Una historia con moraleja (+ Muchas Fotos)

Cayo Coco. Reunión Anual de Espeleología.

La simple mención de un cayo puede traer muchas ideas erradas como Paraíso Terrenal o buena vida, pero nada más alejado de la realidad en el Campismo Cayo Coco, perteneciente a la red de Campismos Populares. Las cabañas tenían características peculiares: salideros de agua o sin esta para bañarse; aires acondicionados sin caretas, con interruptores complicados, y sin noticias de enfriamiento. Para colmo, cuando intenté encender uno, de él salieron volando cucarachas y mariposas.

La situación de la comida no era distinta; la servían tan caliente que era imposible saber si estaba buena o mala. Desde el primer día te quemaban la lengua para inutilizar las papilas gustativas. En la cafetería solo tenían una hornilla para cocinar el picadillo de cebo, calentar los perros calientes y hacer el café de la mañana. El primer día el desayuno fue galletas zocatas con café.

Llegamos el jueves y apenas hicimos estancia en el campismo por los motivos antes explicados. Nelson, Osvaldito, Borrego y Ernesto eran mis acompañantes, o yo lo era de ellos. Teníamos una playa hermosa, algo así como la madre de Varadero, pero las condiciones climatológicas (un perro frío y un viento del carajo) nos impidieron bañarnos. La única opción era caminar y beber ron barato.

El primer día chancleteamos aquella maravillosa arena hasta los restos de un aeroplano (como diría Matamoros) que el mar había sacado de las profundidades. Alguien hizo el chiste de si no era ese el avión de Camilo, pero un tecnicismo sobre el modelo puso fin a la broma.

El sábado salimos a caminar el cayo después de la reunión principal. Nuestro guía era Dimitriv, un avileño obsesionado con el origen de su nombre, griego según él. Preparó la ruta a seguir y a eso de las cuatro de la tarde salimos a la carretera para buscar un aventón. Fue llegar y montarnos en un camión de arena.

“Tremenda botella. ¿Te imaginas si hubiéramos caminado todo ese tramo?”. Horas más tardes, esas palabras resonarían una y otra vez en los oídos de cada expedicionario. El chofer nos adelantó hasta una bifurcación ubicada a varios kilómetros de la carretera principal. De ahí fuimos caminando hasta la caverna que lleva por nombre la comida favorita de Obélix. Pasamos cerca de Playa Prohibida, una zona nudista.

Fueron varios kilómetros a pie por el pavimento. La vegetación cambiaba de forma abrupta: lo mismo estábamos cerca de pequeñas ciénagas y lagunas que de un suelo kárstico con plantas y arbustos atrofiados (troncos gruesos y pocas hojas), todo sobre un diente de perro que parecía afilado con piedras de amolar.

A la entrada de la cavidad habían algunas esculturas (entre ellas un indio cabalgando un jabalí) que si bien no eran gárgolas, producían el mismo efecto perturbador. Un guardia de seguridad encendió una planta eléctrica y abrió la reja que daba acceso a la disco-cueva. El interior era uno de esos antros de la perdición donde uno quisiera, al menos una vez en la vida, perderse por una larga noche. Allí, las formaciones kársticas no eran del todo natural: habían dado pico y pala hasta decir “¡está bueno ya!”; tenía luces tenues y algunas barras donde debían despechar bebidas. Los charcos de agua estaban en todas partes y los murciélagos no habían abandonado el sitio a pesar de la presencia de seres humanos. Aquello cuevita era una de nuestras burdadas para atraer turismo.

Regresamos sobre nuestros pasos y esta vez sí entramos a Playa Prohibida, paraíso nudista. Un bar a la entrada, arena fina y un precioso mar de fondo fueron la decoración perfecta para llevarnos una desilusión mayúscula: solo estaban el barman y el chico maravilla, ni siquiera la batichica andaba por allí. Caminamos hasta la costa en busca de alguna peregrina teta, pero nada de nada. Nos conformamos con sentarnos a mirar las chapas de vehículos de Canadá que decoraban el lugar. Deprimente.

