¿Qué es el tiempo?

Hace cinco años, en mí cabeza solo se había un pensamiento: el servicio militar. Como las pruebas de aptitud de periodismo se hacen con antelación a las de ingreso, todo ese tiempo en que mis compañeros estaban estudiando, solo pensaba en el “verde”. No sé en otros países del mundo, pero en Cuba, cuando dos o tres hombres se reúnen y uno toca el tema de los tiempos dorados en las Fuerzas Armadas Revolucionara, pueden hablar durante días, sin repetir tópico. En mi caso fue un año donde llevé al extremo mi capacidad de no dormir: a lo sumo, cinco horas en la noche después de que me sacaran el jugo en la unidad.

Pero quizás deba comenzar por el inicio, para seguir la costumbre. Siempre fui el más enclenque de mis amigos, ellos estaban por arriba de los 180 centímetros, o fajados con las pesas para lucir jamones en vez de brazos; nada que ver conmigo, siempre fui flaco y enemigo de las pesas. Como es lógico, existió una proporcionalidad entre el físico y las bajas FAR: mientras más fuerte, más posibilidades de tener un año sabático. Los padres de muchos amigos míos habían pasado los 17 años de vida de sus hijos inventando enfermedades para evitarles la tortura del servicio militar. El más sonado de los casos fue uno que presentó unos papeles con diez mil problemas de salud, por lo que debía seguir una dieta muy rigurosa. Fue baja FAR. Cuando salió de todo aquel montaje almorzó en un restaurant unos espaguetis bien grasientos, justo al lado del doctor que lo atendió. Así es la vida, Dios da barba a quien no tiene quijada. Yo salí como uno de los futuros soldados más saludables. Solo una carie.

Cuatro días después de mi cumpleaños entré a la unidad, un regalo de maravillas. Los mitos alrededor de la previa siempre son escuchados con interés y temor por los novatos. Que si 75 mil cuclillas, que si 600 vueltas al polígono, horas al sol, poca comida, poco baño. Pero esos son cuentos normales, meras anécdotas que cualquiera puede hacer. Sin embargo, hay otras categorías, aquellas historias que nos cuenta el conocido de un primo nuestro, o un soldado que estuvo en una unidad de nombre desconocido, cosas así que alimentan las leyendas urbanas de las FAR.

Siempre me ha molestado mucho cuando algún artista o personalidad a nivel nacional dice cuando está frente a las cámaras que el servicio militar lo ayudó mucho para la vida, no lo pongo en duda, pero sus ejemplos son huecos, cosas sin sentido: “me hizo tomar responsabilidades” o barbaridades relacionadas con el compañerismo. Yo aprendí dos cosas en mi año de servicio militar obligatorio: a conocer a las personas sin relacionarme con ellas. Pasar horas sentado sin hacer nada y viendo cómo actúan te dice mucho más que al interactuar con ellas. Un diálogo o amistad solo te dice cómo es contigo, pero su comportamiento diario te dice qué clase de persona es. Para mí eso fue muy importante y el principal motivo por el cual me alegro de ese año en verde.

La otra gran lección fue cómo contar historias. No les puedo explicar cuántas escuché de los mayores mentirosos que haya conocido. Incluso, algunas no sé en qué lado de la línea colocarlas. El secreto es creerse la mentira uno mismo. O narrarlas con indiferencia, como si no estás convencido de estas, pero retando a que te desmientan. Así escuché sobre un oficial que encontró a un soldado dormido durante su turno de vigilia. Al amanecer, lo amarró a una palma y escogió a un grupo de guardias para el pelotón de fusilamiento. “Preparen, apunten, ¡fuego!” Y todos dispararon. La primera bala es de salva. Dicen que el muchacho se desmayó y se orinó en los pantalones. ¿Creen que alguien discutió la veracidad de esto? Yo le hubiera hecho ahí mismo una corte marcial.

Mi padre hizo todo lo posible para que yo pasase cómodo el servicio, pero las cosas no salieron como esperábamos. No me quejo, fue un año tranquilo comparado con otros amigos míos que dormían un día en casa y otro con el fusil al hombro. Me la pasé dando vueltas por todos los puestos imaginables para un soldado: político, almacenero, pistero, ingeniero. Ayudante, claro, no el cargo. También me pasé un mes chapeando; pero no pude mejorar mi técnica, aún soy un cero a la izquierda si se trata de cortar hierba. También incursioné como activista y ordenanzas, algo así como el corre-ve-y-dile de la unidad. Pero el mayor tiempo fue de ingeniero, respirando polvo en un túnel, durmiendo sobre  tuberías heladas o trabajando de manera descabellada, porque cuando a un oficial lo presionan para cumplir una orden, pierde sus facultades. Trabaja de manera increíble, pero con mucha locura.

Casi lo olvido, también aprendí a identificar los grados militares. Antes no tenía idea de qué significaban aquellas estrellas o ramitas. La charretera era un misterio para mí. Pero como buen soldado, conocí también una categoría que no está oficializada dentro de las FAR: ser del tiempo. Es un sinónimo de antigüedad, y se les otorga a los soldados que no tienen posibilidades de ascender. Cuando alguien gritaba que era del tiempo, exigía respeto. Sus ropas también eran diferentes: desteñidas, gorras pintadas, incluso camisas y pantalones con diseños semejantes a modelos de Calvin Klein. Y la contrapartida de los soldados del tiempo eran los “podriatazos”, término peyorativo para aquellos novatos que le quedaban más de 18 meses para terminar.

El día de la baja no me emocioné, lo tomé con naturalidad. El único día en que sentí algo dentro de una unidad militar fue cuando mi padre me visitó por primera vez en la previa. Lo único que extraño de la vida militar son las historias. Algunas las puedo contar yo, como el día en que indebidamente tomé un libro donde escribían las incidencias del servicio de guardia y leí “los guardias están peluces, barbuces y patilluces”. Me estuve riendo tres días. Hace poco escuché una nueva. Unos vietnamitas dieron una exhibición de camuflaje en unas canteras. A menos de 300 metros hacían los mil movimientos frente a una compañía de soldados sin que los vieran. No quiero imaginarme cuánto polvo tendrían encima. Luego dieron unas explicaciones sobre cómo usar la máscara antigás durante un combate con sustancias químicas. Si un disparo rompía la manguera que llevaba al purificador (o como se llame), tomaban el repuesto y lo colocaban en la boquilla, y si este también recibía un disparo y se veía afectado, entonces debían orinar en una prenda y colocarla en la parte de la boquilla, así durarían cerca de 15 minutos. Un gracioso preguntó qué pasaba si no tenía ganas de orinar en ese momento. El vietnamita sacó su pistola, se acercó bastante al curioso y disparó al aire. El soldado se orinó en los pantalones. A mí no me fastidia nadie, pero el vietnamita lo tenía planeado.

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Acerca de Javier Montenegro

Estudiante de periodismo
Esta entrada fue publicada en Crónica, Surrealismo y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a ¿Qué es el tiempo?

  1. Bene dijo:

    Te voy a demandar con la SOPA por el cuento del vietnamita jeje

  2. si claro…. hasta ahí llegarías. además, no es secreto q mis amistades son muchas de mis fuentes. jejejejje

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