Rehenes ante la pantalla

Este no es el poster oficial, pero me agrada más.

The Host (2006), cinta surcoreana

El texto original tiene ya un año. Ahora lo traigo acá con algunas modificaciones porque ayer volví a ver la cinta y mi opinión no ha cambiado ni un poco: The Host es una joyita.

Después de un tiempo viendo cine, uno se acostumbra a conflicto superficiales tratados con mucha profundidad, lo cual se traduce en toda una explicación de por qué nuestros protagonistas actúan de una manera determinada, y de paso malgastar buena parte del metraje. Son pocos los personajes con características per sé, quizás los villanos remalos sean la excepción porque al final de la jornada terminarán en la cuneta y a nadie le importa su historia. Seamos sinceros, un cine de entretenimiento y sin pretensiones no tiene por qué ser sinónimo de idiotez y superfluidad.

The host, película coreana del 2006, está hecha ante todo para divertir, pero con los códigos revertidos: los momentos dramáticos son para desternillarnos de la risa, y los gags basados en la estupidez de un personaje nos congelan, y quedamos incapacitados para soltar la carcajada que sabemos toca en ese momento. La sensación es espectacular; descubrir un tema tratado hasta la saciedad (monstruo mutante aterroriza ciudad) desde una visión diferente, con personajes llenos de conflictos y defectos y con apenas un puñado de virtudes se agradece, porque uno se harta del militar americano (con pequeño cameo incluido) que todo lo resuelve gracias a sus cualidades (físicas).

Para ampliar aún más el espectro de lo diferente, la historia de amor colocada sin lubricante en cada cinta de monstruos esta vez se queda en lo paternal. Un héroe con retraso mental  necesita una motivación mayor para enfrentar a la bestia, para adjudicarse el enemigo de toda una ciudad para él solo: la vida de un hijo. Y el equipo que le acompaña no puede estar formado por sus colegas del barrio, esta vez son una arquera de fama nacional, un universitario alcohólico y un anciano con paciencia inagotable. Todo queda en el ámbito familiar.

Cuando al minuto cinco aparece el monstruo mutante del río Han, uno debe hacer una serie de concesiones características del género, pero lo maravilloso del film es en realidad la gama de géneros entre los que se desplaza. Por momentos la cinta se convierte en thriller, luego pasa a comedia para regresar con una carga dramática que vuelve a desarmarse con un gag; ahí radica su capacidad de sorprender. Entre esto y los giros inesperados del guion, uno agradece la ruptura de la rutina catastrófica donde todos conocemos el resultado final antes de comenzar la peli.

De paso, el director Joon-ho Bong le guiña el ojo al entrometimiento norteamericano, a la pasividad de los gobiernos en los momentos de crisis y a los maravillosos diseños de los engendros marinos con un pez con piernas e innumerables extremidades, tan bizarro como asimétrico.

Ahora, cuando uno quiere buscar qué es lo más importante de la cinta, personalmente pongo a un lado la realización, para lo que debió ser una obra de serie Z; me quedo con los personajes, su fuerza interna, sus mil defectos y con el concepto de familia aunque esta sea muy disfuncional. Eso es lo mejor del film, que afronta una realidad sin forzar la situación en el plano emocional; los héroes tienen un motivo real para enfrentarse a una aberración: la familia.

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Guía para realizar una boatmovie

Lo más importante en una boatmovie es la embarcación.

Lo más importante en una boatmovie es la embarcación.

Una película puede ser un ejercicio cinematográfico impecable donde no se cuente nada y todo sea puro efectismo. Lo más fácil es señalar a las superproducciones como ejemplo de esto, pero tampoco se puede ser tan oportunista; existen otros casos, como el de Reygadas, que por lo general uno sale del cine sin entender nada de la cinta pero aun así nos da la sensación de que se nos escapó algo, quizás todo. Por suerte, en esos momentos, cuando el desasosiego nos agarra por el pescuezo, nos queda el consuelo de no ser uno de los chicos-¿viste-qué-buena-estuvo-la-fotografía?, porque no hay nada más terrible que presumir de listos sin tener la menor idea de qué carajos pasó en la pantalla.

Pero entonces Ang Lee monta a un tigre de bengala llamado Richard Parker y a un indio (de los de verdad, no un aborigen) con nombre de constante matemática en un bote y te derrumba un poco esto de que las cintas deben transmitir algo. Primero abre con una anécdota light para explicar el nombre del protagonista, Piscine Molitor; tras esa broma introductoria, uno supone que la trama no irá muy en serio, aunque la narre un náufrago, el sobreviviente de una tragedia.