La caminata continuó, pero en mi caso me vi obligado a retrasarme por necesidades fisiológicas. Le pedí a Osvaldito unos granmas (Ógano Oficial del Partido) para deshacerme del lastre y fui hasta el baño del bar: una cabañita con un inodoro sin tanque de agua y un lavamanos. Cuando miré al interior del retrete, me retracté (quizás fueron las heces) porque cualquier resultado de mi digestión que soltara quedaría estampado en la arena bajo la cabaña. Para más inri, la puerta no se cerraba. La decisión fue inminente: detrás de las uvas caletas.

Por algún motivo, conversar de temas escatológicos es considerado de pésima educación. La escatología es una ciencia (no confundir con las creencias religiosas), ¿por qué no puedo impresionarme con los últimos estudios mierdológicos que permiten conocer dónde se realiza la caza furtiva de elefante en África como mismo usted lo hace cuando le hablan del último modelo de IPhone? Lo siento, pero el siguiente párrafo contiene alto contenido escatológico.

Me aposté detrás de unas uvas caleta para defecar. No me pondré técnico ni detallista, pero una vez concluida la primera parte, procedí a utilizar nuestro bendito periódico. El uso de la prensa como papel sanitario no es exclusivo de Cuba. Chinos, polacos, estadounidenses, filipinos y neozelandeses (las tribus africanas no) han utilizado la prensa como papel sanitario desde que Gutenberg creó la imprenta. Lo que convierte a nuestro archipiélago en una rara avis es la pésima calidad de nuestros periódicos (del papel con que se hace) el cual no es el más idóneo para estos menesteres. Como les decía, utilicé a la abuelita para quedar limpio y después beber a pico de botella una caneca de ron, me incorporé al resto del grupo.

Otra vez, solo nos quedaba caminar y caminar. Pasamos por un basurero, o al menos eso consideraban quienes allí echaban todas aquellas botellas de vino, latas, escombros y todo tipo de desechos de la zona hotelera. Cayo Coco tenía su propio idilio ecológico, vergonzoso si tenemos en cuenta la variedad de especies en su flora y fauna.

Por suerte, un chofer de guagua caritativo nos dio otro aventón y terminamos más cerca del cenote, el principal objetivo del viaje. Un cenote no tiene nada que ver una glándula mamaria de tamaño exagerado, sino con una dolina inundada, algo así como un estanque de agua dulce formado en el interior de una cueva.

Al bajar del transporte, caminamos un poco más por la carretera y por fin entramos al monte. Debíamos estar cerca.

Como estaba en un cayo considerado de lo mejor, no llevé ropa de faena; todas mis mudas eran decentes. Por eso andaba con tanto cuidado entre la vegetación. Como es habitual, en cada uno de mis viajes, nos perdimos; es decir, no encontramos el cenote y estaba anocheciendo. En eso estuvimos como media hora. Unos salieron a la carretera y otros nos quedamos en espera del avezado buscador, pero Dimitriv no daba pie con bola.

Hilario, un anciano con la fuerza vital de los 300, fue a buscarnos para salir de una vez de aquel monte y regresar a la carretera porque estábamos bastante lejos, pero cambió de parecer y comenzó a avanzar junto a nosotros en busca del griego, quien vía SMS nos había informado que ya estaba en el cenote. Llegamos cuando apenas un par de rayos de sol alumbraban la charca. Hilario se lanzó al agua y la calma de aquel sitio quedó destruida. Parece una porquería, pero los minutos sentados ante aquella laguna me relajaron y me hicieron olvidarme de los dolores del dengue que desde bien temprano me estaban afectando.

Cuando volvimos a la carretera, la mala cara de Nelson y Ernesto daba miedo. No habían pasado quince minutos y ya era noche cerrada. Dimitriv nos llevó a una intercepción e intentó detener algún transporte. “Ahora a esperar algo”. La distancia entre nosotros y el campismo era de unos veinte kilómetros y yo a cada minuto me sentía peor. Además, mis nalgas estaban sufriendo debido a la tinta del periódico.

Nadie se molestaba en preguntarnos a dónde íbamos, allí los automóviles tenían su particular carrera contra el tiempo.

