Y desde ese día todos tapiaron las chimeneas

rareexports_rare_exports_inc_in_case_you_haven_seen_it_desktop_1280x1024_wallpaper-343641.jpgReinventar un mito, cambiarlo, mandar a la mierda el original y crear una joya no es nada sencillo. Además, explotar esa idea desde diferentes aristas, par de cortos y un largometraje, y autoreferenciarse con guiños entre unos y otros, merece respeto. Quizás ellos no sean los pioneros ni los inventores de la maldad de uno de los seres más bonachones de la historia; ya Futurama dio vida a un robot despiadado que en víspera del nacimiento de Cristo salía bazuca en mano para aniquilar a los niños malos, y Hollywood aportó lo suyo al espíritu navideño con Billy Bob Thornton. La novedad del Jalmari Helander es todo el universo que crean alrededor de Santa Claus, Father Christmas, Papá Noel,  como usted prefiera llamarle.

Primero dieron vida a un maravilloso corto que promocionaba el negocio familiar: cazar a los padres de la Navidad no era tarea sencilla, mucho menos educarlos para que fuesen esos seres rebosantes de bondad. Siete minutos para colocar el primer ladrillo del universo Santa motherfucker. Luego vinieron las instrucciones para lidiar con estos seres especiales, segundo ladrillo que dejaba todo listo para la película, un largo de apenas 80 minutos. Por cierto, se llevó en Sitges el premio a mejor película, mejor dirección y mejor fotografía.

Alimentada de la religión pagana, donde el abuelo regordete es en realidad una suerte de demonio armado con ramas para azotar a los niños malos hasta dejarlos en carnes, Rare Exports: A Christmas Tales se divierte preparando un coctel con ingredientes que no suelen estar en un mismo trago: una línea de terror, tres piscas de humor, cuatro hojas de ambiente góticos, mucha nieve y un anciano desnudo, al menos para comenzar, todo visto desde los ojos del pequeño Pietari, un chico que no logra convencer a nadie de la existencia del Santa psicópata, entre ellos a su padre, asfixiado por la crisis económica que afrontan él y sus amigos.

La cinta no es perfecta, pero sus constantes bandazos entre géneros nos golpean exigiendo atención; quizás en eso base su éxito, no se queda solo con la buena idea, sino que además te zarandea a cada minuto al colocar una escena de terror donde debe ir una risa o con un gag desternillante en un momento de tensión, al punto de que no sabes por qué, pero todos los sentidos están en la pantalla. Además, el film logra jugar al mismo tiempo entre el lenguaje infantil y el de adulto gracias a el niño Pietari, que logra apelar a la nostalgia de los mayores y a la simpatía de los pequeños. Un facilismo bien llevado.

Aunque pierde un poco el espíritu de los cortos, ese sarcasmo sangrón y desagradable, sin piedad, y se lanza un poco más al lado comercial, con el claro objetivo de gustar, Rare Exports… es una joyita escandinava que necesita consumir todo cinéfilo freak, sobre todo si nunca has visto a más de 100 ancianos corriendo en cueros por la nieve.rare exports 2

 

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The Faculty o la escuela a la que nunca pude ir

Poster del film The Faculty.

Poster del film The Faculty.

Admitámoslo, no solo nos gustan las buenas películas, a veces encontramos joyitas del gusto personal que deberían darnos grima, pero no lo hacen. Un actor, la trama, el ritmo del film, los efectos especiales, algo no nos deja darle stop cuando sabemos que aquello no tiene ni pies ni cabeza. A mí me ocurre con Bruce Willis, en especial cuando encarna al mismo personaje una y otra vez, entiéndase que no hablo ni de The Fifth Element ni de Twelve Monkeys, sino de Armagedon, todas las partes de Die Hard, R.E.D., Looper, Sixteen blocks, y casi toda su filmografía donde mantuvo un rostro inmutable o se dedicó a entrecerrar los ojos mientras dejaba un rastro de cadáveres.

Pero hoy el tema no es Bruce Willis, sino una cinta bastante mediocre de Robert Rodríguez: The Faculty. Con todos los códigos del cine de palomitas, comercial puro y duro, el director mexicano construye un film que se dedica a realizar referencias al género de ciencia ficción e invasiones extraterrestres, y lo combina con todos los clichés de las cintas para adolescentes, a veces para parodiar, otras para utilizarlos como si se tratase del peor film de estudiantes de instituto.

