no pensamos en ellos? Así de egoístas somos. ¿Tan poco nos importa esa inocencia?

Pero como dice Federico Mercurio, “Show most go on”. Era hora de nuestra movida maestra, del jaque mate en tres jugadas jugada. Un discurso hueco, un poema insufrible (citando a Carlos), y la canción del Mayor. Perdonen mi incultura, pero yo escuché el tema de Silvio en la secundaria, cuando daba mis primeros pasos de intelectualito de poca monta. En la primaria… no sé, o canciones infantiles o lo que estuviese de moda, pero no al compañero Rodríguez. Y la cantamos como si aquello fuese lo más natural de la vida, como si Agramonte, en vez de un camagüeyano con nombre en letras de oro, fuese un personajes infantil.

No me hablen de ética, son mis colegas y todo eso, pero acabaron; destrozaron lo que pudo ser un momento mágico. Es fácil escribir como lo hago ahora, no los tuve bien puestos para detener aquello, me limité a mirar, y ahora trato de quedar bien conmigo mismo. Así de cobarde fui.

El final es lo mejor. No fue una sorpresa para mí, ya había visto los libros en el camión y pensé que se trataba de una broma macabra. Les regalaron uno o dos libros de colorear y de cuentos infantiles, unos lápices de colores, algún caramelo, como debe ser. Los niños que disfruten, que sean felices. Pero había otros libros, reales y maravillosos: Consagración de la primavera, Cien años de soledad, El recurso del método, Cuentos de Carpentier. ¿Son ideas mías, o exageramos un poco? ¡Por diez mil espingardas! ¿Dónde está Salgari?

Aún hay más. Un último hecho me lleno de rabia, pero me quedé estático como un cobarde, algo habitual. Fui el encargado de tomar la foto de los residentes con los visitantes. Niños y futuros periodistas de este país juntos en una fotografía. Seis o siete cámaras colgaban de mis brazos. Estaba nervioso por tanto artefacto de propiedad ajena. Demoré un poco con una de las instantáneas, y entonces lo escuché todo: “mijo, te pareces a uno de aquí”. Como si el que viviese en una montaña o en el campo fuese inferior por no saber cómo manejar una cámara de mierda. Yo no sé ni montar caballo ni cómo manejar un arado.

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Acerca de Javier Montenegro

Estudiante de periodismo
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7 respuestas a Elegía al patetismo

  1. eldavixxl dijo:

    sinceramente solo tengo tu version y la de carlos sobre los hechos, de todas formas creo, como dije en facebook, q no lo hicieron por mala onda, no fue algo mal pensado…. tampoco es facil llegar a un aula de niños ni de la habana, ni de la sierra ni de nueva york y entablar una relacion no extraña con los niños de inmdiato. al fina, toda la situacion me reafirma que cuba es un gran Macondo, por cierto, ahora q lo pienso, deberiamos hacer un corto de todo esto

  2. incapaz soy yo de pensar que hubo intención en esto David, pero lo que hablabamos el otro día… sentido común.
    no inventes tanto con el corto y recuerda lo de S. álvarez

  3. qué bueno saber de Carlos Manuel, aunque sea a través de tu blog… también me gusta mucho como escribe…sus crónicas, uf, divinas!

  4. muchas gracias por el también. Y tranki, dentro de poco carlos tendrá su blog.

  5. izmatopia dijo:

    si, fuiste un cobarde…

    me gustó la crónica y me gustó que confesaras cómo te sientes, eso es un paso alejándote de la cobardía… creo.

  6. nah! no creo, admitir una cosa no tiene nada que ver con tomar cartas en el asunto

  7. izmatopia dijo:

    poco a poco, pasito a pasito. No creo que seas tan cobarde, solo un poquito. Ya dejarás de serlo, dadas las circunstancias precisas. El momento a cada cual le llega cuando le toca.

    El que admitas que te molesta es una forma de tomar cartas en el asunto aunque no lo creas.

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