Excepto el guía, el resto decidió hacer el camino de regreso a pie. Fue la peor decisión que tomé. Largos kilómetros y el cansancio combinado con la maldita mala impresión de nuestro órgano oficial me tenían caminando como un huno de piernas bien arqueadas. La noche nos aplastaba; no había luna y las estrellas no le ponían ningún toque romántico a la situación. Para no hacer más largo este post, después de una hora walkin’ down the street, llegué con las nalgas bien peladas gracias a otro bendito chofer de guagua que nos llevó hasta el campismo. Y si digo gracias es porque sin su buen gesto valorado en diez pesos per capita me hubiese salido una ampolla imposible de explicar. Caminar después de limpiarse con un Granma es una pésima desición.

A la altura de esta tercera cuartilla salta la duda de cuál es la moraleja de esta historia. Quizás “No perder la cabeza por un cenote” sería una buena opción para los más simplistas y lujuriosos como yo, pero la verdadera lección es “cuando no puedas más con tu propia mierda, ni se te ocurra soltarla en cualquier sitio, porque puedes terminar con el… las nalgas peladas”.

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Fragmento de avión caído en el mar y luego sacado por las corrientes marinas.

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Cabina del piloto, muy básica para un avión serio.

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Circuitos en mal estado y afectados por el salitre.

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Interior del avión, lleno de algas.

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Aquí no pasa nada

Tengo una suerte de affaire con la adulteración. Botellas de ron, latas de refrescos, pomos de soft drink, helado Nestlé, picadillo de pavo y por ahí sigue la lista, que ni es de Schlinder, ni de los Billboards, ni la de los participantes en el trabajo voluntario del fin de semana, sino de los productos alterados por las manitas del cubano, ese ser maravilloso que se enorgullece de joder a su paisano y le llama estar en la lucha. Pero lo reconocemos, y ese es un primer paso. Saber cuán jodidos estamos es elemental para poder superar un problema, por eso buscamos alternativas: dos trabajos, el invento, el desvío de recursos, la corrupción, ¿qué puedes decir? En una balanza pesan más las bocas abiertas que las clases de educación cívica.

Entonces entra el periodismo, quien no reconoce problema alguno y como es lógico no puede resolverlos. ¿Cuándo la prensa va a dar un bendito palo con respecto a la corrupción de este archipiélago? (Por cierto, me enteré que somos de los países menos corruptos del mundo, según una de esas organizaciones sin fines de lucro que parece funcionar con los mismos números incomprensibles del FIFA). En los últimos años, el desfile de problemas relacionados con la palabra corrupción han sido muchos. ¿Cómo nos enteramos del escándalo de Comunales? De flash en flash. En otras palabras, primero ocurren filtraciones en los órganos encargados de impartir justicia antes de ver publicado un buen trabajo sobre el tema en nuestros diarios, semanarios, prensa digital y todas las categorías posible. O peor, es preferible filtrar la información a permitirles a los encargados de informar cumplir con su labor. ¿Corrupción? Aquí no pasa nada.

Si hablas de ron adulterado, te miran con cara de espanto, como si uno fuera un maldito fenómeno de circo de La parada de los monstruos (o si son tan cinéfagos como yo, de Freak) y te preguntan “¿de qué estás hablando? ¿dónde están tus bases para decir eso?”. En mi paladar, el cual no tiene la experiencia de muchos colegas, y si ellos no encuentran problema alguno, por algo será. Además, el ron es uno de nuestros símbolos nacionales (no confundir con el tocororo o la mariposa) y sería una pésima propaganda para los turistas. Está bien, con el ron no pasa nada.

Cuando esos mismos periodistas salen con sus niños y le compran una cola (con k) y para ellos una birra bien fría, les llega una sorpresa que jamás reconocerán ni en algo tan subjetivo como una crónica: la mirada triste de sus hijos y el sabor amargo en sus papilas gustativas quedará como una espina más de la profesión. ¿Por qué? Porque con las bebidas de este país no pasa nada.