Claro, tiene su gracia ver a Elijah Wood años antes de convertirse en el hobbit que salvó a toda la tierra de la Edad Media, o a Robert Patrick, ese Terminator modelo T-1000 actuando como Terminator modelo T-1000, o Salma Hayek robando cámara gracias a Rodríguez y por supuesto, Jon Stewart. Al director chiclano siempre le ha gustado plagar sus filmes de personajes conocidos y esta no es la excepción, desde el crítico Harry Knowles hasta Usher Raymond, o solo Usher.

La historia es sencilla: algo se está apoderando de la escuela. Primero los profesores, y luego los alumnos, excepto seis elegidos que deberán combatir a estos parásitos con un arma especial y absurda, como solo puede ocurrir en la ciencia ficción de serie B. Quizás Rodríguez no se recuperó del éxito de From Dusk Till Dawn y pensó que jugando un poco con el cine de adolescentes y los argumentos invasores de los cincuenta crearía otra joyita de culto. Tal vez olvidó que la principal virtud de su cinta de vampiros es la locación cerrada, lo cual le ayuda a evitar los plot hole o la bendita lógica de la nevera, bastante habituales en esta facultad.

Rodríguez realiza una obra semejante a Buffy The Vampire Slayer, donde su idea no es tanto parodiar, sino reinventarse a través de cierta complicidad del espectador, cambiando pequeñas reglas del juego, algo así como jugar al fútbol en un local cerrado donde las paredes eliminan los límites y los goles puedan marcarse de rebote como si se tratase de un billar. De esa manera, los personajes juegan con los estereotipos, así la víctima de bullying es el héroe del film, la marginada y el delincuente juvenil ponen la materia gris, el capi del equipo de fútbol intenta renunciar a su capacidad de líder y tipo duro, la hermosa y engreída reina del instituto prefiere comportarse como dicta su personaje a pesar de ser bastante inteligente.

Con el tema de las referencias, al creador de Machete siempre le ha gustado jugar con la cultura pop cinematográfica del espectador, un recurso facilista pero siempre efectivo y esta vez no es la excepción. Stokely da con la solución al problema de manera genial: matar a la reina, al igual que en Invasion of the body Snatchers, aunque no tengan idea de que esta exista.

La peli está hecha para gustar. Cuando un buen director está detrás de las cámaras, hasta el argumento es poco importante, pero incluso así es mala; a mitad de metraje le entra la indecisión entre mandarlo todo al diablo y hacer su película o respetar el cine de adolescentes. Por desgracia, se decide por lo segundo y el film se vuelve predecible, aunque guarda la carta de la identidad del monstruo final de manera decorosa.

No obstante, cuando la vi por los noventas, no me causó tanta impresión, ahora declaro su entrada oficial en mi lista de placeres culpables.

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Montado en un tren y cámara en mano

I’m going off the rails on a crazy train.

Ozzy Osbourne

No todo es cine en la vida, aunque los trenes y sus respectivos vaqueros tengan una gran presencia en el celuloide. Hace unos meses la terminal de Tulipán, ubicada en La Habana, reinició servicios gracias a la terminal de contenedores de Mariel. En otras palabras, tenemos tren.

Con una velocidad máxima de 90 Kms/h, el viaje de La Habana a Guanajay apenas demora cincuenta minutos. Eso sí, la terminal está bien alejada del pueblo (detrás de la prisión), y si no tienes a alguien esperándote por allá, bien puedes demorar otros veinte minutos en llegar.

El único inconveniente del viaje es que no hay manera de leer durante el trayecto, pues la vibración del tren imposibilita fijar la vista. De todas formas, uno se entretiene con el paisaje, o si no, con los niños que corren al lado de la maquinaria, o le tiren piedras, o las colocan en los raíles para que salgan disparadas como proyectiles cuando las ruedas hacen contacto con estas. Peligroso pero divertido.

Algunas personas se han habituado demasiado al tren y cruzan justo antes de que pase la mole de hierro (y plástico y madera); los perros, como son el mejor amigo del hombre, los imitan; incluso los cerdos. Peligroso pero divertido.

