Crónicas de un Festival III

Un domingo tranquilo, sin prisas. Las ganas iniciales de consumir cine estan aplacadas, ahora solo queda disfrutar del festival como un cinéfilo común y corriente. Sin coger lucha con las colas, buscando las recomendaciones, huyéndole a los estrenos cubanos, excepto a la de zombis. La primera elegida del séptimo día de la semana (o el primero) debía ser especial; y para mí no hay nada más especial que el fútbol.

Montevideo, taste of a dream , cinta serbia, cuenta la historia con grandes brochazos de ficción de la conformación de la selección nacional de fútbol para el primer Mundial de Fútbol en Uruguay. Romántica en todos los sentidos y patriotera hasta la médula, hacen extremadamente cortos los 150 minutos de duración. No es posible quitarles a las personas sus sueños, y mucho menos si este está relacionado con su pasión; no es el fútbol el centro de la historia, sino los deseos de llevar nuestros sueños a un plano terrenal.

Luego me tocó una tarea ardua: elegir una película para ver con los amigos. Las propuestas de la quinta tanda eran todas macabras, y me decidí por una venezolana, a pesar de no confiar mucho en ella. Pero le atiné de lleno. Una vez más los malandros eran los hilos conductores, pero los dardos escondidos tras estos malhechores apuntaban bien alto. La hora cero ataca sin temores la inmoralidad y corrupción de los gobiernos de derecha, desnuda los shows de las grandes televisoras en momentos de crisis y vuelve a dejar un sabor raro de boca con los matices: ni negros ni blancos, unos grises bien oscuros. Todo esto envuelto en una gran atmósfera de tensión creada gracias a un buen guión e igual puesta en escena.

Así terminó el domingo y el lunes anunciaba una semana tranquila. Verano en el Chaplin fue lo primero del día. Una propuesta interesante, aunque carente de ritmo sin motivo alguno. Diferentes historias que se entrecruzan dan una visión original de la estación del calor. Lo más gracioso era la temperatura dentro del cine, algún chistoso bajó el termostato al mínimo y parecíamos almiquíes en el polo.

Y en la última tanda del lunes una monstruosidad, una cinta mexicana de 135 minutos. Narcotráfico, pistolas y precintas, machos bien machos, sangre, balazos, prostitutas… todo a un ritmo vertiginoso para maquillar el grito de desesperación mexicano en el año del bicentenario latinoamericano. La cuestión es sencilla: o te unes, o te mueres de hambre; el poder lo tiene la droga y el dinero, las personas son simples peones, sustituibles. El humor es la mejor manera de transmitir, incluso cuando es negro, El infierno es un buen ejemplo.

Siempre me he sentido abrumado por la insistente denuncia del cine latinoamericano, pero esta vez estoy muy conforme con lo visto. Los temas no han cambiado, pero sí la forma de narrarlos.

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Acerca de Javier Montenegro

Estudiante de periodismo
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