Después de un accidente marítimo durante una mala noche, Pi termina con cuatro animales en un bote salvavidas, pero luego de unas escaramuzas iniciales, tigre y humano quedan como únicos tripulantes de la embarcación y comienza la verdadera aventura: tiburones sin apetitos, una flota de peces voladores, plancton fluorescente, suricatas sin instintos, una isla asesina, una ballena con salto de Discovery Chanel incluido, dos tormentas de proporciones bíblicas: una hace naufragar un carguero japonés y la otra es incapaz de hundir un bote salvavidas, todo esto para amenizar el verdadero espectáculo: cómo domar un tigre en el medio del océano.

Argumento risible y cinta espectacular; a veces te dan deseos de montarte en una lanchita y perderte unos días con tal de disfrutar de los atardeceres y toda la belleza del mar. ¿Y entonces? Me regalaste una boatmovie con una fotografía de lujo, una historia de superación y sobrevivencia y un tigre que de existir un Óscar para animales, con la estatuilla entre las garras, se lo dedicaría a Di Caprio y su actuación en Titanic. Si están todos los ingredientes, ¿qué falla? Está bien, está basado en un libro, pero igual, ¿qué falla?

Nada falla. Ese es el chiste de Lee al final: te pude contar una historia más dura, más verosímil o el relato de un náufrago basado en hechos reales, pero preferí esta. Una buena historia, narrada con pulso, fantasía, humor. ¿Y entonces por qué la cinta zozobra? La respuesta la tiene Wilson, un balón de voli que ha impactado más en lo pop que Richard Parker. La vida de Pi no es una mala película, nosotros estamos jodidos por preferir un náufrago que habla con un balón a otro que doma un tigre.

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Breaking Bad: qué final más flojo, bitch!

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Después de cinco temporadas, a Vincent Gilligan le tembló la mano. Por eso el final de Walter White desentona bastante con el resto de la serie, y es que un hijo de puta que ha logrado todo y ha demostrado ser un verdadero genio del mal, no puede tener una despedida tan patética. La culpa de eso quizás la tengamos nosotros por atribuirle a la televisión un grupo de valores educativos, como solemos hacer con todo, y por ese motivo Mr. White debe morir o terminar tras las rejas por el simple hecho de ser un villano.

Por eso Heisenberg soluciona en par de capítulos los problemas que ha creado y se despide de todos con la misma sonrisa bonachona con que Bryan Cranston miraba a sus estudiantes de Albuquerque parado junto al pizarrón. Un personaje que conquistó por su cambio de personalidad, sobre todo a la hora de tomar decisiones, no puede derrumbarse por completo solo para complacer a la cadena y la audiencia.

Pasemos de la muerte heroica, de la segunda bala perdida más absurda de la historia (después del caso Rafael Lahera y Kangamba -1:29:45-) y también pasemos del ilógico retiro de Walter a un pueblo donde el puñetero frío no afectaba a sus enfermos pulmones. ¿Por qué Gilligan no le perdonó la vida a uno de los mayores hijos de puta que haya pasado por la televisión? ¿Por qué tomó el camino más sencillo? ¿Por qué los antihéroes de ficción pagan por sus crímenes, si todos sabemos que no es así en la vida real? ¿No es hora de olvidarse de aquella máxima de la novela policiaca? ¿“El crimen nunca gana”? No me queda claro si Gilligan es feliz con ese metraje de casi dos horas que da cierre a la serie, o si es solo un final alternativo al verdadero punto final en el episodio catorce, ese donde Walter White está sentado en la parada, destruido por la muerte de Hank, por la caída de su familia, por el fracaso de su supuesto objetivo, pero aún con fuerzas de seguir adelante, desaparecer de la faz de la tierra y disfrutar sus diez millones. Ese es el Heisenberg que Gilligan construyó, no el vengador justiciero que busca la redención en una batalla frente a los nazis, sustituyendo el látigo de Indy por una ametralladora automática.