Pero lo mejor son los horarios que te permiten viajar con comodidad fuera de las benditas ocho horas de trabajo, y a menos de dos pesos cubanos (algo así como diez centavos de dólar). Larga vida al tren, que a tantos guajiros perdidos en La Habana salvará.

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Uno de las máquinas que realiza el viaje.

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Pegaditos a un tren tráiler (al menos eso parecía por las literas del interior).

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¿Y no deberían evitar que el tren pasara cerca del hospital?

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La naturalidad de que el tren pase a dos metros de tu casa.

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Buscando novedades en la prensa porque el tren ya es agua pasada.

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Prefiero los de los trenes eléctricos.

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Chismeando por las ventanillas: carrocería que olvidaron llevar a materias primas.

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“¿Hasta cuando las fotos papito?”

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Una de las pocas posibilidades de afirmar que se participó en un cambio de línea.

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“Afloja que me quedo en el puente”.

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Una visita maravillosa por el perímetro del basurero de La Habana.

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Hay quienes no se acostumbran al ruido del tren.

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A pesar de las creencias de muchas personas, los trenes sí se ponchan.

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Terminal de El Cano, igual a todas las demás.

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Justo como en el oeste americano, viajando mientras se construyen las líneas.

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Sentarse en la línea al sol es uno de las actitudes más nihilistas de la vida.

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Sin palabras. El típico adiós de los niños.

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Esperando que pase el tren para cruzar.

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Inmutable.

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Una vez más, cuando el tren se vuelve algo cotidiano.

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Paladar ubicada en Caimito. Buena publicidad la de pasar rápido en tren por ahí.

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Inmenso árbol que cubre toda una finca.

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Fábrica colocada en medio del paisaje rural.

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Fin de las fotos. Llegamos a Guanajay.

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Rehenes ante la pantalla

Este no es el poster oficial, pero me agrada más.

The Host (2006), cinta surcoreana

El texto original tiene ya un año. Ahora lo traigo acá con algunas modificaciones porque ayer volví a ver la cinta y mi opinión no ha cambiado ni un poco: The Host es una joyita.

Después de un tiempo viendo cine, uno se acostumbra a conflicto superficiales tratados con mucha profundidad, lo cual se traduce en toda una explicación de por qué nuestros protagonistas actúan de una manera determinada, y de paso malgastar buena parte del metraje. Son pocos los personajes con características per sé, quizás los villanos remalos sean la excepción porque al final de la jornada terminarán en la cuneta y a nadie le importa su historia. Seamos sinceros, un cine de entretenimiento y sin pretensiones no tiene por qué ser sinónimo de idiotez y superfluidad.

The host, película coreana del 2006, está hecha ante todo para divertir, pero con los códigos revertidos: los momentos dramáticos son para desternillarnos de la risa, y los gags basados en la estupidez de un personaje nos congelan, y quedamos incapacitados para soltar la carcajada que sabemos toca en ese momento. La sensación es espectacular; descubrir un tema tratado hasta la saciedad (monstruo mutante aterroriza ciudad) desde una visión diferente, con personajes llenos de conflictos y defectos y con apenas un puñado de virtudes se agradece, porque uno se harta del militar americano (con pequeño cameo incluido) que todo lo resuelve gracias a sus cualidades (físicas).

Para ampliar aún más el espectro de lo diferente, la historia de amor colocada sin lubricante en cada cinta de monstruos esta vez se queda en lo paternal. Un héroe con retraso mental  necesita una motivación mayor para enfrentar a la bestia, para adjudicarse el enemigo de toda una ciudad para él solo: la vida de un hijo. Y el equipo que le acompaña no puede estar formado por sus colegas del barrio, esta vez son una arquera de fama nacional, un universitario alcohólico y un anciano con paciencia inagotable. Todo queda en el ámbito familiar.

Cuando al minuto cinco aparece el monstruo mutante del río Han, uno debe hacer una serie de concesiones características del género, pero lo maravilloso del film es en realidad la gama de géneros entre los que se desplaza. Por momentos la cinta se convierte en thriller, luego pasa a comedia para regresar con una carga dramática que vuelve a desarmarse con un gag; ahí radica su capacidad de sorprender. Entre esto y los giros inesperados del guion, uno agradece la ruptura de la rutina catastrófica donde todos conocemos el resultado final antes de comenzar la peli.