Robo cuantioso de cuadros de Leopoldo Romañach en el Muso Cubano de Bellas Artes es equivalente a pequeña mísera nota de algún organismo superior. Es como el cuento del elefante, que de chiquito le sonaron dos trompadas por tratar de zafarse de la soga y ahora ni lo intenta. La fábula es un poco diferente, pero nuestro caso no. Da igual que Raúl Castro, Díaz-Canel y toda la constelación de estrellas ruegue de rodillas una toma de conciencia por parte de la prensa. Aquí no pasa nada.

Como tampoco pasa nada con los helados con sabor rancio, como tampoco pasa nada con las galletas socatas, como tampoco pasa nada con el papel sanitario, como tampoco pasa nada con el cierre de los cines 3D. Como tampoco pasa nada con el salario.

“Los jóvenes periodistas son el futuro, ellos cambiarán las cosas”. No es posible. Delegar esa responsabilidad en los inexpertos y talentosos retoños solo tiene una palabra, la cual es un poco fuerte porque podría sonar a acusación, pero para evitar las dudas, se refiere a la carencia de contenido en el escroto. La vida es más tranquila cuando no pasa nada.

Pero entonces cuando quedan dos o tres “lujitos” como el picadillo de pavo (lo que antes era un manjar por 1.10 C.U.C.) y alguien viene y nos lo convierte en otro engendro de averígualo, sigue sin pasar nada.

“Le echaron soya”. No, la soya no huele a pescado, y mi casa no puede tener el hedor de un barco ballenero cuando se cocina la que antes era una de mis comidas favoritas. “Es imposible adulterar eso en Cuba”. ¿En serio? Es imposible hacer picadillo con cáscaras de plátano, es imposible comerse una frazada como si fuese un bistec, es imposible exterminar la población de gatos de muchos pueblos, es imposible vivir en un país rodeado de agua salada y escuchar “llegó el pollo por pescado”. ¿A nadie le preocupa saber por qué el pescado no es un personaje habitual en nuestros platos? Cuando me dijeron por primera vez (no recuerdo la edad) que en la Antártida no había pingüinos me quedé muerto. “¿Y por qué si eso está lleno de hielo?” Esa debería ser nuestra reacción; coño, si hasta Julito era pescador. Pero como siempre, la prensa ajena a todo. Aquí no pasa nada. Y si pasa, se le saluda.

Nota al pié: los pingüinos están en las costas y aguas de la antártida, no en el continente.

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La belleza de la Feria

Estar en la Feria del Libro de La Habana agota. Calor, muchedumbre, muchos metros para recorrer y pocos libros de nuestro interés. Klau y yo terminamos sentados frente a la puerta de salida, en espera de una señal para largarnos. Frente a nosotros desfilaban niños, adolescentes, hombres y mujeres, categorías todas muy caprichosas.

Entre tantas personas, justo detrás de nosotros, un peque de cuatro o cinco años desafiaba a la Feria con su rostro de explorador. Comía maní, y cuando se llenó la tripa, nos lo ofreció con un gesto que parecía decir “no miren tanto y coman, yo ya estoy lleno”.

No pudimos quitarle los ojos de encima. Su actitud ante el mundo nos tenía hipnotizados. Klau sacó la cámara y le robó el alma una y otra vez. Él ni se inmutaba, seguía mirando su libro, señalando imágenes mientras interrogaba a su abuela (o quizás era la madre) con la mirada. Su hermano (o primo) también compartía con él el descubrimiento de aquella obra.

Si tú eres fotógrafo de algún medio y ves a una muchacha con una cámara semiprofesional y además ves cómo el lente solo apunta a un niño, nadie puede acusarte por copiarle. “Si alguien propone una idea interesante, sería de necios rechazarla”. Con su gorra y su Canon se paró justo al lado de nosotros y comenzó a disparar.

Y entonces ocurrió algo extraño. Se nos quedó mirando algo temeroso, nos analizó del cogote hasta la rabadilla, vio nuestras credenciales y sacó su celular. “Pepe, abre eso ahí que ya tengo la foto del día, pa’ subirla pa’ la web”. Fue un grito; claro, entre tanta muchedumbre seguro no le oían bien y era necesario proyectar la voz bien alto, y que nosotros, la familia del niño y todos los interesados supieran de su logro: ya tenía la foto del día gracias a aquel niño síndrome down.