Solo puede definirse en una palabra: cobardía. En cinco temporadas Heisenberg se ha convertido en un monstruo con credenciales suficientes para entrar a Arkham, pero cuando ya tiene el boleto para mudarse a Ciudad Gótica, la luz celestial ilumina su camino y después de casi una hora de absurdo preámbulo, el penúltimo capítulo nos deja servido en bandeja de plata un regreso épico y con final cantado. Y aquí me convenzo más de que a Gilligan le sugirieron algunos ajustes para su cierre: era imposible lograr una atmósfera más asfixiante que la del inicio del capítulo catorce de la quinta temporada. Ese era el momento del todo o nada, de la caída absoluta o el escape milagroso. Y la decisión es sabia, la muerte de Hank es la bofetada que necesitaba Walter: nada de esto lo hizo por su familia, todo fue cuestión de ego; y si a algún televidente no le queda claro, el robo de su hija después de una pelea de alta tensión con su esposa e hijo lo dice todo. Se terminó. Jekyll desaparece y Hyde toma el control absoluto, y para que no olvidemos lo estelar que es Gilligan, le da un minuto para despedirse antes de adentrarse por completo en el dark side: la llamada a Skyler y la devolución de la beba. Ese es el momento de gloria de Walter, el cierre espectacular, el último grito del hombre que ama a su familia antes de ser consumido por la oscuridad. El resto es un epílogo, para que a los televidentes no se rompan con ese primer plano de las lágrimas de Cranston. De ahí esa última escena para bajarnos la adrenalina y de paso dejar claro con ese perro cruzando la calle que esto termina aquí.

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El Mella vibra con Haydée

Fue corto, conciso, lleno de estrellas, un concierto en familia, para compartir con los amigos y homenajear a Marta Valdés. ¿La sede? El teatro Mella, como si fuese el patio de la casa de los Milanés.

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Haydée junto a su padre Pablo Milanés

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El maestro Ernán López Nussa y Jorge Reyes en el contrabajo.

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Haydée Milanés junto a los trompetistas Roberto García, Carlos Frank Carrodeguas.

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Haydée al piano.

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Haydée Milanés justo al iniciar el concierto.

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Haydée Milanés junto a la Homenajeada de la noche, Marta Valdés.

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600 kilos de magia (+Fotos)

Leo Brouwer anunció que esa noche habría magia, y no se refería a los inoportunos celulares, ni a las sonoridades de las envolturas de golosinas, ni al catarro generalizado que acompaña a los ciudadanos de La Habana. El teatro Mella vivió un pequeño salto en el tiempo, musical y escenográfico, una suerte de invitación, un “si te interesa saber cómo sonaba la CONCACAF antes de la llegada del fútbol, este es el lugar”.

Tener un encuentro directo con una música realizada con instrumentos de quinientos, mil, o mil quinientos años es, como mínimo, una experiencia mística. De eso se encarga la Orquesta de Instrumentos Autóctonos y Nuevas Tecnologías, de recrear los sonidos de las culturas precolombinas, las cuales, aunque usted no lo crea, no se componían solo por los Mayas, Incas y Aztecas.

Llamadores de pájaros del Amazona, aerófonos mayas, ocarinas, charangos, tumbadoras, máscaras zoomorfas, en otras palabras, un portal del tiempo con sintonía a la América anterior a 1492 que permite asomarse a un cultura lejana, y por desgracia, algo olvidada. No es un viaje a las raíces, pero sí una banda sonora con la cual deberías tener al menos un contacto, seas latino, europeo, asiático o africano.

Alejandro Iglesias y Susana Ferreres son dos de los principales artífices de esta orquesta que toca de corazón, sin partituras musicales; esta suerte de arqueólogos de lo sonoro trajeron seiscientos kilos de instrumentos, una cifra que se dice fácil, pero supera a la cantidad de arroz, frijoles, azúcar y sal que su familia recibe en un año por la libreta de abastecimiento. Seiscientos kilos que convirtieron la noche del 30 de septiembre en un hermoso ritual; si  tiene el chance de escuchar a estos Luthiers, hágalo; la sensación de estar presenciando algo mágico quizás no sea la más precisa, pero se le acerca bastante.

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Lonquén, interpretada por Susana ferreres.

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El maestro Leo Brouwer junto a la Orquesta de Instrumentos Autóctonos y Nuevas Tecnologías.

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Sonidos con copas de agua, en De las fases de la inmovilidad en el vuelo.

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Interpretación de Bishmaia Hanacpachapi para cuatro voces solistas.

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Interpretación de Bishmaia Hanacpachapi para cuatro voces solistas.

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Dado, para ensamble de berimbaos.

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Interpretación de Antara.

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Interpretación de Antara. Al fondo, el maestro Alejandro Iglesias.

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El maestro Alejandro Iglesias durante el concierto.

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Máscaras zoomorfas empleadas durante el concierto.

