En Guajaibón sin guía

El Pan de Guajaibón. Foto: Javier Montenegro

El Pan de Guajaibón. Foto: Javier Montenegro

El profe estaba tan adelantado con respecto al grupo, que se realizó una reunión sobre el despiste de Romero. Algunos lamentaban muchísimo haber emprendido semejante viaje con un guía suicida. Cuando nos agrupamos, los guajiros se ofrecieron para llevarnos hasta la base de la montaña. Todos, con una sonrisa de oreja a oreja, aceptamos. Reconozco que la caminata ya me estaba cansando, no llevaba solo mis matules, y tantas horas sin comer estaban haciendo mella en mí.

Sobre dos mulas, y con Karla y Cynthia de pasajeras, los campesinos atravesaron matorrales y arboledas con nosotros detrás de ellos. ¿Cómo lograban guiarse? No lo sé. No había ningún trillo definido. Por suerte, dejamos de recorrer parajes inhóspitos y llegamos a un camino inmenso que lleva a la base del Pan, y a un pueblo que no recuerdo el nombre.

Caminamos varios kilómetros junto a ellos; a cada rato le preguntábamos, como niños chiquitos, si faltaba mucho; de sus respuestas acuñamos frases Reales y Maravillosas: “eso está a 500 metros” (lo juro, los quinientos metros más largos de mi vida), “eso está ahí mismo, a un tiro de flecha” (claro, si la tiró Robin Hood) o la ya conocida “lo que falta es el cantillo de un gallo”. Optamos por no preguntar más.

Luis se sentó en varias ocasiones al borde del camino, su resistencia ya no era lo que debió ser antes. Nos miraba y bajaba la cabeza. Llegamos a una suerte de río donde acampamos; Nelson y yo caminamos por las diferentes charcas buscando una donde sumergirnos. Eran mínimas, pero aparecieron; luego se nos unió Alba. Estaba helada, pero aún así me bañé por segunda vez… con jabón; las caras de muchos eran poemas cuando el agua recorría sus cuerpos, pero era necesario, ya apestábamos.

Gracias a un acto de espontaneidad y nada machista, las muchachas prepararon el almuerzo: espaguetis. Eran cerca de las cuatro de la tarde y ya estaban planeando pernoctar allí; pensaban subir al día siguiente y luego buscar transporte para regresar. A mí no me hizo mucha gracia aquello y fui buscando suicidas que se enfrentaran a la montaña esa misma tarde. La mayoría aceptó embestir a la máxima elevación de occidente. Dejamos casi todas las cosas con un pequeño grupo que acampó en la base de la montaña.

A la carrera y con Jhonah a la cabeza, comenzamos el ascenso a las cinco de la tarde. Apenas nos deteníamos para tomar agua o comer galletas o algo dulce. En ocasiones, debíamos acostarnos en el piso para poder avanzar. Aliet desprendió una roca lo suficientemente grande como para escribir una nota necrológica sobre el valiente que chocara con ella; mi única reacción al verla rodando fue decir “ojo” a los de atrás. Cuando pasaron el susto, casi me comen.

Cada vez era más complicada la marcha, abríamos el camino a machetazos dada la ausencia de trillo, o lo que es igual, se nos perdió. Ya se veían algunos cayos en el mar y la cima estaría cerca, pero lo mejor estaba por llegar. ¡Sorpresa! Un farallón de más de 20 metros se alzaba ante nosotros para negarnos el busto de Maceo. Ya quedaban poco minutos de luz y no parecía posible encontrar un camino.

Como bólidos, regresamos sobre nuestros pasos para llegar a la base antes del anochecer. Cyntia entró en su segundo ataque de pánico y repetía “de aquí no me muevo”. El profe, como buen líder, delegó en Jhonah la tarea de lidiar con ella; ¿solución? Dicen que cuando uno está en ese estado, lo mejor es recibir un bofetón; por suerte, solo la movieron por la fuerza. Ahora era Juan Camilo quien hacía de guía, y al igual que el anterior, se perdió.

Sí, dormimos en la ladera de la montaña.

Plantas cerca del agua. Foto: Javier Montenegro

Plantas cerca del agua. Foto: Javier Montenegro

Reflejos en charcas de agua. Foto: Javier Montenegro

Reflejos en charcas de agua. Foto: Javier Montenegro

Florecitas. Foto: Javier Montenegro.

Florecitas. Foto: Javier Montenegro.

pan-guajaibón

Piedras en el río. Foto: Javier Montenegro.

Hormigas con hoja. Foto: Javier Montenegro

Hormigas con hoja. Foto: Javier Montenegro

¿Pequeña flor? Foto: Javier Montenegro

¿Pequeña flor? Foto: Javier Montenegro

Caracol en el agua. Foto: Javier Montenegro.

Caracol en el agua. Foto: Javier Montenegro.

Araña paseando a sus anchas por el monte. Foto: Javier Montenegro.

Araña paseando a sus anchas por el monte. Foto: Javier Montenegro.

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Acerca de Javier Montenegro

Estudiante de periodismo
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6 respuestas a En Guajaibón sin guía

  1. Calumnias!!! no me perdi, solo me desvié 5 metros hacia la derecha y en esa oscuridad no volvimos a encontrar el camino, lo mas gracioso es que al amanecer luego de pasar la noche durmiendo al lado de un risco nos dimos cuenta que el camino extraviado estaba a solo 15 pasos de nosotros. Me gusta javier, continualo o publica uno completo en orden cronologico haciendo énfasis en todos los errores y desviaciones que tomamos. Saludos, HM!!!

  2. albita dijo:

    !!!!!OJO!!!!
    !!!!!!OJO!!!!!
    !!!!!!!!!OJOOOOOOO!!!!!…………….
    (ja, ja, ja)

  3. albita dijo:

    ya en serio(¿en serio?): siempre soñé con vivir una aventura como las de las películas en las que un grupo se pierde en un mundo desconocido y tienen que hacer maravillas para regresar a sus casa.
    esta fue mi aventura y por mucho superó las expectativas.
    ya quiero ver cómo cuentas la odisea por el río con tu ACERTADA guía.

  4. normal, la realidad supera la ficción por mucho, en especial la forma de comportarse cada uno en estas situaciones…

  5. r8bins3n dijo:

    Yo también escalé el Pan en 2009 con un piquete. Jejeje… queríamos en un primer acercamiento coronar el pico antes que anocheciera para amanecer allá arriba (los socios guerrilleros viejos en el tema decían que amanecía mortal) pero fue imposible… desde los ciclones del 2008 los caminos se había perdido. Dormimos en la base del pan con un viento cálido que extrañamente se disputa con una brisa más fría. Al otro día nos tomó cerca de 5 horas llegar a la cima, dejando los bultos más pesados escondidos en la espesura. Molidos, tiramos fotos, saltamos, comimos… y salimos corriendo. Se acercaba un aguacero apocalíptico. Bajamos del Pan resbalando con el fango mojado, entre unos truenos que decían que la cosa iba en serio, y haciendo que una de las muchachas que iba con nosotros se cayera en un hueco de al menos 4 metros. Me asustó más, lo juro, que todos los truenos juntos. Por suerte cayó después de un mortal, sentada y sobre mucha yerba seca. Pero por poco hay que aplicar la regla de los bofetones con ella. (Mi novia estuvo muy cerca). Al final salimos de esa con una muy buena historia que algunas nunca le contaron a sus padres… 🙂

  6. esa regla de los bofetones casi la aplicamos con una compañera… a ver si esta semana termino de contar lo ocurrido

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