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Tres párrafos para no escribirlos

Quizás algunas historias sea mejor no contarlas. A mí no me gusta quedarme con ellas dentro, y más cuando se trata del transporte público. Ayer, montado en una guagua tan llena de personas como solo puede estar el autobús de la ruta 195, justo frente a mí habían un ciego y un débil visual. De más está decir que nadie les brindó el asiento y ellos no pudieron avanzar entre la masa de personas para buscar esos puestos destinados a minusválidos. Pérdida de valores.

Nuestras guaguas poseen unas guindalejas que en teoría son para agarrarse y mantener el equilibrio, pero están hechas para pigmeos, porque a una persona de estatura media le llega a los ojos, como a ambos débiles visuales. Traté de sostener uno de aquellos manubrios de plástico con soga para evitarles un golpe, pero dada la incomodidad de la guagua y los empujones habituales, debidos a la inercia o no, se me resbaló de las manos y fue a parar a las gafas de uno de ellos. Por suerte ni se rompieron, ni se dio un golpe y terminó riendo mientras decía “por poco me los rompe”.

Volví a agarrar aquello mientras pensaba “por suerte no vio que fue culpa mía”. No es humor negro, en una situación como esa, ¿qué otra cosa se puede pensar? Pero ahí no. Cuando llego mi parada les dije “cuidado, esto va a soltarse de nuevo” y no más despegar mis manos del manubrio, el plástico impactó en la cavidad ocular del débil visual. Mi rostro se contrajo en una expresión lastimera, respiré profundo y cuando me cercioré a ojos vista que no le había ocurrido nada, me bajé.

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La política cultural del país

Después de leer ¿La vida en 3D?, reportaje a doble página publicado en el dominical de Juventud Rebelde (día 27 de octubre), me convenzo más de que no tengo idea de cuál es la política cultural del país. Entremos en materia rápido.

 Según Roberto Smith, presidente del ICAIC, “los cuentapropistas pueden distribuir los filmes como vendedores de discos, legalmente reconocidos, aunque realizan una actividad ilegal, pues no pagan nada a sus productores por las copias piratas”. En otras palabras, reconoce que el Estado cubano permite la piratería, algo así como otorgar patentes de corsos, y por ende, es incapaz de regular qué distribuyen estos vendedores.

Luego afirma, “la proyección de 3D por cuenta propia es un proceso en el que aún no hay nada definido y, por tanto, esa actividad no es legal, pero tampoco se toman medidas contra las personas que lo patrocinan. Todo debe estar regido por el principio de la política cultural”. O sea, el negocio de los cines 3D sí debe estar regulado por la política cultural del país, no así la venta indiscriminada de discos. No obstante, como aún no hay una ley para este tipo de negocio, se les trata con mano suave.

En otro momento del reportaje, Marta Elena Feitó Cabrera, viceministra primera de Trabajo y Seguridad Social, explica que “en los años 90 se restringió este tipo de actividad (la exhibición) por las implicaciones que en ese momento tenían para la seguridad del país, y por la posible proyección de materiales pornográficos, entre otros”. Sí, en los noventa, en un primer momento se cerraron todas las salas de video que estuviesen a menos de quinientos metros de una escuela porque eran motivos de fuga de los estudiantes, incluso si solo exhibían películas en la noche. Luego se cerraron todas y se prohibió también el alquiler de filmes. ¿Los vendedores de discos de hoy no pueden vender pornografía y poner en peligro “la seguridad del país” (sea lo que sea que eso signifique)?

Roberto Smith también afirma que “con la fundación del Instituto se creó una cartelera que enriquecía el intelecto del espectador buscando una transformación espiritual en el gusto y la sensibilidad hacia varias culturas. Existía entonces una variedad, heterogeneidad y equilibrio en la programación, que hacía del cine un elemento enriquecedor, además del entretenimiento”. Sí, cuando se fundó. Hoy, a excepción del Chaplin, la sala Charlot y alguna otra del Multicine Infanta, en el circuito nacional se proyecta bastante basura. No lo critico, tres salas son suficientes para exponer lo mejor de la historia del cine.

