Y si le voy a los yumas, ¿puedo izar su bandera?

La Copa del Mundo levanta pasiones, filias, amores por países de los cuales sabemos lo básico, y a veces ni eso. No es raro encontrarse a varios tifosis que no tienen ni idea de quién es Miguel Ángel.

Al punto. Por estos días, hay muchas banderas izadas por Cuba, ciudad Habana o Guanajay, da igual dónde sea, alguna telita con colores llamativos siempre está colgada en casa de los más fervientes hinchas.

Las insignias de Brasil, Argentina, España y Alemania son las más habituales. Pero qué pasa si nos encontramos con un fan de la selección estadounidense de fútbol. ¿Podrá izar la bandera de las barras y las estrellas? Les voy a ser sinceros, yo jamás he visto una bandera estadounidense izada en Cuba. Jamás. Pero ese es mi caso, de seguro alguien puede desmentirme.

Mis dudas saltan a partir de una anécdota de uno de mis amigos futboleros, que hace cuatro años colgó la bandera de la furia roja en su casa y unos compañeros fueron a preguntarles si ellos tenían algún tipo de relación con la embajada de España. ¿Se imaginan si fuese el trapo del eterno enemigo? Sería un grave problema, sin más explicaciones posibles que las políticas. Lo más gracioso es la naturalidad con que se utiliza el águila, las barras o las estrellas en las prendas de vestir. Ropa sí, banderas no.

Nada, que si Estados Unidos elimina a Argentina en cuartos de final, tendré que gritar con mucha mesura el IU ES EI.

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Las Terrazas, el trípode y la luz

Hay noches que empiezan con una sencilla botella de Vodka, y terminan con trípode que te permite hacer maravillas. Estas fotos fueron el colofón de una noche maravillosa. Primero disfrutamos de una excelente comida vegetariana de la cual no pensé salir conforme y terminé zafándome el botón superior del jean. Después nos tomamos un buen café y terminamos sentados a la orilla del río con la bebida de origen ruso. Además de hablar mal del país, indispensable en cualquier borrachera decente.

Como a la hora, Karell sacó su trípode y comenzamos a experimentar, él con su súper cámara y yo con mi Lumix. Los resultados de mi pequeña turista fueron los siguientes. Al menos yo, muy feliz con las instantáneas que le robé a Las Terrazas de Manuel.

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en Las Terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en Las Terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en Las Terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en las terrazas. Foto: Javier Montenegro

Una noche cualquiera en Las Terrazas. Foto: Javier Montenegro

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La maravillosa conferencia a la que asistió Manolito Márquez

A Manolito Márquez le encantaban las conferencias, había algo sui géneris en ellas, eran como las clases non plus ultra que escaseaban. Por eso, cuando uno de los famosos proyectistas de hoteles de la playa más hermosa del mundo se paró en el estrado, derramó una gota de orina.

Su plática estaría centrada en cómo surgió, se desarrolló y materializó una idea maravillosa: el hotel Hermosura, ubicado en la desaparecida laguna del Platanón. Una belleza. Campos de golf, piscinas, un terreno de fútbol, servicios de spa, salas de cine, y todo ecológico. Para no dañar la naturaleza, el hotel se mantenía gracias a unos espectaculares paneles solares que a su vez reflejaban la luz al interior de la edificación. Durante el día solo se consumía electricidad para las labores no relacionadas con la iluminación.

El diseño de interiores y exteriores lo había realizado Ubiko Tokaito, un monstruo de la decoración. La conferencia iba a pedir de boca.

Sin embargo, hubo un momento en que Manolito se incomodó. El arquitecto comenzó a explicar cuál fue el momento más difícil de todos: la desecación de la laguna. Justo cuando revelaba qué tipo de equipos se utilizaron, en el instante en que mencionó los modelos XR-542 (creados de manera exclusiva para evaporar cualquier cantidad de agua que usted necesite), una mano se levantó en el público.

“Diga usted estudiante”, se interrumpió a sí mismo el conferencista. “Perdone usted –le dijo aquel pobre infeliz inepto necesitado de reconocimiento (dado el desprecio con que es tratado, suponemos que el autor de este texto sea el propio Manolito Márquez)- ¿pero en la laguna del Platanón no vivía un ave endémica de nuestro país? Ese era su único hábitat”. Un escalofrío recorrió la sala. El conferencista sonrió.

“Eso mismo nos plantearon los compañeros del Cónclave de Investigadores y Técnicos Medio Ambientalistas, pero cuando nosotros les explicamos la necesidad de llevar a cabo este proyecto, a los quince días el pajarito apareció en una montaña de oriente”.