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Uno de las zoomorfos avanza por los pasillos del teatro.

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Interpretación de Consejo de siete fuegos.

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Tumbadoras y otros instrumentos empleados durante el concierto.

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Ocarinas empleadas durante el concierto.

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A la entrada del Teatro, vestidos como nativos, reparten programas del festival Leo Brouwer.

 

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Takashi gana el juicio

Póster de Phoenix Wright: Ace Attorney.Las películas sobre videojuegos muy pocas veces salen bien paradas. Las ganas de crear copias fieles de los personajes y recrear a la justa medida los escenarios terminan por destrozar lo que en un inicio parecía una buena idea. Super Mario Bros, Tomb Raider, Street Fighter, Mortal Kombat entre otras, han demostrado que convertir los videojuegos en franquicias no suelen ser buenas ideas. Pero siempre hay sus excepciones, como Silent Hill.

Ace Attorney: Phoenix Wright era una apuesta bien arriesgada. Basada en un videojuego sobre abogados y con una estética manga, las cosas no estaban muy a favor de Miike Takashi. Dirigir un film de abogados en clave de humor no es nada fácil, mucho menos si en el guion existen “vuelcos inesperados”, y lo coloco entre comillas porque como la cinta se basa en dos de las subtramas del videojuego, solo quienes se enfrentaban vírgenes a Phoenix Wright (como yo) podrían sorprenderse con la historia.

La trama es bien sencilla: en un futuro no muy lejano, dado el alto índice de criminalidad, los juicios duran apenas tres días. Phoenix Wright, un novato sin experiencia, deberá llevar par de casos donde los hechos parecen estar bien claros; en uno de ellos, el propio acusado se declara culpable y él se empecina en demostrar su inocencia.

Sí, es un argumento que roza la inverosimilitud, pero que da sus giros atrevidos para mantener al espectador en tensión, tanto que los 130 minutos se van bastante rápido. En varias ocasiones el guion juega con el género detectivesco y busca dar soluciones diferentes a hechos que parecen no tener ningún tipo de misterio y de paso le hacen un guiño a Conan Doyle o Agatha Christie por emplear ese método que ofrece respuestas a partir de hechos aparentemente aislados e inconexos.

Pero sus mayores méritos son llevar con éxito todo el ambiente manga del videojuego, muy semejante al real action, y jugar con claves del anime, algo que casi nunca funcionan en el celuloide de manera eficaz. La vestimenta, la caracterización de los personajes, el ambiente ciberpunk que se respira en la corte, todo convierte a Phoenix Wright en una gran caricatura.

Entre tanto chiste y narración trepidante, el abogado estrella deja caer sus impresiones de un sistema de justicia donde tal parece que lo importante es cerrar el caso sin importar mucho cuáles fueron las circunstancias del crimen o la culpabilidad del acusado, lo cual no es una novedad pero tampoco desentona con los tiempos actuales, donde sumar números para maquillar la situación se hace moda.

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Y si le voy a los yumas, ¿puedo izar su bandera?

La Copa del Mundo levanta pasiones, filias, amores por países de los cuales sabemos lo básico, y a veces ni eso. No es raro encontrarse a varios tifosis que no tienen ni idea de quién es Miguel Ángel.

Al punto. Por estos días, hay muchas banderas izadas por Cuba, ciudad Habana o Guanajay, da igual dónde sea, alguna telita con colores llamativos siempre está colgada en casa de los más fervientes hinchas.

Las insignias de Brasil, Argentina, España y Alemania son las más habituales. Pero qué pasa si nos encontramos con un fan de la selección estadounidense de fútbol. ¿Podrá izar la bandera de las barras y las estrellas? Les voy a ser sinceros, yo jamás he visto una bandera estadounidense izada en Cuba. Jamás. Pero ese es mi caso, de seguro alguien puede desmentirme.

Mis dudas saltan a partir de una anécdota de uno de mis amigos futboleros, que hace cuatro años colgó la bandera de la furia roja en su casa y unos compañeros fueron a preguntarles si ellos tenían algún tipo de relación con la embajada de España. ¿Se imaginan si fuese el trapo del eterno enemigo? Sería un grave problema, sin más explicaciones posibles que las políticas. Lo más gracioso es la naturalidad con que se utiliza el águila, las barras o las estrellas en las prendas de vestir. Ropa sí, banderas no.

Nada, que si Estados Unidos elimina a Argentina en cuartos de final, tendré que gritar con mucha mesura el IU ES EI.

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