Continúa Smith, “la política cultural enfrenta al mercado que exhibe películas que solo reportan intereses económicos. Este fenómeno mundial lo reproducen las salas 3D, donde mayormente se proyecta cine norteamericano, que no es malo pero aporta muy poco culturalmente. No significa censura a esa cinematografía, porque los cubanos tienen acceso a ella a través de la televisión y los cines”. Continúa “el ICAIC defiende al cine como valor y expresión cultural que no puede arruinarse con la política de mercado, modus operandi de estas salas por cuenta propia. Sin ser categórico, diría que no creo que pueda existir un reconocimiento legal a una actividad que viole la política cultural de la Revolución, lo que no quiere decir que no pueda haber formas de producción no estatal relacionadas con la exhibición de cine”. Entonces, no se pueden obtener beneficios económicos de la exhibición pero sí de la venta, incluso cuando la calidad estética (y de proyección) de TODAS las películas exhibidas en cine 3D está fuera de discusión y no así los productos audiovisuales vendidos por los corsos. Hasta el día de hoy no hay restricciones, pero el horizonte no depara nada alentador. Smith agrega que “si en un futuro existieran salas de proyección operadas por mecanismos no estatales que ayudaran a lograr más eficiencia, la programación aun seguiría siendo cuestión del ICAIC, por la importancia de cumplir con la política cultural trazada”, la cual se viola con los corsarios y la gran cantidad de películas y series transmitidas por la televisión.

“Existe una deuda con el espectador cubano que siente el derecho de ver cine 3D”, admite Smith; reconocen en el reportaje la imposibilidad de hacerlo en nuestras salas por los altos precios de los equipos, pero una vez estos existan, ¿qué diferencia habrá entre sus carteleras y las de los cuentapropistas? ¿Remasterizaremos El gabinete del Doctor Caligari o Casablanca? La gran mayoría de las películas con esta tecnología se hace en Hollywood, y todo el mundo sabe qué tipo de productos son. Durante la Muestra de jóvenes realizadores, se exhibieron cuatro películas en 3D, entre ellas “Titanic”, “Los Pitufos” y “Los tres mosqueteros”. ¿Esas tres sí cumplen con la política cultural del país? ¿En serio? ¿Cuál es la política cultural del país?

En el propio reportaje el subdirector del ICAIC reconoce que la gente no va al cine por “la situación económica, los problemas con el transporte y las condiciones de las salas cinematográficas, que muchas veces no son las mejores y carecen de comodidad en los asientos o presentan problemas con la climatización”. Entonces, ¿qué clases de competencia sería el ICAIC al abrir x cantidad de salas con esta tecnología en el Proyecto 23 cuando los habitantes de La Víbora tienen una a menos de doscientos metros?

Por otro lado, Fernando Rojas, vice de cultura, se aparece con par de joyitas:

“¿Qué hacer entonces: prohibir o regular? Creo que se trata de regular, a partir de una premisa fundamental: el cumplimiento por todos y todas de lo que establece la política cultural.

“Lo que sí llama la atención es que, como regla, posee un pésimo gusto una parte considerable de las personas que cuentan con bastantes recursos financieros y por ende, con los medios para las exhibiciones en 3D —con las cuales ganan más dinero—, a pesar de que no existe la figura legal que los ampare para poderlo hacer”. Otra párrafo, citándolo indirectamente, dice “Rojas argumentó que el Ministerio de Cultura está trabajando en esas regulaciones, porque tiene el convencimiento de que cuando realicen ese ejercicio, saldrá a la luz que en esas decenas de espacios que hay en el país —mayoritariamente en la capital— se promueve mucha frivolidad, mediocridad, pseudocultura y banalidad, lo que se contrapone a una política que exige que lo que prime en el consumo cultural de los cubanos sea únicamente la calidad”. Sin embargo, cuando en el Yara se estrena Now you see me no es frivolidad, como tampoco lo es transmitir cada una de las partes de Rápido y furioso por televisión, ni Grey’s Anatomy o The Mentalist es pseudocultura.