La conferencia prosiguió sin más interrupciones.

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Los muertos se quieren ir

Llegó consciente de cuán complicado puede ser un trámite en nuestro país. Necesitaba una inscripción de nacimiento para obtener la nacionalidad española. Llegó su turno en la cola y solicitó el documento. La persona que le atendía se dirigió al ataúd metálico llamado archivo y comenzó a indagar. Después de unos minutos regresó y le dijo “lo sentimos pero usted aparece como fallecido y una persona fallecida no puede solicitar una inscripción de nacimiento”

Anonadada, insistió:

-          ¿Pero si yo saqué una inscripción hace seis años?

-          Habrá fallecido en el transcurso de ese tiempo. Lo siento mucho pero si aparece como fallecida no puede obtener el documento.

-          Pero si yo estoy aquí, no puedo haber muerto, es un error.

-          ¿Su nombre no es Julia A. Rodríguez del Campo?

-          Sí.

-          Fallecida. No hay error.

La historia debería terminar aquí, sería lo genial, pero todo tiene una explicación en la vida.

Por suerte, ella no era de Guanajay, sino de Bauta. Fue al registro civil de su municipio y le pidió ayuda a una amiga que trabajaba allí. Como era de esperarse, la fallecida era otra, también llamada Julia A. Rodríguez del Campo, pero el segundo nombre, en lugar de ser Antonieta era Antoñika. Y la fecha de defunción… 1938.

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Una historia con moraleja (+ Muchas Fotos)

Cayo Coco. Reunión Anual de Espeleología.

La simple mención de un cayo puede traer muchas ideas erradas como Paraíso Terrenal o buena vida, pero nada más alejado de la realidad en el Campismo Cayo Coco, perteneciente a la red de Campismos Populares. Las cabañas tenían características peculiares: salideros de agua o sin esta para bañarse; aires acondicionados sin caretas, con interruptores complicados, y sin noticias de enfriamiento. Para colmo, cuando intenté encender uno, de él salieron volando cucarachas y mariposas.

La situación de la comida no era distinta; la servían tan caliente que era imposible saber si estaba buena o mala. Desde el primer día te quemaban la lengua para inutilizar las papilas gustativas. En la cafetería solo tenían una hornilla para cocinar el picadillo de cebo, calentar los perros calientes y hacer el café de la mañana. El primer día el desayuno fue galletas zocatas con café.

Llegamos el jueves y apenas hicimos estancia en el campismo por los motivos antes explicados. Nelson, Osvaldito, Borrego y Ernesto eran mis acompañantes, o yo lo era de ellos. Teníamos una playa hermosa, algo así como la madre de Varadero, pero las condiciones climatológicas (un perro frío y un viento del carajo) nos impidieron bañarnos. La única opción era caminar y beber ron barato.

El primer día chancleteamos aquella maravillosa arena hasta los restos de un aeroplano (como diría Matamoros) que el mar había sacado de las profundidades. Alguien hizo el chiste de si no era ese el avión de Camilo, pero un tecnicismo sobre el modelo puso fin a la broma.

El sábado salimos a caminar el cayo después de la reunión principal. Nuestro guía era Dimitriv, un avileño obsesionado con el origen de su nombre, griego según él. Preparó la ruta a seguir y a eso de las cuatro de la tarde salimos a la carretera para buscar un aventón. Fue llegar y montarnos en un camión de arena.

“Tremenda botella. ¿Te imaginas si hubiéramos caminado todo ese tramo?”. Horas más tardes, esas palabras resonarían una y otra vez en los oídos de cada expedicionario. El chofer nos adelantó hasta una bifurcación ubicada a varios kilómetros de la carretera principal. De ahí fuimos caminando hasta la caverna que lleva por nombre la comida favorita de Obélix. Pasamos cerca de Playa Prohibida, una zona nudista.

Fueron varios kilómetros a pie por el pavimento. La vegetación cambiaba de forma abrupta: lo mismo estábamos cerca de pequeñas ciénagas y lagunas que de un suelo kárstico con plantas y arbustos atrofiados (troncos gruesos y pocas hojas), todo sobre un diente de perro que parecía afilado con piedras de amolar.