De paso, el director Joon-ho Bong le guiña el ojo al entrometimiento norteamericano, a la pasividad de los gobiernos en los momentos de crisis y a los maravillosos diseños de los engendros marinos con un pez con piernas e innumerables extremidades, tan bizarro como asimétrico.

Ahora, cuando uno quiere buscar qué es lo más importante de la cinta, personalmente pongo a un lado la realización, para lo que debió ser una obra de serie Z; me quedo con los personajes, su fuerza interna, sus mil defectos y con el concepto de familia aunque esta sea muy disfuncional. Eso es lo mejor del film, que afronta una realidad sin forzar la situación en el plano emocional; los héroes tienen un motivo real para enfrentarse a una aberración: la familia.

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Guía para realizar una boatmovie

Lo más importante en una boatmovie es la embarcación.

Lo más importante en una boatmovie es la embarcación.

Una película puede ser un ejercicio cinematográfico impecable donde no se cuente nada y todo sea puro efectismo. Lo más fácil es señalar a las superproducciones como ejemplo de esto, pero tampoco se puede ser tan oportunista; existen otros casos, como el de Reygadas, que por lo general uno sale del cine sin entender nada de la cinta pero aun así nos da la sensación de que se nos escapó algo, quizás todo. Por suerte, en esos momentos, cuando el desasosiego nos agarra por el pescuezo, nos queda el consuelo de no ser uno de los chicos-¿viste-qué-buena-estuvo-la-fotografía?, porque no hay nada más terrible que presumir de listos sin tener la menor idea de qué carajos pasó en la pantalla.

Pero entonces Ang Lee monta a un tigre de bengala llamado Richard Parker y a un indio (de los de verdad, no un aborigen) con nombre de constante matemática en un bote y te derrumba un poco esto de que las cintas deben transmitir algo. Primero abre con una anécdota light para explicar el nombre del protagonista, Piscine Molitor; tras esa broma introductoria, uno supone que la trama no irá muy en serio, aunque la narre un náufrago, el sobreviviente de una tragedia.

Después de un accidente marítimo durante una mala noche, Pi termina con cuatro animales en un bote salvavidas, pero luego de unas escaramuzas iniciales, tigre y humano quedan como únicos tripulantes de la embarcación y comienza la verdadera aventura: tiburones sin apetitos, una flota de peces voladores, plancton fluorescente, suricatas sin instintos, una isla asesina, una ballena con salto de Discovery Chanel incluido, dos tormentas de proporciones bíblicas: una hace naufragar un carguero japonés y la otra es incapaz de hundir un bote salvavidas, todo esto para amenizar el verdadero espectáculo: cómo domar un tigre en el medio del océano.

Argumento risible y cinta espectacular; a veces te dan deseos de montarte en una lanchita y perderte unos días con tal de disfrutar de los atardeceres y toda la belleza del mar. ¿Y entonces? Me regalaste una boatmovie con una fotografía de lujo, una historia de superación y sobrevivencia y un tigre que de existir un Óscar para animales, con la estatuilla entre las garras, se lo dedicaría a Di Caprio y su actuación en Titanic. Si están todos los ingredientes, ¿qué falla? Está bien, está basado en un libro, pero igual, ¿qué falla?

Nada falla. Ese es el chiste de Lee al final: te pude contar una historia más dura, más verosímil o el relato de un náufrago basado en hechos reales, pero preferí esta. Una buena historia, narrada con pulso, fantasía, humor. ¿Y entonces por qué la cinta zozobra? La respuesta la tiene Wilson, un balón de voli que ha impactado más en lo pop que Richard Parker. La vida de Pi no es una mala película, nosotros estamos jodidos por preferir un náufrago que habla con un balón a otro que doma un tigre.

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Breaking Bad: qué final más flojo, bitch!