Estoy de acuerdo con la libre difusión de todo tipo de materiales, incluido el porno; cada quién está en su derecho de consumir lo que le guste, así sea bazofia: Belleza Latina o cine mudo, mangas o tebeos, novelitas eróticas o de Corín Tellado. No entiendo por qué hoy, siglo XXI, se insiste con la supuesta política cultural, incluso después de darle licencia de corsarios a medio pueblo de Cuba para vender indiscriminadamente, y sin respeto alguno al derecho de autor, TODO lo que pudiera almacenarse en CD o DVD.

Apoyo la exhibición de un programa selectivo y de calidad para todos los cines y salas estatales del país. Levanto los dos pulgares por una parrilla televisiva decente (no la hay), con una buena selección de programas, novelas y filmes; pero jamás estaré de acuerdo con esa necesidad de control, o si prefieren, de educar al cubano y mostrarle, a través de la prohibición, cuál es el producto con calidad y cuál no, qué es arte y qué son “obras banales”. Si tanto preocupa nuestra formación del gusto, empezarían por incluir alguna asignatura relacionada con el audiovisual en la educación primaria, en la secundaria y en el preuniversitario.

¿Se imaginan al Ministerio de Salud regulando la cantidad de grasas y carbohidratos presentes en cada producto vendido por los cuentapropistas gastronómicos de nuestro país para preservar la buena salud y longevidad del cubano? Sí, la pizza es veneno, pero nos gusta, por qué van a quitárnosla.

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Un Clásico atípico

“El Rápido” de Guanajay durante el entretiempo del Barça-Madrid

“El Rápido” de Guanajay durante el entretiempo del Barça-Madrid

Con el despiste, la modorra del despertar, y la sorpresiva ausencia del fluido eléctrico, me olvidé del clásico de fútbol español. A las doce y cuarto fui a la farmacia a buscar unas pastillas y me encontré con “El Rápido” (una de nuestras cadenas de comida rápida) lleno como nunca. Más de cien personas estaban en un espacio muy reducido para ver en un televisor de diecisiete pulgadas una nueva edición de merengues y azulgranas.

Como no había luz en todo el pueblo, muchos fanáticos fueron a uno de los pocos lugares con planta eléctrica. Decidí comprar el medicamento en otro momento, dejar la receta en casa y volver para al menos compartir la experiencia colectiva del clásico. Caminé diez metros y “El Rápido” vibró con el grito de gol; Neymar abría la lata y los culés guanajayenses celebraban con euforia colectiva una imagen borrosa, porque ver, lo que se dice ver y disfrutar el gol, no les fue posible. Antes de irme, un socio me propuso ir hasta el hospital, pues como allí también hay planta, seguro podíamos verlo. No le respondí.

Regresé en menos de un minuto y traté de buscar sitio para ver el juego pero todo estaba ocupado; personas subidas encima de los muros y una masa compacta de fanáticos imposibilitaba el paso hacia el interior del local. Al rato, descubrí al Robe en una esquina, apoyado sobre un barandal sin nadie detrás de él. Trepé como pude hasta el lugar después de saltar sobre una trinchera de bicicletas que, ahora debajo, me auguraba una deliciosa caída si me resbalaba de la superficie de una pulgada de espesor sobre la cual me sostenía. El premio no fue muy estimulante pues apenas veía el televisor: cabezas y más cabezas se encargaban de cubrir toda la pantalla.

Terminó el primer tiempo y baje de la incómoda atalaya a esperar la reanudación cuando un amigo me dijo “busca la cámara y tírale una foto a esto”. Después de tomar la instantánea, volví a subir a mi torre del foso. Esta vez le pedí uno de esos socios ocasionales, con los que solo hablas el día del Barça-Madrid, aguantarme de él para no pasar tanto trabajo; logré acomodarme y los músculos comenzaron a entumecerse a un ritmo más lento.

“No han tirado una vez a puerta los madridistas” decía Robe cuando anotó Khedira; la calidad de la señal y la resolución de la pantalla era tan mala que nadie vio la atajada de Valdés hasta que fue repetida. Otro grito de gol se escuchó con el disparo de Benzema a la cruceta. El acabose llegó cuando el árbitro cerró los ojos y no vio el penal cometido sobre Cristiano: gritos, discusiones, “¿fue gol?” preguntaban los que no veían, “¿quién marcó?”, “¿qué pasó?”. Así se estuvo por un buen rato, entre protestas, comentarios y los pobres diablos desinformados.