A la entrada de la cavidad habían algunas esculturas (entre ellas un indio cabalgando un jabalí) que si bien no eran gárgolas, producían el mismo efecto perturbador. Un guardia de seguridad encendió una planta eléctrica y abrió la reja que daba acceso a la disco-cueva. El interior era uno de esos antros de la perdición donde uno quisiera, al menos una vez en la vida, perderse por una larga noche. Allí, las formaciones kársticas no eran del todo natural: habían dado pico y pala hasta decir “¡está bueno ya!”; tenía luces tenues y algunas barras donde debían despechar bebidas. Los charcos de agua estaban en todas partes y los murciélagos no habían abandonado el sitio a pesar de la presencia de seres humanos. Aquello cuevita era una de nuestras burdadas para atraer turismo.

Regresamos sobre nuestros pasos y esta vez sí entramos a Playa Prohibida, paraíso nudista. Un bar a la entrada, arena fina y un precioso mar de fondo fueron la decoración perfecta para llevarnos una desilusión mayúscula: solo estaban el barman y el chico maravilla, ni siquiera la batichica andaba por allí. Caminamos hasta la costa en busca de alguna peregrina teta, pero nada de nada. Nos conformamos con sentarnos a mirar las chapas de vehículos de Canadá que decoraban el lugar. Deprimente.

La caminata continuó, pero en mi caso me vi obligado a retrasarme por necesidades fisiológicas. Le pedí a Osvaldito unos granmas (Ógano Oficial del Partido) para deshacerme del lastre y fui hasta el baño del bar: una cabañita con un inodoro sin tanque de agua y un lavamanos. Cuando miré al interior del retrete, me retracté (quizás fueron las heces) porque cualquier resultado de mi digestión que soltara quedaría estampado en la arena bajo la cabaña. Para más inri, la puerta no se cerraba. La decisión fue inminente: detrás de las uvas caletas.

Por algún motivo, conversar de temas escatológicos es considerado de pésima educación. La escatología es una ciencia (no confundir con las creencias religiosas), ¿por qué no puedo impresionarme con los últimos estudios mierdológicos que permiten conocer dónde se realiza la caza furtiva de elefante en África como mismo usted lo hace cuando le hablan del último modelo de IPhone? Lo siento, pero el siguiente párrafo contiene alto contenido escatológico.

Me aposté detrás de unas uvas caleta para defecar. No me pondré técnico ni detallista, pero una vez concluida la primera parte, procedí a utilizar nuestro bendito periódico. El uso de la prensa como papel sanitario no es exclusivo de Cuba. Chinos, polacos, estadounidenses, filipinos y neozelandeses (las tribus africanas no) han utilizado la prensa como papel sanitario desde que Gutenberg creó la imprenta. Lo que convierte a nuestro archipiélago en una rara avis es la pésima calidad de nuestros periódicos (del papel con que se hace) el cual no es el más idóneo para estos menesteres. Como les decía, utilicé a la abuelita para quedar limpio y después beber a pico de botella una caneca de ron, me incorporé al resto del grupo.

Otra vez, solo nos quedaba caminar y caminar. Pasamos por un basurero, o al menos eso consideraban quienes allí echaban todas aquellas botellas de vino, latas, escombros y todo tipo de desechos de la zona hotelera. Cayo Coco tenía su propio idilio ecológico, vergonzoso si tenemos en cuenta la variedad de especies en su flora y fauna.

Por suerte, un chofer de guagua caritativo nos dio otro aventón y terminamos más cerca del cenote, el principal objetivo del viaje. Un cenote no tiene nada que ver una glándula mamaria de tamaño exagerado, sino con una dolina inundada, algo así como un estanque de agua dulce formado en el interior de una cueva.

Al bajar del transporte, caminamos un poco más por la carretera y por fin entramos al monte. Debíamos estar cerca.

Como estaba en un cayo considerado de lo mejor, no llevé ropa de faena; todas mis mudas eran decentes. Por eso andaba con tanto cuidado entre la vegetación. Como es habitual, en cada uno de mis viajes, nos perdimos; es decir, no encontramos el cenote y estaba anocheciendo. En eso estuvimos como media hora. Unos salieron a la carretera y otros nos quedamos en espera del avezado buscador, pero Dimitriv no daba pie con bola.

Hilario, un anciano con la fuerza vital de los 300, fue a buscarnos para salir de una vez de aquel monte y regresar a la carretera porque estábamos bastante lejos, pero cambió de parecer y comenzó a avanzar junto a nosotros en busca del griego, quien vía SMS nos había informado que ya estaba en el cenote. Llegamos cuando apenas un par de rayos de sol alumbraban la charca. Hilario se lanzó al agua y la calma de aquel sitio quedó destruida. Parece una porquería, pero los minutos sentados ante aquella laguna me relajaron y me hicieron olvidarme de los dolores del dengue que desde bien temprano me estaban afectando.