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Después de cinco temporadas, a Vincent Gilligan le tembló la mano. Por eso el final de Walter White desentona bastante con el resto de la serie, y es que un hijo de puta que ha logrado todo y ha demostrado ser un verdadero genio del mal, no puede tener una despedida tan patética. La culpa de eso quizás la tengamos nosotros por atribuirle a la televisión un grupo de valores educativos, como solemos hacer con todo, y por ese motivo Mr. White debe morir o terminar tras las rejas por el simple hecho de ser un villano.

Por eso Heisenberg soluciona en par de capítulos los problemas que ha creado y se despide de todos con la misma sonrisa bonachona con que Bryan Cranston miraba a sus estudiantes de Albuquerque parado junto al pizarrón. Un personaje que conquistó por su cambio de personalidad, sobre todo a la hora de tomar decisiones, no puede derrumbarse por completo solo para complacer a la cadena y la audiencia.

Pasemos de la muerte heroica, de la segunda bala perdida más absurda de la historia (después del caso Rafael Lahera y Kangamba -1:29:45-) y también pasemos del ilógico retiro de Walter a un pueblo donde el puñetero frío no afectaba a sus enfermos pulmones. ¿Por qué Gilligan no le perdonó la vida a uno de los mayores hijos de puta que haya pasado por la televisión? ¿Por qué tomó el camino más sencillo? ¿Por qué los antihéroes de ficción pagan por sus crímenes, si todos sabemos que no es así en la vida real? ¿No es hora de olvidarse de aquella máxima de la novela policiaca? ¿“El crimen nunca gana”? No me queda claro si Gilligan es feliz con ese metraje de casi dos horas que da cierre a la serie, o si es solo un final alternativo al verdadero punto final en el episodio catorce, ese donde Walter White está sentado en la parada, destruido por la muerte de Hank, por la caída de su familia, por el fracaso de su supuesto objetivo, pero aún con fuerzas de seguir adelante, desaparecer de la faz de la tierra y disfrutar sus diez millones. Ese es el Heisenberg que Gilligan construyó, no el vengador justiciero que busca la redención en una batalla frente a los nazis, sustituyendo el látigo de Indy por una ametralladora automática.

Solo puede definirse en una palabra: cobardía. En cinco temporadas Heisenberg se ha convertido en un monstruo con credenciales suficientes para entrar a Arkham, pero cuando ya tiene el boleto para mudarse a Ciudad Gótica, la luz celestial ilumina su camino y después de casi una hora de absurdo preámbulo, el penúltimo capítulo nos deja servido en bandeja de plata un regreso épico y con final cantado. Y aquí me convenzo más de que a Gilligan le sugirieron algunos ajustes para su cierre: era imposible lograr una atmósfera más asfixiante que la del inicio del capítulo catorce de la quinta temporada. Ese era el momento del todo o nada, de la caída absoluta o el escape milagroso. Y la decisión es sabia, la muerte de Hank es la bofetada que necesitaba Walter: nada de esto lo hizo por su familia, todo fue cuestión de ego; y si a algún televidente no le queda claro, el robo de su hija después de una pelea de alta tensión con su esposa e hijo lo dice todo. Se terminó. Jekyll desaparece y Hyde toma el control absoluto, y para que no olvidemos lo estelar que es Gilligan, le da un minuto para despedirse antes de adentrarse por completo en el dark side: la llamada a Skyler y la devolución de la beba. Ese es el momento de gloria de Walter, el cierre espectacular, el último grito del hombre que ama a su familia antes de ser consumido por la oscuridad. El resto es un epílogo, para que a los televidentes no se rompan con ese primer plano de las lágrimas de Cranston. De ahí esa última escena para bajarnos la adrenalina y de paso dejar claro con ese perro cruzando la calle que esto termina aquí.

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El Mella vibra con Haydée

Fue corto, conciso, lleno de estrellas, un concierto en familia, para compartir con los amigos y homenajear a Marta Valdés. ¿La sede? El teatro Mella, como si fuese el patio de la casa de los Milanés.

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Haydée junto a su padre Pablo Milanés

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El maestro Ernán López Nussa y Jorge Reyes en el contrabajo.

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Haydée Milanés junto a los trompetistas Roberto García, Carlos Frank Carrodeguas.

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Haydée al piano.

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Haydée Milanés justo al iniciar el concierto.

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Haydée Milanés junto a la Homenajeada de la noche, Marta Valdés.

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