Cuando Alexis fintó al defensa y pinchó el esférico, antes de colgar a López, se me escapó un grito de “golazo” con gallo incluido; mi intento de celebración afeminado fue el preludio de otra fiesta azulgrana. Para el desconsuelo de los madridistas, “El Rápido” volvió a vibrar. Los ánimos se calmaron después del gol y a falta de cinco para el final se restableció el fluido eléctrico. Me gustaba el ambiente, pero las piernas me dolían por estar en puntillas y terminé de ver el juego en la paz de mi televisor.

No sé qué habrá pasado cuando Jesé recortó distancias a dos del final; quizás debí quedarme y disfrutar la tensión de esos ciento veinte segundos, de la algarabía madridista, de los defensores de Ronaldo argumentando que él sí era bueno, pero no lo hice y no me arrepiento. Si Undiano Mallenco ponía fin al encuentro conmigo aguantado del Danny, los socios me habrían convencido de irme con ellos al parque a tomarnos dos o tres cervezas e iniciar una de esas discusiones de fútbol donde cada quién emite su criterio e ignora a su interlocutor, busca argumentos irrefutables (no por verídicos sino porque a esa hora nadie puede probar lo contrario) y al final termina imponiéndose quien más grita. Y aunque mi voz se proyecta bien fuerte con o sin cuatro tragos, para qué iniciar una discusión sin sentido donde no voy a terminar ganando.

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Traigan los fósforos y la leña (+ Subdesarrollo)

Ilustración: Klaus KSP

Ilustración: Klaus KSP

Cremación. Cuando lo inevitable llegase, nada de velorios ni entierros, solo cenizas. Ocurrió al mediodía; después del papeleo para oficializar el fallecimiento, se llegó a la funeraria más cercana y se comunicó el deseo de la familia.

Las cifras a pagar por la izquierda cuando se desea emplear los servicios de un crematorio son astronómicas (y comparadas con las de otros países son risibles). Aquel día era imposible, los dieciséis turnos (en una ciudad de dos millones de habitantes habitantes) ya habían sido entregados y debían esperar al día siguiente. “No tenemos cámaras de refrigeración, solo podemos guardarlo en un almacén; pero en la capilla tenemos un split muy potente, podemos ponerlo ahí, cerramos con llave si no quieren velarlo y mañana llamamos para resolver un turno”.

Antes de tomar una decisión precipitada, viajaron al crematorio, ubicado en el Cementerio Nuevo de Guanabacoa. Allí tampoco fue posible resolver, ni siquiera las palabras “lo cantidad que sea” pudieron abrir el horno. “Hoy es imposible. Mañana solo se entregarán ocho turnos porque una de las máquinas está parada debido a que el techo se está cayendo; pero solo quedan seis, los dos de la mañana ya tienen nombre y apellido. Deben ir a la funeraria principal, allí es donde se reparten los turnos”.

Dos horas después, sentados frente a la señorita encargada de recibir las notificaciones de fallecimientos en la funeraria principal, se convencieron de la imposibilidad de incinerarlo ese día. Debía sacarse, literalmente, una papeleta en la rifa para el día siguiente, y la única manera de asegurarse era pagar a la intermediaria, pues a esa hora quien otorgaba los turnos no estaba.

Datos curiosos: el crematorio de Guanabacoa, Ciudad Habana, es el único del país en estos momentos. Y solo está otorgando ocho turnos al día. Si eres de Pinar del Río, Santiago de Cuba u otra provincia, tu última voluntad puede no cumplirse. Se pretende echar andar uno nuevo en Santiago de las Vegas, Ciudad Habana.

Aún quedaba un problema. Tampoco ellos poseían una cámara de refrigeración. La solución fue hablar con un técnico de la morgue para guardarlo en una habitación con aire acondicionado y así ralentizar el inevitable proceso. Por supuesto, fue otro pago por la izquierda.

A la mañana siguiente, con el nudo en la garganta y la tensión de un posible fallo en contra, recibieron un satisfactorio turno para las seis de la tarde.

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