El viaje a Santiago (final)

El primer recuerdo que tengo del día siguiente fue una gritería. Una cabaña se quejaba porque no los habían despertado para subir el Pico. Eran las siete de la mañana y seguí durmiendo. Me levanté a las diez; Ronnie no daba señales de vida y Manuel no estaba en la cabaña; si mal no recuerdo, la noche anterior cuando me acosté, andaba conversando con alguien en algún sitio.

Las piernas no me dolían tanto como yo esperaba, y el cansancio tampoco era terrible. Desperté a Ronnie para que preparara una mezcla de atún con mayonesa para desayunar. Nelson se había levantado temprano para retratar el amanecer pero las montañas no le permitieron atrapar el sol al salir del mar. Seguíamos escuchando las quejas de los compañeritos que no habían despertado para subir el Turquino; debe ser triste quedarse con las ganas.

Salimos a caminar por la costa después de jactarnos de galletas, refresco y la pasta de atún. La playa no tenía arena, sino piedras de colores y si estaban mojadas tenían un tono más vivo. Cuando las olas rompían y se retiraba el agua, se producía un sonido único al chocar con las pequeñas rocas; intenté grabarlo con la cámara fotográfica pero el viento golpeaba demasiado fuerte el micrófono, que de por sí no tiene buena calidad. A dos metros del mar estaba el río, separados por las piedras de colores; el agua era tan cristalina que podía hacerse un inventario del fondo y atrapar los peces con la mano. A lo lejos se veían algunas mujeres lavando.

Me dolió no tener una Canon, esas que te permite atrapar el aleteo de las moscas, para retratar las montañas de la Sierra Maestra; las nubes ocultaban parte de los picos más altos, al menos yo nunca había visto un paisaje así. Caminamos alrededor de las pocetas del lugar; algunas aves merodeaban por allí, como esperando que nos marchásemos para darse un baño. Subimos por un puente inmenso sobre un río seco; ojalá pudiese estar allí cuando las lluvias permitiesen al Río Turquino desatar su furia.

Regresamos al Campismo para almorzar y prepararnos para caminar entre las montañas que custodiaban el río; el objetivo era llegar a una zona conocida por su belleza. Con mucho trabajo, partimos a las tres de la tarde; el grupo era prácticamente el mismo que había subido el día antes el Turquino, o al menos lo habían intentado.

La noche fue tranquila, y estábamos un poco cansados por la caminata realizada para bañarnos en unas pocetas mágicas del Río Turquino. Así terminaba nuestra aventura por la Sierra Maestra y el viaje al Turquino, y comenzaba un nuevo capítulo para los que nunca habíamos estado en Santiago de Cuba.

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Acerca de Javier Montenegro

Estudiante de periodismo
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4 respuestas a El viaje a Santiago (final)

  1. Maite dijo:

    Niceeee, shorty but nice

  2. Darío dijo:

    Los Morones, men,así se llaman las pocetas mágicas.

  3. Gracias Darío, jejeje, no recordaba el nombre…

  4. Ivan dijo:

    Esa cabaña que se quejaba por no haberlos depsertado era la mçia. Por suerte yo subí el grupo de los 24 suicidas del primer día. Incluso, me encuentro entre los 12 que llegaron. ¡Que jornada esa! A pesar del cansancio acumulado por tantas horas de viaje, fue una experiencia excepcional. Además, allí se mencionó por primera vez al piloto automático… Bravo por tus textos Javier.

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