Cuando volvimos a la carretera, la mala cara de Nelson y Ernesto daba miedo. No habían pasado quince minutos y ya era noche cerrada. Dimitriv nos llevó a una intercepción e intentó detener algún transporte. “Ahora a esperar algo”. La distancia entre nosotros y el campismo era de unos veinte kilómetros y yo a cada minuto me sentía peor. Además, mis nalgas estaban sufriendo debido a la tinta del periódico.

Nadie se molestaba en preguntarnos a dónde íbamos, allí los automóviles tenían su particular carrera contra el tiempo.

Excepto el guía, el resto decidió hacer el camino de regreso a pie. Fue la peor decisión que tomé. Largos kilómetros y el cansancio combinado con la maldita mala impresión de nuestro órgano oficial me tenían caminando como un huno de piernas bien arqueadas. La noche nos aplastaba; no había luna y las estrellas no le ponían ningún toque romántico a la situación. Para no hacer más largo este post, después de una hora walkin’ down the street, llegué con las nalgas bien peladas gracias a otro bendito chofer de guagua que nos llevó hasta el campismo. Y si digo gracias es porque sin su buen gesto valorado en diez pesos per capita me hubiese salido una ampolla imposible de explicar. Caminar después de limpiarse con un Granma es una pésima desición.

A la altura de esta tercera cuartilla salta la duda de cuál es la moraleja de esta historia. Quizás “No perder la cabeza por un cenote” sería una buena opción para los más simplistas y lujuriosos como yo, pero la verdadera lección es “cuando no puedas más con tu propia mierda, ni se te ocurra soltarla en cualquier sitio, porque puedes terminar con el… las nalgas peladas”.

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Fragmento de avión caído en el mar y luego sacado por las corrientes marinas.

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Cabina del piloto, muy básica para un avión serio.

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Circuitos en mal estado y afectados por el salitre.

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Interior del avión, lleno de algas.

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Aquí no pasa nada

Tengo una suerte de affaire con la adulteración. Botellas de ron, latas de refrescos, pomos de soft drink, helado Nestlé, picadillo de pavo y por ahí sigue la lista, que ni es de Schlinder, ni de los Billboards, ni la de los participantes en el trabajo voluntario del fin de semana, sino de los productos alterados por las manitas del cubano, ese ser maravilloso que se enorgullece de joder a su paisano y le llama estar en la lucha. Pero lo reconocemos, y ese es un primer paso. Saber cuán jodidos estamos es elemental para poder superar un problema, por eso buscamos alternativas: dos trabajos, el invento, el desvío de recursos, la corrupción, ¿qué puedes decir? En una balanza pesan más las bocas abiertas que las clases de educación cívica.

Entonces entra el periodismo, quien no reconoce problema alguno y como es lógico no puede resolverlos. ¿Cuándo la prensa va a dar un bendito palo con respecto a la corrupción de este archipiélago? (Por cierto, me enteré que somos de los países menos corruptos del mundo, según una de esas organizaciones sin fines de lucro que parece funcionar con los mismos números incomprensibles del FIFA). En los últimos años, el desfile de problemas relacionados con la palabra corrupción han sido muchos. ¿Cómo nos enteramos del escándalo de Comunales? De flash en flash. En otras palabras, primero ocurren filtraciones en los órganos encargados de impartir justicia antes de ver publicado un buen trabajo sobre el tema en nuestros diarios, semanarios, prensa digital y todas las categorías posible. O peor, es preferible filtrar la información a permitirles a los encargados de informar cumplir con su labor. ¿Corrupción? Aquí no pasa nada.

Si hablas de ron adulterado, te miran con cara de espanto, como si uno fuera un maldito fenómeno de circo de La parada de los monstruos (o si son tan cinéfagos como yo, de Freak) y te preguntan “¿de qué estás hablando? ¿dónde están tus bases para decir eso?”. En mi paladar, el cual no tiene la experiencia de muchos colegas, y si ellos no encuentran problema alguno, por algo será. Además, el ron es uno de nuestros símbolos nacionales (no confundir con el tocororo o la mariposa) y sería una pésima propaganda para los turistas. Está bien, con el ron no pasa nada.

Cuando esos mismos periodistas salen con sus niños y le compran una cola (con k) y para ellos una birra bien fría, les llega una sorpresa que jamás reconocerán ni en algo tan subjetivo como una crónica: la mirada triste de sus hijos y el sabor amargo en sus papilas gustativas quedará como una espina más de la profesión. ¿Por qué? Porque con las bebidas de este país no pasa nada.

