Noche caribeña

El martes pasado fue la inauguración de los Juegos Caribes, da igual la edición, solo hay que mirar algún pullover universitario para saberlo, para saber de qué edición es el pullover, porque yo creo que ni el indio recuerda por cuántas vamos. Es broma, aunque si considero poco relevante contar las ediciones. Nadie lleva la cuenta de los mundiales, ni de los abiertos; solo el Clásico de Beisbol cuenta sus ediciones, y eso porque tiene miedo a desaparecer.

El CEDER o Juan Abrantes se llena a medias cada año para la ver el espectáculo (a medias porque siempre queda medio graderío vacío, y en el resto se apretujan todo el público) y al músico de turno. Esta vez fue William el magnífico, idolatrado y convertido en ícono del peróxido gracias a nosotros mismo. Desde el año pasado terminaron aquellas espectaculares inauguraciones, con carros de lujo, videos donde se derrochaba talento, coreografías impresionantes y la visita de algunos deportistas. Ahora es un espectáculo sano, digno del anticapitalismo y enemigo de los excesos. Así es la vida, y el rector.

Pasaron las diferentes facultades, algunas asemejaban a esos países que apenas cuentan con representación en un evento, pero que con mucho orgullo cargan la bandera de su nación. Es lógico, si yo fuese el único representante de mi país en unos Juegos Olímpicos, me sentiría orgulloso y levantaría lo más alto posible mi bandera, y a la hora de competir me comería al mundo. Pero no me comparen eso con las facultades: el poco interés en todo de los estudiantes universitarios atenta contra el espectáculo de los caribes. Prueba de ello es mi facultad: tuvo que venir un repartero de Alamar, tomar las riendas del deporte y convertir en una potencia a los comunicadores, que ostentaban con orgullo un mísero séptimo lugar. No hay sentido de pertenencia.

Concluyó la inauguración, dieron paso a la música: Sarao y luego el reguetonero elegido. Era curioso ver la tarima. Había un grupo de rellenos, amigos de William, o de los técnicos de audio, que estaban allí arriba sin hacer nada, solo fantasmeando, moviendo las manos, haciendo muecas de placer debido a la música. Dándose pista, o vista, como dirían ellos. Pero por suerte, todo termina; aquella tortura china, en la cual yo me encontraba muy feliz con mis socios, llegó a su fin. Salimos antes para evitar a la muchedumbre. Y de ahí, como dicen los Porno para Ricardo, para G que no hay nada que hacer. No a frikiar, sino a dar el berro, y todo lo que esto conlleva.

Al final, el berro fue un fracaso y a eso de la medianoche ya estaba enrumbando yo para la casa de mi abuela, como la caperucita. Antes, recibimos la visita de Pánfilo, el que pide jama. Los locos son un show, y según él, solo dice la verdad. Una verdad sin tonalidad y que solo sirve para la jarana y el juego.

Estaba herido del hambre, y paré en el Pan con Perro de 23 y F. ¡Sorpresa! Refresco tropicola a 10 pesos en moneda nacional. Increíble, pensé que ya lo había visto todo por esa noche: Pánfilo y tropicola fuera de un establecimiento de CUC. Procedí a consumir y en eso vi unas luces detrás del parque Martin Luther King. Hacia allá fui y me quedé impactado. Una nueva paladar, o cafetería, o sala VIP, qué se yo, unos precios exorbitantes, pero tan bien montada que daban ganas de quedarse a consumir. La carta llena de ofertas. Incluso camarón. Demasiado para una noche, el resto del camino lo hice con los ojos cerrados.

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Acerca de Javier Montenegro

Estudiante de periodismo
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