El viaje a Santiago (parte II)

El celular de Manuel sonaba de manera insistente; no solo quería despertarnos, también nos recordaba que íbamos a subir el Turquino con una hora y media de sueño y sin desayunar, es decir, suicidio en defensa propia. El motivo para realizar el ascenso con tanto desespero era estar la menor cantidad de días en el campismo e ir para Santiago de Cuba lo más rápido posible.

“Javier, no hay luz, así nadie se va a levantar. Yo creo que hoy no vamos a subir, mejor seguimos durmiendo” me dijo Ronnie mientras tenía un ventilador encendido, puesto fijo para él. Ni le contesté. Me puse el overol y comencé a tocar cabaña por cabaña en la oscuridad de la madrugada. Me demoré bastante en encontrar la número 32; estaba apartada y muy cerca del cementerio, como si fuese la capilla donde despedían a los muertos.

Después del ajetreo y el apuro nos montamos en el camión y a las seis de la mañana estábamos en la base del pico. El guía no había llegado y hubo que esperar un poco para subir; la mayoría aprovechó para llenar pomos de agua o echar una siesta. A las 6 y 50 comenzamos la escalada.

Doscientos metros después se rajó la primera persona. Intenté insistirle y ayudarla para que subiera, pero de nada sirvió. La verdad que no me lo creía, aquello no había empezado y ya había quien no podía más. También me di cuenta de que si iba a un ritmo lento y sin mis acompañantes tampoco yo llegaría. Me tocó llevar la mochila, cargada con dos pepinos de agua, galletas, leche, fanguito, carne y un turrón (todo nos lo comimos). Tratando de convencer al primer caído, me atrasé mucho y prácticamente tuve que correr para llegar a Ronnie, Nelson y Ernesto. Manuel ya llevaba unos metros de ventaja. Cuando los alcancé, el guía se quedó atrás para esperar al resto. Una escalera que indicaba el inicio de la tragedia de los escalones me hizo gritarle a Ronnie que cogiera la mochila, que estaba reventado. Unos metros después vi un letrero que decía 2 Km. No vi el primero, pero el grupo me dijo que sí lo habíamos pasado.

“Si en este tiempo hicimos dos kilómetros, el Pico Turquino es una basura”, pensé; pero cada vez demoraban más los letreros con la distancia en aparecer. Ronnie solo necesitó un kilómetro para soltar la mochila. Escalones y más escalones aparecían. Ernesto, algo adelantado, me llamó para que viera algo bonito según él: más de cien escalones se elevaban para desaparecer en una curva que prometía traer muchos más tras ella. Empecé a dudar y a arrepentirme de embullar a tanta gente para subir. Para colmo, cuando ya estaba reventado apareció un letrero que inspiraba a los viajeros: Adelante caminante, comienzas a subir el Pico Cuba, segundo en altura del país. El camino exigirá un gran esfuerzo…, no seguí leyendo, me senté en unos bancos hechos con intención de amedrentar y seguimos la subida.

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Acerca de Javier Montenegro

Estudiante de periodismo
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3 respuestas a El viaje a Santiago (parte II)

  1. Maite dijo:

    Grrrrrrrrrrr que corto, seguro los banquitos eran los de la Caldera 🙂

  2. Maria Elena dijo:

    sigue ahi, guanajo, que por ese paso llegas pronto al tope y a quitarte la fama de que solo ves teras de serie, un beso

  3. Calma Maite, jejeje, es que narrar el día completo de la subida era demasiado largo…

    Muy graciosa mary, pero si tú lo dices… que así sea.

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