Robo cuantioso de cuadros de Leopoldo Romañach en el Muso Cubano de Bellas Artes es equivalente a pequeña mísera nota de algún organismo superior. Es como el cuento del elefante, que de chiquito le sonaron dos trompadas por tratar de zafarse de la soga y ahora ni lo intenta. La fábula es un poco diferente, pero nuestro caso no. Da igual que Raúl Castro, Díaz-Canel y toda la constelación de estrellas ruegue de rodillas una toma de conciencia por parte de la prensa. Aquí no pasa nada.

Como tampoco pasa nada con los helados con sabor rancio, como tampoco pasa nada con las galletas socatas, como tampoco pasa nada con el papel sanitario, como tampoco pasa nada con el cierre de los cines 3D. Como tampoco pasa nada con el salario.

“Los jóvenes periodistas son el futuro, ellos cambiarán las cosas”. No es posible. Delegar esa responsabilidad en los inexpertos y talentosos retoños solo tiene una palabra, la cual es un poco fuerte porque podría sonar a acusación, pero para evitar las dudas, se refiere a la carencia de contenido en el escroto. La vida es más tranquila cuando no pasa nada.

Pero entonces cuando quedan dos o tres “lujitos” como el picadillo de pavo (lo que antes era un manjar por 1.10 C.U.C.) y alguien viene y nos lo convierte en otro engendro de averígualo, sigue sin pasar nada.

“Le echaron soya”. No, la soya no huele a pescado, y mi casa no puede tener el hedor de un barco ballenero cuando se cocina la que antes era una de mis comidas favoritas. “Es imposible adulterar eso en Cuba”. ¿En serio? Es imposible hacer picadillo con cáscaras de plátano, es imposible comerse una frazada como si fuese un bistec, es imposible exterminar la población de gatos de muchos pueblos, es imposible vivir en un país rodeado de agua salada y escuchar “llegó el pollo por pescado”. ¿A nadie le preocupa saber por qué el pescado no es un personaje habitual en nuestros platos? Cuando me dijeron por primera vez (no recuerdo la edad) que en la Antártida no había pingüinos me quedé muerto. “¿Y por qué si eso está lleno de hielo?” Esa debería ser nuestra reacción; coño, si hasta Julito era pescador. Pero como siempre, la prensa ajena a todo. Aquí no pasa nada. Y si pasa, se le saluda.

Nota al pié: los pingüinos están en las costas y aguas de la antártida, no en el continente.

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La belleza de la Feria

Estar en la Feria del Libro de La Habana agota. Calor, muchedumbre, muchos metros para recorrer y pocos libros de nuestro interés. Klau y yo terminamos sentados frente a la puerta de salida, en espera de una señal para largarnos. Frente a nosotros desfilaban niños, adolescentes, hombres y mujeres, categorías todas muy caprichosas.

Entre tantas personas, justo detrás de nosotros, un peque de cuatro o cinco años desafiaba a la Feria con su rostro de explorador. Comía maní, y cuando se llenó la tripa, nos lo ofreció con un gesto que parecía decir “no miren tanto y coman, yo ya estoy lleno”.

No pudimos quitarle los ojos de encima. Su actitud ante el mundo nos tenía hipnotizados. Klau sacó la cámara y le robó el alma una y otra vez. Él ni se inmutaba, seguía mirando su libro, señalando imágenes mientras interrogaba a su abuela (o quizás era la madre) con la mirada. Su hermano (o primo) también compartía con él el descubrimiento de aquella obra.

Si tú eres fotógrafo de algún medio y ves a una muchacha con una cámara semiprofesional y además ves cómo el lente solo apunta a un niño, nadie puede acusarte por copiarle. “Si alguien propone una idea interesante, sería de necios rechazarla”. Con su gorra y su Canon se paró justo al lado de nosotros y comenzó a disparar.

Y entonces ocurrió algo extraño. Se nos quedó mirando algo temeroso, nos analizó del cogote hasta la rabadilla, vio nuestras credenciales y sacó su celular. “Pepe, abre eso ahí que ya tengo la foto del día, pa’ subirla pa’ la web”. Fue un grito; claro, entre tanta muchedumbre seguro no le oían bien y era necesario proyectar la voz bien alto, y que nosotros, la familia del niño y todos los interesados supieran de su logro: ya tenía la foto del día gracias a aquel niño síndrome down.

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